Romería del Monte Santa Trega
12/01/2007
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Reportaje
fotográfico
La romería en
el Monte Santa Trega puso
fin a la a la Semana Grande de A Guarda
Plagiando el manuscrito del copista Per Abat, podríamos comenzar
hablando de la romería del Monte de Santa Trega con aquellas primeras
palabras de El Cantar de Mío Cid “polvo, sudor… y vino”. Así se
vivió, en parte, la jornada de ayer en A Guarda, donde además estuvo
presente la troulada y la Xura, o sea el acto repetido en cada banda de
alzar los garrafones de tinto y beber, o hacer que se bebe, que de todo
hay, reforzando simbolicamente el vasallaje al grupo con el que se tomó
el Monte.
Hombres y mujeres; niños y niñas, jóvenes y menos jóvenes, iniciaron el
recorrido de los tres kilómetros que separan el burgo de la cumbre que
atalaya el Monte en sus 341 metros. Eso fue pasadas las once de la
mañana y entre tambores y bombos que escondían las palabras y ahogaban
hasta los gritos para hacerse entender.
Las
bandas y quienes las seguían, subieron la carretera que serpentea el
Santa Trega (que no Tegra, como hay quien se obstina en escribir).
Algunos abandonaron el asfalto y prefirieron acortar el camino por
cualquiera de los atajos que aproximan la altura buscando la sombra de
los eucaliptos que a uno y a otro lado, los guardan.
La Banda Negra, la más antigua, la pionera y
creadora de las bandas, fue la primera en “xurar”, en el Púlpito, y
antes del xantar que reúne a las familias, y a los amigos, entorno del
mantel sobre el que se reparten las tradicionales empanadas. Aunque hoy
la comida es más sofisticada y, además de la empanada, se hace un
dispendio que no se permite otros días del año. Mariscos, salpicón,
carnes cocinadas de distintas maneras, vino el que se tercie, y postres
variados, en su mayor parte caseros; café y licores. Los más sibaritas,
se arman de mesas y sillas. Los que prefieren sentir la tierra, se
acomodan en el suelo.
Una salva de bombas, a la una de
la tarde, invita al deleite de la mesa campestre y los
comensales se acomodan para satisfacer su apetito. De vez en cuando
suena, desacompasado un tambor y responde, también sin ritmo, un bombo.
Son los niños que aprovechan los abandonados instrumentos de percusión
para apoderarse de los sonidos e imitar aquellos que antes se hicieron
oír.
Y tras el xantar, la Xura, otra
vez. Ahora son todas las demás bandas quienes se sitúan en los lugares
en los que anidaron el primer año, y repitieron después, para reforzar o
reafirmar su compromiso con la banda con la que volverán al Monte dentro
de un año, aunque siempre se cuenta alguna deserción: la terraza del
Museo, el Miarador de Portugal, el atrio de la Ermita, la zona de los
Alpendres o de la Casa dos Cregos, la Estación XIV del Vía Crucis
Monumental, el palco de Música… tantos lugares como bandas hay, o sea:
veinte.
Y el rito se iguala en todas ellas. Sobre un pequeño alto sube quien va
a la Xura, e irán todos. Se alza el garrafón –y cuando no se puede por
su peso, siempre hay dos brazos dispuestos a la ayuda- y se bebe
mientras redoblan. atronadores, los tambores y se golpea incesantemente
la piel sintética del bombo con tanta fuerza que parece que no aguantará
el siguiente mazazo. Y uno tras otros cumplen el ritual que se apodera,
en forma de movimiento frenético, como un acto vudú, del conjunto que
anima a continuar a quien, en ese momento, le corre por la garganta el
espíritu de Baco.
…Va cayendo la tarde, que diría
el poeta, y los romeros se aprestan a dejar las alturas
siguiendo
los sones de bombos y tambores que desde la mañana, y salvo para el
xantar, no dejaron de oírse. Se desciende al Montiño. Allí seguirá la
troulada, y tendrá lugar la merienda-cena, y alguien quedará dormido,
apoyado contra un árbol, ajeno él al ruído, y ajenos los demás, a él. Y
cuando dan las nueve en algún reloj que no suena, no suena porque no se
oye, llega la Desfeita, o como se dice también, la Baixada. El Monte se
va silenciando. Los romeros lo abandonan, siempre, siempre, siempre,
siguiendo el sonar de los bombos y el redoblar de los tambores. Las
caras ensangrentadas… de tinto; de tinto son las camisas, antes blancas.
Algún bombo hecho ya jirones, y jirones llevan, algunos, por vestimenta.
En la Rúa Galicia, en la Alameda, cientos de curiosos se agolpan para
ver la Desfeita, un espectáculo donde las bandas y quienes van con ellas,
avanzan, retroceden, saltan, se detienen; lo mismo se agachan que dejan
sus cuerpos extendidos sobre el asfalto. Y así una vez, y otra vez,
prolongándose el río humano de olor a tinto en el tiempo. Y al final,
algunos rezagados, horas después, ausentes ya a la mirada colectiva, y
acaso vistos de reojo, pasan solitarios camino de no se sabe dónde.
La Romería de Santa Trega terminó.
La Fiestas del Monte aún ofrecerán hoy, lunes, el festival de música
Fol. Con la participación de A Roda y, como remate una tirada de fuegos
de artificio, que congregará a miles de personas, bajará el telón de la
94 edición de las Fiestas del Monte Santa Trega.
(Reportaje
fotográfico)