El fútbol local rinde homenaje a José María Silva
Vicente en el Estadio Municipal de A Sangriña
El
domingo, 2 de agosto, José María Silva Vicente recibió el homenaje de la
afición y de exjugadores jugadores del Sporting Guardés a los que
entrenó a lo largo de su vida deportiva. Fue, además de un homenaje
donde la emotividad estuvo a flor de piel, el reencuentro de compañeros
que compartieron, en algunos casos ya hace bastantes años, aficción,
tristezas y glorias del fútbol.
El
reportaje de este acto se publicará mañana, día 3 de agosto.
El 19 de marzo de 1927 nace, en A Gándara, un niño
cuyo futuro pasaría a enriquecer la historia del deporte local,
compaginando esa afición con su vida laboral, como alfarero en la
fábrica de As Cachadas, dedicado al mismo oficio que tenía su padre y de
quien aprendió las técnicas artesanales para elaborar botijos, jarrones
y otros ‘cacharros”, dice, mientras, irónicamente, asegura que “estuve
poco tiempo allí: cuarenta y siete años y ocho meses”,
Es José María Silva Vicente, quien
comparte su vida en la casa familiar de la calle del Calvario, en la
Praza de Santo Tomás, de A Guarda, con su esposa Teresa. El domingo, 2
de agosto, recibió el caluroso homenaje de jugadores y aficionados que
quisieron testimoniar, con su presencia en el Estadio Municipal de A
Sangriña, el afecto al jugador, primero, y entrenador, después
¿Que significó el fútbol para José
María?
Significó muncho. Mucho (repite
emocionado). Me formé ahí; me gustaba y participé durante muchos años en
este deporte.
¿Cómo recuerda sus primeras
patadas a un balón?
Recuerdo mis comienzos con unas
pelotas de trapo. Con las medias viejas de casa y unos trapos, atando un
cordel para que no se
perdiese el interior. Ahí están nustros orígenes en el balompié. Fueron
nuestros primeros “balones”
Y jugaban ustedes en la calle...
Sí, en la carretera. Pero
nosotros teníamos u n campo en A Gándara, donde
le llaman O Viso, y aquí sí que ya
disfrutamos de un balón, aquellas esferas coriáceas, con una correa que
te marcaba la frente cuando te daba en la cabeza.
¿De que años estamos hablando
cuando comienza a jugar en un equipo con identidad propia?
En el Coruto,
ahí comencé. Tenía yo unos 17 ó 18 años, en la
época de Martín Ferreira, del Coruto; Urbano, Issac el Carlón,
que era del Coruto... Nos juntábamos unos cuantos que nos gustaba el
fútbol y se formó El Coruto. Y donde hoy es el
cámping, había un campo de fútbol que lo construímos, entre otros,
Francisco Sobrino, de Calzados Sobrino, había futbolistas de A Gándara,
de Cividáns, de O Castro, O Coruto... y llevamos azadas, picos y palas
para allanar el terreno y construir aquel campo.
Y ese equipo, el Coruto, ¿estaba
federado?
No. Nos juntábamos los
amigos y jugábamos contra otras formaciones como el Cividanes, el Limpó,
de A Guarda; el Miño, de Camposancos. Organizánbamos
entre nosotros los partidos, de forma espontánea, no había encuentros
preestablecidos.
Como jugador, además de iniciarse
en el Coruto, ¿qué otras camisetas vistió?
Después vinieron dos de
los equipos más recordados: el San Lorenzo y el Deportivo Guardés.
¿De qué jugaba José María?
Tenía el número 6.
Ocupaba el medio del campo; medio izquierdo, le
llamaban.
¿Recuerda alguna anécdota de
aquellos años?
Pues sí, una que me
volvió un poco loco. Vino el Celta a jugar con el Deportivo y a mí me
tocó marcar al famoso Hermidita de Gondomar. ¡Me cago en la leche!, me
trajo por el camino del infierno. Yo siempre llegaba tarde, ¡siempre
llegaba tarde al balón! Y Hermidita me hacía regates, me hacía sentadas,
me mareaba... (ríe recordando) ¡qué barbaridad! Creo que fue el partido
que menos toqué un balón.
Después llegó, para usted, otra
etapa: la de entrenador. ¿Cómo se inicia en esta
responsabilidad?
Era, entonces, entrenador
del Sporting Guardés un señor de Porriño, Alfredo Alconero, y a
mí, como seguía ligado al fútbol, me cogió como ayudante.
Antes había tenido una lesión de menisco, que en aquella época
tenía sus dificultades tratar esta lesión. El
médico del Celta me dijo: ‘puedes quedar bien,
pero también puedes quedar mal; para tu trabajo, puedes aguantar toda la
vida; ahora, el fútbol tinenes
que olvidarlo. Y dejé de jugar al fútbol”.
Y esa fue su retirada como jugador
en activo
Sí. Después
de Alconero, llegó para entrenar al Sporting,
Luis Viñas, y continué con él dos o tres años, compaginando la actividad
de ayudante con mi asistencia, dos veces a la semana, a la Escuela de
Entrenadores de Vigo, para obtener el título de entrenador de juveniles.
Me examiné en A Coruña, y vine con el título.
Había que pasar una temporada entrenando
a juveniles para ascender a Primera Regional. En esta categoría, el
primer año, cateé; al siguiente,
volví, con 47 años, con el título de Regional.
Al principio estaba animado para acudir al Nacional, pero pensé ‘yo no
jugué en Primera División; tampoco tengo influencias... tener que ir a
Madrid a examinarme...” y decidí no ir. Desistí
Y José María se desplazó por los
campos de fútbol de la comarca
Así es. Comencé entrenado
al Spórting Juvenil, después a los mayores, luego al
Ribera, más tarde al Figueiró,
al Tomiño, al Guillarei y
al Salceda de Caselas.
¿Sigue usted vinculado al fútbol o
está “jubilado”?
Hace cuatro o cinco años
que dejé de entrenar a los infantiles del Alameda, porque ‘aquella
señora’ (señala a su mujer), ya estaba cansada de tantos años de fútbol;
pero también uno tiene cierta edad y en invierno, las lluvias y
el frío, pasan factura y la salud ya no está para aguantar inclemencias.
Porque ¿cuántos años tiene usted
ahora?
Ahora, 82 años.
¿Y continúa usted viendo fútbol?
Sigo el fútbol como aficionado. Acudo
a los partidos del Spórting con el carné de socio, que me mos relaga mi
hijo José Manuel.
¿Cuál pudo haber sido su ilusión
no cumplida?
Cuando me lesioné de
menisco, en el campo del Miño, y me dijeron que tenía que dejar el
fútbol, pues... uf... tenía yo, entonces, unos 23 años. Allí se me
truncaron las ilusiones, unas
ilusiones que tenían algunos objetivos inmediatos como ponerme a prueba
con el Turista y el Celta Casablanca.

Cuando iba al campo de
fútbol, era un sufrimiento, una impotencia de no poder saltar al terreno
del juego.
Usted, un
veterano del balompié, ¿cómo vive ahora los partidos, esos partidos que
podemos ver por televisión?
Los veo sin pasión. Es
decir, no tengo “un quipo”; yo veo fútbol, y aunque pierda, aplaudo al
que mejor haga su trabajo, independientemente de colores
o nacionalidades. Soy forofo del
mejor juego.
Su hijo, José Manuel siguió su
misma afición y vistió también camiseta
Sí. Jugó en el Guardés
Y luego su nieto, también José
Manuel, que militó en distintos equipos
Cierto. Estuvo en
cadetes, en el Spórting Guardés, bajo mi dirección. Pasó por la Escuela
del Areosa, se fue a Las Palmas, estuvo en
Oviedo.
Pero ahora tampoco está jugando
No, tal vez tuve yo la
culpa. Creí que el fútbol no le daría un futuro cierto para desarrollar
su vida laboral. Su padre, en cambio, tiene una industria que necesitará
un día otras manos que la dirijan. “Aunque te dé
mucha pena, como la tuvo tu abuelo”, le dije, “deja el fútbol. Tu vida
está en la industria de tu padre”. Me hizo caso, y hoy trabaja con su
padre.
¿Que significó el homenaje que
recibió el 2 de agosto?
Una sorpresa y un honor inmerecido. Se lo
dije a los organizadores que estuvieron en mi casa: voy a recibir algo
que yo no fui capaz de darles a ellos, porque si algo se pudo haber
logrado, fueron ellos quienes lo consiguieron: ellos ganaron los
partidos, yo fui, sólo, un ayudante más.
Y en el recuerdo de José María Silva
Vicente, van surgiendo nombres que también están ya en la historia del
fútbol guardés: Melero, Andrés, Moncho, Lastra, Benito, Berto...
agosto, 2009