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El Monasterio benedictino de la Transfiguración

de La Guardia

por Juan Domínguez Fontela

 

Arquivo de Antonio Martínez Vicente

Fotos: Antón Ferreira

            Constituye desde cerca de cuatro siglos este monasterio de religiosas benedictinas un oasis espiritual en el desierto de las arideces y luchas terrenales de nuestra existencia, en el cual estuvo siempre muy floreciente la vida monástica según la inspirada regla del insigne Patriarca de los monjes de Occidente San Benito de Nursia.

            Único actualmente en la diócesis de Tuy consagrado a continuar el espíritu y las sabias constituciones del santo Abad de Monte Casino, y de su hermana Santa Escolástica, distinguiose siempre por la perseverante y constante observancia, sin decadencias ni atenuaciones, hasta el día de hoy,  de los admirables estatutos monásticos y de las prácticas de penitencia y oración características de esta milenaria orden monástica, madre de todas las congregaciones religiosas occidentales.

            En siglos remotos existieron en este Obispado de Tuy otros monasterios benedictinos de monjas, siendo el último en desaparecer el que existió en la parroquia de Tomiño, del cual hoy no se conservan más restos que la nave del templo parroquial, aunque alterada por reformas arquitectónicas improcedentes y opuestas a la es-tructura artística de aquel hermoso edificio medieval.

            Durante los primeros siglos de existencia del monasterio benedictino de La Guardia, formaron parte principal de la observante comunidad  señoras pertenecientes a nobilísimas familias de Galicia y del Norte de Portugal, las cuales habían preferido las austeridades de la vida monacal de penitencia y de retiro a las grandezas de sus blasonados hogares y a todas las vanidades de la alta sociedad humana. Los nombres que han llegado hasta nosotros, de muchas de las abadesas y monjas de aquellos primitivos siglos son de familias linajudas, especialmente de las emparentadas con los piadosos fundadores del monasterio. Con estas vivieron, sin embargo, vida de fraternidad cristiana multitud de religiosas oriundas de todas las clases sociales.

            Entre unas y otras sobresalieron siempre almas destacadas por el heroísmo de sus virtudes, que dejaron en pos de sí el suave aroma de su santidad y de las más excelsas prácticas del bien, después de haber edificado con su religiosa observancia a sus hermanas de retiro claustral. Tuvo siempre este monasterio, y sigue conservando, fama de muy observante. Bajo las losas del templo y de los cementerios claustrales antiguo y moderno reposan los restos venerables de muchas religiosas fallecidas en olor de santidad.

            Construido este edificio en terrenos propiedad del benemérito párroco de Salcidos, don Álvaro Ozores y Sotomayor, y con los bienes de su pertenencia y de sus hermanos, ascendientes del ilustre conde de Priegue, los cuales donaron en absoluto esta propiedad a las hijas de San Benito, es ésta del dominio absoluto de la misma comunidad.

            Y si esto no fuese testimonio bastante en derecho, debemos recordar que las obras de restauración del mismo edificio, realizadas en 1737 a 1738, fueron costeadas numerario de las mismas religiosas con la cooperación del Obispo de Tuy D. Anselmo Gómez de la Torre, hijo de la misma congregación benedictina.

            Los escudos o blasones heráldicos que campean en la fachada de la iglesia son también un testimonio del patronato de la ilustre casa de los condes de Priegue.

            Aunque este edificio no es una obra monumental de arte arquitectónica, constituye, sin embargo, un sector importante de nuestra villa y un elemento notable en la vida histórica de la misma, merecedor del aprecio y estima con que siempre ha sido tenido por todas las clases sociales de nuestra comarca. Justo es, pues, que su historia sea conocida de todos los amantes de nuestro pasado.

            Vamos ahora a relatar sucintamente las noticias que hemos podido recoger acerca de la historia de este santo cenobio, valiéndonos de los elementos recogidos en las fuentes históricas que mencionaremos al final de este trabajo.

Fundación del Monasterio.

      Los fundadores de esta casa religiosa fueron los señores D. Alvaro, D. García, D.ª Isabel y D.ª María Ozores y Sotomayor, hijos de D. Vasco Ozores, señor de la casa de Teanes, y de D.ª Ana Páez de Sotomayor, ascendientes de algunas de las casas más linajudas de Galicia, como son los condes de Priegue, los marqueses de Mos y de Villagarcía, los señores de las casas de Freijeiro y de Goyán y de otras varias de la más antigua y rancia nobleza regional. 

          Y, en efecto, en el año de 1558 los cuatro referidos hermanos se propusieron instituir en nuestra villa una casa monástica, donde, al mismo tiempo que viviesen consagradas a Dios en vida conventual las señoras de su familia que tuviesen vocación para este santo estado, pudiesen también recibir educación cristiana e instrucción social las jóvenes que lo deseasen, pudiendo también ser admitidas allí cuantas quisiesen vestir el hábito benedictino.

          Tiene este monasterio desde sus principios la advocación de la Transfiguración del Señor, o de San Salvador, y siempre estuvo bajo la sapientísima regla del gran Patriarca del Monacato Occidental, San Benito.

          Aunque los cuatro referidos hermanos fueron considerados como fundadores del monasterio, el que, sin embargo, soportó principalmente los gastos de la fundación fue el hermano mayor, D. Álvaro, sacerdote, nacido a principios del siglo XVI en su casa solariega de la hoy extinguida parroquia de Santa Comba de Pena Furada, ahora de Oleiros, partido de Salvatierra del Miño, el cual fue nombrado párroco de San Salvador de Leirado en 1530 y más tarde abad de San Lorenzo de Salcidos, cuya iglesia edificó a su costa. En el año de 1567 pasó a vivir en su casa de La Guardia, la cual aún subsiste inmediata a la puerta antigua de la plaza de la villa, en la manzana izquierda, al bajar a la calle del Medio, hoy llamada de Colón. Ostenta esta casa aún los escudos o blasones de los Correa, Ozores, Sotomayor, etc., de dicha familia.

         Comprueba la afirmación de que D. Alvaro fue el principal contribuyente a la fundación del convento la cláusula 20 de su testamento, que dice así: “Item digo que al tiempo que nos concertamos para hacer el monasterio de la Transfiguración de nuestro Señor Jesucristo de la villa de la Guarda, García Ozores de Sotomayor, y doña maría ozores y doña isabel mis hermanas, fue que pagásemos todos igualmente tanto unos como otros según pasó cerca de ellos entre todos una escritura de concierto delante del escribano que fue de número de la dha. de la Guarda, y después me dexaron solo, gasté mucho más que ellos, porque garcía ozores no dio más que noventa ducados, y doña maría ozores ducientos ducados y doña isabel otros ducientos ducados, y así lo hallarán puesto en un librillo que ize de lo que gastaba y de lo que recibía, y después que vi que la paga había de ser tarde o nunca, no quise más trabajar en escribir lo que gasté en el monasterio que fue mucha cantidad,  se lo perdono a los dichos garcía ozores y doña maría y doña isabel mis hermanas y mando que no les pidan cosa alguna de lo susodicho”.

            Otro testimonio de que el señor D. Alvaro Ozores fue el principal fundador del monasterio y de que él contrató las obras del convento y de su iglesia, lo tenemos en el convento hecho exclusivamente por él con el célebre y pintor decorador D. Juan Bautista Celme, oriundo de Aragón, avecindado en Santiago, que fundió las notables rejas de la catedral de Orense. En el año de 1583 contrataron ambos por el precio de ciento setenta ducados la construcción, pintura y dorado de un retablo de nogal, de diez y siete palmos de altura, sin contar la coronación, para la capilla mayor de la iglesia del monasterio de La Guardia, conforme a la traza del mismo Celma. Este altar había de llevar cuatro columnas estriadas, y en la hornacina central una historia de medio relieve de la Transfiguración del Señor bien labrada. Toda la talla irá estofada de diferentes colores sobre oro. Las eses de los remates de plata blanca como algunas ropas de las figuras para hacer resalte de colores de carmesí o verde. (P. Constantí. Diccionario Artistas).

            El monasterio de La Guardia, aunque fue fundado para seguir la regla de San Benedicto, y participa de todos los privilegios, gracias y determinadas exenciones particulares de la histórica orden, pertenece sin embargo a la jurisdicción canónica del Obispo de Tuy. Este prelado es a quien prestan obediencia; él preside las elecciones de abadesas y las confirma en su cargo, debiendo hacer la visita canónica, en cuyo acto jurisdiccional puede delegar en alguna dignidad o en el canónigo más antiguo en edad de la Iglesia Catedral de Tuy. 

        El conjunto total del monasterio era en un principio más reducido que en la actualidad, así en la iglesia y claustro como en las demás dependencias monacales. La que fue siempre como ahora es la huerta circundada toda como hoy lo está por un alto muro para la clausura canónica y dotada de abundante agua potable y para riego.

        Del edificio primitivo consérvanse todavía grandes porciones en el interior del convento, habiendo sido renovado casi todo el monasterio en los años 1737 y 1738, según más adelante explicaremos.

       Tuvo siempre este monasterio clausura monacal rigurosa, de tal manera que ninguna persona extraña a la Comunidad, aunque fuesen familiares o consanguíneos próximos, podía visitar a las religiosas, sino en el locutorio, y esto siempre separados por dos series de rejas de hierro interpuestas: “post duas clafhas ferreas”, como perpetúan las constituciones. Es, sin embargo, curiosa la cláusula 5ª de éstas, que autoriza a las monjas para salir del monasterio con licencia de la Abadesa. Esto, según Derecho, sólo puede acontecer con causas gravísimas y previa autorización de la Santa Sede, o del Prelado diocesano según los casos.

            Es también notablemente extraña la sección última de la cláusula 2ª y de la 6ª, en cuya virtud los fundadores y las esposas de éstos podían entrar libremente en el convento y permanecer allí, sin necesidad de licencia, cuanto tiempo les pareciere, con tal de que se mantuvieran por su cuenta. Para vivienda de estas personas estaba destinada la llamada casa del Conde.

            La cláusula 7ª es de suma importancia y está inspirada en el espíritu de la orden benedictina relativa a la educación de la juventud. Autoriza esta cláusula para que las hijas y demás mujeres descendientes de los fundadores que quieran pasar a vivir allí, ya sean doncellas, ya viudas, puedan permanecer en el convento el tiempo que les plazca, aunque sea sin la licencia de la Abadesa, con tal de que mientras estén allí presten obediencia a ella. El objeto de esta concesión era para que sirviese el convento como colegio de formación para las primeras y como santo retiro para las segundas. Bajo el primer punto de vista era éste un establecimiento destinado a la educación moral e intelectual de las jóvenes pertenecientes a las familias de fundadoras. Con ellas solían admitirse también otras jóvenes con el carácter de educandas. Cuando en 1882 se restauró la comunidad en La Guardia, al reintegrarse de Bayona, vivió en este convento varios años, con este objeto, una joven portuguesa parienta de una de las religiosas, natural de aquella nación.

            El número de las religiosas que, según los estatutos básicos de la fundación, debía formar la Comunidad era de veinte profesas, estando, sin embargo, autorizada ésta para ampliar el número. Llegaron a ser treinta y cuatro las religiosas en alguna época. Hoy son diecinueve las personas que allí viven consagradas a Dios.

            La cláusula octava de las letras apostólicas de la fundación dispone que, por cuanto los dichos fundadores han hecho a su cuenta muchos dispendios para construir  y fundar el monasterio, después de crear y dotar dos plazas cada uno, o sea un total de ocho, puedan elegir aspirantes que sucedan a éstas y colocarlas en el convento, sin otro dote, y a la muerte de éstas a otras, con solo el coste del ajuar de la celda, lecho y ropas necesarias. Este punto fue posteriormente causa de ruidosos litigios como en otros capítulos veremos.

            Señalados y ampliados por D. Álvaro Ozores los terrenos en que había de edificarse el convento, dotándoles mediante escritura pública de absoluto dominio a la futura Comunidad, previa la aprobación del proyecto por el Obispo de Tuy, D. Juan de San Millán, y con licencia de S. M. el Rey D. Felipe II, se comenzó la construcción del monasterio en el año de 1558. En el año de 1561 estaban ya terminadas las obras principales de la iglesia, claustro, refectorio, dormitorios, enfermería cierre de la huerta y demás dependencias necesarias para servicio de la Comunidad.

           Redactadas las constituciones o estatutos en los que había de basarse la fundación del convento, fueron presentados al mencionado Obispo D. Juan de San Millán, quien los aprobó, siendo después sometidos a la autoridad del señor Nuncio de su Santidad en los Reinos de Portugal, D. Próspero Publicola de Santa Cruz, Obispo Cisamense o Kisamense, es decir, de Cisamo, en Creta, más tarde Cardenal de la Iglesia Romana, que se hallaba a la sazón en Pontevedra. Este Reverendísimo Prelado, en virtud de su representación apostólica, sancionó aquellos con su autoridad en 7 de septiembre de 1561. Consérvase este documento escrito en una amplia hoja de pergamino, en el archivo del convento, donde lo hemos estudiado detenidamente.

            Realizados estos trámites y vencidas algunas dificultades que habían retrasado varios años el piadoso proyecto de los fundadores, el Obispo D. Diego de Torquemada, sucesor del Señor San Millán, tuvo la inmensa satisfacción, el día 5 de agosto de 1567, festividad de Nuestra Señora de las Nieves, de bendecir solemnemente, con numeroso concurso de clero secular y regular, y ante gran multitud de fieles, la iglesia, el claustro y demás dependencias del monasterio, bendiciendo también los santos hábitos benedictinos y demás insignias de la Orden de San Benito, imponiendo aquellas a ocho jóvenes de las familias de los fundadores, que aquel día renunciaron a las vanidades de la tierra para convertirse en espirituales piedras angulares fundamentales de este gran edificio místico que hoy cuenta cerca de cuatro centenarios de existencia.

            ¡Honor y gloria a esta santa casa, donde sin interrupción ni intervalos, ni decadencias, ni atenuaciones, las hijas de San Benito y Santa Escolástica siguen cantando de día y de noche las divinas alabanzas y edificando al pueblo de La Guardia y toda su comarca con sus heroicas virtudes!

            Llamábanse las mencionadas primeras religiosas que en dicho día 5 de agosto vistieron el hábito monacal doña Constanza, doña Florencia y doña Blanca Correa de Sotomayor, las cuales eran hijas de doña María Ozores de Sotomayor, fundadora del convento; doña Beatriz Pereira, doña Ana de Magallanes, doña Leonor Bella, doña Ana Teixeira y doña María del Espíritu Santo.

           Para dirigir la comunidad puso el Obispo el báculo abacial en manos de la señora Dña. Isabel Pereira, monja de gran virtud, perteneciente a la familia de los fundadores, a la cual eligió Abadesa, designando como Priora a doña Isabel de San Antonio. Ambas religiosas, dotadas de gran virtud y prudencia, procedían del Real Monasterio de San Pelayo de la ciudad de Santiago.

            Como cumplidores y ejecutores de las letras apostólicas, expedidas por el Rvmo. Sr. Nuncio de Su Santidad, fueron designados por los fundadores, de acuerdo con el Prelado Diocesano y por disposición de las mismas letras, D. Diego Correa de Cerveira, Abad Párroco de Leirado, cuñado de Dña. María Ozores de Sotomayor; D. Gómez Correa, Canónigo y Arcediano de Miñor en la Catedral de Tuy y Abad de La Guardia, sobrino éste de los fundadores y primo de las tres primeras religiosas.

            Tal es el origen histórico del Monasterio benedictino de la Transfiguración de La Guardia.

Nota primera al capítulo I.

         El antiquísimo solar de la esclarecida familia de los Ozores radica en la ilustre casa de Teanes, sita cerca de la antigua villa y plaza fuerte de Salvatierra de Miño. En dicha casa nacieron preclaros varones que prestaron grandes servicios al Rey y a la Patria.

            Entre ellos sobresale don Juan Rodríguez de Novaes y Ozores, que fue dueño de la misma casa y de la de Alcabra, situada cerca de ésta. D. Juan Rodríguez de Novaes se casó con doña Isabel Rodríguez de Sosa y tuvieron por hijos a D. Vasco Ozores, que heredó la casa de Teanes, y a doña Constanza Rodríguez de Noval, que se casó con D. Gonzalo Avalle, que llevó Alcabra.

            D. Vasco tomó el apellido Ozores, último de los paternos y contrajo matrimonio con doña Ana Peláez o Páez de Sotomayor, de la ilustre casa de este apellido.

            Estos tuvieron varios hijos, a saber D. Alvaro Ozores de Sotomayor, que siguió la carrera eclesiástica, y al que su padre y su tía doña Constanza Rodríguez de Novoa como patronos del beneficio de Leirado, prestaron para el mismo, habiéndole expedido el título hacia 1530 el Obispo D. Diego de Avellaneda. Fue trasladado después a la parroquia de San Lorenzo de Salcidos, residiendo primero en la casa propia familiar, que aún se conserva en el lugar de Salcidos, y más tarde pasó a vivir a La Guardia, conservando este curato hasta que falleció en 1594.

            El segundo hijo de aquel matrimonio fue don García Ozores y Sotomayor, que heredó la casa de Teanes, de quien descienden los condes de Camarasa y otros.

            Fue el tercer hijo del mismo matrimonio doña María Ozores y Sotomayor, que se casó con D. Gómez Correa de Cerveira, vecino de La Guardia, donde residía en los años 1572 a 1576. Los escudos heráldicos que campean en la casa que fue de su propiedad, frente al extinto hospital de San Marcos, bajo la torre del reloj, son los blasones de esta familia. Véanse más detalles en nuestras notas acerca de dicho hospital.

            Del matrimonio de doña María Ozores con D. Gómez Correa, nació doña Isabel Ozores de Sotomayor, que casó con D. Baltasar de Sequeiros, los cuales fueron padres de Fray Antonio de Sotomayor, Arzobispo de Damasco, Inquisidor General y confesor de Felipe IV, el cual nació en Santo Tomé de Freijeiro; de don Fray Francisco de Sotomayor, Obispo de Quito y de las Charcas, que nació en Valença do Minho, y don Fray Alvaro de Sotomayor, General de la Orden benedictina y que murió Obispo electo de Orense. Estos tres hermanos se criaron en la casa materna de La Guardia, al lado de su tío D. Alvaro, donde asistían a la escuela pública de niños de la villa.

            Don Fray Antonio de Sotomayor fue catedrático de Prima en el convento de P.P. Dominicos de Santiago. Su tío, don Alvaro Ozores y Sotomayor, dispuso en su testamento la siguiente cláusula: “Item mando que se den veinte ducados a Fray Antonio de Sotomayor, Catedrático de Prima en la ciudad de Santiago, para libros de su estudio”.

            Del matrimonio de doña Isabel Ozores y Sotomayor, hija de D. Gómez Correa y de doña María Ozores y Sotomayor, casada con don Baltasar de Sequeiros, proceden los condes de Priegue y Vizcondes de  Santo Tomé. El primer conde de aquel título es don Baltasar de Sequeiros y Sotomayor y Silva, por concesión del Rey Felipe IV en 1643.

            El cuarto hijo del matrimonio referido atrás fue doña Isabel Ozores y Sotomayor, que contrajo matrimonio en Portugal con D. Gonzalo Rodríguez de Araujo y Pimentel, y fueron tronco de la casa vincular de Barbeita, sita en la comarca de la plaza fuerte de Monzón.

            El quinto descendiente del mismo matrimonio fue doña Mayor de Zúñiga, que casó con D. Alvaro Mendoza de Sotomayor, Señor de  Vista Alegre, Barrantes y Villagarcía, de quienes vienen los marqueses de Villagarcía, Rubianes, etc.

            Los cuatro primeros hermanos son los fundadores del monasterio de La Guardia.

Nota segunda al capítulo. 

         Prueba del dominio directo que la comunidad posee sobre el convento y sobre toda su propiedad, incluso la plaza por donde pasa la carretera de bajada al puerto, es el nombre que aún hoy día conserva esta plaza que se llamó siempre  y  sigue  llamándose “Chan de Conde ”. Llámase así por haber pertenecido todo este terreno, juntamente con el solar del convento y su huerta, a la familia de los fundadores, cuyo principal representante fue más tarde el señor Conde de Priegue. De ahí la denominación de llanura o planicie del Conde, a cuyas voces corresponde en lengua gallega la palabra Chan de Conde.

            Este campo, destinado antiguamente a tendal fue siempre reconocido como propiedad de la Comunidad, y por razón de este dominio tenían cierta limitación las edificaciones que daban a la misma plaza. Fue este Chan de Conde objeto de la desamortización según un expediente que obra en nuestro poder.

           Entre otras fincas de patrimonio eclesiástico, el Boletín Oficial de la provincia de Pontevedra anunció en 13 de noviembre de 1839, número 90, el arriendo de: “un campo frente al convento de monjas de La Guardia por el precio de 110 reales”. Por falta de licitadores, repitiose la subasta por anuncio del mismo Boletín en 20 del mismo mes y año. Verificóse al fin la subasta el 1.º de diciembre sin que apareciese licitador.

            Puesta de nuevo a subasta en 5 de enero inmediato, con rebaja de una cuarta parte, ignoramos quien la remató. Solo sabemos que alguien lo hizo, y por ello intentó cerrar el terreno para su uso particular, pero el pueblo, especialmente la clase marinera, se opuso y destruyó los cierres que le pusieron cada vez que se intentó. Allí depositaban las algas y refugiaban los barcos con consentimiento generoso de la Comunidad, siempre que era preciso, al cerrarlo venía a destruir esta costumbre. Hoy el Chan de Conde es de dominio público y por él pasa la carretera de bajada al puerto.

            Constituye hoy este sitio,  merced a las reformas en él realizadas recientemente, un lugar de expansión y de recreo para toda la villa y en especial para la laboriosa y honrada clase marinera.

Litigios con el Patronato

           No fueron, al parecer, muy fieles los patronos del Monasterio en cumplir lo que habían prometido, y a lo que se habían obligado en las letras de fundación, por cuanto las religiosas se vieron pronto en graves aprietos económicos, de tal suerte que el Obispo de la diócesis, a fin de remediar esta precaria situación, tuvo necesidad de acudir a Su Santidad Pio V suplicando le dignase conceder la gracia de unir a la mesa de dicha comunidad los frutos del beneficio parroquial, sin cura, de Santa María de Areas (Puenteareas), cuyo párroco, D. Diego Baz, había hecho designación de éste en manos del Sr. Nuncio Apostólico a favor del mismo Monasterio. El Santo Pontífice accedió a la petición del Prelado tudense, según consta por la Bula Apostólica expedida en 21 de diciembre de 1567.

            En virtud de esta bula, el citado beneficio con todos sus anexos, derechos y pertenencias fue unido canónicamente y para tiempo perpetuo al monasterio, quedando éste con la obligación de soportar todas las cargas de la parroquia y desempeñar todos los servicios parroquiales por medio de un presbítero idóneo nombrado ad nutum por el ordinario diocesano.

            Esta agregación de bienes no fue, sin embargo, suficiente para remediar las más apremiantes necesidades de la Comunidad, por cuanto, cinco años más tarde, en el 1572, solicitaron y obtuvieron las religiosas de Su Santidad, por medio del Obispo de Tuy, la agregación canónica del pequeño beneficio de Santa Cristina de Noveledo, parroquia que estaba situada entre Taboeja y Leirado y fue extinguida en 1599, con motivo de la peste que entonces asoló a toda Galicia. Fúndase el decreto del Prelado para solicitar y obtener la agregación de la parroquia  al monasterio, en la pobreza de la Comunidad. Dice el documento que el  monasterio: “esse pauperrimum, neque effectus et bona possidere”.

            Estos documentos son testimonio de la pobreza en que debían vivir aquellas religiosas, que habían trocado el bienestar de sus linajudos hogares por la estrecha vida claustral.

            Viendo aquellas que todo procedía de la falta de cumplimiento de lo prometido al fundar el monasterio, viéronse obligadas en el año 1593 a entablar pleito ante el Provisorato diocesano para obligar a los patronos a realizar lo que debían cumplir, y no habían cumplido, de dotar la casa con las ocho dotes para otras tantas religiosas. La sentencia del Tribunal eclesiástico fue favorable a la Comunidad, pero los patronos, prevaleciéndose de altas influencias familiares, consiguieron que el fallo no se ejecutase y obtuvieron del Prelado una avenencia, en virtud de la cual quedaban reducidas a cinco, en vez de ocho, las plazas de religiosas que debían dotar, y que entregarían además a la Abadesa y Comunidad la mitad de los frutos decimales de  los beneficios parroquiales de Goyán y Tollo, sobre los cuales los fundadores tenían también el derecho de patronato, y que aquellos habían obtenido de Su Santidad Sixto V en 1.º de octubre de 1585, donando además setecientos ducados a la Comunidad,  cuando hubiese de provistarse la primera de  dichas cinco plazas,  y prometiendo mil maravedis cada vez que ellos mandasen una monja, de cada una de las cinco plazas, cantidad que entregarían el día de la profesión, además de los otros gastos ocasionados con motivo de esta solemnidad, obligándose, por último, a satisfacer los gastos de alimentación de las novicias, desde el día que tomasen el hábito hasta el de su profesión.

               Pacificados los ánimos de una y otra parte, el Prelado tudense, que era a la sazón don Bartolomé de la Plaza, por decreto fechado en 1594, mandó que la Abadesa y Comunidad diesen entrada en el monasterio y diesen el hábito como religiosa a doña Francisca de Puga Sotomayor, a doña María Ozores, a doña Mariana de Ribadeneira y a doña Florencia Sarmiento de Sotomayor, hijas de don Diego Sarmiento; a doña Angela Ozores Pimentel, con las cuales y doña Catalina Fandiño, presentada por don Alvaro Ozores, y doña Constanza Zúñiga y doña Blanca Ozores, que eran presentación de doña Antonia Correa, quedaban ocupados los dichos puestos. Era  entonces Abadesa doña Catalina Correa de Cerveira, a cuyo celo y prudencia fue debida la solución favorable de este enojoso pleito, iniciado siendo Abadesa doña Beatriz Pereira de Castro, una y otra íntimamente emparentadas con los fundadores.

            Da a conocer el carácter agrio que alcanzó este litigio, especialmente entre D. Alvaro Ozores, principal fundador del  monasterio, y las religiosas, la siguiente cláusula del testamento de dicho señor otorgado en 19 de junio de 1593: “11 Item que yo he fundado el monasterio de la transfiguración de nuestro señor Jesucristo de la villa de la gurda, que es de monjas de la orden del señor san benito, y siempre he procurado su bien y onrras y provecho, y por una cláusula del testamento que hice por delante de Juan Agulla, escribano de número de la dicha villa mandaba que por mi fallecimiento quedase al dicho monesterio él mi cáliz, cruz, vinajeras de plata e toda mi tapicería, camas de campo, e otras cosas todo ello para adorno de la iglesia de dicho monesterio, y despues la abadesa de dicho monesterio, que es Beatriz Pereira, con otras más monjas intentaron no me querer dar ningun lugar ni asiento  para alguna monja, si yo queria meter en dicho monesterio de los que tenia conforme a la bula de fundación de dicho monesterio y estatutos que hay, y a cerca de esto movieron pleito delante del señor Obispo de Tuy, que se mudase a otra parte e lugar el dicho monesterio de la dicha villa, y el dicho señor Obispo lo había procurado y escribiera a cerca de ello a la Majestad real del Rey nuestro señor para que mudase el dicho monesterio a otro lugar, y que era necesario e convenía acerse, según el dicho señor obispo lo ha dicho a don garcía sarmiento de Sotomayor, señor de la casa e villa de salvatierra y Sobroso= digo que por el descomedimiento e desconocimiento e ingratitud que la dicha abadesa y monjas tuvieron conmigo en me querer mover el dicho pleito y con  rrecelo de qu por ventura en algún tiempo después de fallescimiento muden de aquí el dicho monesterio en otro lugar, no le dejo cosa alguna de lo que le dejaba y mando todo ello quede a mi heredero, menos lo que yo mando a la lumbre del Ssmo. Sacramento que adelante lo declararé lo que le mandaba”.

            Por efecto de esta tirantez de soluciones, dispuso en el mismo testamento la siguiente cláusula: “Item mando que cuando Dios nuestro señor fuese servido de me llevar de esta presente vida que mi cuerpo sea sepultado y enterrado en la capilla mayor de San Lorenzo de Salcidos de que soy Cura, y QUE YO HICE, a la mano derecha de donde se dice la epístola, de contra el vendaval, junto a la pared e costán de dicha capilla a donde está un arca”.

            Poco después de esto se convenció el señor Ozores de la buena fe con que habían procedido las religiosas, que solo deseaban el reconocimiento de los legítimos derechos de la Comunidad. En virtud de ello hicieron las paces y avenencia unos y otros, y con fecha 15 de diciembre del mismo año 1593 otorgó D. Alvaro Ozores un codicilo a su testamento, una de cuyas disposiciones es la siguiente: “digo que en cuanto a una cláusula de mi testamento anterior en que mandaba que fuese sepultado en la iglesia e capilla mayor de San Lorenzo de Salcidos, donde soy cura, aquella la revoco e anulo e mando que cuando Dios nuestro señor fuese servido de llevarme de esta presente vida, que mis carnes sean sepultadas en la capilla mayor del monesterio de la transfiguración de nuestro señor Jesucristo de la dch.a villa de la guarda, de que soy fundador”.

            En virtud de esta disposición definitiva se abrió un arco de medio punto para colocar abajo la caja sepulcral de piedra. Este sepulcro, que aún hoy subsiste, está situado en una hornacina, hoy cegada, en la pared del lado del Evangelio de dicha capilla mayor frente al actual coro bajo y comulgatorio. La parte superior del frontispicio de este sarcófago ostenta un escudo heráldico con los blasones de los OZORES y de los SOTOMAYOR, dispuestos en cuatro cuarteles cruzados.  Debajo del escudo existe la inscripción siguiente:

AQUI

ESTA – SEPUL

TADO – ALVARO – OZORES –

E – SOTO MAIOR – FUNDADOR – I – PA

TRON – DESTE – MONESTERIO – FA

LLESCIO A 5 DE OCTUBRE DE 1594

           Posteriormente suscitáronse nuevos litigios entre los sucesores de los primeros patronos del monasterio y la Comunidad, por el mismo motivo de la falta de cumplimiento de las condiciones estipuladas en las concordias de que hemos  hecho referencia y en la bula de fundación del convento, habiendo alcanzado suma importancia el pleito suscitado en el año 1735, según se deduce de los documentos, así manuscritos como impresos, relativos a este asunto que hemos podido examinar y se custodian en el archivo del mismo monasterio, entre los cuales hállase la ejecución de la Sentencia de la Sacra Rota Romana decretada por el Decano y Juez Comisario de la misma en 13 de enero de 1738, siendo Sumo Pontífice Clemente XII.

            Por esta sentencia se obliga a los patronos a dotar las ocho plazas de monjas, base de la Comunidad,  de acuerdo con las constituciones de la fundación del monasterio, mediante la cantidad de trescientos ducados de vellón cada una, y además, con el mandato de socorrer al monasterio en sus necesidades, bajo pena de perder el patronato que venían aquellos disfrutando.

Restauración del convento.

         Como las obras de construcción de este edificio fueron hechas con menguados recursos y en medio de las grandes privaciones que la Comunidad hubo de soportar por sus litigios con el patronato, resultó que aquellas quedaron muy deficientes. Un siglo más tarde amenazaban ruina alguno de los muros, además de ser pequeño el edificio por el incremento que adquirió el número de religiosas, por lo cual, a mediados del siglo XVII y principios del XVIII, se vio la necesidad de reedificar muchas de sus paredes y levantar una fachada uniforme hacia el Chan de Conde. Más tarde hubo precisión de restaurar también la iglesia, que, además de ser pequeña estaba en peligro de derrumbarse.

            Un obispo benemérito regía entonces la diócesis: D. Fray Anselmo Gómez de la Torre (1690-1721), perteneciente a la misma Orden benedictina, quien, observando las necesidades del monasterio, al cual estimaba grandemente por el espíritu monástico que en él reinaba, acudió a su remedio dando a la Comunidad  dos mil ducados de su  peculio particular para que se emprendieran las obras precisas.

            Pero como dicha cantidad era insuficiente para la realización de las obras, hubo que esperar algunos años más para reunir las cantidades precisas para las mismas.

            En el mes de marzo de 1737 la Comunidad, con aprobación del Reverendísimo Prelado de la diócesis, hizo poner edictos en varios pueblos, a uno y otro lado del Miño, llamando a maestros de arquitectura y carpintería que  quisiesen tomar parte en la subasta de las obras proyectadas para la reedificación del Monasterio. El Provisor del obispado, con autorización del Prelado, comisionó al abad párroco de La Guardia, don José Faes Trelles, para que, juntamente con la abadesa del Convento, doña Paula Margarita de Castro, asistiesen al acto de la subasta y cerrasen el contrato con el postor más ventajoso, bajo las condiciones que en el edicto se estipulaban. Una de las cláusulas de éste era que las obras de cantería y albañilería del convento habían de estar terminadas a finales de agosto del mismo año, señalándose los días de Pascua de Resurrección del año inmediato como plazo improrrogable para recibir dichas obras y sus tejados con todo los  trabajos de carpintería. Firmose el contrato en 22 de abril de dicho año 1737 con el maestro Francisco Lorenzo Eiras, vecino de San Martín de Lañelas en Portugal, que fue quien presentó proposiciones más ventajosas, por la cantidad de mil ciento cincuenta ducados.

            En el mismo día los referidos párroco y abadesa, juntamente con las demás monjas, otorgaron escritura de contrato con el mismo Francisco Lorenzo Eiras acerca del modo y forma en que debía ser hecha la nueva iglesia del convento, siendo una de las condiciones la de que aquel tenía que demoler por su cuenta la iglesia vieja, y levantar desde los nuevos cimientos el moderno edificio, y que éste debía estar también terminado a fin de agosto del mismo año. Al siguiente día, 23 de abril, se contrató también la obra de carpintería de todo el templo con Domingo de Amorín, maestro de carpintería, por la cantidad de setecientos cincuenta ducados. El 3 de noviembre el mismo maestro Lorenzo Eiras contrató con la abadesa y monjas la edificación de un segundo cuerpo sobre el coro actual, especie de torre o mirador, encima de la fachada de la iglesia, desde donde las religiosas pudiesen tener unos momentos de solaz contemplando el mar. Fue contratado este mirador por cuatrocientos ducados. Como todas estas obras no pudieron ser ultimadas en el plazo indicado, hubo necesidad de prorrogarlas  hasta principios del verano de 1738, y en el día 8 de julio de este año los maestros Eiras y Amorín otorgaron carta de pago por cancelación de todas las cuentas de las obras realizadas, a favor de la abadesa doña Manuela María Troncoso, que había sucedido en el cargo a doña Paula Margarita de Castro por su fallecimiento.

            Dicha torre o mirador del convento fue demolido por el municipio al incautarse éste del monasterio en el año 1869 con el pretexto de  que amenazaba ruina, desapareciendo la viguería de castaño y roble allí empleada.

          Como recuerdo epigráfico de la realización de todas y del tiempo de su duración, se grabó sobre el dintel de la puerta antigua de la iglesia, que da a la calle del Convento, una cartela con esta inscripción: “Año de 1737-38” estando enlazadas, según costumbre de la época,  las cifras 7 y 8.

            Como testimonio público del  patronato del Convento, y con gratitud a la cooperación que a estas obras prestaron los herederos de los fundadores, en la parte central de la misma fachada, al lado del escudo heráldico con los blasones de la Orden de S. Benito, están esculpidas en relieve las armas nobiliarias de la familia de aquellos. El de la derecha es acuartelado e igual al que está en el arco sepulcral de la capilla mayor, que es de don Alvaro Ozores, fundador del monasterio. El primer cuartel es el león con la espada del apellido OZORES. El segundo son los jaqueles de SOTOMAYOR. El tercero es Sotomayor, y Ozores el cuarto. El escudo de la izquierda es partido y ostenta a la derecha las armas de ZUÑIGA formadas por una cadena en bordura y una faja diagonal de izquierda a derecha hacia abajo. En el otro campo presenta la cruz potenzada del apellido PEREIRA, apellidos todos de la familia de los fundadores y sus enlaces.

            Estas mismas armas, aunque en distinta combinación, se hallan esculpidas en uno de los escudos de la casa fronteriza al antiguo hospital de San Marcos, bajo el reloj de la Plaza mayor de la villa.

            Las obras del convento no quedaron con esto terminadas. En 1777 se hizo la portería interior inmediata a los locutorios bajos, como lo consigna una inscripción esculpida en el dintel de la puerta de clausura, al lado del torno.

            Los altares laterales de la iglesia fueron tallados en el año1738 cuando se realizaban las últimas obras de la iglesia.

            No duró tampoco mucho el retablo y altar, como lo había trazado el famoso don Juan Bautista Celme. En el año de 1770 las religiosas contrataron con el maestro escultor portugués Domingo Alvarez Magallanes, vecino de S. Julián de Freijo, partido de Barcelo, arzobispado de Braga, la construcción de un nuevo altar y retablo, aprovechando algunos elementos del antiguo. La talla y dorado del mismo fue terminado en el año 1773, costando el total ochocientos ducados de vellón.

            Pertenece este altar al estilo borrimenesco o de churriguera, de factura bastante deficiente como obra arquitectónica. Es, sin embargo, de regular perspectiva y no destituido de gusto, no pudiendo decirse lo mismo de los dos antiguos laterales que estuvieron primitivamente dedicados a Santa Escolástica y a la Virgen del Carmen, los cuales son notablemente antiestéticos.

            Los cuadros pintados en las maderas de los entrepaños del artesonado o cubierta de la bóveda de la capilla mayor, debidos al inhábil pincel del pintor portugués Alvaro Magallanes, son de gusto artístico deplorable e indignos de representar los pasajes más culminantes de la vida de San Benito, merecedor por su grandeza social y su gigantesca figura histórica, que estas grandiosas escenas de su santidad fuesen  pintadas por manos más hábiles.

            Eran notables en este templo los dos púlpitos con hermosas balaustradas talladas en palo santo. Eran púlpitos dignos de una catedral. Hoy solo resta uno de ellos.

            Poco después de ser restaurada la Comunidad en 1881 en La Guardia, las religiosas hicieron encargo al escultor hijo de La Guardia don Cándido Sobrino de los dos retablos, uno para la Sagrada Familia y otro para los Sagrados Corazones de Jesús y María, que se hallan en el templo, adosados a las paredes laterales, al lado y frente al púlpito. Son una combinación de líneas ojivales con el clásico compuesto y elementos arquitectónicos del estilo barroco. Estas obras, si bien no constituyen un trabajo clásico y correcto, resultan, sin embargo, de agradable perspectiva y dignos del sagrado objeto de culto y piedad a que están destinados.

            El conjunto interior del templo fue recientemente reformado para evitar el derrumbamiento de su techumbre, que estaba próxima a desplomarse. Realizó y dirigió este trabajo el hábil e inteligente maestro don Vicente de Vicente Táboas..

Nota al capítulo III.

         Existen en el Archivo Histórico Nacional de Madrid varios legajos de documentos pertenecientes al Monasterio de Benedictinas de La Guardia. Llevan la signatura siguiente: “Clero secular y regular. Pontevedra. Benedictinas. Leg. 89 – 90 – 91 y 92”.

            En el legajo 90 contiene al fin un cuadernillo con la siguiente referencia: “Papeles referentes a la reedificación de la iglesia y construcción del mirador del Monasterio”. Para la primera obra  dio licencia, por estar ausente el Obispo, el Licdo. don José Pastor Lezcano, Provisor y Vicario General de la diócesis de Tuy en 30 de marzo de 1737. A vista de la declaración de los peritos dice: “Consta ser necesario reedificar la iglesia del convento de religiosas de la villa de la Guardia, por amenazar ruina y que, para ello se ha de deshacer todo a fin de cimentarse de nuevo para su permanencia. Que ha de tener de largo ciento treinta y dos cuartas, de ancho treinta y una, y que las paredes han de tener también de ancho cuatro cuartas y medio. Que las superficies para arriba han de ser hechas de mampostería bien trabajadas y los cimientos referidos que han de tener también de ancho seis cuartas y media y de alto conforme al terraplén . Que la capilla mayor ha de quedar según hoy se halla, y solo se le ha de añadir diez cuartas de alto y tener de vacío treinta, y a de llevar dos ventanas del tamaño que señalan las plantas. Que  han de ser rasgadas por fuera y por dentro. Que el costado de la iglesia por la parte del dormitorio ha de llevar otras dos de igual tamaño. Que el maestro que entrase en esta obra a de ser obligado a deshacer dicha iglesia vieja para cimentarla nuevamente... y dar la obra acabada en últimos del mes de agosto para poder maderarse en lo que resta del verano.

            Por lo que se refiere a la obra de carpintería ha de ser toda de madera de castaño “bueno y de buen grueso”.

            Los que quieran optar a dicha obra hagan la postura el lunes o martes de Pascua de Resurrección del presente año en la portería o locutorio del convento.

            Se quedó con la obra de cantería en 1150 ducados y medio el maestro cantero  Francisco Lorenzo Eiras, de Lañelas, en Portugal,  y con la de carpintería en 750 ducados el maestro carpintero Domingo de Amorín, vecino de Vilanova, también en Portugal. Era entonces Abadesa doña Paula Margarita de Castro y Priora doña María de Castro.

            A 26 de octubre de 1737 el Obispo don Ignacio de Araujo y Queipo, encontrándose en Redondela, dio licencia para hacer el mirador “desde donde puedan oír misiones, ver procesiones y otras funciones eclesiásticas y tomar alguna recreación lícita y honesta, por la presente, dice el Prelado, les damos licencia para que puedan hacerlo en la cantidad de cuatrocientos ducados de vellón, que ha de dar dicha comunidad, y cincuenta ducados más de la misma moneda que tenemos ofrecido dar, y en que se ha ajustado dicha obra con  Francisco Lorenzo das  Eiras, de nación portuguesa y maestro de obras de  cantería. Entra en dicha cantidad el hacer además “dos ventanas en el coro alto para mayor claridad de él”.

            Estos cuatro legajos están encuadernados y yuxtapuestos, formando un volumen en folio con cubiertas de pergamino de 434 folios numerados y 30 al principio de índices.

            Contienen estos legajos principalmente escrituras de foros y rentas que percibía la comunidad en muchos pueblos de la orilla del Miño, desde La Guardia hasta Tomiño. Eran los únicos bienes de estas religiosas constituidos por sus legítimas dotes, de los cuales fueron inicuamente despojados por la Desamortización.

La revolución de 1868 y el Monasterio de Benedictinas.

         La gloriosa revolución de régimen nacional verificada en España en septiembre de 1868 no se satisfizo con llevar su influencia libertaria y progresista a los grandes centros de población, realizando las gigantescas empresas científico-sociológicas que constituyen una página vergonzosa de la Historia de España en la segunda mitad del siglo XIX1, sino que también  la acción política a algunos pueblos pequeños donde radicaba alcuna casa religiosa, por modesta que fuese. La Guardia fue también objeto de la atención de los poderes públicos que entonces regían los destinos nacionales, y nuestros políticos juzgaron, como salvadora medida para los grandes destinos de la patria y medio indiscutible de elevar nuestro modesto pueblo a la categoría de gran urbe, al expulsar de su santo retiro a las humildes religiosas benedictinas, que habitaban el monasterio de la Transfiguración.

            El Gobernador Civil de la provincia de Pontevedra, don Vicente Lovit, en 16 de noviembre de 1868, pasó a la venerable abadesa de San Benito la siguiente draconiana disposición, que consignamos en nuestras páginas históricas para perpetua memoria. Dice así: “Gobierno de Provincia. Pontevedra. Núm. 1362. A fin de dar  cumplimiento al decreto del Excmo.  Sr. Ministro de Gracia y Justicia, fecha 15 de octubre último, me veo precisado, por más que me sea sensible, a manifestar a V. que, dentro del término de ocho días improrrogables, se traslade con las demás señoras de ese convento al que existe en la villa de Bayona. Espero de la atención de V. tendrá la bondad de acusar recibo de esta comunicación y quedar en cumplimentarla. Dios guarde a V. muchos años. Pontevedra, Noviembre 16 de 1868. Vicente Lovit. Sra. Superiora del Convento de Monjas de La Guardia”.

            La madre Abadesa, ante este violento mandato, elevó a aquella autoridad la siguiente exposición: “Monasterio  de Benedictinas de La Guardia. Recibo en este momento la atenta comunicación de V. S., fecha 16 del que rige, en que se sirve prevenirme con estas otras señoras me traslade al convento de Bayona en el improrrogable término de ocho días.  Respetuosa siempre a los preceptos de la autoridad cumpliré también éste, el más sensible que pudiera ordenarme, pero no basta la voluntad de obedecer, que también se necesitan medios para realizarla. No debe ocultarse a V. S. que, a pesar de la excesiva pobreza en que vivimos, no podíamos economizar, ni tener depositada cantidad alguna para este suceso, que nos era dado prever. ¿Cómo se traslada a una señora anciana, encamada hace tiempo? ¿Podemos o no llevar nuestros libros de rezo y las imágenes de los santos de nuestra Orden al convento de Bayona, que se rige por distinta regla y carece de una y otra cosa? ¿A quién hemos de entregar el edificio? ¿Se hace inventario? Estos son los principales inconvenientes que salen a nuestro paso, y V. S. se dignará resolver. Estos y más sufriríamos con cristiana resignación, si el Estado o las ideas proclamadas por la revolución  hubiesen de reportar con ellas algún beneficio. Pero desgraciadamente este Monasterio es de fundación de los Srs. Condes de Priegue,  con cláusula de reversión, y después de causarnos molestias y aflicciones sin cuento, al ser trasladadas, resultará que aun con el pretexto de utilitarismo podrán  cohonestarse. Esta comunidad comprende que V. S. no podrá prescindir de dar cumplimiento al decreto del Excmo. Sr. Ministro de Gracia y Justicia, fecha 15 de octubre último, y V. S. a su vez comprenderá que, para cumplirlo, necesitamos se nos faciliten recursos y se resuelvan previamente las dificultades que dejamos anunciadas. Dios guarde a V. S. muchos años. Monasterio de La Guardia, noviembre 19 de 1868. La Abadesa, Dolores Angel. Sr. Gobernador de la Provincia de Pontevedra”.

            Vana fue esta comunicación para los deseos racionales de la Comunidad. Estéril fue a influencias de personas valiosas para que se respetase su derecho y su libertad. Todo fue inútil.

            Era necesario hacer sufrir a la santa abadesa, doña Dolores Angel Portela, y con ella a toda la Comunidad; y no significaron para ciertos elementos de la politiquilla guardesa y provincial los más rudimentarios imperativos de la razón y de la justicia. Doña Dolores Angel era hermana del religioso exclaustrado don Fray Joaquín Angel, que en los años anteriores se había significado por su gestión política en uno de los partidos monárquicos que imperaban en España en los últimos años del reinado de doña Isabel II, y como no podían vengarse del hombre político, emigrado al extranjero para evitar ser objeto de venganzas partidistas, descargaron todo su furor caciquil sobre las pobres religiosas, cuya superiora era hermana de don Fray Joaquín Angel.

            Y como, además, ciertos grandes hacendistas locales vieron  que el convento podía dedicarse a obras de progreso y bienestar para el pueblo, sin sacrificarse ellos,  y la huerta podía servir de campo para el pastoreo de sus ganados y para el cultivo de legumbres y hortalizas para uso doméstico de los mismos, no se detuvieron ante lo inicuo del despojo.

Y como dato histórico notable, digno de tener en cuenta, para mayor confusión nuestra,  debemos consignar que dentro de la provincia de Pontevedra solo en La Guardia se verificó la expulsión de las inocentes religiosas. Ni en Tuy, ni en Pontevedra, ni en Bayona, ni en Cuntis, ni en Villagarcía, ni en Redondela, donde existen antiguos conventos de clausura, se molestó en lo más mínimo a las vírgenes del Señor.

Incautación del convento para hospitalillo y escuelas públicas. Reintégranse las benedictinas a La Guardia

         ¿Qué destino tuvo el convento de San Benito durante la ausencia de las monjas? Primeramente fue convertido en hospitalillo durante aquella época en que la peste variolosa se había enseñoreado de la comarca de La Guardia. Por suscripción popular en metálico y con donativos particulares de muebles, ropas y  otros elementos para el cuidado de los enfermos se instituyó el benéfico establecimiento, que duró muy poco, merced a su mala organización, desapareciendo rápidamente, pues no había ni enfermeros adecuados ni otros medios precisos para una institución de esta índole.

           El objeto principal del edificio fue servir de Grupo escolar municipal para niños y niñas de La Guardia, habilitándose para ello sendos y amplios salones, mediante la demolición de la mayor parte de las celdas y otras dependencias del convento. En este edificio diéronse también habitaciones para los respectivos maestros y sus familias. Otras secciones del antiguo monasterio quedaron completamente abandonadas, sin destino alguno.

            En éstas fue donde se cebó el espíritu de destrucción y ruina. Puertas, ventanas, pisos, etc., todo fue desapareciendo para servir de combustible en los hogares de los profesores. La huerta era campo de pastoreo para las reses de ciertos señores de La Guardia. Hasta los árboles frutales desaparecieron. Aquella que había sido hermosa huerta de la Comunidad era en gran parte un triste  erial. Solo cultivaban algunas legumbres determinadas personas de la villa. Cuando se efectuó la restauración del edificio solo eran visibles los amplios salones de las escuelas y las viviendas de los maestros.

            Pero al fin llegaron días mejores. Las religiosas, desde Bayona, hicieron varias gestiones para que se les devolviese el monasterio, pero sin obtener resolución favorable. Estas gestiones se acentuaron en 1875, pero con igual resultado por entonces.

            Puesto al frente de la diócesis tudense aquel santo y celoso Obispo, de  inolvidable memoria, que se llamó don Juan María Valero y Nacarino, en 1877, al hacer la primera visita pastoral a La Guardia, se enteró del estado ruinoso del convento y de las privaciones y dificultades que sufría la Comunidad benedictina en el convento de Bayona, e inmediatamente se propuso realizar toda suerte de gestiones para trasladar a su propia casa de La Guardia a sus legítimas y beneméritas propietarias las benedictinas.

            El principal obstáculo con el que se estrellaban todos los propósitos del ilustre prelado era la falta de medios económicos para realizarlos, pues, como el Municipio de La Guardia tenía instaladas en el convento las dos escuelas de la villa, era de imprescindible necesidad entregar al Ayuntamiento otro edificio adecuado que supliese este servicio, lo cual, al fin, pudo solucionarse, porque, habiendo fallecido en el año 1858 en la parroquia de Salcidos el hijo de la misma, presbítero y religioso exclaustrado de la Orden de San Francisco, llamado don  Fray Juan Alonso Lindado2, éste había dispuesto en su testamento que los bienes que dejase a su muerte se invirtiesen en fines piadosos, por lo cual el referido Obispo, de acuerdo con el insigne párroco de Salcidos, D. Diego Antonio González, enajenó la herencia de dicho religioso, y con su importe, al cual el celoso Obispo agregó donativo de su peculio particular, se compró a D. Bernardino Lomba, vecino de La Guardia, el  amplio y actual edificio que ha sido construido para salones populares de baile, situado a la entrada de la carretera de Bayona, destinándolo para grupo escolar mediante las obras necesarias y mediante documento público notarial formalizado en 5 de diciembre de 1881 fue entregado oficialmente al Municipio para instalar en él las escuelas públicas, y éste, en cambio, transmitía al Prelado y a la Comunidad la propiedad del convento para los fines propios y peculiares de su primitiva fundación.

            Era entonces  alcalde de La Guardia el honorable caballero don Bernardo Alonso Martínez, quien, juntamente con los ediles, dio toda clase de facilidades para la reivindicación de los derechos de las Benedictinas. (véanse las Notas jurídicas relativas a este asunto en el capítulo siguiente de estas notas).

            Hechas en el Monasterio las restauraciones necesarias, que por cierto fueron muy costosas, por el estado ruinoso y desmantelado de todo el interior, pudieron las religiosas que habían sobrevivido reintegrarse a la casa de su origen y propiedad.

            El domingo día 18 de diciembre salieron de Tuy con dirección a Bayona los señores don Policarpo Vázquez Antón, Capellán Vicario de las franciscanas de Tuy, y don Ramón Plaza Blanco, familiar del Excmo. Sr. Obispo de Tuy, que falleció siendo Obispo de Orihuela, comisionados por el prelado tudense para acompañar a las señoras religiosas. Allí había acudido también aquel día don Fray Joaquín Angel, hermano de la Madre Abadesa.

            Salieron de Bayona hacia el medio día siguiente para La Guardia unos y otras en varios coches, haciendo solemnemente la entrada en esta villa a media tarde del lunes 19 de diciembre de 1881.

            El pueblo todo de La Guardia y gran muchedumbre de las aldeas, sin distinción de clases sociales, especialmente los laboriosos y honrados vecinos del populoso barrio de la Marina, llenaban las calles del tránsito desde la entrada del pueblo en la carretera, recibiendo todos a la Comunidad con gran entusiasmo y aplausos de satisfacción. Fue aquello un acto verdaderamente apoteósico en honor de las religiosas benedictinas.

            Al llegar a las puertas del templo y del monasterio, las humildes religiosas besaban las piedras del pavimento, las lágrimas corrían abundantes por los ojos de todas aquellas venerables señoras, al postrarse ante los altares y la imagen del Santo Patriarca, del quien doce años antes se habían despedido3.

            Pocos días después celebrose una solemne fiesta religiosa y un Te Deum en acción de gracias al Señor, con la asistencia de numeroso clero secular y regular y gran concurso de fieles.

            La venerable Madre doña Dolores Angel, que siempre había pedido a Dios morir allí donde había hecho sus primeros votos, tuvo el inmenso consuelo de ver satisfechos sus piadosos deseos reintegrándose a la casa donde cuarenta y ocho años antes se había consagrado al Altísimo, pero no sobrevivió mucho a este feliz suceso, pues rindió su alma a Dios a los 64 años de edad en los primeros meses del año 1882, agotado su robusto organismo por las penitencias y los sufrimientos de su destierro.

            Con aprobación del Prelado diocesano recibieron sepultura sus venerables restos al pie de las gradas del altar en el centro del pavimento de la capilla mayor. Murió con la aureola de los santos.

            Sus restos venerables allí esperan tranquilos la resurrección gloriosa de los escogidos.

Notas jurídicas sobre la propiedad del Monasterio.

         Con fecha 10 de septiembre de 1933 publicó el diario “Faro de Vigo” un luminoso artículo firmado por su corresponsal en La Guardia, don Vicente Vicente Táboas, en el cual se estudia jurídicamente el asunto de la propiedad de este Monasterio en relación con la pretendida propiedad que atribuyó alguna vez a este municipio la corporación concejil guardesa. Sus datos son oficiales.

            Artículo es éste fundado en Derecho y basado en las disposiciones jurídicas que, respecto a este importante asunto, emanaron en distintas épocas de las autoridades supremas de la nación. De este artículo entresacamos los siguientes párrafos, que tienen grandísimo interés y comprueban el indiscutible derecho de la comunidad benedictina guardesa a la propiedad de su Monasterio:

            “En el año 1868, a consecuencia de las leyes dictadas por el Gobierno de la República, fueron expulsadas de su convento las religiosas benedictinas, pasando el Monasterio a ser Legalmente propiedad de la nación.

            En virtud de lo dispuesto por la ley de 1.º-9 de junio de 1869 fue cedido el convento al Ayuntamiento de La Guardia en mero usufructo para que se destinase a escuelas públicas y para hospital de pobres.

            Al publicarse el decreto de 9 de enero de 1875 solicitaron las religiosas, apoyándose en su artículo 1.º, que se les devolviese el antiguo convento incautado, pues, a tenor del artículo 1.º de la ley de 4 de abril de 1860, la iglesia, el convento y la huerta anexa estaban exentas de permutación. Resolvió la Administración Pública que no podía accederse a la devolución solicitada por estar el edificio destinado a los servicios públicos a que se hace referencia en el artículo 1.º del decreto de 1875 y en el 2.º de la ley de 1.º-9 de junio de 1869, por lo cual, sin conceder ni negar la petición, se acordó invitar a las autoridades interesadas a que propusiesen un medio conciliatorio. (Resultando 2.º de la R. O. de 8 de junio de 1880).

            A consecuencia de dicha invitación, convinieron el Obispo y el Ayuntamiento de La Guardia en que el primero construiría dos casas capaces para escuelas, “cesando entonces el segundo en la posesión del convento, formalizando su permuta por las casas” (Resultando tercero de la R. O. citada).

            Por R. O. de 8 de junio de 1880, después de haber hecho constar en el primero de sus considerandos que “tan luego como, por este medio (el de la permuta), o por otro análogo, el convento quedase a disposición de la  Hacienda, tendrá que devolverlo al Prelado en cumplimiento del R. D. de 1875”, se resolvió autorizar la conciliación convenida entre el Prelado y el Ayuntamiento, haciendo también constar en la parte dispositiva que quedará igualmente autorizada la Administración económica, “tan luego como el convento se desocupe, para dejarlo a disposición del Ordinario, cumplida, como quedará entonces, la condición referida del Decreto de 9 de enero de 1875”.

            A tenor de dicha R. O., el Obispo y el Ayuntamiento formalizaron la escritura de permuta en 5 de diciembre de 1881, cediendo el Ayuntamiento al Obispo el “mero usufructo” del convento (que era lo único que poseía el Ayuntamiento), “no la propiedad”, y el Obispo al Ayuntamiento el “usufructo” de las casas escuelas construidas a sus expensas, en correspondencia al “usufructo” que cedía el Ayuntamiento.

            Desafectado el convento de los servicios públicos a que estaba destinado, fue devuelto, es decir, pasó ”en pleno dominio” a las religiosas, sus antiguas e indiscutibles propietarias, de conformidad y en virtud del Decreto y R. O. tantas veces citados, de 1875 y 1880.

            De lo que queda consignado se desprende que el Ayuntamiento de La Guardia jamás fue dueño del convento. Solamente poseyó en precario durante once años, de 1869 a 1881, el “usufructo” del mismo, que le fue cedido por el Estado, hallándose desde entonces para acá las religiosas en el dominio pleno y perfecto de él.

            Se deduce también igualmente que no hubo base legal ni  de exigüidad para solicitar, como lo ha hecho en 1933, el Ayuntamiento de La Guardia, que pretendía que el Estado diese por caducado el control de permuta de usufructo de que queda hecha referencia, y la reversión del convento, sobre haber sido hecha sin limitación de tiempo, era más bien una condición “si ne qua non” para que tuvieran aplicación otras disposiciones legales y se devolviese a las religiosas la casa que era de su inalienable propiedad.

            Con los datos expuestos queda suficientemente aclarada la situación legal y moral del indiscutible derecho de las religiosas benedictinas guardesas a la propiedad de su antiguo monasterio, edificado con los bienes de su fundador y restaurado en épocas posteriores con las limosnas de algunos prelados diocesanos, agregados a los bienes patrimoniales de las mismas religiosas.

            Sólo la ceguedad o ignorancia, asociada de mala fe, pudo mover a determinados elementos de nuestra corporación municipal a causar molestias e incoar expedientes para intranquilizar a unas modestas y fervorosas religiosas que no habían causado daño alguno a nadie.

            Al anterior comunicado, que transcribimos a nuestras páginas históricas de La Guardia con algunas pequeñas variantes, queremos hoy darle el más amplio radio de publicidad para conocimiento de los que frecuentemente, ahora y antes de ahora, hacen conversación de este asunto, que está revestido de todos los fundamentos legales a favor de las religiosas benedictinas. El derecho de éstas está cimentado en los más sólidos principios jurídicos de la Jurisprudencia. Violarlos es derrocar los principios más rudimentarios y básicos de la propiedad.

Reparación de la iglesia

         En uno de los anteriores capítulos hemos mencionado las obras de reparación realizadas recientemente en la  iglesia del monasterio. Constituyendo este hecho una nota interesante de la vida del mismo, vamos a dar cuenta de él a nuestros lectores, para que quede unida a las demás páginas históricas de la villa, consignando con fidelidad los datos que hemos podido recoger.

            Allá por el mes de julio de 1923, la Rda. Madre Abadesa llamó a don Vicente Vicente Táboas, quien, después de recorrer las distintas dependencias del templo y examinar detenidamente la que se conoce con el nombre de coro bajo o comulgatorio, dijo a la Abadesa:

            -Las reparaciones de que llevo tomado nota, con ser de urgencia, no lo son tanto como otras más importantes de que no nos hemos ocupado aún.  Ustedes no se dan cuenta del estado en que se halla la iglesia, y creo llegado el momento de aconsejarles su inmediata y urgente reparación. Si no se hiciera así, habría que denunciarlo a las autoridades para que dispusieran su clausura.

            -¿Tan mal está? Preguntó la Abadesa.

            -Está tan mal, que, si el público se diese de ello perfecta cuenta, hace ya mucho tiempo que no entraría en la iglesia un solo devoto. Y yo, conocedor de todo esto, no puedo ni debo continuar bajo el peso de la responsabilidad moral que me cabría, si el día menos pensado ocurriese aquí una hecatombe.

            Hondo disgusto causó la fatal noticia en el seno de la Comunidad por la falta material  de recursos para emprender obras de tal importancia como eran las que exigía la restauración del templo.

            Por de pronto, y como medida de precaución, construyose un fuerte andamio en la capilla mayor, que serviría más tarde para desarmar la techumbre, en previsión de que, si ésta se hundiese antes, no ocasionase desgracias. Mientras tanto, repuesta la venerable Abadesa de la impresión recibida, volviendo a hablar con el señor Táboas, diéronse los primeros pasos para ver de llegar a la realización de las obras.

            Una comisión de señoras de la localidad, compuesta por doña Consuelo Pérez de Candeira, doña Carmen Signo de Lomba, doña Joaquina Sobrino de Otero, doña Trina Sobrino Vda. de González y doña Emilia Lomba de Nandín, encargose de llevar a cabo una postulación, en la que llegaron, no solo a recorrer, de puerta en puerta, las calles de la villa y barrios de la Marina, Cruzada y Sobrelavilla, sino a visitar los hogares de la extensa e inmediata parroquia de Salcidos, autorizadas por su párroco don Martín Alvarez.

            Ante el feliz resultado que iba dando la suscripción, fueron haciéndose cálculos acerca de la forma y manera en que debieran hacerse las obras; y, mientras las señoras de la comisión se dirigían por medio de circulares a los guardeses ausentes, entrevistóse el señor Táboas con el Ilmo. Obispo de esta Diócesis, a la sazón el inolvidable señor Lago González, quien prometió cooperar a la mejor realización de las obras, autorizándole, desde luego, para dar principio a las mismas con un sobrante de las que acababan de llevarse a cabo en la parroquia de Pedornes.

            Dióse principio al trabajo en 2 de agosto de 1923, y tubo que suspenderse a la mitad, próximamente, de su ejecución, en mayo de 1924, por haberse agotado los fondos de la suscripción y la crecida suma que había aportado el venerable Prelado tudense antes de ocupar la silla Arzobispal de Santiago.

            Enterado el ilustre guardés, residente en New York, don José María Andreini, de la paralización de las obras, para las cuales remitiera ya a la comisión de señoras 1.400 pesetas en dos remesas, pidió un presupuesto detallado de la completa terminación del trabajo, presupuesto que se le envió en septiembre de 1924 y el cual ascendió a la cantidad de 11.917,70 pesetas. No se hizo esperar el señor Andreini, pues al mes siguiente se reanudaron las obras que tan felizmente se terminaron el 17 de abril de 1925.

            He aquí todas las obras efectuadas en el templo de las Benedictinas: Reposición de toda la cubierta, cuya defectuosa construcción en la armadura, no obstante sus excelentes maderas de castaño, al faltarle, por la acción del tiempo, las ligaduras, era causa del desplome que venía notándose en las paredes laterales; construcción, a lo largo de éstas, de esbeltos pilares, que sostienen, adosadas a los muros, arcadas con elegante cornisamento, del cual arranca la bóbeda de medio punto en toda longitud del templo; pavimentación de la capilla mayor o presbiterio, con hermosos mosaicos de la acreditada fábrica Valderrama, de Santander, y restauración del sepulcro donde reposan los restos del fundador del Monasterio.

           Además, toda la nave principal del templo fue pavimentada con buenas maderas de pino rojo y circundada con asientos y respaldos de la misma madera, barnizada; se construyeron vistosos pórticos a las entradas principal y lateral y dotáronse sus ventanales de artísticas vidrieras. A ambos lados de los pilares se colocaron artísticos púlpitos, que reciben acceso a través de los citados pilares desde el  presbiterio, todo lo cual contribuye a dar a aquel sagrado recinto un aspecto de majestad que invita a la meditación y al recogimiento.

            La fachada principal, de antiguo ruinosa y de pobre aspecto, no solo fue sustituida por otra de estilo más apropiado, sino que se la coronó con esbelto campanario.

            Estas son, a grandes rasgos, las obras que en el templo de Benedictinas comenzaron en 1923 y se llevaron a feliz término en 1925.

            En acción de gracias a Dios por el feliz término de estas obras, se celebró en el mismo templo el domingo 19 de abril una gran solemnidad que ha dejado recuerdos  indelebles en el pueblo.

            Al religioso acto, y previamente invitados, asistieron la Corporación Municipal en pleno que ocupó la presidencia; la comisión de señoras que tomó a su cargo la cuestión local para acometer las obras,  y los familiares de don José María Andreini, residente en New York, y por cuenta del cual se terminaron los trabajos.

            Fueron innumerables los fieles de todas las clases sociales, especialmente del populoso barrio de la Marina, que asistieron a la festividad.

            El templo, especialmente el altar mayor, hallábase adornado con exquisito gusto. En el centro, y rodeado de multitud de luces y flores, expúsose solemnemente a S. D. M.

            El coro de la Comunidad cantó una hermosa misa con acompañamiento de órgano. Después del Evangelio subió a la sagrada cátedra el Rvdo.  P. Fernández, superior de los Misioneros del Corazón de María, de la residencia de Villagarcía.

            En el exordio de su discurso, que fue primoroso por la pulcritud de la forma y delicado por la ternura del fondo, expresó el orador, no ya el júbilo con que la Comunidad celebraba la terminación de las obras, sino el regocijo con que los fieles asistían a la solemnidad religiosa. En el cuerpo de su elocuente sermón, el P. Fernández hizo surgir, vigoroso y brillante, el proceso de los templos católicos, a través del cual llevó mentalmente al auditorio, dándole la visión de los monumentos que afirman la doctrina de Cristo en el mundo, desde la iglesia que luce sus bellezas románicas, hasta la catedral que muestra las filigranas del arte gótico entre las suntuosidades de la ciudad.

            Después de la misa se cantó, alternando el clero con la Comunidad Benedictina, a grandes coros, solemne Te-Deum, y se dio por terminada la religiosa fiesta con la bendición y reserva del Santísimo.

            Como recuerdo de estas obras, y en testimonio de gratitud, se ha colocado en una de las arcadas laterales del templo una bien esculpida lápida de mármol, en la que la Comunidad de Religiosas Benedictinas expresa su agradecimiento al señor don José M.ª Andreini, que costeó la terminación de las obras después de haber aportado una respetable cantidad para unirla a aquella con que se empezaron.

            Dice así dicha inscripción:

La Comunidad de Religiosas Benedictinas

agradecidas

a D. José M. Andreini

hijo predilecto de esta villa, a cuyas expensas

se terminaron las obras de este Templo

en memoria de sus deudos

D.ª Balbina Verde de Andreini

y D.ª Rita Peña de Lomba

AÑO De 1925

Letras de fundación del  Monasterio con sus Estatutos, dados por el Nuncio de su Santidad, año 15614.

         “Próspero de Santa Cruz, por la gracia de Dios y de la Sede Apostólica, Obispo Chisamense5, Nuncio de Nuestro Santísimo Señor el Papa, con potestad de Legado a latere al Serenísimo Don Sebastián, Ilustre Rey de Portugal y de los Algarbes, al Reino de Portugal, y a todos y cada uno de sus dominios y a cualesquier lugar a donde nos sucediese hallarnos.

            A nuestros amados en Cristo Alvaro Ozores de Sotomayor, García Ozores de Sotomayor, Doña María Ozores de Sotomayor, Doña   Isabel Ozores de Sotomayor de la diócesis tudense, salud sempiterna en el Señor. El efecto de sincera devoción para con la Iglesia Romana que habéis probado tener es dignamente merecedor de que prestemos nuestro grato asentimiento a vuestros votos y deseos, principalmente a aquellos por los cuales tratáis de erigir de nuevo edificios religiosos que promueven el aumento del culto divino y la salvación de las almas, como en efecto lo pretende la petición que en nombre vuestro nos ha sido presentada: que vosotros, llevados del afecto de celo y de la devoción, y para alabanza y honor de Dios habéis construido y edificado en la villa de la Guarda, de la diócesis tudense un Monasterio de monjas bajo la invocación de la Transfiguración de Nuestro Señor Jesu Cristo, de la Orden de San Benito con iglesia, claustro, refectorio, dormitorio, huertas y otras oficinas necesarias, pero con estas condiciones o estatutos:

            1.º- Primeramente que la abadesa de dicho Monasterio sea trienal y elegida del mismo modo que el Rector y demás cargos del Colegio Mayor de Santiago y que la abadesa pueda ser reelegida.

            2.º- Que aunque el Monasterio sea de la Orden de San Benito con clausura, sin embargo y con tal que ninguna de las monjas hable con ninguna persona, ni aún con su hermano o con su consanguíneo, o con cualquier otra persona, aunque sea religiosa sino en el locutorio detrás de dos rejas de hierro, aún cuando la regla de dicha orden le conceda licencia para ello.

            3.º- Que mientras viva alguna de las fundadoras presentes, y todos y cada uno de ellos, y otros con ellos o con algunos de ellos que ellos o ellas quisieren, puedan entrar en el mismo Monasterio y permanecer en él, con tal que no pernocten allí, y que no se extiendan a ellas, ni a sus acompañantes las clausuras.

            4.º- Que las dichas monjas den obediencia al Diocesano, y este las visite, y si este no resida, o no pueda él visitarlas, mande hacerlo por alguna Dignidad o Canónigo más antiguo en edad de la iglesia tudense.

            5.º- Que ninguna monja pueda salir de la casa o Monasterio sin licencia de la abadesa y de su superior, aunque la regla les permita eso, y que de ningún modo salga para procurar pan, vino, cobrar réditos, ni para exigirlos, ni puede entablar litigios sobre sus réditos, a no ser por medio de procuradores.

            6.º- Que las fundadoras y esposas de los fundadores puedan encerrarse en el dicho Monasterio y permanecer en él el tiempo que les parezca, y salir y volver a ingresar cuantas veces quisieren, sin licencia de nadie con tal que coman y hagan sus gastos a costa de su pecunio, y no de los bienes del Monasterio.

            7.º- Que las hijas de los fundadores y fundadoras que quieran permanecer encerradas, ya sean vírgenes, ya sean viudas, puedan permanecer en dicho Monasterio sin necesidad del permiso de la abadesa o de su superior, ni que esto pueda prohibirlo la abadesa o el superior de este Monasterio. Fuera de esto cuantas veces, y todo el tiempo que allí permanezcan presten obediencia ni las cosas lícitas y honestas a la abadesa y superiora presentes, pero coman de sus bienes y no de los del Monasterio.

            8.º- Que el número de monjas no pase de veinte profesas, a no ser que a los fundadores y patronos y a la superiora y al convento presentes les pareciere que será más útil al dicho Monasterio, que se reciban algunas otras o alguna más entre las monjas, sobre el número precitado, pudiendo entonces recibir también una o más, según le pareciere más conveniente a dicho Monasterio.

            9.º- Puesto que los dichos fundadores han hecho y diariamente siguen haciendo muchos gastos de sus propios bienes para fundar y construir dicho Monasterio, con sus huertas, por lo cual, después de que cada uno  de los citados cuatro fundadores haya dotado convenientemente dos plazas del mismo Monasterio, podrá cada uno de ellos introducir cada uno dos monjas para las dos dichas plazas, y muerta  una pueda inmediatamente nombrar, elegir e introducir otra en su lugar, con tal de que cada una de las  dichas monjas que sea nombrada y admitida esté obligada a dar y entregar los dormitorios, es decir, dos lechos con las ropas de lino y lana a dicho  monasterio y dar las pitanzas6 a las otras monjas; pero después no están obligadas a dar más como dote. Y de estos ocho lugares, dos lugares pertenecerán perpetuamente a cada uno de los patronos, y después de la muerte de estos perpetuamente a los sucesores del patrono e hijos mayores de los patronos que en el tiempo fueren, sin ninguna división de patronato, puesto que esta es la voluntad de los patronos fundadores, que no sean ni se dejen más que cuatro los patronos de dicho Monasterio. Y si tal vez tres, o dos, o uno de los fundadores no dotasen sus dos plazas predichas, y si tres o dos de ellos con sus propias rentas, así en bienes seculares como eclesiásticos, los otros tres, o dos fundadores las hubiesen dotado, por ello sean y permanezcan como patronos del mismo monasterio como si los mismos con sus propios bienes hubiesen dotado las correspondientes plazas

            10.º- Que la Abadesa y monjas no reciban a nadie para religiosa, ni traten de cosa alguna perteneciente al Monasterio sin consejo, consentimiento o licencia de dichos fundadores, pero no de aquellos patronos, que después del fallecimiento de dichos fundadores sucedan a estos.

            11.º- Que cada uno de los patronos pueda llevar y tener a sus hijas en el Monasterio para que allí se instruyan, o para que allí permanezcan internadas mientras que los patronos o los padres de ellas den y costeen a sus hijas la alimentación y demás cosa que les sean necesarias.

            12.º- Que las citadas jóvenes puedan permanecer en dicho monasterio todo el tiempo que les plazca a sus padres y a los patronos. Y que mientras allí permanezcan sean obedientes a la Abadesa, así como también a las demás monjas del mismo Monasterio.

            13.º- Que si de alguna manera la abadesa, o alguna de las monjas citadas se opusiesen a alguna de las cosas predichas o fuesen contra las mismas, o si les prestasen consejo, auxilio o favor, y la abadesa sabiéndolo, no se opusiese, haciendo cumplir lo prescrito, entonces, por el mismo hecho, sea privada de su dignidad abacial, y seguidamente sea elegida otra en su lugar.

            14.º- Que el modo de rezar las horas canónicas tanto diurnas como nocturnas, así como de celebrar o hacer celebrar las Misas prescritas,  y a que horas queda al arbitrio de la Abadesa, con tal que se cumplan las prescripciones, según el uso, costumbre y modo de otros monasterios de monjas de la misma orden.

            15.º- Que los mismos fundadores, mientras vivan, puedan formar y ordenar otros estatutos convenientes y útiles a la misma orden y al Monasterio.

            16.º- Por último que se hagan tres conmemoraciones todos los años; la primera en la Vigilia de la Asunción de la Santísima Virgen María, la segunda el día del Nombre de Jesús, y la tercera y última en el día de la Transfiguración de Nuestro Señor Jesu Cristo, que es la invocación de dicho Monasterio.

            Sobre las cuales cosas sobredichas humildemente nos habéis rogado que proveyésemos misericordiosamente . Nos, por lo tanto, atendiendo a que Nos debemos ser favorables y benignos a aquellas cosas que pertenecen al aumento del culto divino, a vosotros por el tenor de las presentes, en virtud de nuestra autoridad apostólica, os concedemos licencia y libre facultad para que podáis y tengáis autoridad para fundar, erigir, construir y dotar el dicho monasterio, bajo las condiciones y estatutos supradichos, siendo verdaderas las razones alegadas; y si ya hubiese sido fundado, erigido, construido y dotado por vos en las condiciones, y según los estatutos sobredichos,, estas condiciones y estatutos, y según convienen todas y cada una de las cosas contenidas en las citadas condiciones y estatutos, así como también cuantas cosas lícitas y honestas,  y no contrarias al Derecho Canónigo se sigan de aquí, con la misma autoridad las aprobamos y confirmamos, subsanando todos y cada uno de los defectos, así de derecho como de hecho, si por casualidad hayan podido ocurrir. Por lo cual, a nuestros muy amados en Cristo, el abad del Monasterio de San Salvador de Leirado, que por costumbre es gobernado por un abad; y al Arcediano de Cerveira en la Iglesia tudense y a Gómez Correa Canónigo de la Iglesia de Tuy,  y a cualquiera de ellos comisionamos y mandamos que hagan eficaces por sí o por otro,  u otros lo contenido en las preinsertas, con el auxilio de eficaz defensa, teniendo y haciendo presente que gozan pacíficamente de nuestra autoridad en la concesión, aprobación, confirmación y en las demás cosas preindicadas, no permitiendo que ni vos, ni aquellos seáis molestados, perturbados, o de cualquier manera inquietados sobre nada de lo antedicho por cualesquier dignidades tanto eclesiásticas como seculares o por personas de cualquier estado, grado, orden o condición que fueren, y de cualquier dignidad aún pontifical, ni directa, ni indirectamente, pública u ocultamente, por si o por otros, o con cualquier pretexto, color o razón aparente. A los contradictores y rebeldes conminándolos por medio de censuras eclesiásticas y otros remedios oportunos de derecho, invocando también, si fuese necesario para esto, el apoyo del brazo secular.

            No obstante las constituciones y ordenaciones apostólicas de dicha orden y de sus Monasterios, aún las confirmadas con juramento y  confirmación apostólica, con cualquier otra firmeza y los roborados estatutos, costumbres, privilegios, indultos y letras apostólicas concedidas a sus superiores y aún al General bajo cualesquier palabras y cláusulas derogatorias, más fuertes y eficaces, y desacostumbrados, irritaciones y decretos promulgados bajo cualquier forma y tenor que existan. Todos los cuales, aunque si palabra por palabra se insertasen, considerándolas en otro caso como permanentes, en su vigor, esta vez sola, especial y expresamente las derogamos en cualquier cosa contraria. Y en fe de ello hemos mandado hacer las presentes letras subscriptas por nuestra mano y confirmadas por nuestro sello.

            Dado en la villa de Pontevedra, de la diócesis de Santiago, en el año de la Encarnación del Señor milesimo quingentésimo sexagésimo primero, el séptimo de los idus de septiembre del Pontificado del Santísimo Padre y Señor Nuestro Pio por la divina Providencia Papa cuarto el año segundo.

            P. Episcopus Kissamensis, Nunticis, Antonius Chivelli Abreviator. A. Mandosius”.

            Tal es el texto castellano de las Letras Apostólicas aprobando la fundación y las constituciones del Monasterio de la Transfiguración de Benedictinas de La Guardia.

Su abazologio.

         Vamos ahora a publicar  la relación de las Madres Abadesas que dirigieron esta Comunidad desde su fundación hasta nuestros días, debiendo advertir que, si bien hemos procurado registrar y confrontar cuidadosamente todos los libros de la Comunidad y otros documentos que pudieran ilustrarnos sobre la materia, como de algunos libros de este Monasterio se incautó el Estado en virtud de las leyes de la Desamortización, los cuales, en parte, desaparecieron, tal vez  exista alguna deficiencia en nuestro catálogo.

             Como observarán nuestros lectores, tiene este Monasterio un abolengo noble, pues figuran en su Abazologio muchas señoras pertenecientes a familias las más hidalgas de Galicia y norte de Portugal, que renunciaron a las grandezas de sus distinguidas y linajudas casas para abrazar  la pobreza monacal.  Con ellas convivían en caritativa confraternidad cristiana muchas religiosas oriundas de modestas familias. El hábito benedictino a todas las nivelaba.

1.ª D.ª Isabel Pereira

            Esta religiosa estaba emparentada con la familia de los fundadores del Monasterio. Había vestido el hábito benedictino y profesado su Regla en el Real Monasterio de San Pelayo de Ante Altares de Santiago de Compostela, donde se había distinguido por su fervor religioso. Al fundarse el convento de la Transfiguración de La Guardia fue traída de allí por don Alvaro Ozores de Sotomayor, con aprobación de los prelados de Santiago y Tuy, para que sirviese de principio básico de la vida monacal en La Guardia. Las primeras religiosas que aquí iniciaron esta vida quedan mencionadas en el capítulo 1.º de esta monografía.

2.ª D.ª Antonia de Soto Quiñones

            Consta como Prelada Superiora de esta Comunidad en documentos públicos fechados en 18 de febrero y en 9 de abril de 1572. Ignoramos el año en que empezó y terminó en su cargo de abadesa.

3.ª D.ª Constanza de Zúñiga y Sotomayor

         Era Abadesa esta religiosa el día 12 de octubre de 1576, pues en esta fecha figura con dicho cargo en una escritura pública de poder general otorgado por toda la Comunidad. Firman todas las monjas por este orden: doña Constanza Zúñiga de Sotomayor, doña Florencia de Sotomayor, doña Blanca Ozores de Sotomayor, doña Beatriz Pereira, doña Ana Magallanes, doña Leonor Bella, doña Ana Teijeira, doña María del Espíritu Santo, doña Catalina Correa, doña Cecilia Correa, doña Inés Correa, doña Mayor Correa, designándolas respectivamente Abadesa, Priorisa y monja. Esta  Abadesa fue reelegida más tarde para otro trienio.

4.ª D.ª Beatriz Pereira de Castro

            Fue ésta nombrada Abadesa en dos trienios. Es una de las primeras religiosas. Aparece como Abadesa el 21 de marzo de 1587, en documento del archivo de don Tomás Ozores, Señor de la Casa de Lebada, en Mosende.

5.ª D.ª Constanza Zúñiga de Sotomayor

            Consta como Abadesa en julio de 1589. Eran entonces religiosas, entre otras, doña Blanca de Sotomayor, doña Inés Correa, doña Ana Correa, doña Magdalena Troncoso, doña Inés Vaz y doña Mencía Pereira.

            Amenazada este año La Guardia por la invasión de Francisco Drake, las religiosas dispusieron todo para marchar a tierra interior, huyendo de los piratas ingleses, haciendo transportar antes todas las alhajas y objetos de culto y de valor, pues, por hallarse el convento fuera de murallas y cerca del mar, estaban completamente indefensas. Este año se repararon y reforzaron los muros de la villa en previsión de un ataque a ésta. Vid. Nuestra nota toponimia a cerca del Monterreal y Rúa del Pozo.

6.ª D.ª Beatriz Pereira de Castro

            Fue elegida Abadesa por segunda vez desde 1591 a 1593. En esta última fecha constan como religiosas doña Ana Magallanes de Sousa, doña Ana Teijeira de Castro, doña Catalina Correa, doña Cecilia Correa, doña Mayor Correa, doña Leonor Bella, doña María del Espíritu Santo, doña Briolanja y doña Mencía Pereira.

7.ª D.ª Catalina Correa de Cerveira

            Consta que esta señora era Abadesa en los años 1593 y 1594 por la sentencia del pleito con los patronos del monasterio, de que hemos hecho mención anteriormente en esta monografía. No tenemos noticias de otras abadesas hasta los años 1603 y 1604 en que aparece otra vez como Prelada de la Comunidad.

8.ª D.ª Cecilia Correa de Cerveira

Sin duda, hermana de la anterior abadesa. Aparece con este cargo en documentos de los años 1607 y 1608.

9.ª D.ª Inés Vázquez de Castro

            Fue en distintos trienios abadesa, y por primera vez en 1610.

10.ª D.ª María del Espíritu Santo

            Fue también Abadesa en distintas épocas. La primera noticia que tenemos de ella es de 1613 a 1614. Por segunda vez aparece como tal en 1617. Es una de las religiosas fundadoras.

11.ª D.ª Briolanja Ozores de Sotomayor

            Consta como Abadesa por primera vez en documentos a fines del año 1617 y del 1618.

12.ª D.ª Inés Vázquez de Castro

            Hallámosla elegida Abadesa por segunda vez en 1620, sucediéndole en el cargo la anterior, o sea

13.ª D.ª Briolanja Ozores de Sotomayor

            Aparece de nuevo como Abadesa en los años de 1622 al 1625.

14.ª D.ª María del Espíritu Santo

            Fue Abadesa en los años 1625 al 1627. Es una de las religiosas fundadoras de la Comunidad.

15.ª D.ª Marina de Ribadeneira

            Sucedió a la anterior en el año de 1628. Fue más tarde reelegida.

16.ª D.ª Briolanja Ozores de Sotomayor

            Había sido Abadesa en 1617 y 1618. Aparece de nuevo como tal en 1631 y 1632.

17.ª D.ª María Ozores de Sotomayor

            Había sido Priora de la Comunidad en 1623, 1624 y 1627. Consta como Abadesa en 1635.

18.ª D.ª María Sarmiento de Bazán

            Fue Abadesa en los años 1639 hasta principios de 1642 en que terminó su trienio canónigo. Esta señora era hija de don Antonio Sarmiento, de la familia de los Condes de Ribadavia, Señor de los Valles de Achos y de Petán, y de doña Ana de Bazán y Robles, de los Marqueses de Santa Cruz. Fueron varias hermanas religiosas en este monasterio. Vid. Gándara – Nobiliario, pag. 587.

19.ª D.ª Mariana de Ribadeneira

            Esta Abadesa, mencionada ya en el número 15, fue reelegida a principios de 1642, durando en su cargo hasta 1645. En mayo de 1656 aún vivía y era Presidenta de la Comunidad.

20.ª D.ª Beatriz de Robles y Salazar

            Fue Abadesa en varios trienios. El primero desde 1645 a 1648.

21.ª D.ª María Pereira de Castro

            Consta ésta en su prelacía abacial en los dos trienios de 1650 hasta 1656. En este año cesó pues aparece como Presidenta de la Comunidad doña Mariana de Ribadeneira, según hemos dicho arriba.

22.ª D.ª Beatriz de Robles y Salazar

            Fue reelegida Abadesa desde 1659 hasta 1673, pues aparece desempeñando este cargo, en documentos del Monasterio, en el intervalo de todos estos años.

23.ª D.ª Ana María de Zúñiga

            A fines de 1673 fue elegida para el cargo, que desempeñó hasta 1676.

24.ª D.ª Francisca Ibáñez Sarmiento y Sotomayor

            Fue elegida a principios del año 1677 y siguió desempeñando el cargo por reelección hasta 1688.

25.ª D.ª María Ozores de Sotomayor

            Consta que era Abadesa en 1689 y aparece como tal hasta el año 1699 merced a diversas reelecciones. De esta Abadesa existe un recuerdo en la Huerta del Monasterio. Es una alta columna con un crucifijo en su cima, hasta la cual llega la Comunidad en ciertas procesiones litúrgicas. En el pedestal de dicha columna está grabada la inscripción siguiente:

ESTA  OBRA

LA  MANDO

HACER  LA  SEÑO

RA  D  MARIA  OZO

RES  1699

26.ª  D.ª María Pereira de Lira 

            Fue elegida Abadesa a principios de 1699. Desempeñó poco tiempo el cargo por enfermedad, durante la cual hizo sus veces doña Antonia Jacinta Suárez de Zúñiga.

27.ª D.ª Antonia Jacinta Suárez de Zúñiga

            Fue nombrada en el año 1700, desempeñando su cometido en tres trienios hasta 1709.

            En sus días fue construida una gran arca de piedra para depósito de agua de la fuente de la huerta, obra que fue costeada por don Antonio Suárez, padre de la Abadesa, según lo dice esta inscripción grabada en la tapa de dicha fuente:

ESTA  OBRA  AVN

Q. CORTA  LA  MANDO

HACER  D ANTO SVARES

A  SU  COSTA  Y AÑO  DE

1703

28.ª D.ª Blanca Ozores de Sotomayor

            Consta que fue Abadesa desde 1710 a 1712 en que terminó su trienio.

29.ª D.ª Antonia Jacinta Suárez de Zúñiga

            Aparece de nuevo elegida a fines de 1712. Duró su abaciago hasta 1715. Hízose notable esta religiosa por las mejoras y progresos económicos de la casa, adquiriendo rentas y propiedades para la Comunidad.

30.ª D.ª Ana María de Camba

            Fue elegida Abadesa a fines del año 1715. Dura su memoria como tal hasta 1722. Adquirió también bienes para el Monasterio.

31.ª D.ª Teresa de Toro y Osorio

         Comienza a aparecer en el cargo en julio de 1722. Fue esta la época en que la Comunidad llegó a su mayor apogeo, alcanzando hasta treinta y cuatro el número de religiosas. Ejerció el cargo hasta 1725.

32.ª D.ª Francisca Patiño

            Ejerció su cargo desde fines de 1725 hasta principios de 1728.

33.ª D.ª Manuela María Troncoso

            Fue elegida al terminar la anterior abadesa, rigiendo la Comunidad durante dos trienios seguidos. Cesó en 1735. Más adelante fue otra vez elegida.

34.ª D.ª Paula Margarita de Castro

            Aparece en el cargo a principios de 1736 hasta el año 1738 en que falleció. Su abaciago fue notable por las grandes obras que se hicieron en la iglesia y en el edificio del Convento, según dejamos consignado anteriormente en esta monografía.. No tuvo la suerte de ver terminado el segundo cuerpo o mirador situado sobre el coro alto de la iglesia. Esta religiosa era de la familia de don Fernando de Castro, Alcalde Juez de La Guardia, que en 1730 restauró la torre municipal del reloj. Además del apellido Castro, tenía los de Bullón, Agulla y Figueroa.

35.ª D.ª Manuela María Troncoso

            Aparece esta religiosa desempeñando ahora de nuevo el cargo en el trienio de 1738 a 1741.

36.ª D.ª Antonia Pacheco

            Ignoramos quien fue abadesa en el trienio de 1741 a 1743, o si hubo solamente Presidenta. En 1744 fue elegida doña Antonia Pacheco, la cual desempeñó el cargo por reelección trienal hasta 1750. Era natural de  esta villa.

37.ª D.ª María Eusebia de Pazos y La Cueva

         Nació esta religiosa en Tuy en 16 de marzo de 1670. Fueron sus padres don José Estévez de Pazos y doña Luisa Fernández de La Cueva, hermana de don Gregorio Fernández Avila y La Cueva, ascendiente del Obispo de Plasencia y de Orense, don José Avila y La Cueva, y del Historiador de Tuy don Francisco Vicente Avila y La Cueva. Fue elegida Abadesa a mediados del año 1750. En 1753 cesó en el cargo y pasó a ser Presidenta de la Comunidad.

38.ª D.ª Juana Teresa Correa

            Fue elegida Abadesa en 1753, rigiendo la Comunidad hasta 1759.

39.ª D.ª María Ventura Ozores de Sotomayor

         Hállase constituida en el cargo durante los dos trienios de 1760 a 1766.

40.ª D.ª Rosalía Gertrudis Solla y Losada

            Era natural de La Guardia, cuya hidalga familia aquí radicaba. Fue elegida Abadesa el año 1766 a 1772. Carecemos de noticias de quien le sucedió en el cargo hasta la Abadesa que inmediatamente nombramos.

41.ª D.ª María Josefa Ozores de Meneses

            Era Abadesa a principios de 1775, continuando en su cargo hasta 1785, desempeñándolo durante tres trienios, en virtud de reelección. En 1785 aparece como Presidenta de la Comunidad doña Rosalía Gertrudis de Solla y Losada, que ya había sido Abadesa antes de 1775. No hubo elecciones hasta 1788.

42.ª D.ª María Josefa Gómez de Nieva 

            En dicho año 1788 fue elegida Abadesa, ejerciendo su cargo hasta 1802.

            Ignoramos quién dirigió la Comunidad desde esta fecha hasta 1815. Sabemos que en agosto de 1810 hubo elección de Abadesa, presidida personalmente por el Sr. Obispo de la Diócesis.

            En el año 1809, al ocurrir en el mes de febrero la invasión francesa, las religiosas benedictinas, temiendo los ultrajes de los soldados imperiales, evacuaron el monasterio vestidas de seglares y distribuyéronse por casas particulares. El General Soult, que mandaba aquellas tropas, dispuso centinelas en las puertas del convento, sancionando con penas de muerte a los soldados que se atreviesen a violar la clausura religiosa. En vista de esto regresaron pronto las monjas, sin haber sufrido nada.

43.ª D.ª María Agustina Español

            Era natural de esta villa. Sabemos que fue Abadesa en el año 1815.

44.ª D.ª María del Carmen Abuin

            Documentos del Monasterio prueban que fue Abadesa desde 1817 hasta 1827. Sucedíale como Presidenta doña Juana de Castro hasta diciembre de 1829 en que fue elegida  la abadesa siguiente.

45.ª D.ª Ana Cortés

            Tomó posesión de su cargo en esta fecha, continuando desempeñándolo hasta 1835, aunque últimamente, al terminar el primer trienio, como Presidenta de la Comunidad. Nació en Santa María de Ríos, Obispado de Orense,  en 14 de marzo de 1788, tomó el hábito benedictino en 1803 y profesó en 1804 el día 11 de julio. Fue elegida Abadesa en 10 de diciembre de 1829.

46.ª D.ª Juana Abruñeira Alboz

            Nació esta religiosa en la ciudad de Santiago en 25 de marzo de 1799 y tomó aquí el hábito en 9 de enero de 1825, profesando el 8 de septiembre de 1826. Fue elegida Abadesa en 17 de noviembre de 1835, cargo que desempeñó hasta el año 1854. Falleció en su exilio en Bayona el 20 de abril de 1875.

47.ª D.ª Dolores Angel Portela

            Nació en La Guardia el 1.º de julio de 1818. Tomó el hábito en 16 de junio de 1833 y profesó el 6 de julio de 1834. Fue elegida Abadesa en 5 de julio de 1854. Concluido su trienio de igual fecha en 1857, el Obispo de la Diócesis, de acuerdo con la Comunidad, la nombró Presidenta.  Más tarde fue reelegida Abadesa, en cuyo cargo falleció el día 26 de enero de 1882, habiendo sobrevivido solo treinta y seis días a su reintegración con la Comunidad desde Bayona a La Guardia.

            Sus restos reposan al pie de las gradas del Presbiterio de la iglesia, frente a las puertas de la sacristía y del comulgatorio.

48.ª D.ª Cándida Valverde Chamiso

            Nació en Orense en 1814. Desempeñó el cargo de Abadesa desde 1882 hasta 1891 en que falleció.

49.ª D.ª Benita de Jesús Bastos

            Nació en Cangas en 1838. Rigió la Comunidad, primero como Presidenta, desde 1891, y después como Abadesa hasta 1914. Falleció en 1918.

50.ª D.ª Felicidad Portela y Portela

            Nació en Salcidos, La Guardia, en 1861. Fue elegida Abadesa en 1914 y falleció en el  mismo cargo, a los 67 años de edad en 1929.

51.ª D.ª María de la Soledad Rodríguez Fernández

            Natural de Viana del Bollo, provincia de Orense. Fue elegida Abadesa en 1929. Sigue rigiendo la Comunidad, por reelección de ésta, con gran celo, virtud y exquisita prudencia. Es religiosa dotada de gran cultura intelectual y de esmerado trato social. Con gran habilidad y energía supo sortear las dificultades que se le presentaron durante el último régimen nacional.

La Orden Benedictina. Su Regla. Su influencia social.

             No quiero cerrar estas páginas históricas sin consagrar unas líneas a la benemérita orden benedictina a cuyo frondoso y gigantesco árbol pertenece el monasterio de La Guardia.

            Cuenta San Gregorio Magno que San Benito se levantó una noche antes de la hora de maitines, y contemplando el cielo desde la ventana de su celda vio de pronto desvanecidas las tinieblas de la noche por una claridad más resplandeciente que la del día, pareciéndole que en aquel océano de luz el mundo entero estaba como contenido por un rayo de sol. La tradición ha interpretado este hecho como una previsión del magnífico destino que había de realizar la orden de San Benito al extenderse por el universo y llenarlo de luz.

            Los doctores católicos, los historiadores, los sociólogos y los apologistas en todos los tiempos han ponderado a porfía la gran perspicacia y el colosal ingenio del gran Patriarca benedictino, y le han atribuido la realización del proyecto de regenerar la sociedad europea, levantar un dique a la disolución social, preparar la recomposición del edificio político, restablecer los estudios, dar vida a la agricultura y salvar las letras y las artes del cataclismo bárbaro que todo lo había aniquilado y destruido, habiendo acometido esta gigantesca empresa, mediante los hijos de su orden, sin sistema, sin estrépito, sin planes sociológicos y solo al impulso de su genial pensamiento y mediante la Regla escrita en la gruta de Subiaco en las laderas del Monte Casino.

            No hay alabanza que no se haya prodigado a la Regla de San Benito. Muchos la creyeron directamente inspirada por el Espíritu Santo, entre ellos el angélico doctor Santo Tomás de Aquino, San Gregorio, San Antonino y otros. Los Papas y los grandes monarcas cristianos la ensalzaron a porfía, y el orador Bussuet, Príncipe de la elocuencia cristiana, la llama “suma del Cristianismo; docto y misterioso compendio de la doctrina del Evangelio, de las instituciones de los Sumos Pontífices y de todos los consejos de la perfección.”.

            Otra cosa que enaltece la Regla benedictina es el catálogo de los santos que ha producido; las conquistas espirituales que ha realizado y afianzado; la influencia bienhechora que ejerció en la existencia y en la vida del clero secular; la serie de órdenes religiosas que al calor de ella han nacido, hasta el extremo que debe considerarse la benedictina como madre e inspiradora de todas las que después de ella han aparecido en el seno de la Iglesia.

            Antes y después de la muerte de San Benito acudieron en tropel a Monte Casino, cuna de la orden, los descendientes de las más ilustres familias de Italia y la flor de los bárbaros convertidos. De allí salieron, para restaurar las ruinas de Occidente, primero misioneros y labradores, y después doctores y pontífices, artistas y maestros, historiadores y poetas de la sociedad nueva, que llevaron a los derruidos pueblos del imperio derribado la paz y la fe, la luz y la vida, la libertad y la caridad, la ciencia y el arte, la palabra de Dios y el ingenio del hombre, la Sagrada Escritura y las obras clásicas. No había transcurrido un siglo desde la muerte de San Benito, y estaba ya reconquistado todo lo que la barbarie había arrebatado a la civilización.

            Los nuevos salvadores del mundo no son solamente los varones que visten la negra cogulla benedictina. A su lado se yergue  una pléyade de heroínas que siguen los vestigios de Escolástica, hermana del santo Patriarca. Son las doncellas de todas las clases sociales: las reinas y las princesas, las hijas de familias linajudas y de modestos obreros que dejan el mundo para convertirse en heraldo de la  civilización, las cuales, unas veces en las arriesgadas empresas misionales, otras en los retiros del claustro se convierten en maestras de la juventud femenina necesitada; otras entregadas a la oración y a la penitencia, cooperan a la conquista de las almas, a la conversión de los extraviados, consagrando las horas de su vida monástica,  sin excluir las de la noche, para orar, por sus hermanos, por sus enemigos y por todos los que necesitan del auxilio de lo Alto.

            El  monasterio de Plumbariola, situado en lo más profundo de un valle inmediato a la santa cumbre  de Monte Casino, destinado para Escolástica y sus hijas, fue el centro desde donde irradió la vida monacal femenina, uno de cuyos destellos luminosos vibra en La Guardia desde 1559.

            Extendida desde el año 500 la vida monacal femenina por todo el mundo, no hay diócesis de la tierra donde las hijas de Santa Escolástica no hayan tenido monasterios y cenobios. La de Tuy tuvo varios en la Edad Media, como, por ejemplo, en Santa Eulalia de Donas, en el Valle Miñor, Santa María de Tomiño, en esta tierra de Turonium, San Pelayo de Albeos, fundado con los bienes patrimoniales del angelical  mártir tudense, el dúplice de San Salvador de Budiño y otros. Hoy La Guardia es el único pueblo tudense donde existen beneméritas y virtuosas hijas de los santos hermanos fundadores Benito y Escolástica.

El Monasterio. La vida de su Comunidad. Aprecio popular.

El Monasterio de La Guardia es modesto en sus elementos arquitectónicos y en sus dependencias. Está constituido por un conjunto rectangular con un pequeño patio cerrado en su centro. A su derecha álzase el templo dedicado al culto público. Hacia el Naciente y el Mediodía una extensa huerta amurallada sirve de expansión para la Comunidad, al mismo tiempo que en ella se cultivan legumbres y hortalizas.

Al patio mencionado convergen todas las dependencias del Monasterio.

La fachada del edificio fronteriza a Chan de Conde está dividida en dos secciones. En el extremo de la derecha álzase la iglesia, siguiéndole la sección del convento dedicada a los locutorios superior e inferior. Forma después la fachada un pequeño ángulo entrante, donde se hallan las porterías del convento y dependencias de la portera y de mandadera. Sigue después hacia el Sur el cuerpo del edificio con celdas para religiosas en el piso principal y locales de diversos servicios en los bajos.

Perpendicularmente a este cuerpo del convento, y fronterizo al mar y a la Cruzada, hay otro sector de éste destinado también a celdas monacales. El fondo del patio está cerrado por otro lienzo del monasterio, el cual comienza detrás de la iglesia, estando instalados en él la ropería, el Noviciado con sus dependencias, que ocupa la antigua casa vivienda de la familia del fundador, antiguamente aislada e incomunicada con el convento, siguiendo a esta sección las dos cocinas, una en los bajos con hornos para hacer pan, y fuente de agua corriente, y otra en el alto para servicio actual de la comunidad. Sigue a ésta el refectorio, y por último, en el extremo, como prolongación del edificio, una porción del convento, que todavía no ha podido ser restaurada por falta de medios económicos.

La iglesia, situada hacia el Norte, es amplia y tiene al lado del Evangelio del Presbiterio la sacristía y el Comulgatorio de la Comunidad al lado de la Epístola. De este último recinto se sirve aquella para coro bajo en algunos actos litúrgicos. El coro bajo estaba antiguamente situado con clausura debajo del alto coro o tribuna actual en el fondo de la iglesia, pues antes de 1860 no existía la puerta que da a Chan de Conde.

            La vida de las religiosas en este santo cenobio es de oración, de pobreza, de trabajo y de penitencia. Las dependencias todas de la casa respiran mortificación y santidad. El ajuar de sus celdas consiste en un crucifijo, algunos cuadros con imágenes religiosas, una pilita de agua bendita, una mesita con algunos libros y recado de labor, una silla de paja o un banquito, un aguamanil con alfojaina y una pobre luz. El mueble más lujoso es una cama – si así puede llamarse -, compuesta de un pobre catre o un tablado, un jergón y una manta, con otras ropas modestas. En aquel duro lecho se entrega la religiosa muy contadas horas al descanso, sin despojarse de su burda túnica de lana, que lleva siempre al borde de su cuerpo.

            Interrumpen su descanso a media noche. Levántanse antes de alborear el día para entregarse nuevamente a la oración. Ayunan gran parte del año, viven en mortificación continua. Sus recreaciones son siempre en comunidad, dedicadas a labores manuales o a trabajos en la huerta.

            En la limpieza exquisita, pulquérrima, y en el orden escrupuloso que reina en todos los departamentos monásticos toman parte todas las religiosas. En la cocina y en el refectorio se sirven todas mutuamente sin distinciones de cargos. Comen, oyendo en silencio riguroso una piadosa lectura. Durante todo el día se guarda en toda la casa un recogimiento silencioso casi continuo y sólo interrumpido por imprescindible necesidad. Sin permiso de la Abadesa no pueden recibir cartas, ni enviarlas, ni aún de un pariente inmediato. Lo mismo sucede con las visitas, en las que siempre debe estar presente aquella superiora, o quien haga sus veces.

            En la práctica de todas sus virtudes y de las mortificaciones, en el ejercicio de la mutua caridad, cifran todas sus delicias las religiosas. Y en medio de estas privaciones se consideran más felices que las personas más dichosas del mundo.

            Si nos fuese dado sensibilizarse la vida espiritual de esta edificante y fervorosa comunidad, veríamos como de su recinto, del interior de sus muros sagrados se alza incesantemente hacia el cielo una columna luminosa de oraciones y sacrificios, plegarias y virtudes ofrecidas a favor del mundo y de sus almas necesitadas. Son las religiosas las almas santas que aplacan la ira de Dios y atraen las bendiciones del cielo para los que vivimos en el  tráfago de la vida.

            Persuadido de esto el pueblo de La Guardia y su comarca ha tenido siempre en gran estima y respeto a este monasterio. En cartas antiguas recibidas de México en los siglos XVII y XVIII he podido leer frecuentes frases de agradecimiento a las monjitas por sus oraciones a favor de los hijos de España emigrados en aquellos lejanos países.

            No era raro antiguamente el que personas pudientes señalasen en sus testamentos legados para la Comunidad, como el valioso que mi pariente don Rosendo Lagoa hizo en 1834, que también dejó a la iglesia parroquial de La Guardia el magnífico crucifijo y candeleros que están destinados al servicio del altar mayor en las grandes solemnidades. Las colgaduras de damasco rojo que se ponen en las paredes del presbiterio en las principales fiestas son también donativos al monasterio por un guardés ausente. El benemérito don Vicente Sobrino hizo también su póstumo donativo a las monjitas benedictinas.

            Las festividades litúrgicas de nuestro convento están siempre concurridísimas de fieles de toda la comarca, merced al cariño que todas las clases sociales profesan a las piadosas hijas de San Benito. Recientemente se confirmó esta popular y general estimación ante las amenazas que determinados elementos hicieron a la Comunidad, amenazas que produjeron universales y enérgicas protestas de todo el pueblo,  especialmente de los laboriosos y honrados mareantes, sus convecinos, contra los que intentaron arrojarlas de su pobre convento contra todos los principios básicos del Derecho y de la razón.

            Emocionantes sobre todo punto son las solemnidades litúrgicas cuando una joven toma el santo hábito y hace la profesión solemne de sus votos. Estos actos ni por ser repetidos dejan de ser muy concurridos de una multitud que llena por completo la sagrada nave del templo. El tradicional paseo que las novicias hacían por las calles de la villa, antes de encerrarse en el claustro, de donde no han de volver a salir, era contemplado siempre por el pueblo entre aplausos y felicitaciones para las jóvenes a quienes la sociedad brindaba tal vez un brillante porvenir.

            Tal es, a grandes rasgos, la vida histórica del Santo Monasterio benedictino de La Guardia. Así pasan la vida dentro de sus sagrados muros unas cuantas señoras consagradas a Dios por los votos monásticos, siguiendo la senda de la inmortalidad trazada en su Regla por el gran Patriarca de los Monjes de Occidente.

Catálogo de las religiosas desde 1868 a 1936

         El día 10 de diciembre del año 1868 salió de La Guardia para Bayona la Comunidad Benedictina, integrada por las 8 religiosas profesas y una novicia, cuyos nombres son los siguientes: Rvda. Doña Dolores Angel Portela, abadesa que falleció en 1882; doña Juana Abruiñeira y Alboz, abadesa desde 1835 a 1854, que falleció en 1875; doña Carmen Brocos Carrillo, natural de Santiago, que falleció en 1869; doña Gertrudis Domínguez Lois, natural de Santiago, que falleció en 1903; doña Caridad Alvarez Martínez, natural de Orense, que falleció en 1876; doña Asunción Mariño Vázquez, natural de Padrón (Coruña), que falleció en 1885; doña Cándida Valverde Chamizo, natural de Orense, abadesa, que fue sucesora de doña Dolores Angel Portela y falleció en 1881; doña Escolástica Díaz Piñal, nacida en La Coruña, que falleció en 1890, y novicia doña Benita de Jesús Bastos, natural de Cangas (Pontevedra), que falleció abadesa en 1918.

            Regresaron a este convento el día 19 de diciembre de 1881 las diez religiosas siguientes:

             Doña Dolores Angel Portela, abadesa; doña Cándida Valverde Chamizo; doña Gertrudis Domínguez Lois; doña Escolástica Díaz Piñal; doña Asunción Mariño Vázquez; doña Benita de Jesús Bastos; doña Cándida Silva da Pena, natural de Viana (Miño-Portugal); doña Felicidad de Jesús Portela Portela, de Salcidos, que murió abadesa en 1929; doña Concepción Barbosa Prego, natural de Viana (Portugal) y la hermana doña Carmen González Bello, natural de Cangas, que falleció en 1916.

            Religiosas que ingresaron en esta  Comunidad en La Guardia desde 1881 hasta 1936, y que ya han fallecido:

            Doña Rita López Riveiro, natural de Camiña, que nació en 1831 y falleció en 1907; doña María de la Encarnación Barros Fernández, natural de Bayona, que nació en 1842 y falleció en 1913; doña Purificación Conde Bispo, nacida en Orense en 1850 y fallecida en 1918; doña María del Carmen Barros Fernández, nacida en Bayona en 1839 y fallecida en 1922; doña María Guerra Guerra, nacida en Orense en 1853 y fallecida en 1927; doña Isabel Cividanes González, nacida en La Guardia en 1868 y fallecida en 1929; Hermana doña Francisca García Domínguez, nacida en Alicante en 1859 y  fallecida en 1930; doña María del Rosario Pacheco Lomba, nacida en La Guardia en 1868 y fallecida en 1931 y doña María del Patrocinio Gómez Pérez, nacida en Orense en 1869 y fallecida en 1933.

            Requiescant in pace.

            Religiosas que actualmente constituyen la observante Comunidad:

            Reverenda Madre doña María de la Soledad Rodríguez Fernández, natural de Viana del Bollo, diócesis de Astorga, provincia de Orense; doña Concepción Barbosa Prego, natural de Viana (Portugal); doña María de las Mercedes Cividanes González, natural de La Guardia (Pontevedra); doña María de Jesús Urgal Vicente, natural de La Guardia (Pontevedra); doña María de los Dolores Barros Fernández, natural de Bayona; doña María de la Asunción Portela y Portela, natural de Salcidos – La Guardia (Pontevedra); doña María del Consuelo Rodríguez Fernández, natural de Buján – Viana del Bollo (Orense); doña Ermitas Carnicero Domínguez, de Maceda (Orense); doña Milagros Lago Castro, de Santiago (La Coruña); doña Josefina Rosende Rodríguez, de Santiago (La Coruña); doña María de Montserrat Fernández Rodríguez, de Monforte (Lugo); doña Gertrudis Vila Vizcaino, de Monforte (Lugo); doña Matilde Ulloa Fariña de Cristo Rey, de Madrid.

            Novicia: doña Patrocinio Ortega Cabezudo, de Palencia.

            Hermanas: doña Escolástica del Acebo y del Río, de Ponferrada (León); doña Pilar Vicente Fernández, de El Rosal (Pontevedra); doña Dolores Nieto Taboada, de Santiago (La Coruña); doña María Díaz Villa, de Puebla de Brollón (Lugo), y doña Carmen Cambra Mariño, de Las Nieves (Pontevedra).

Fuentes históricas. 

·         Archivo del Monasterio.

·         Archivo del palacio de Sto. Tomé  de Freijeiro, en Vigo.

·         Archivo episcopal y capitular de Tuy.

·         Historia de la ciudad de Tuy y su Obispado por Avila y La Cueva. Sección de Monasterios y Villas.

·         P. GÁNDARA. Nobiliario, Armas y Triunfos de Galicia.

·         P. E. FLÓREZ. España Sagrada.

·         Archivos parroquiales de La Guardia y Salcidos.

·         Protocolo Notarial de La Guardia.

·         Archivo Municipal de La Guardia.

Juan Domínguez Fontela

Arquivo de Antonio Martínez Vicente

 

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1Vid. Menéndez Pelayo y Vicente La Fuente.

2Apuntes biográficos del P. Fray Juan Manuel Alonso Lindado, religioso franciscano del convento de San Antonio de Tuy (del archivo de Salcidos).

                Partida de bautismo. “En 21 de diciembre de 1795 don Francisco Antonio Alonso, presbítero, bautizó solemnemente un niño que nació el día 19 de dicho mes, hijo legítimo de Francisco Lindado y de María Mónica Lorenzo. Púsole nombre Juan Manuel. Fueron sus padrinos Juan Manuel Vicente y María Andrea Portela...Abuelos paternos, Manuel Alonso Lindado y María Carrera; maternos Domingo Lorenzo y María Pérez Galán, todos vecinos de Salcidos”.

                Vese en esta partida como siguieron usando el doble apellido del abuelo paterno el citado religioso y su padre.

                Partida de defunción. ”En 12 días del mes de abril de 1858... se dio sepultura al cadáver De Fray Juan Alonso Lindado, exclaustrado del Convento de San Francisco de Tuy, vecino de ésta parroquia. Falleció el día anterior, después de recibir los Santos Sacramentos. Testó, y asistieron a sus funerales veinte y nueve señores sacerdotes y dos acólitos. Tenía edad sesenta y un años”.

                Nota marginal. En 21 de marzo de 1858 otorgó testamento por ante don Ezequiel García que debe tenerse presente al fallecimiento del heredero usufructuario José Benito González para la distribución pía de que él trata. Se cumplió lo que el testamento dispone, siendo cumplidor el Sr. Canónigo Iglesias-Miquelez.

                Descanse en paz el benemérito hijo de la Orden franciscana.

3 Religiosas que regresaron a La Guardia: Rvda. Madre doña Dolores Angel; doña  Cándida Valverde Chamiso, que sucedió a doña Dolores Angel en el cargo de Abadesa; doña Gertrudis Domínguez Lois; doña Escolástica Díaz Piñal; doña Asunción Mariño Vázquez; doña Benita de Jesús Bastos, que sucedió a doña Dolores en el cargo abacial; doña Cándida Silva da Pena, natural de Viana; doña Felicidad Portela y Portela, natural de Salcidos, más tarde abadesa y H.ª doña Carmen González Bello, natural de Cangas. Las cuatro últimas religiosas habían tomado el hábito benedictino en Bayona.

4El documento original de estas letras del Nuncio de Su Santidad, escrito en una sola hoja grande de pergamino, consérvase en el archivo del Monasterio. Tiene todos los caracteres de autenticidad y está escrito en lengua latina.

Nosotros lo publicamos traducido íntegra y literalmente para conocimiento de nuestros lectores. Es un documento interesante para la Historia del Monasterio.

Los Números marginales relativos a cada uno de los estatutos son puestos para facilitar la lectura y referencias. No se hallan en el documento original.

5El eminentísimo Sr. D. Próspero Publicola Santa-croce, o de Santa Cruz, fue Nuncio enviado por Su Santidad Pío IV a la Corte del Rey D. Sebastián y a su Reino de Portugal. Falleció el año de 1589 siendo Cardenal de la S. I. Romana. Cuando era Nuncio tenía el título de Obispo  in partibus de Cisamo – Cisamensis – en Creta

6Pitanza es voz castellana, no latina, aunque el texto de las letras del Nuncio la emplea. Significa: viandas para comer un día.