JOAQUÍN MIGUEL VILLA ÁLVAREZ é Doctor en Historia Contemporánea pola Universidade de Santiago de Compostela. Imparte docencia no Colexio dos PP. Somascos, da Guarda. Investigador e experto na emigración guardesa a Puerto Rico e Santo Domingo. Obtivo o Primeiro Premio de ensayos no "IV Concurso de Redacción de Ensayos sobre Puerto Rico" convocado pola Casa de Puerto Rico en España, Xunta de Galicia e Univerisdade de Santiago de Compostela (1996). Ten colaborado en distintas publicacións e realiza un exhaustivo traballo de investigación sobre distintos aspectos relacionados coa Guarda.

CASAS INDIANAS (1)     CASAS INDIANAS (2)      CASAS INDIANAS (3)   CASAS INDIANAS (4)   CASAS INDIANAS (5)  CASAS INDIANAS (6)         CASAS INDIANAS (7)

Las casas indianas de A Guarda (III):

continuando la identificación de nuestro patrimonio

 

cita bibliográfica:

 

VILLA ÁLVAREZ, Joaquín Miguel (2002), "Las casas indianas de A Guarda (III): continuando la identificación de nuestro patrimonio", en AA.VV., Festas do Monte 2002, A Guarda: Asociación Pedra Furada-Comisión de Festas 2002, pp. 17-30.

 

Otro año más seguimos hablando de casas indianas, identificando esas viviendas de los americanos que volvían a su lugar de origen después de su experiencia migratoria. No nos cansaremos de repetir e insistir acerca del valor patrimonial y estético -amén del histórico- que tienen la mayoría de estas construcciones para nuestro urbanismo. Tal y como ya hemos tratado en los libros de la Fiesta del Monte de los anteriores años 2000 y 2001, las casas más destacadas pertenecían a los retornados de Puerto Rico. Aunque hasta ahora ya hemos visto unas cuantas, somos conscientes de que todavía nos quedan varias por reconocer. Este año nos centraremos especialmente en las de la parroquia de Camposancos. Siguen quedando pendientes las casas de los «brasileiros», en gran parte ubicadas en la de Salcidos, especialmente en la antigua -y verdadera- calle Brasil (después General Franco y recientemente incorporada a la Avenida de Galicia).

 

Antes de comenzar queremos realizar la corrección de una información parcialmente equivocada o incompleta que dimos el año pasado con relación a la preciosa casa indiana de azulejos amarillos ubicada en la mencionada calle del Coruto (pág. 89). Cuando ya estaba impreso el libro, en junio del pasado año, por esas casualidades que tiene la vida, tuvimos el placer de conocer a Mariano Álvarez Angelet -y señora-, el hijo del que fuera dueño de la casa, Manuel Álvarez Sobrino. Él fue quien nos explicó los orígenes de esa vivienda, información que luego pudimos completar con las escrituras de la misma que amablemente nos facilitó Manuel Conde Moreno, el hijo de la dueña actual. Según nos dijo Mariano, la casa la construyó su abuelo Manuel Álvarez Morales, un Maestro de Obras del lugar muy famoso a finales del siglo XIX. Le llamaban maestro de obras «glorificado» porque su especialidad eran las iglesias coloniales. Algunas de ellas las hizo en países como Brasil, Venezuela o Puerto Rico. En esta isla hizo, al parecer, la iglesia de Vega Baja. Fue al regreso de su periplo americano cuando construyó la casa familiar del Coruto a finales del XIX o comienzos del siglo XX. Su hijo, Manuel Álvarez Sobrino, emigró a Puerto Rico en 1906 y se retiró en 1934. En ese año 1934 compró a sus hermanas y su madre las partes indivisas de la casa la cual pasó a ser de su completa propiedad. Fue entonces cuando, al parecer, la revistió del azulejo amarillo que hoy resulta tan característico. Veinte años más tarde, en 1954, Manuel Álvarez Sobrino se la vendió al emigrante en Puerto Rico, Manuel Sobrino Gándara, natural del barrio de Netos. Pero éste no tuvo descendencia y finalmente la casa vino a parar a su sobrina Lidia Moreno Sobrino que como antes señalamos es la actual propietaria.

 

Este año, como decíamos antes, veremos principalmente las casas indianas de Camposancos, siguiendo para ello la carretera de circunvalación que viene desde A Guarda por el interior. Al llegar al alto del Couto, a la izquierda nos encontramos con la imponente casona edificada a comienzos del siglo XX por Francisco González Costa, miembro de la familia de los «Torexos», quien se retiró en 1905 del comercio de Puerto Rico[1]. Según nos comentaba su nieto Francisco Pérez González, de esta casa llamó poderosamente la atención en su día el grosor de los muros por los que, se decía, podía andar un carro. Al fallecer Francisco González la casa pasó a su viuda Elisa Pérez González (quien también era su sobrina). Hoy en día pertenece a Camilo Gándara.

 

Un sobrino de Francisco, y hermano de Elisa, Gumersindo Pérez González, también emigrante a Puerto Rico, no hizo su casa en Camposancos ya que a su regreso se casó en Buxán (Salcidos) con Angelina Vicente Portela. Para vivir compraron una de las dos casas adosadas edificadas en el Coruto a finales del siglo XIX por Juan Martínez Pájaro y su cuñado y socio en las «telleiras» de Maceda y Verín, José María Portela «Minguillo», según nos informó el nieto del primero, Agustín Martínez Sobrino. La casa de Juan Martínez, la del este, nunca llegó a ser habitada por su dueño que acabó vendiéndola a la Sociedad de Agricultores de Salcidos que la usó, al parecer, como escuela. Gumersindo la compró hacia 1930, precisamente a la mencionada Sociedad de Agricultores. Y fue entonces cuando la revistió del azulejo color vino que tiene hoy. Como el matrimonio de Gumersindo y Angelina no tuvo descendencia, la casa pasó por herencia a su sobrina Mª Isabel Urbano Vicente, la propietaria actual, la cual junto a su marido Francisco Vicente Miranda nos facilitó esta información. La otra casa adosada permaneció en la familia de los «minguillos» al ser comprada por el hijo del dueño, Constante Portela Riego, siendo su nieta Milagros Castro Portela -quien recientemente remodeló el interior sin alterar apenas su antigua disposición- la dueña actual.

 

Siguiendo por la carretera de Camposancos, dos curvas más adelante, y a mano derecha, nos encontramos con la preciosa casa de azulejos azules de Domingo Domínguez Sabariz o Savariz -en las escrituras este apellido aparece unas veces con «b» y otras con «v»-, un poderoso comerciante camposino de San Juan de Puerto Rico[2]. Dejó los negocios en activo en 1922 por lo que debió ser entonces cuando edificó la casa. Sin embargo Domingo Domínguez enfermó al parecer de tisis y falleció en Madrid en 1931. Como estaba soltero, sus dos hermanos se quedaron con la herencia: para Hipólito Domínguez Sabariz la casa y para Agustina Domínguez Sabariz el dinero (según testimonio de la nieta de ésta Mª Carmen Martínez Pérez). Agustina, con el dinero que le había tocado, edificó al año siguiente, esto es, en 1932, una casa estilo indiano muy cerca de la de su hermano. En la parte superior, además del año se pueden leer las iniciales del marido de Agustina, Manuel Pérez Pérez.

 

En la curva siguiente, esta vez a mano izquierda, tenemos la residencia indiana de Benito Pérez Cividanes, un famoso comerciante de Santo Domingo[3]. Esta casa se inició en 1927, y sus artífices -según el inestimable testimonio de la esposa de Benito Pérez, Nicasia Costa Veiga- fueron todos los miembros de la familia. El padre de los emigrantes, Benito Pérez Martínez, aportó los terrenos y la madera para las obras de construcción. El dinero lo aportaron sus hijos José y Benito Pérez Cividanes (por entonces en Santo Domingo) así como el primo y cuñado de ambos, Domingo Urgal Cividanes (emigrante en Puerto Rico), casado con su hermana Josefa Pérez Cividanes. Por este motivo en las ventanas de la fachada aparecen las siglas representativas de los propietarios de la vivienda: «J» por José Pérez Cividanes (y también por su hermana Josefina), «B» por Benito Pérez Cividanes y su padre Benito Pérez Martínez, y «D» por Domingo Urgal Cividanes. El bajo quedaba para los padres, Benito Pérez Martínez y su esposa Florinda Cividanes Vicente, y el alto para su hija Josefa y su marido Domingo Urgal. Este último falleció en 1934 sin haber tendido descendencia, y José Pérez nunca se casó. Por ello, inevitablemente la casa quedó en propiedad de los sucesores de Benito Pérez. Hoy en día está en regular estado de conservación.

Casa indiana de la familia Pérez Cividanes

.

Un poco más adelante, también a mano izquierda, se encuentra la casa de Benito Urgal Cividanes, hermano del mencionado Domingo Urgal y, por lo tanto, primo de los hermanos Pérez Cividanes. Al igual que éstos, primero emigró a Puerto Rico y después desde allí se fue a Santo Domingo. Según nos comentaba la señora Nicasia Costa, esta casa era la vivienda del práctico del puerto del Pasaje, Manuel Gómez, a quien Benito Urgal compró en los años 30, cuando se vino retirado. Posteriormente la azulejó de amarillo y fue adquiriendo gran cantidad de terreno a su alrededor para convertirlo en un enorme jardín en cuyo interior mandó hacer el primer pozo artesano de la comarca. Esta magnífica finca ajardina conformó una hermosa casa indiana orientada a la desembocadura del Miño. Posteriormente la compró su pariente Juan Vicente Cividanes, emigrante también a la República Dominicana. Lamentablemente en estos momentos casa y jardín se encuentran muy poco cuidados.

 

Pero Benito Urgal, a pesar de venir retirado de América, no permaneció inactivo en A Guarda. Así -según nos comentaban sus hijos Araceli y Florentino-, en los años 40 montó el primer comercio de confección en A Guarda, «Confecciones Barcelona», situado en el edifico de la actual administración de lotería. En 1951 pasó el negocio a la casa que está enfrente al Cine Avenida, ahora ya con el actual nombre de «El Relámpago», comprando la casa  reformando la fachada para darle su actual apariencia con balcones cubiertos y azulejo en tonos verdes y blancos.

 

Esta vivienda era gemela de la vecina que en estos momentos ocupa la discoteca «Camelot», cuyo dueño era, según nos confirmaron las primas Carmen Veiga Sabariz y y Amalia Martínez Vega, Valentín Domínguez Pérez, un retornado de Puerto Rico y Cuba.

 

            De nuevo en Camposancos, casi enfrente de la mencionada casa de azulejos amarillos, al otro lado de la carretera, se encuentran las casas indianas de Valeriano Portela, un camposino emigrante a Cuba de quien nos habló Nicasia Costa. Se retiró a vivir a Camposancos a finales del siglo XIX, y lo hizo solo pues su mujer, que era cubana, y con la que no tuvo descendencia, no quiso venir a España. Tras su regreso Valeriano rehizo la casa original de sus padres, dándole un aspecto muy peculiar con azulejos de dibujo y curiosos detalles como unas gárgolas en forma de cabeza de cerdo. La fachada de la casa, que da al camino del Outeiro, tiene la fecha del año 94 [1894]. Al poco tiempo volvió también de Cuba su hermano José Portela, este sí, acompañado por su esposa cubana, Amalia. Para ellos Valeriano construyó otra residencia un poco más abajo, que es la que hoy da a la carretera («Villa Estrella»). Ambas casas tenían la distribución interior al modo colonial, con tabiques de madera que no llegaban al techo, muy práctico en el trópico para que circulara el aire. Sin duda Valeriano pretendía que aquella joven cuñada, criada en la buena sociedad isleña, se adaptara a Camposancos. Pero nada más llegar chocó con el ambiente limitado de una pequeña parroquia rural, además de con sus cuñadas. Para alejarla de ellas Valeriano edificó otra casa, «Villa Concepción», de la que hoy tristemente sólo queda el pórtico y la rampa de acceso a la misma, pegada a la mencionada casa de Mª Carmen Martínez Pérez. Pero Amalia tampoco se adaptó, por lo que junto a su marido y sus hijo se fueron a vivir a Vigo instalándose en una enorme propiedad en Pi y Margall, la cual llegaba desde esta calle hasta la ría. Desgraciadamente, en la actualidad las preciosistas casas camposinas de estilo cubano de Valeriano no se encuentran en buen estado de conservación.

 

            Unos metros más adelante nos encontramos con la imponente casa indiana de Camilo Carrero Lorenzo, un emigrante que estuvo en Santo Domingo[4]. Regresó hacia 1930 y en los años de la Segunda República tuvo una activa participación en la política municipal. Como es bien conocido, murió fusilado el mismo día que el alcalde Brasilino Álvarez, es decir, el 7 de diciembre de 1936. La «Casa de las Torres» -así conocida popularmente por su peculiar arquitectura- debió edificarse a comienzos de los años 30, siendo el maestro de obras el famoso Teodoro Sabariz. Según nos comentaba Nicasia Costa, el modelo de esta casa fue extraído por Camilo Carrero de una maqueta publicada en su época en el diario madrileño «El Sol» y que presentó posteriormente a Teodoro Sabariz. Pero cuando ya faltaba poco para rematar, las desavenencias entre el arquitecto y el propietario hicieron que Camilo Carrero rematase la casa con otro maestro de obras. Los descendientes de Camilo mantienen la casa en un magnífico estado de conservación, tanto exterior como interior.

 

            Casi enfrente a la casa de las torres, al otro lado de la carretera se encuentran dos casas gemelas construidas por dos retornados de Puerto Rico a principios del siglo XX. La primera es la de Manuel Martínez Domínguez -según nos comentó su nieto y actual propietario-, quien se retirara de Puerto Rico en 1898[5]. La otra era de Serafín «o dos peixes», de quien desconocemos sus apellidos.

 

            Gracias a Nicasia Costa y Ramón Pérez Portela pudimos saber que, por detrás de la casa de las torres se encuentra la casa de Luis Martínez Lorenzo, un antiguo emigrante a Puerto Rico. En su entrada aparece la fecha de construcción de 1887. En 1908 Luis Martínez se casó con Felicidad Andreini, guardesa de una de las familias con más solera de la localidad, con la que no tuvo descendencia. Esta mujer tampoco se adaptó a vivir en Camposancos por lo que se trasladaron a la villa, concretamente a la calle Puerto Rico, donde Luis debió edificar entonces la casa indiana situada al lado del Recreo, tal y como ya comentamos el año pasado (pág. 85). En la actualidad la antigua casa camposina de Luis Martínez pertenece al Ayuntamiento, habiendo sido utilizada hasta hace poco como escuela.

 

            Por último, ya en la playa del Molino, tenemos el precioso chalet de Manuel Portela Lomba, el «Focho», edificado hacia 1960. Manuel Portela, emigrante a Puerto Rico, era natural del Castro, Cividanes[6]. Años más tarde, hacia 1975, Manuel Portela reformó la casa familiar situada en la plaza del Castro, añadiendo entre otras cosas su preciosa galería de piedra, dejándola con la apariencia que tiene actualmente. Según nos comentaba su hermano Eduardo Portela Lomba, esta casa, cuya fecha de construcción se remonta a 1866 -según figura en la toza de la entrada-, había sido comprada y reformada por sus padres en la década de 1920. Socio de Manuel Portela en Puerto Rico era Laureano Trigo Álvarez, más conocido por el «Gallo», quien tras retirarse de los negocios en activo en 1957, pasó a residir en la casa paterna en la plaza de Buxán. Esa casa la había comprado su padre en 1903 al regresar del Brasil. En los años 50 Laureano la reformó, habilitando también la actual avenida de Buxán que conecta dicha plaza  con la carretera principal para que pudieran pasar vehículos. Años más tarde volvió a ser remodelada y revestida de azulejo quedando con el aspecto actual.

 

Para concluir, queremos resaltar un elemento urbanístico -e histórico- de primer orden, hoy no suficientemente reconocido y valorado, aunque sí lo fuera en su día: la urbanización, a principios del siglo XX, de las dos entradas a la villa a cargo de los emigrantes guardeses retirados de América. En aquel momento ambas fueron nombradas como calle Brasil y calle Puerto Rico. Se realizaba así un homenaje a las dos naciones que tanto habían hecho por sacar al municipio guardés de su atraso. Infinidad de jóvenes de este pueblo -cientos y cientos- habían marchado a aquellas tierras para mejorar sus condiciones de vida y las de su familia y, consecuentemente, las de su pueblo natal. Los que tuvieron más suerte y regresaron con el fruto de su esfuerzo, levantaron las famosas casas indianas en sus barrios de origen, muy especialmente en los caminos de entrada a la villa donde no lo hicieron formando fincas cerradas y carentes de urbanismo, sin conciencia de sociabilidad (recuérdense los casos recientes, tristemente famosos ya en el urbanismo de nuestro municipio). No. Aquellos retornados hicieron casas de estilo urbano: adosadas, alineadas unas a otras y con unas fachadas -de materiales nobles e indudable valor estético- con las que formaron las calles o avenidas de entrada a su amado pueblo, en aquel entonces de una anchura más que generosa, motivo de orgullo para sus contemporáneos. Hoy en día, los actuales propietarios demuestran diferente sensibilidad con relación a estas casas. Mientras unos han realizado magníficas restauraciones, tienen en mente hacerlas o desearían hacerlas, otros están esperando y coadyuvando a que se caigan para poder realizar «su particular contribución histórica» al urbanismo de este pueblo. Desgraciadamente, los primeros no sienten detrás a los poderes públicos, mientras los últimos no los sienten delante. Lo más triste de todo esto es que A Guarda pueda perder la singularidad urbanística de sus magníficas e irrepetibles vías de entrada. 

 

En su día los emigrantes a Puerto Rico se situaron en la salida hacia Baiona y los emigrantes al Brasil en la salida hacia Tui. Por este motivo, a las calles que ellos habían «urbanizado» se les puso los nombres de sus países de acogida. No se había destacado a nadie individualmente y a nadie se olvidaba en este auténtico homenaje de un pueblo entero a sus emigrantes. Pocas veces el nombramiento de unas calles estuvo revestido de tanta justicia como entonces. Pasados los años, tras la última Guerra Civil española, la calle Brasil sucumbió a los avatares políticos de la época pasando a llamarse calle General Franco. El nombre de Brasil, sin embargo, no desapareció del todo pues fue utilizado para rebautizar la calle José Darse -la actual calle Brasil- que desembocaba en el inicio de la calle original. Por todo ello, nosotros proponemos realizar un ejercicio de justicia histórica todavía pendiente: renombrar la verdadera calle del Brasil con su antigua acepción. Y aprovechando esta circunstancia, la calle donde esa denominación estuvo desterrada tantos años podría recuperar de igual forma el nombre que recibió cuando la abrieron: calle José Darse. Ese gran olvidado, José Darse Sobrino, emigrante también al Brasil, fundador del periódico local Heraldo Guardés (1904-1935), fue sin duda uno de los guardeses que más hizo por la cultura de esta comarca desde su prestigioso semanario.

 

Esperamos y deseamos que, en justicia, se subsane esta deuda pendiente. Se lo debemos a muchos emigrantes que quedaron para siempre en lugares como Porto Alegre, Curitiva, Santos, Sâo Paulo, Niteroi, Río de Janeiro o Belo Horizonte. Ellos hicieron mucho por nosotros. Nuestros abuelos lo sabían muy bien. Y nosotros no debemos olvidarlo.

______________________

[1] Francisco González Costa emigró a la isla de Puerto Rico hacia 1870. Tras sus comienzos como dependiente participó después en diferentes negocios comerciales, siendo gestor por vez primera en la sociedad GONZÁLEZ HERMANOS (1877-1879), de los guardeses José María y Ricardo González Álvarez. Entre 1890 y 1896 participó en la importante mercantil S. MELÓN Y CO, del también guardés Secundino Melón Piedra, negocio donde siempre estuvo su otro hermano Domingo González Costa. Todas estas firmas estaban en la capital San Juan.

[2] Domingo Domínguez Sabariz comenzó muy joven con responsabilidades comerciales en la capital San Juan, al quedarse con el negocio que le dejara su primo Manuel Martínez Domínguez tras retirarse éste en 1898. Domingo trabajó casi siempre por su cuenta, hasta que en 1911 montó la potente mercantil D. DOMÍNGUEZ Y CO.

[3] Benito Pérez Cividanes empezó en los negocios en Puerto Rico, donde estaba también su hermano José. Pero después ambos hermanos se trasladaron a la vecina República Dominicana, concretamente a su capital Santo Domingo, donde crearon en 1928 la sociedad PÉREZ CIVIDANES Y HERMANO, una fábrica y comercio de calzado que tenía el nombre de La Parisién. Tras su retirada, ambos hermanos crearon en Vigo los famosísimos comercios de ropa de la calle Colón: Ropal ( José) y Blancazul (Benito).

[4] Al parecer los comienzos de Camilo Carrero en Santo Domingo fueron en la casa MUNNÉ Y CO. de la que acabó siendo socio. Posteriormente constituyó la sociedad GARCÍA Y CARRERO (1919-1925), dedicada a la importación y exportación de provisiones. Seis años más tarde se disolvió esta sociedad continuando Camilo Carrero con los mismos negocios pero ahora ya bajo su solo nombre. Antes de retirarse, entró a formar parte, como comanditario, de la sociedad VEGA, PÉREZ Y CO. (1930-¿?) siendo gestores Laureano Vega y Manuel Pérez Carrero.

[5] Manuel Martínez Domínguez creó en 1888 un negocio de víveres y frutos del país. Pero diez años más tarde, con el cambio de soberanía, se retiró a Camposancos haciéndose cargo de la casa el joven empleado, y primo suyo, Domingo Domínguez Sabariz (véase nota 2).

[6] Este emigrante a Puerto Rico fue uno de los artífices de la antigua e importante cadena de zapaterías guardesa de aquella isla ROQUE GONZÁLEZ, SUCESORES (1918-1998).

CASAS INDIANAS (1)     CASAS INDIANAS (2)      CASAS INDIANAS (3)   CASAS INDIANAS (4)   CASAS INDIANAS (5)  CASAS INDIANAS (6)         CASAS INDIANAS (7)