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HISTORIAL DE OYA

por JUAN REY IGLESIAS

“LA VOZ DEL TECLA”, 1915-1916-1917

(del Archivo de Antonio Martínez Vicente)

 

I

Introducción

            Aquí me tienes de nuevo, lector querido, con la péñola en la diestra mano y haciéndola correr sobre satinado papel para ofrecerte una graciosa película histórico-crítica del bendito pueblo de mis amores. El ser el mismo buen amigo tuyo que escribió Etapas de un viaje a Compostela y Lourdes el autor de este Historial de Oya te pone ya al fin de la calle de lo mucho y bueno que podrás leer en estas largas noches otoñales y del invierno que ya cubierto de hielo llama a las puertas de todos los mortales.

            Digo, pues, que en las columnas de este semanario[1], tan alabado de buenos como de malos odiado, verás al igual que en ancha cinta cinematográfica desfilar los principales cuadros de Oya antigua, de la Edad Media y Moderna. En ella comparecerán santos de tanta fama mundial como Benito, de Nursia; Bernardo de Claraval; Fernando el de la conquista de Sevilla. En ella no echarás de menos a un Alfonso VII, El Emperador; a un Sancho III, El deseado; a un Alfonso, El Católico. En ella contemplarás a un abad Ibo abriendo con sus propias manos los cimientos del vetusto cenobio de Loureza; a otro abad de nombre Ubango cavando los cimientos del célebre monasterio de los bernardos en esta villa; a un tercero abad recibiendo del rey Felipe II, El Prudente, la escritura por la cual se concede a Oya y a su excelsa patrona el nombre de Real, título que con tanto empeño quisieron arrebatar de sus blasones genios empequeñecidos por la pasión. En ella podrás estudiar la justicia de unas rentas tan debatidas por la ignorancia, incapaz de concordar tiempos con derechos. En ella estarás tan cerca de la vida monástica de los bernardos que asistirás con dichos religiosos a las primeras oraciones de la mañana y últimas de la noche; al coro, al refectorio, a la enfermería, a la biblioteca, a la penitencia, a la agonía, a la muerte, a los funerales, a todo. En ella estudiarás detenidamente las múltiples evoluciones de este pueblo desde su origen hasta nuestros días, desde el séptimo de los siglos hasta el vigésimo, desde San Benito hasta San Bernardo y desde éste a la Virgen del Mar, y de ésta a nuestros días.

            Aliéntate, pues, lector amigo, y disponte a no dejar un solo sábado de leer estas importantes croniquillas escritas al calor de un corazón puro y al fuego sacro del amor a este pedazo de terruño gallego.

            Y para que te vayas haciendo ganas para la semana próxima te anticipo que de San Benito, el gran patriarca de occidente ha de hablar mi crónica, por entender que en el alma de este héroe brotó la semilla que produjo las vistosas flores que hermosearán esta verídica historia oyense.

            Y con esta promesa, amigo, me retiro a cenar media docena de langostinos, que la buena señora ama me está preparando.

            Adiós, hasta el sábado.

                                                                                              Juan Rey Iglesias

Santa María de Oya, Noviembre 1915



[1] La Voz del Tecla, semanario guardés (1911 al 1920).

 

II

San Benito

            Sería faltar a la unidad de esta verdadera historia si no dedicásemos unas líneas al glorioso patriarca por cuyas venas corre la sangre ilustre de los Alicios. Sin una relación sucinta de su vida dejaría una gran laguna, un hueco difícil de salvar la mayor benevolencia de mis asiduos lectores. Comencemos, pues, por dar al público en la gran película de este cine-histórico-oyense y desde la cabina que benévolamente me presta el presente semanario, los rasgos principales de la vida de Benito, sin el cual Oya no llegaría a la preponderancia histórica que le merecieron los honores de que más tarde hablaremos.

            Nacimiento de Benito.- En la encantadora población de Nursia que situada se halla bajo el cielo azul de la italiana tierra, abrió sus ojos a la luz del sol el niño Benito o Benedicto. Contaba entonces el Cristianismo próximamente cinco siglos de existencia, pues el año era 480.

            Benito penitente.- Llevado Benito a los diez años a Roma para dedicarse a las ciencias divinas y humanas, fuéle tan desagradable la vida libertina de sus compañeros de aula que, sin decir palabra retirose a las del Subiaco, consagrándose a terribles penitencias en los interiores de una cueva solamente iluminada por la bendita luz solar que por un agujero abierto en la parte superior de la misma entraba. Tan embebido se hallaba el esclarecido Fundador de la Orden Benedictina en sus penitencias y amorosos coloquios con Dios y la Virgen, que no echó de advertir el desaliño de su cuerpo adquiriendo este al rodar de algunos años un aspecto tal, por el crecimiento de su barba, que más se semejaba Benito en su aspecto físico a montaraz fiera que a ser humano; tanto así, que unos cazadores, de no oír el encanto de las preces que Benito elevaba al cielo, por lo que conocieron habérselas con un santo penitente, le hubieran dado caza.

            Tentaciones de Benito.- Como no podía menos de suceder el demonio, envidioso de los progresos de nuestro bienaventurado, acordó tentarlo, y así tomando un día la forma de un mirlo posose sobre la santa cueva, y con sus cánticos, recordole a Benito una chica de nombre Mérlida cuya vista en Roma, durante sus estudios, había enamorado al ilustre fundador. Pero esta tentación venciola muy pronto Benito arrojándose desnudo entre unas zarzas que, hoy en día, son visitadas por muchos jóvenes que buscan en ellas el remedio de lascivas exigencias.

            Benito fundador.- Corriendo los días y deslizándose los años extendiose la fama de este siervo de Dios por luengas tierras, y de muchas partes de occidente comenzaron a acudir a Benito crecido número de jóvenes que, despreciando las riquezas y vanidades del mundo, anhelaban solamente por adelantar en el camino de la virtud y perfección. Entre estos jóvenes, contar puedes, lector, al insigne Plácido y a Mauro, el abogado contra las reumas.

            Rodeado ya Benito de una pléyade de hombres de corazón recto y sencillo, diose el santo Patriarca a delinear las constituciones de la naciente Orden religiosa, fundadas en un gran conocimiento de la naturaleza humana, resultando así una mezcla de previsión y de sencillez, de severidad y de dulzura. Las soledades del Subiaco y los alrededores del Monte Casino, han sido las primeras tierras que vieron construir los primeros monasterios de la Orden Benedictina.

            La Regla Benedictina.- Solo en síntesis, lector, voy a darte a conocer la famosa regla benedictina, en la cual Benito levantose como el prototipo de los actuales sociólogos cristianos. Hela aquí: El abad debe instruir con el ejemplo y dirigir a cada monje según su carácter y disposiciones naturales; los monjes deben respetar en su superior el representante de Jesucristo y obedecerle ciegamente. El novicio está sujeto un año de prueba durante el cual se le debe recordar lo serio de su vocación y lo estrecho de la regla. Sabiendo además Benito apreciar prudentemente los peligros de la vida del claustro, además de las preces canónicas prescritas en aquellas palabras del salmo CXVIII: “Siete veces al día he cantado vuestras alabanzas”, dio a sus monjes ocupaciones continuas y variadas, tales como trabajos manuales, instrucciones para la juventud, lecturas, copias de manuscritos y libros. Setenta y dos palabras sacadas de las santas Escrituras contenían la norma de la vida religiosa de los monjes.

            ¡Oh vosotros los que pasáis por el mundo echándolas de sociateros y sociólogos eminentes, que os llamáis señores Pablos, y Sorianos, deteneos un momento ante la imagen de ese fraile, descubríos con respeto, leed sus constituciones, su regla... y no atronéis más los aires con vuestra societaria de burdel! En Benito y su regla tenéis la salvación de esa sociedad que marcha a empujones por la pendiente que hacia del caos conduce porque falta en la mollera de sus falsos redentores, la luz salvadora que baja del cielo. Pero continuemos.

            Muerte de San Benito.- En el reloj de la Providencia sonó la hora de abandonar Benito a sus queridos hijos. Y, después de bendecirlos a todos dispúsose a recibir el premio de sus virtudes, dejando la tierra el año 543.

            La medalla de San Benito.- Como muchos de mis lectores, tanto de La Guardia como de muchos pueblos, profesan al santo patriarca especial veneración y quizá muchos de ellos lleven su santa medalla, paréceme oportuno descifrarle la significación de las iniciales que adornan la cruz de dicha medalla y con cuya recitación se han obtenido innumerables gracias. Aquí la tienes. En los ángulos de dicha cruz se leen las letras C. S. P. B., de Cruz Sancat Benedicti (Cruz del Santo Padre Benito); en línea vertical se ven las letras C. S. S. M L., iniciales de las palabras Cruz Sancta sitmihi lux (la santa cruz sea mi luz). En la línea horizontal figuran las letras N. D. S. M. D., iniciales de Non draco sit mihi Dux (No sea el dragón mi dueño). Alrededor se halla el monograma de Jesús JHS, y luego las letras V. R. S. N. S. M. V. S. M. Q. L. J. V. B., iniciales de Vade Retro Satana, Noli Guadere Mihi Vana, sunt mala quae libas ipse venena vivas (Retírate Satanás, no vengas aconsejarme tus vanidades. Ese infernal brebaje que tú viertes en el mal, bebe tu mismo esos venenos).

            De las batallas ganadas contra el enemigo por mediación de esta medalla puede el amado lector pedir nota a las beneméritas religiosas benedictinas de La Guardia.

            Trabaja y consuélate.- Con estas palabras dichas por S. Benito en ocasión solemne, pongo fin a mi croniquilla; pues estas son el lema de la gran familia benedictina, destinada a enseñar la santa virtud a las razas bárbaras enemigas de todo trabajo: Trabaja y consuélate, este ha sido el lema de la bandera de Benito que en buena hora desplegaron a los anacoretas de San Colmado fundadores del histórico monasterio de S. Mamed de Loureza.

            Pero hagamos ya punto, y descansemos sobre la marcha sin perder de vista que vamos caminando con paso sereno hacia la vetusta villa donde mi firma escribo.  

PARTE ANTIGUA

III

Los benedictinos en Galicia

            Hacia S. Colmado.- Semejante a ligera navecilla que empujada por marina brisa surca las azules aguas de nuestro Atlántico en placentera mañana en el mes de las flores, así también, lector, la familia benedictina, favorecida por Aquel que alienta cielos y tierra, salió de los italianos confines para derramarse como una bendición por las agrestes montañas y extensos valles de Francia y de España, cupiéndole en no pequeña parte a esta Galicia tan del cielo apreciada como de los hombres abandonada.

            Sucedió, pues, que a los primeros tientes de una mañana de octubre del año 806 se presentaron al santo Obispo de la diócesis tudense cuatro religiosos benedictinos vestidos de un tosco sayal negro ceñido a la cintura de una sencilla correa del mismo color. Recibioles su reverencia con el aprecio que sus virtudes merecían, y habiéndoles sido indicado a dichos monjes que allá en el monte de San Colmado, perteneciente hoy al distrito municipal de Gondomar se les proporcionaba ancho campo a sus apostólicas tareas, por estar dichas alturas habitadas por bastantes idólatras, dejaron la ciudad de los reyes y obispos, y, apoyados en sus báculos, salvaron la distancia de unas tres leguas que median entre el mencionado sitio y la vetusta capital de los reyes godos.

            Primeros trabajos.- Una ligera choza de cañas techada y defendida de retamas, sirvió de albergue a los santos misioneros. Su vida de penitencia, arreglado en un todo a la severidad de su regla, cautivó poderosamente la atención de los nuevos vecinos. Aprovecháronse nuestros apóstoles de esta coyuntura providencial y dieron comienzo a su apostolado por enseñarles a aquellas gentes sin doblez los principales rudimentos de la agricultura italiana o benedictina, tales como la preparación de abonos, selección de semillas, siembra de legumbres, plantación de árboles frutales y de adorno, de robles y de castaños. Acostumbráronles al laboreo de las tierras por medio de instrumentos más perfectos que el arado romano, el tridente egipcio y el azadón fenicio. Enseñáronle la aplicación de las pinturas y el colorido sobre las maderas y la construcción de viviendas superiores a las de las vetustas viviendas celtas que mejor semejaban cuadras de animales que moradas de seres humanos.

            Milagros de S. Benito.- Conquistados de este modo aquellos sencillos corazones por el adelanto material que les proporcionaban los hijos del gran Patriarca, no les fue difícil derramar en los mismos la buena semilla de la religión cristiana, endulzándola con ejemplos de la vida de Cristo y de S. Benito.

            De éste recordábanle de haber salvado en vida por una bendición hecha sobre un brebaje que le dieran a tomar en dorada copa algunos de sus díscolos discípulos. Referíanle la resurrección de un joven a petición de su padre que había demandado de San Benito esta gracia singular. Presentábanle aquellos coloquios en que el demonio llamaba a Benito, “bendito, bendito”, respondiendo nuestro santo “maldito, maldito”. Y otras cosas así de este tenor.

            S. Benito y el Valle Miñor.- Con estos ejemplos traídos tan a tiempo por los santos misioneros subyugaron en modo tal a los habitantes del llamado hoy Valle Miñor, que abandonando supersticiones e idolatrías y creencias, se convirtieron a la Religión del Crucificado del Gólgota, y lo mismo en honor de san Benito como de los mártires S. Cosme y Damián, erigieron suntuoso templo, que más tarde fue derruido y emplazado en otro lugar, en alturas de aquellas sierras que dominando el valle se hallaban.

            Aún hoy, lector, se conservan restos de dicha iglesia y entre los habitantes del Miñor se conserva la devoción popular y profunda a los gloriosos mártires del Egeo y al fundador de la preclara institución benedictina, por los millones de gracias a sus devotos concedidas.

            Camino de Loureza.- En él voy a dejarte, mi amadísimo lector, con los buenos frailes de la orden benedictina, aplazando para el capítulo siguiente la continuación de esta historia de verdadero color de cielo.

            Quédate, pues con ellos a la sombra de robusto roble y en el sol de las doce de un día de julio, mientras el autor de las presentes líneas, para satisfacer una necesidad de su estómago y saborear un rico vinillo cuyo aroma a las narices llega, en compañía de un tufillo de lomo, que la buena sirvienta tiene ya hirviendo sobre la mesa.

IV

Los benedictinos en Loureza

            Retrocedamos unos momentos.- Con esta frase, muy propia de una novela por entregas, invitarte quiero, lector de mi alma, a que antes de respirar el fresco de las montañas de nuestro término municipal y saborear las operaciones de los hijos de Benito en Loureza, les acompañes desde el punto donde les dejamos descansando en nuestra pasada croniquilla. Y ten seguro que marchando al lado de tan buenos religiosos y guiado por mi mano como de un providencial dómine no tropezarás en los escollos de la pedantería y la ignorancia.

            En camino.- Dejemos, pues, la sombra bienhechora del secular alcornoque y tomemos la sucia vereda que de la parroquia de Damas (hoy Donas) que conduce al corazón de los montes oyenses. Los doce religiosos que van en nuestra compañía es gente joven. Presídelos el santo abad Ivo, que es portador de autógrafo del obispo de Tuy, D. Pelayo, concediendo a los benedictinos la propiedad de Loureza, Burgueira y sus contornos. La tarde, lector, aun cuando es de las del caluroso julio del año 906, no por eso deja de cubrirse de un manto de color plomizo que anuncia la proximidad de una tormenta, tan frecuentes en el año de que nos ocupamos. Así era en efecto.

            La tormenta.- No bien el Sol había hundido sus luminosos rayos en el occidente, surgió casi repentinamente la noche sobre las alturas de los montes y mesetas situadas entre el Miño y el mar de Oya, sorprendiendo a la virtuosa comunidad que, siguiendo las indicaciones del superior, hiciéronse con cantos que a mano pudieron encontrar a fin de guarecerse de la tempestad que a pasos agigantados se cernía sobre sus cogullas. Sopló el viento, surgió el huracán, abriéronse las cataratas de los cielos y aguacero de más de cuatro horas de duración, convirtió la planicie de las montañas en verdaderos mares donde pudieran flotar embarcaciones de algún tonelaje.

            Continuando viaje.- Los benedictinos repuestos de aquellos azotes de la naturaleza y dadas que hubieron a Dios las gracias por salvarlos del peligro que les amenazó, en aquella memorable noche, de la que hacen mención algunos autores al ocuparse de los trabajos primeros de los benedictinos en Galicia, pusiéronse nuevamente en marcha.

            Loureza.- Por fin llegaron al término de su viaje. A sus pies hallábanse una extensa explanada que descansaba en los brazos de dos montes; aquella campiña denominábase LOURENZA, sin que hasta la fecha se sepa a que fue debida su traslación en LOUREZA.

            En los antiguos libros del archivo parroquial que pudimos registrar, hay crecido número de partidas bautismales con el primero de los nombres.

            Fundación del monasterio.- Tan pronto como los religiosos dieron a sus cuerpos el necesario descanso, procuraron buscar una fuente de aguas cristalinas. Y, Dios que no abandona a sus siervos, deparósela en un montículo que de la parte del naciente de la actual iglesia parroquial se levanta.

            Reunido ya allí aquel colegio benedictino, dieron gracias al divino Redentor, resolviéndose desde aquel momento a levantar un edificio que había de ser a la vez capilla y cenobio, y el 27 era del mes de septiembre del 906, según Manrique, cuando se abrieron los cimientos de aquella benedictina morada, consagrada a San Cosme y Damián, en recuerdo de haberse dado principio a la misma el día que la Iglesia celebra el aniversario de la muerte de estos dos mártires de Egea.

            Repartición del edificio.- No se paraban los benedictinos o frailes negros, como los llamaba el pueblo, por razón de sus hábitos, en levantar suntuosas moradas que más denunciar pudieran el orgullo de capitalistas que la santa morada de quienes sus bienes y títulos nobiliarios, habían abandonado en consonancia con los evangélicos consejos. Así como el cenobio, monasterio, o mosteiro de Loureza reducíase a un paralelogramo de ochenta metros de base o largo por cuarenta de ancho, incluso la capillita. Las habitaciones eran de burda piedra construidas y cubiertas al igual que todo el edificio, de anchas pizarras transportadas allí de un monte próximo, que da vista a tierras del Miño. Eran veintidós los compartimientos; y cada uno de los religiosos se hallaba provisto de un libro de máximas entresacadas por S. Benito de los libros Santos, de un compendio de los salmos de David, y los trebejos del campo.

            Un volcán.- Relacionado con la estancia de los benedictinos en Loureza, no faltan autores de gran nota, que mencionan la existencia de un volcán en la inmediata parroquia de Burgueira, y aún hoy entre los vecinos de esta parroquia es tradición que existió una boca de fuego a mediados del siglo X. Nosotros nada podemos asegurar de nuestra cuenta, por no hallar suficientes datos sobre tan curioso asunto; pero una vez que autores como Manrique, Padín, Helionzo y otros hacen mención de curiosidad tal, no tenemos inconveniente en hablar de él y decir lo que escrito dejamos. Ciertamente que recorriendo pocos años ha algunos ingenieros suizos los montes de Burgueira y Loureza, se llevaron piedras cuyo origen no es otro más que de procedencia volcánica; la piedra pómez, basalto y escorias férreas encontradas, apoyan algún tanto esta tradición.

            Mejoras en Loureza.- Los hijos de Benito atentos siempre a su lema: Trabaja y consuélate, propusiéronse desde los primeros días de su arribo a Loureza, consagrarse a la oración y al trabajo. Era de ver, lector buenísimo, a aquellos hombres en cuyos rostros resplandecía algo de cielo, inclinados la mayor parte del día hacia la tierra elaborándola con el sudor de sus frentes y con los escasos medios de instrumental agrícola. El Sto. Abad Ibo, cuyo cuerpo semejábase a un tronco viviente de raíces, levantábase invariablemente a las tres de la mañana y llamando a los demás religiosos con el tañido de unas tablas en que se habían incrustado ligeras planchitas de hierro, marchaban a la oración y de allí al trabajo, llegando a transformar a Loureza en un valle amenísimo donde ni faltaban fuentes, ni ríos bienhechores, ni granos en abundancia, ni licores de las más justificada fama. ¡Tal ha sido, amigo lector, lo mucho y bueno que los benedictinos ofrecieron y realizaron en la cultura agrícola de ese pueblo que hoy más se semeja a un fósil antediluviano que a un pedazo de tierra hispana!

            Pero hagamos alto aquí por hoy, y si te place, amigo, pasemos unos momentos a recordar aquel paraíso perdido, a aquel Loureza, aquel pedazo de Galicia, aquella feligresía que pareció sumirse en la tierra hasta el extremo de no ver el Sol más que ¡una hora al día!, según frase de un Prelado tudense de imborrable memoria.  

 

V

Los benedictinos en el Castro

            Últimas impresiones en Loureza.- Quedábamos, lector, contemplando en nuestra última croniquilla la santa vivienda de los religiosos de San Benito, sus adelantos en aquellas tierras de Loureza, y su vida de abnegación y sacrificio en pro de la humanidad condenada a sacar de la tierra el pan negro de su alimento. Bueno será ya que apartes la vista de cuadro tan encantador para ir tomando el camino que conduce a las alturas del Castro, monte que domina a la vetusta Oya, sirviéndole como de inmenso capacete en las noches de tormenta y de abrigo aptísimo en las frías mañanas de invierno.

            Tomemos, pues, de nuevo el camino y dando un adiós a la parroquia que celebra por patrono al mártir italiano, S. Mamed, subamos la áspera pendiente.

            En camino.- Seis religiosos precedidos del P. Abad Ibo van en nuestra compañía, y sus edificantes conversaciones aportan a nuestros oídos recuerdos de Galicia.

            Nos dice ya que España ha sido grande por Galicia; que de Galicia salieron con D. Pelayo para Asturias los gallegos, y allí pusieron su corte real; que gallegos fueron los que hicieron a León, cabeza del reino; que gallegos fueron los que fundaron el reino de Castilla; gallegos los que hicieron Imperial a Toledo; gallegos los que conquistaron las Andalucías, Valencia, Murcia y Algarbe; gallegos, continúa el padre Ibo, que amén de gran agricultor era un insigne historiador, fueron los que poblaron a Asturias; gallegos los que conquistaron toda la antigua provincia de Lusitania con Mérida, su capital; los que sujetaron a su dominio la provincia Bética, con su capital Sevilla; los que rindieron la provincia cartaginense; los que subyugaron toda la costa septentrional de España, y las vascongadas hasta los Pirineos; que fue el rey de Galicia el primero que, oprimiendo la potencia de los romanos, se hizo monarca de casi toda España, cuya primera y única silla real estaba de asiento en este antiguo reino de Galicia.

             Y para que más os asombréis dice el P. Ibo, Galicia comprende treinta naciones, entre las que contar puedes, la gran ciudad de Lisboa, Palencia, Gerona y Braga; las ciudades comprendidas entre Duero y Miño. De modo que la ciudad de Oporto era un puerto de Galicia, que eso quiere decir, añade el Padre, la palabra Portugal. A Valladolid se le llama ciudad de los gallegos. A Numancia se le considera ciudad de Galicia. A Burgos ciudad también de los gallegos. De todo esto procedió el que los antiguos soberanos de España se les llamase Reyes de Galicia, o de España; a Santiago patrón de Galicia o de España; a los asistentes al primer concilio de Toledo, Obispos de Galicia o de España. De aquí que el nombre Gallego, que se halla en el poeta Ovidio, signifique lo mismo que Español. De manera que en Roma, cabeza del orbe, donde se hallaban aquellos eruditos poetas, se hablaba de Galicia cual si se hablase de toda España.

            Así, señores, habló durante nuestra ascensión al Castro el R. P Abad, y muchas cosas más nos hubiera dicho si la oración no le llamase al cumplimiento del deber.

            Sobre el Castro.- ¡Gracias a Dios! Ya hemos llegado al deseado monte en el momento en que el Sol está próximo a hundir sus rayos en el Atlántico. El panorama arroba en éxtasis a los seis religiosos que han verificado la ascensión en compañía del P. Superior. En presencia de la majestad de aquel cuadro, al que sirve de marco el azul de los cielos y las espumosas olas reventando en graciosas espirales contra el acantilado de las rocas que allá, allá en el fondo, en el hoyo forman variadísimos cambiantes de luz, impónese la elocuencia del silencio, síguese la admiración, traduce esta en éxtasis... y después de dos horas de arrobamiento el P. Ibo toma la palabra a sus compañeros:

            “Hijos míos muy amados: Ante la magnificencia de las obras del Señor, cantemos juntos el Benedicite omnia opera Domini, Domino...

            Los labios de los religiosos se despegaron y el salmo de David subió a las alturas de la Gloria”.

            El sueño reparador descendió benigno sobre los párpados de todos... y los santos penitentes diéronse a descansar en el mullido césped de las alturas del Castro, esperando al nuevo día que verdaderamente lo era del 22 de septiembre 948.

            Descansemos también nosotros en esta narración útil y deleitable; y hasta luego.  

VI

Una capilla

            Continuamos en el Castro.- Consignábamos en nuestras croniquiles notas que los benedictinos residentes en S. Mamed de Loureza, subieron a las alturas del Castro en la tarde del 22 de septiembre del año 948, y que allí habían pernoctado. Así fuera en efecto. Mas cuando a la mañana del siguiente día detuviéronse a recorrer la cresta del mencionado monte y se dieron exacta cuenta del dilatado horizonte que tenían alrededor de sus ojos, casi estoy por afirmar que debieron repetirse en algunos de aquellos beneméritos religiosos los éxtasis de la pasada tarde. Pues tenían a sus espaldas las encantadoras mesetas de Portugal cubiertas todas ellas de hermoso verdor y en frente, la inmensa planicie del mar entre la que sobresalían como gigantes bañándose en sus aguas, de súbito azul, las célebres islas Ons y las no menos históricas de la Cíes o de Bayona, a cuya sombra fondearon varias escuadras que ostentaban en sus proas el escudo de las águilas del romano imperio. También distinguieron en lontananza la antigua ciudad de Santa Eugenia de Ribeira, el ciclópeo cabo de Finisterre, los promontorios de Corrubedo, los altos montes de la península de Morrazo y otras muchas islas diseminadas a todo lo largo de las Rías Bajas del Norte. A la vista de panorama tan vario, resolviéronse los benedictinos a levantar una capillita que al par de servir de atalaya de observación y recreo sobre tan vistoso monte, fuese un lugar de oración. Y así dieron comienzo a la capilla de San Sebastián, de sencillo aspecto.

            Esta capilla existe todavía, y se conserva en buen estado dentro de los límites de la parroquia de Oya, y en el frontispicio de la misma se lee una inscripción latina, que traducida al español dice: “FUE TRASLADADA DEL MONTE DE SAN SEBASTIANO EL AÑO DE 1170.

            Un castillo.- El observador que en mañana fresca de abril hubiera tomado el empedrado sendero que desde la villa de Oya conduce al Castro, detendríase unos momentos a remover los cimientos de lo que en pasados tiempos fue un castillo y cabe en las paredes de un edificio que recuerda las construcciones de los cenobios benedictinos en los últimos años del siglo X. El que estas líneas escribe bien acompañado de maestros en el arte de orientarse sobre las antiguas construcciones pudo ser informado de que allí, sobre el Castro, que quiere decir castillo irguiose en tiempos de los benedictinos una elevada torre de seis metros de ancho por sesenta de altura, cubierta de ancha terraza y rodeada de almenas. Desde aquella elevación podían perfectamente los religiosos comunicarse con el Monte Real de Bayona y el Santa Tecla de La Guardia, asegurando escritores de gran nota que por medio de convenidas señales se avisaban los vecinos de los lugares o fortalezas indicadas, sobre el arribo de piratas moros a las costas de Galicia para dedicarse a sus fechorías, de las que hablaremos más adelante cuando entre pormenores sobre la villa de nuestros encantos. Al pie del castillo de referencia y como cobijado bajo la sombra de dicha mole levantaron los religiosos una dependencia relacionada con el monasterio de Loureza y el servicio de la capilla de S. Sebastián.

            Muerte del P. Ibo.- Después de estas construcciones y otras más acompañadas de las obras de piedad, sonó para el santo Abad la hora de abandonar este mundo y reunido que hubo a todos sus religiosos, en número de treinta en la citada dependencia del Castro, exhortoles a continuar en la observancia de la regla de su santo fundador, y suplicando a sus discípulos le ayudasen a subir a la terraza de la fortaleza o atalaya habloles de esta manera: “Hijos míos: Dios se ha dignado llamarme a su seno, por lo cual dentro de contados momentos mi espíritu al igual de mi maestro Benito, se desprenderá de la cárcel mortal de este cuerpo y rebasando el astro de la noche, tocando el velo azul de los cielos, penetrando en los lejanos espacios, llegando en audaz vuelo por en medio de esos soles soberanos, almas de los mundos, por los cuales todo vive y respira... y subiendo más y más, descubriré a aquel que ve a la cumbre de la creación hundida en las profundidades del abismo... y una vez allí entraré a gozar de la divina Esencia, sin que por eso os olvide y desde el cielo os bendiga continuamente”.

            Cuando el P. Ibo terminó su despedida el Sol sumiose en el dilatado mar dejando de alumbrar aquella patética escena, la noche cubrió la tierra con su manto tachonado de estrellas; la luna dejose ver en el naciente con esa palidez tan decantada por los poetas; la Vía Láctea (Camino de Santiago) con sus dieciocho millones de estrellas principales, presentose con toda nitidez sobre nuestras cabezas; el gigantesco mundo de Saturno, con tres inmensos anillos concéntricos, de doce mil leguas de altura por cincuenta de espesor, parecieron girar en aquella noche con más rapidez que el mismo astro; las ocho lunas que circulan los anillos del gigantesco planeta, enriquecieron aquella noche los espacios con los más brillantes y majestuosos espectáculos. Las constelaciones del Perseo, del Dragón, del Tauro, la de Andrómeda, la de Hércules, que están iluminadas por soles de escarlata, rojo anaranjado, verdes, amarillos azules, etc., inundaron las alturas del Castro con la brillantez de sus colores, la diversidad de sus claridades, lo deslumbrador de sus tintas, los múltiples y fantásticos de sus reflejos.

            El sepelio.- Mientras así la naturaleza obedeciendo a eternas leyes dejábase ver con toda su magnificencia, el cuerpo del santo Abad del cual se había despedido su alma, fue puesto en unas angarillas y cubierto el rostro con un pañuelo. Cuatro de los religiosos con lágrimas en los ojos y el luto en el alma tomaron por cada uno de los extremos aquella especie de tumba y se encaminaron precedidos de rústica cruz y la comunidad benedictina al monasterio de Loureza. Una vez allí un lego abrió una fosa, y a las tres de la mañana, cuando ya el día comenzaba a ahuyentar las tinieblas de la noche, el cuerpo de Ibo descendió a la fosa en medio de las plegarias de aquellos hijos suyos a quienes tuviera la suerte de conducir desde Italia a esta apartada región. Murió el P. Ibo, según se desprende de algunos pormenores de su vida, 115 años de vida monástica.

            Lector: Mientras rezas piadoso al pie del santo abad, permíteme que ahueque unos días a descansar de mis tareas e investigaciones, y con esto me repito agradecido.

VII

Fundación del monasterio de Oya

            Precedentes.- Terminado que hubieron los religiosos de dar tierra en Loureza a su primer abad, procedieron a la elección del que había de sucederle en el espinoso cargo de la dirección de sus almas, recayendo esta por unanimidad en el sabio padre Umbago, que venía ejerciendo ya el cargo de subprior.

            El P. Umbago.- El célebre escritor portugués Vieira, al relacionar en una de sus famosas crónicas benedictinas la vida del P. Umbago, dice que ese adelantó en ciencia astronómica a los más aventajados astrónomos de los últimos siglos. Por él se supo que los millares de estrellas que desde aquí nos parecen unos pequeños puntos luminosos, son soles resplandecientes, cada uno de los cuales es a la vez centro de un nuevo sistema planetario; que cada estrella es un globo colosal, tan grande o más que el Sol que nos alumbra, que es un millón y trescientas mil veces mayor que nuestra tierra; que cada nebulosa es una inmensa aglomeración de estrellas que abraza una extensión del espacio, que el hombre se esforzaría en vano en concebir; que la luz se propaga con una velocidad de setenta y siete mil leguas por segundo, y que solo tarda ocho minutos en llegar del Sol a la tierra, atravesando una distancia de treinta y ocho millones de leguas; que para llegar a nosotros la luz de la primera estrella de la Osa Mayor, la luz empleó en recorrerla la friolera de veinticinco años; y la de la Polar, cincuenta, y la de Capela sesenta y dos. Que hay en el espacio innumerables nebulosas mayores que la Vía Láctea; que hay soles de un color azul de índigo; otros de un color de rosa en su centro y blancos en la circunferencia; otros que emiten magníficos rayos de azul celeste. Que todos estos cuerpos colosales se hallan, en perpetuo e interesante movimiento, recorriendo órbitas inmensas con una velocidad triplemente superior a la rueda más rápida de nuestras máquinas (siglo XVIII). Que cada estrella es el centro de un nuevo sistema planetario; que el nuestro abarca en sus dimensiones hasta Neptuno, el más apartado de los planetas conocidos, una circunferencia cuyo radio es de mil ciento cuarenta millones de leguas. Que hay estrellas que recorren los cielos con una rapidez de veinte leguas por segundo.

            ¡Qué sería, lector, si esta lumbrera de la iglesia contase con los medios que hoy tienen a su disposición los astrónomos para penetrar en los abismos sin fondo de esta creación, sin límites, que rueda sobre nuestras cabezas! ¡Qué no escribiría hoy este religioso si tuviera a mano esos telescopios de cinco metros hasta aquellas estrellas, cuya luz tarda más de mil años en llegar a nosotros! Sin duda descubriría lo que hoy sospecha la ciencia, la existencia de un inmenso astro central, especie de Sol del Universo, alrededor del cual se verificarían en incalculables órbitas todos los movimientos estelares.

            Pero tornemos a nuestro campo llano como diría Cervantes.

            Hacia Oya.- Después de estos pormenores sobre el nuevo director de la benedictina comunidad, y dando al olvido unas cuantas semanas de permanencia de dicho Abad en el cenobio lourezano, tomemos enseguida el camino que lleva a tierras de Oya... Ya estamos de nuevo en las alturas del Castro... ¡Allá está la Hoya! Exclaman a coro las voces de todos los religiosos que acompañan al P. Umbago. En efecto, en el fondo del monte el gran HOYO semejante a un embudo inmenso recibiendo en su interior las aguas de los mares. ¡Allí estaba aquel HOYO, cuyos orientales bordes presentábanse cubiertos de verde césped jamás aprisionado por la mano del hombre! ¡allí estaba a la vista contemplativa de aquellos benedictinos, aquel HOYO u HOYA, cuyos occidentales bordes húndense en el Atlántico para servir de puente a las aguas saladas que en él se introducen, al par de ser portadoras de toda clase de pescados que en dicho recipiente u hoyo depositaban sus huevas! ¡Allí estaba, en fin, HOYA, la visitada por Viriato, la codiciada por Carlo Magno, la santificada por la planta de los S. Benito! ¡OYA, bendita seas!

            El monasterio.- ¡Detente, lector, un momento! ¿Conoces lo que hoy dimos en llamar bosque de los frailes, y cuya extensión de más de una legua de circunferencia, alcanza del pueblo de Chavella al de la Riña en estos contornos? ¿Sí? Pues en este lugar, en este sitio de recreo de los frailes bernardos, fundaron los benedictinos su monasterio, su vivienda.

            Descripción del monasterio.- Aunque cuando tenemos datos concretos sobre esta fundación, no obstante podemos servirnos para el caso, de lo que han escrito de nota sobre el particular, de los autores consultados y tumbos compulsados, se deduce que el monasterio benedictino reducíase a un gran caserón construido todo él de fuertes maderos procedentes de embarcaciones arrojadas por el mar a la costa. El P. Brito, historiador en el siglo XVIII, afirmaba en su Historia de Braga que las maderas de este cenobio eran riquísimas, ostentando labores de súbito valor. Las diversiones eran en un todo, parecidas a las del monasterio de Loureza. Como recuerdos de este edificio solo se conservan unas columnas que servían de pórtico y la fuente, la cual lleva su antiguo nombre de Birlo.

            Una capillita.- En las mismas orillas del mar y sobre un pequeño montículo, levantaron los benedictinos una capillita que a la Reina de los Cielos consagraron. Esta ermita lector, ha sido el eje alrededor del cual puede decirse que se desarrolló en el transcurso de los años la magna obra, hoy en ruinas, del monasterio cisterciense de Oya.

            Todas estas cosas sucedieron el año 1010, según Manrique, Florez, Alzog y otros.

            Lector: Echémonos a descansar algún tiempo, cabe las históricas columnas de que hice arriba mención, para dar luego comienzo a la segunda parte de estas Historias de Oya.

VIII

Edad Media

S. Bernardo y Alfonso VII

            Una advertencia.- Trescientos años, querido lector, llevamos andando desde que dimos comienzo a esta verdadera narración humana, de la que dicho sea en gracia de la verdad, ninguno de los mortales se había ocupado como la importancia del asunto así lo exigía. Ahora vamos a avanzar un paso más, entrando en la Edad Media, y como en ella hayan brillado hombres de tanta importancia para nuestro historial como un S. Bernardo y un Alfonso VII, de ellos debemos ocuparnos para no faltar a la unidad de este monumento literario que cariñosamente legamos a las venideras generaciones. Comencemos pues.

            Nacimiento de Bernardo.- A tres leguas de Dijón, provincia de Borgoña, en Francia, álzase el antiguo palacio de los señores de Fointaines, Tescelino y Alicia. Pues bien, allí, en aquella señorial mansión, nació Bernardo, con tan buenas disposiciones para la virtud, que sus padres apenas tuvieron que hacer por despertar en el corazón de su hijo sentimientos de piedad, tanto para con Dios como para la Santísima Virgen.

            Bernardo religioso.- Deseando Bernardo huir de las pompas del mundo, abrazó el estado religioso ingresando para ello en la Orden del Cister, reformada. Hizo su profesión el año 1114 cuando contaba veinte y tres años de edad.

            Bernardo fundador.- Eran tan bellas y atrayentes las virtudes de Bernardo, que el Abad S. Esteban, su superior en el monasterio de Borgoña, lo designó para fundar la casa de Claraval, en el desierto de Langres. Desde este momento el nombre de Bernardo como fundador fue tomado en alta estima, y más de cien casas de la Orden reformada del Cister, debieron a nuestro santo su existencia. La Francia, Saboya, Italia, Inglaterra, Escocia y Alemania son testigos de estas fundaciones, verdaderos planteles de sabios y de santos.

            San Bernardo en Galicia.- Nuestra queridísima región no podía menos de ser objeto del celo de las fundaciones de Bernardo, y habiendo entrado por Lisboa, pasando por Portugal entró en nuestra Galicia, fundando los célebres monasterios de Sobrado, de Santa María de Monte Ramo, San Martín de Piñeira-Junqueira, S. Clodio, Osera y HOYA.

            S. Bernardo escritor.- Cualquiera de mis lectores que haya leído las obras de este santo, entre ellas las que compuso Sobre la gracia y el libre albedrío, la que lleva por título Exhortación a los caballeros del Temple, el libro De la consideración, la obra referente al Cantar de los cantares y otras, habrán gustado de lo más atrayente y clásico de la literatura francesa y admiraría la justicia de la Iglesia al concederle el título de Doctor de la misma.

            Su amor a la Virgen.- Manifestábase éste continuamente en todos sus actos y palabras, desbordándose en tiernas exclamaciones, como le ocurrió cierto día en la Catedral de Spira, en que hallándose rodeado de gran concurso de fieles, arrebatado de amor a la excelsa Señora, prorrumpió en las siguientes frases: ¡Oh Clemente! ¡Oh Piadosa! ¡Oh dulce Virgen María! Palabras que después pasaron a formar parte de la salve que se reza en honor de la Inmaculada Madre de Dios.

            Últimos momentos de Bernardo.- Después de una vida llena de méritos y virtudes, preparose Bernardo para su viaje del tiempo a la eternidad, y en Claraval, con los dulces nombres de Jesús y María en los labios, entregó su alma a Dios el 20 de agosto del año 1153. Canonizole veinte años después el Papa Alejandro III, siendo demostrada su santidad con innumerables milagros.

            Alfonso VII.- Contemporáneo de S. Bernardo, fue el Emperador de España D. Alonso o Alfonso VII, y como ambos contribuyeron a la fundación del actual monasterio existente en esta villa, bueno es que tracemos a grandes rasgos la vida de este cofundador.

            Su nacimiento.- Allá en Caldas de Reyes, pueblo de nuestra Galicia, parece haberse mecido la cuna de Alfonso, siendo sus padres el conde don Ramón de Borgoña (paisano de S. Bernardo) y doña Urraca, hija y sucesora de don Alfonso VI, el conquistador de Toledo.

            Su coronación.- Viviendo todavía su madre fue coronado tres veces rey de Galicia, y después de su muerte, rey de León y Castilla.

            Cuando don Alfonso tomó las riendas del Gobierno, estaba en la flor de su juventud y no era novicio en la guerra.

            Sus guerras.- Sostúvolas contra los reyes de Aragón, Castilla, León, Andalucía, Navarra y condes de Portugal.

            Título de Emperador.- Restablecida la paz, vino D. Alfonso a León en donde celebró Cortes Generales y solemnes a las que concurrieron los arzobispos, obispos, abades, condes, duques y príncipes del reino y muchos extranjeros. Y ante aquel numeroso concurso el rey de Castilla y León tomó el título de Emperador de España. Coronole el arzobispo de Toledo y le entregó el cetro símbolo de alta dignidad.

            Sobre el arco toral de nuestro suntuoso templo, hay un fresco de grandes dimensiones en el cual aparece don Alfonso VII delante de una mesa leyendo, al pie de la efigie el siguiente rótulo: D. ALFONSO VII-REY-DE-CASTILLA Y LEON-EMPERADOR DE ESPAÑA-Y-FUNDADOR-DE-ESTA-SANTA-CASA- (1135).

            Sus casamientos.- Casó don Alfonso en primeras nupcias con doña Berenguela, hija de don Ramón Berenguer III, conde de Barcelona. Hubo de este matrimonio cumplida sucesión, y principalmente a D. Sancho y D. Fernando, de quienes nos ocuparemos más adelante. Muerta doña Berenguela en 1149, contrajo el Emperador segundas nupcias con doña Rica, hija de Ladislao II, duque soberano de Polonia.

            Muerte de D. Alfonso.- Llamole Dios a su seno a los pocos años de su segundo matrimonio, dejando a la posteridad agradable memoria de sus grandes hazañas. Fue el príncipe más poderoso de su tiempo, y muy digno del título de Emperador de España con que se honraba y todos le conocían.

            ¡Ojalá que a la hora de la muerte no hubiese roto la unidad del imperio dividiéndolo entre sus hijos don Sancho, a quien coronó rey de Castilla y Toledo y D. Fernando, constituyéndole rey de León y de Galicia.

            Al lector.- Querido: Mientras saboreas la vida de esos dos héroes contemporáneos y a quienes el exmonasterio de Bernardos de Oya debe la razón de su existencia, voime a descansar unos momentos para continuar luego con esta tarea. Adiós.

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IX

Los Bernardos en Oya

            Entrada de los Bernardos.- Después de las biografías de San Bernardo y el Emperador Alfonso VII, es ya tiempo que avancemos un poco más en el historial de nuestro pueblo. Sucedió, pues, que deseando Alfonso VII obsequiar a San Bernardo con alguna donación importante y propia de un Emperador, ofreciole como recuerdo de su visita en gallegas tierras, algunos predios imperiales tanto en Castilla como en León y Galicia, y pareciéndole el santo fundador de la Orden Bernarda sitio adecuado para desarrollar el espíritu de su instituto las tierras que el Atlántico bañaba en la costa de Oya, determinose a indicárselo así al Emperador, quien, inmediatamente pasó de Tuy a Burgos y cubrió un pergamino conteniendo la regia donación la firma y sello del donante.

            Una vez dado ya este paso por el Emperador a favor de San Bernardo y su instituto, pusiéronse en camino algunos religiosos pertenecientes a monasterios de Castilla, y siguiendo las instrucciones de su fundador, viniéronse a Tuy y pasando de esta ciudad a la costa gallega indicada, saliéronles a recibir los benedictinos, que como hemos dicho en el capítulo VII, ocupaban ya su pequeño cenobio en el lugar de esta villa denominado “Bosque de los Frailes”.

            Recepción de los Bernardos.- Cuentan viejas crónicas cistercienses que los benedictinos fueron avisados por un ángel de la venida de los religiosos bernardos, y añade Yepes que la comunidad benedictina salió a esperar a los nuevos apóstoles en la bifurcación que la vía romana o estrada real hacia Cividanes (lugar de Salcidos) con otros caminos que al reino condado de Portugal llevaban. Encontrados que fueron los dos grupos de religiosos, diéronle los benedictinos la bienvenida y respirando todos en sus semblantes esa alegría precursora de una feliz eternidad, tomaron el camino de Hoya u Oya como le decían los benedictinos.

            Entendemos que los hijos de San Bernardo pasarían los primeros meses en compañía de los hijos de San Benito, de cuya regla unos y otros eran observantísimos.

            Cenobio Bernardo.- Lector: Si a las primeras tintas de la aurora de 20 de julio del año 1137 te hubieras hallado en un montículo besado por húmedos labios del río Lavandeira que da sus aguas al mar, cabe los muros del potente edificio del exmonasterio de bernardos en esta villa, encontraríaste con el siguiente cuadro que prestaba sus coloridos la olorosa retama, la embriagadora y perfumada madreselva, los millones de violetas diseminadas aquí y allí, y los simbólicos alelíes; encontraríaste con cuarenta religiosos de blancos hábitos y rasurada cabeza, empuñar en sus manos la piqueta y el azadón para abrir los cimientos del monasterio cisterciense. Notad a estos nuevos colonizadores. ¡Qué distinguidos son sus ademanes! ¡Qué flexibilidad en sus cuerpos! ¡Qué acciones de nobleza!

            ¡Ah, son descendientes de la aristocracia castellana que, en aras del amor divino, abandonaron las comodidades de sus casas y palacios para vestir la santa cogulla del religioso bernardo y jurar obediencia ciega a sus superiores; son los ricos que se hacen pobres; son los penitentes que renuncian a todos los placeres lícitos de la carne, para ofrecer a la Virgen de Nazaret la pureza de sus almas y virginidad de sus cuerpos! ¡Allí están, cavando los cimientos unos, acarreando tierra otros y limpiando piedras los más y entonando todos la salmodia matinal que al cielo llega y de él hace descender toda clase de bendiciones.

            Dimensiones del monasterio.- Intentaron los Bernardos edificar no una suntuosa morada, sino una casa suficiente para albergue durante la noche y frías estaciones, así fue que en sus comienzos contentáronse con levantar un edificio que ocupaba solamente la cuarta parte del actual. La fachada principal del mismo no pasaba más allá de doce metros de alto, y el acceso al mismo efectuábase por una amplia escalera, que hacía linde con la empedrada calle o Estrada Real. Catorce ventanas que correspondían a triple número de habitaciones, bañaban de luz el interior de la santa casa. Dos capillas (aún existen) dedicadas la una a la Virgen y la otra al Ángel Custodio, colocadas a ambos extremos del edificio, dábanle el aspecto de esas abadías cistercienses del siglo XII.

            Hasta otro día.- Terminemos por hoy nuestra bien documentada historia, con la esperanza de que para la semana próxima seremos diligentes en hablar de las donaciones y otras cosas de importancia que a este monasterio se hicieron por Emperadores y Reyes. Adiós.  

 

X

Donaciones y escudo de armas del Monasterio

 

            1.ª donación.- A título de curiosidad toma en tus manos, cariñoso lector, las presentes cuartillas y como quien no quiere más que hacer descender sobre sus párpados el fluido reparador del sueño, lee la primera donación hecha por el Emperador D. Alfonso VII a los bernardos de Oya: DONO -A- ESTE - MONASTERIO - LAS - IGLESIAS - DE - MOVGAS - PEDORNES - BVRGUEIRA -LOVREZA - Y - ROSAL - POR - ENTERO - Y - LA - MITAD DE LAS IGLESIAS DE ERIZANA (Bayona) - BAREDO - Y - LA GUARDIA (Facta carta in Tude, Kalendas Julü, era 1175).

            2.ª donación.- El mismo don Alfonso, juntamente con sus hijos don Sancho y don Fernando, donan al monasterio las VILLAS DE SUSO - PEDORNES - LA GUARDIA - ERIZANA - PANJÓN - ROSAL (Confirma esto doña Sancha, hermana del Emperador. Facta carta in Tude, IX Kalendas Maü, era 1187).

            3.ª donación.- Don Fernando II al monasterio de Oya el COTO DE MALVES DE JUSAOS (Facta carta in Tude, XII Kalendas, Junü, era 1197).

            El mismo don Fernando, en mismo día, mes y año y lugar, confirma la donación hecha por su padre de los pueblos de Villapouca, Gomariz, Ranufe y el casal de Taborda.

            4.ª donación.- D. Alfonso IX dona al monasterio “REALENCUM DE SAA con todo cuanto les pertenece y los barcos fondeados en dicho puerto”.

            El mismo don Alfonso estando en Oya, 16 de enero, era de 1251, liberta de todo foro y portazgo las cosas que se traigan al monasterio, tales como vinos, pan, sal, legumbres y demás vituallas.

            El mismo don Alfonso hizo donación de la isla de San Martín (una de las Cíes); las dos partes del realengo que tenía en Santa María de Tebra, la cuarta parte de la iglesia de Santa Eulalia de Camos. Así consta de una escritura hecha en Pontem Veterem  (Pontevedra) XIII Junü, era 1266.

            5.ª donación.- El Santo Rey Fernando III, que se educó en Oya, como demostraremos en otro capítulo, por su carta dada en Salvatierra el día 23 de Febrero de la era de 1269, concede al monasterio cuatro privilegios: 1.º, concediéndole a la comunidad el coto y jurisdicción sobre la villa de Panjón. 2.º, que ni caballero, ni escudero entre en los cotos de Oya, sino para perseguir a algún ladrón o por adelantar camino. 3.º, que los moradores de la costa de Oya a nadie sino al monasterio hagan fuero. 4.º, que ninguno tenga vasallo en las costas de Oya sin permiso del Abad.

            6.ª donación.- D. Alfonso X, estando en Burgos, confirmó el privilegio de poner jueces el monasterio en sus cotos.

            7.ª donación.- El rey D. Sancho IV, por su privilegio dado en Pontevedra, concede tenga en su coto de Oya veinticuatro pescadores. Por una carta dada en la ciudad de Toro liberta al monasterio de pagar portazgo ni aduana de lo que trajera del reino de Portugal.

            Resumen.- Tales han sido las donaciones y privilegios concedidos al monasterio de Oya desde su fundación, que no es de extrañar fuesen los Bernardos por el ejercicio de su jurisdicción en los extensos territorios de Galicia y Portugal, unos verdaderos señores feudales con entrañas de padre bondadosísimo, para cuantos se hallaban bajo su laudable y cariñosa protección.

            Escudo de armas.- Cuarenta y ocho años contaba ya de fundación el monasterio cuando el superior de la Comunidad, reverendo P. Pelayo acordó tomar por armas un castillo en recuerdo de la fortaleza que había en Oya sobre las alturas del Castro, en tiempo de los Benedictinos. Tomó así mismo un ramo de higuera con higos maduros para recordar el siguiente suceso: Hallándose el rey don Alfonso I, el Católico luchando contra los moros que fortificados estaban en la vertiente del monte Santa Tecla, cabe la villa de La Guardia, sucedió que los cristianos que habían salido de Oya a las órdenes de dicho rey, (de quien dice la tradición que se oyeron cánticos angélicos a la hora de la muerte), llegaron a las proximidades del Tecla en los precisos momentos en que por las muchas lluvias hubo necesidad de suspender las armas y hostilidades, haciendo los caudillos de ambos ejércitos treguas y pactos de que para el tiempo de los higos nuevos entregarían los moros a los cristianos los castillos de dicho monte o que lo defenderían y quedaría dueño y Señor de la Tierra el que venciese. Esperanzados se hallaban los moros de que durante la convenida tregua recibirían refuerzos de África; pero como la Providencia velaba por las armas de D. Alfonso, hizo el milagro de que una higuera que tenían los religiosos en la parte Norte del convento produjese su fruto óptimo y sazonado a último del mes de Febrero. Presentaron dicho ramo a los moros indicándoles era hora de reanudar la pelea, y conociendo los moros tal prodigio bajaron la cabeza, abandonaron las fortalezas del Tecla, descendieron a orillas del Miño y tomando unas almadías retiráronse a Portugal según era lo convenido. Pues, lector, en recuerdo de este hecho prodigioso tomó el monasterio para su escudo el ramo de higuera, que dicho sea de paso orla también el sello de nuestro municipio, figura también en el escudo un Báculo Abacial para demostrar, dice un historiador contemporáneo, la unión y subordinación a la Orden del Cister. Se nota igualmente la presencia de nueve AA, en uno de los cuarteles, y que recuerdan los nueve Alfonsos, reyes, que ayudaron a las fundaciones, donaciones y uniones...

 

XI

Emperadores y Reyes que estuvieron en Bayona

            D. Alfonso VII.- Cualquiera de mis lectores que el 21 de abril de 1148 se hallase en Tuy, toparía dentro de los muros de dicha ciudad al Emperador D. Alfonso VII, rodeado de una comisión de PP. Bernardos que allí habían ido para invitar a que Su Majestad Imperial, pasase a descansar unos meses en el monasterio de Oya que él había fundado. Aceptada la invitación vínose a Oya el Emperador, donde se detuvo un trimestre descansando de las grandes luchas sostenidas contra Andalucía y África, reyes de Navarra y condes de Portugal. Acompañole durante la estancia su esposa la Emperatriz doña Berenguela. Abandonó don Alfonso su amable residencia de Oya llamado por las necesidades de la guerra.

            D. Sancho III.- También este rey, hijo del anterior, y llamado con razón “El Deseado”, tuvo a bien pasar unos días bajo el cielo azul de esta histórica villa, y la ocasión se la ofreció Fr. Diego Velásquez religioso de este monasterio de Oya, quien, habido marchado a Calatrava para fundar la Orden Militar de tal nombre en compañía de Fr. Raimundo, Abad de Fitero, invitó a D. Sancho a estarse una temporada en Oya, accediendo al instante. En memoria de estas venidas se conserva un hermoso fresco en nuestra iglesia parroquial que representa a D. Sancho dando la derecha a su padre.

            Al pie de la efigie de D. Sancho se lee: DON-SANCHO III-EL DESEADO-FUNDADOR-DE-LA-ORDEN-DE CALATRAVA-MORADOR Y BIEHECHOR-DE-ESTA-SANTA-CASA.

            Alfonso IX de León.- El que se haya entretenido en leer las memorias de las Reinas Católicas, habrá visto que el rey de León, don Alfonso IX era padre de San Fernando, y además que había casado en primera vez a fines de 1190 con su prima Santa Teresa, hija de D. Sancho I de Portugal. Pues bien, dicho rey, que pobló a Bayona, pasó largas temporadas en Oya, conservándose una estatua de su santa esposa en el altar que en nuestra parroquial denominamos de Santa Humbelina. La estatua tiene al pie la siguiente inscripción: SANTA TERESA REINA DE LEÓN.

            Fernando III.- Este rey llamado “El Santo” no solo estuvo en Oya viviendo durante su niñez en compañía de los Bernardos, sino también nació en Galicia, y muy probablemente en un pueblo de esta costa, entre Bayona y la desembocadura del Miño.

            Si algunos de los lectores pareciérale atrevida esta afirmación, lea el folleto Nacimiento y crianza de San Fernando en Galicia, por el P. Fr. Martín Sarmiento, monje benedictino de San Martín de Madrid, publicado en Orense (1849) por el Deán de dicha catedral don Manuel Bedoya. En nuestra villa aprendió el santo niño la lengua gallega. Rezó en el mismo templo en que nosotros rezamos. Tomóle la Virgen María bajo su protección, y cuando marchó a Burgos llamado por su madre, enfermó tan gravemente que hubo necesidad de restituirle a Oya donde se repuso a los contados días por mediación de la Virgen, patrona del monasterio y villa.

            Alfonso X El Sabio.- Era éste hijo de San Fernando III, y como estaba agradecido a la educación que los Bernardos de Oya dieran a su padre, aquí vino a estar con ellos saboreando los encantos de la lengua gallega en la que escribió más tarde sus Siete partidas, las Cantigas a la Virgen y demás obras que le dieron el nombre de Sabio.

            Santa Isabel.- También esta santa reina de Portugal hizo estación en nuestra villa de paso para Santiago con el fin de ganar el jubileo. Entre nosotros existe un barrio llamado Raiña que recuerda el paso y estancia de dicha reina.

            Deducción.- De lo dicho en este artículo, que estoy seguro que nadie ha de desmentir, se deduce, lector, cuan en ayunas andan en la historia de sus pueblos los que encuentran cuesta arriba el dar a Oya el título de IMPERIAL Y REAL VILLA. Porque si a Toledo se le llama Imperial por ser residencia de Emperadores, a Burgos real ciudad por ser corte de reyes ¿qué razón hay para negarle a Oya los significativos tanto más por cuanto donde está el rey allí está la corte?

XII

Progresos de Oya. Rectificación del monasterio

            Oya en el siglo XIII.- Las continuas idas y venidas de Emperadores, reyes, reinas y condes al santo cenobio de los Padres Bernardos influyeron no poco en el desarrollo de nuestro pueblo. Las vertientes del Castro comenzaron a poblarse de casitas diseminadas aquí y allí por entre las retamas de verde y oro; en la Estrada Real construyéronse garitas donde se ejercía vigilancia nocturna y diurna, a fin de garantir a los muchos viandantes que ya se dirigían a la santa casa del monasterio o seguían a la ruta de las estrellas encaminándose al sepulcro del Apóstol Santiago; las orillas del mar, en cuyo flujo y reflujo ha visto la fe y devoción de nuestros antepasados, dibujarse en las olas atributos de la Pasión del Señor y del Santo Viril que forma el centro del escudo de nuestra encantadora Galicia, llenose de blancas casuchas de pescadores y colonos traídos del interior de Castilla y de las montañas de Santander. Tal fue la avalancha de gentes llegadas de todos puntos de la península, españoles y portugueses, que el pueblo de Oya llegó a ser el centro de concentraciones mercantiles relacionadas con los pueblos de la costa atlántica y cuenca del Miño, incluyendo los valles del Rosal y los de Tebras. De Oya emanaban las disposiciones a que habían de sujetarse todos los terratenientes desde Braga a Goyán, Porto, Tuy, Panjón, Gondomar y Bayona. De Oya salía la correspondencia oficial llevada sobre dos grandes mulas para la ciudad de Tuy. De Oya marchaba el rico pescado que tanto abunda en nuestra costa. Por ocupar a Oya diéronse varios combates navales entre moros y cristianos. De la importancia de Oya en los siglos medioevales hablaron muy alto los grandes historiadores que a Galicia consagraron el numen de sus estudios y rica imaginación, comparando los unos a nuestro pueblo con la bíblica Gizhe, con Cairo la de los sultanes, o con Aldobriga la sepultada; los otros cantáronla endechas llamándola la dama de sus amores, que pasa la vida absorta en la contemplación de su rostro en las aguas del azulado mar que de espejo le sirve, al par que tiende cariñosa sus brazos para acariciar en su seno a los que en ella tuvieron la dicha de nacer. Hay quien la llama la villa de los privilegios reales y quien satisface su amor diciéndola ser el centro de la civilización y cultura en los pasados siglos.

            ¡Oya, sólo de ti hablan mal quien no conoce tu historia, quien ignora tus pergaminos!

            ¡Perdona a la ignorancia! ¡Desprecia a la insolencia!

            Reedificación del monasterio.- Hallábase el siglo XII en sus postrimerías cuando los religiosos Bernardos se dispusieron a la ampliación del monasterio dándole el aspecto de que son testigos en las actuales ruinas. Allanaron para ello gran parte del viejo edificio y dispuestos a realizar un plano que del nuevo monasterio les había sido enviado de Osera (Orense), comenzaron las obras de la reedificación en un viernes de julio del 1198. Hízose cargo de esta magna obra el arquitecto portugués Joan Enríquez de Cuhiña, hombre de prodigiosa intelectualidad para todas las obras de arte, y aceptadas las condiciones del proyecto, una brigada de colonos portugueses y españoles levantaron el primer lienzo de pared que es el que el mar besa diariamente con el blanco espumaje de sus olas. Medía este lienzo doscientos cuatro metros y su altura, que es la actual, no baja de quince metros. Las piedras que de él forman parte son tan grandes que solo por un prodigio puede explicarse que tan enormes masas pudiesen ser transportadas a aquellas alturas. Te advierto, lector, que de no ser así, a buen seguro no resistirían las piedras el brutal empuje del mar enfurecido en los días de otoñal tormenta.

            Levantado ya este dique contra el revoltoso elemento, cien carretas de forma romana graciosamente manejadas por hábiles criaturas llenaron el inmenso hueco, formando una planicie de sesenta y dos hectáreas. Así ya las cosas dio comienzo la cimentación siendo esta tan profunda que casi arranca desde el mismo nivel de las olas en las alturas del pleamar. Toda la cimentación se abrió de una sola vez, y apenas llegada ésta a la superficie podía el observador llenar su curiosidad juzgando de la extensión y distribución del monasterio e iglesia en forma de una llave romana, como el de Osera. Fuera ya de los dos cimientos fue agrandándose la obra y tomando forma. Entre los maestros canteros figuraban no pocos teutones que consolidaron entre sus subordinados ese leguaje jeroglífico o sucosonico que hoy denominamos lenguaje de canteros. Las piedras del edificio abonan a favor mío esta afirmación como el lector puede verlo, cuando en ellos gusto tuviera, con solo recorrer las dependencias del edificio y llevar de cicerone un hombre experto en el argot canteril.

            Terminose el primer cuerpo a mediados del siglo XIV, y resultó tan del agrado de los religiosos esta primera parte de la gigantesca obra, que el arquitecto Juan Enríquez mereció el título de Bienhechor del arte y Conde de Oya.

            Cuatro años más tarde dio comienzo el segundo cuerpo empleándose en la construcción del mismo los operarios del anterior, pero no al maestro jefe a quien la muerte había arrebatado en su casa de Portugal. Siguiose pues, la edificación con ligeras modificaciones del primer plano. El maderamen de los techos fue transportado de los grandes bosques que tanto nombre dieron de la cordillera pirenaica española. El tejado fabricose en gran mayoría de barro existente en la parroquia de Pedornes.

            Como para el número próximo haya de ocuparme de las dependencias del monasterio, retírome a descansar deseándote que tú también, lector, lo hagas.

XIII

Dependencias altas del monasterio

            La portería.- Hallase ésta casi en el punto medio de la explanada que de Plaza de Armas lleva el nombre. Dase acceso a la misma por una puerta de arco romano que, dicho sea en honor de la verdad, no parece ajustarse mucho a la arquitectura del edificio. Pasado ya el umbral de dicha entrada encuéntrase el curioso visitante con una escalera, verdadera obra maestra de la arquitectura del siglo XIII. Es una escalera de 3 metros de ancho, en forma de zig-zag, flanqueada de artística balaustrada de granito, con tres descansos, y distribuida de tal forma que semeja hallarse suspendida por equilibrio de ingeniería asombrosa. Recibe luz por dos ventanas. En el primer descanso hallase una puerta estrecha que daba a la habitación del fraile portero y al primer piso o entresuelo de la casa habitación del Padre Abad.

            Vivienda del P. Abad.- Ya en el último escalón, y con solo entornar una puerta, encuéntrase el lector en la galería alta que da paso a la habitación Abacial. Ordenaba la Regla de los Bernardos que la morada del Abad estuviese algún tanto decorada por ser el Prelado y Padre de todo el Convento; y en vista de esto podrías ver, lector, la habitación del Abad Baronio, que tal es el nombre de la Paternidad a quien me refiero en esta verdadera historia, decorada en las paredes de valiosos lienzos dentro de artísticos marcos, representando escenas de la Pasión del Señor y recuerdos de la vida de San Bernardo. Algunos sillones, estilo Imperio y Borgoña, corren a lo largo de amplia sala que recibe la luz del sol poniente por seis ventanas de metro y medio de altura. Con un poco que el lector se fije observará que a la derecha mano de la puerta que da a la celda del Abad conduce, hallase un porta-llaves donde los religiosos depositan todas las llaves de la portería, sala capitular, iglesias y otras dependencias.

            Noviciado.- De la habitación y salón de la Abadía vase con facilidad suma y sobre un enlosado sostenido por grandes ojivas claustrales, al departamento del convento llamado “Casa del Noviciado”. Ocupa ésta dos secciones dando una de ellas al “Patio de los Naranjos” y la otra cayendo al norte sobre un paso conocido por “Camino de los Molinos”.

            La época en que amable lector es conducido de mi brazo y en compañía del P. Abad Baronio ocupaban aquellas dependencias, formadas por varias habitaciones donde solo cabían los menesteres necesarios para el aseo y dormida, treinta y seis novicios puestos a las órdenes severas del Maestro de novicios, Fray Rosendo Claraval de amabilísimo aspecto y distinguidos modales. Ignoro a que fue debida la forma que en la actualidad tienen los desvencijados camaranchones que más semejan celdas de presidiarios, que moradas de seres destinados a respirar el puro aire de nuestros campos, montes y mares. La Religión no está reñida con la higiene y basta leer un solo libro de ceremonial monástico, para cerciorarse de que benedictinos y bernardos siempre se distinguieron en sus constituciones por la sabia higienización de sus casas, cenobios, monasterios y conventos.

            Habitaciones de los Padres.- Siguiendo claustro adelante, y como quien va buscando la parte norte del monasterio, toparás de manos a boca, lector amado,  con un claustro ancho, ventilado, iluminado de siete ventanas. Es el claustro o paño que va a las celdas de los Padres lleva.

A la entrada del mismo encuéntrase un balcón en ruinas, dícese de la Media hora, porque en él acostumbraban los religiosos ancianos tomar los frescos del Atlántico en las noches de verano antes de irse a descansar.

            Contiguo a este balcón hay una dependencia que tiene adosada en la pared de la parte izquierda, ancho hogar. Esta dependencia prestaba varios servicios a los religiosos; pues en ella se afeitaban y rasuraban el pelo todos los sábados; en ella los ancianos y convalecientes afrontaban algunos quehaceres en armonía con sus dolencias y achaques; y en ella se ahumaban, cuando lo exigían las necesidades, tocinos y carnes que habían de ir con el tiempo a formar, entre las viandas de la frugal comida de los bernardos.

Cinco son las habitaciones de los Padres, ni una más ni una menos; pero te advierto, lector, que cada una de ellas es una verdadera casa por su capacidad. Todas tienen su celda y una sala. Creemos que los ochenta y seis religiosos que vivieron en esta santa mansión debieron ocupar habitaciones en la parte quemada, tanto de la contigua al Noviciado como del primer piso abacial; pues solo así la existencia de tanta gente en un monasterio, aunque colosal, ofrecía a todos los religiosos grandes comodidades; y por otra parte la estancia en el mismo de personas de la realeza y aristocracia, reclamaba una no pequeña parte para el hospedaje.

            La biblioteca.- Al terminar el claustro de los Padres se van las manos tras la curiosidad a levantar el pestillo de una puerta. Ábrela, lector, y descubrirase delante de tu vista la famosa librería de los Bernardos de Oya. Hablo como puedes comprender de los tiempos aquellos en que dentro de la mencionada dependencia, corrían a lo largo de sus paredes la rica librería en cuyos anaqueles depositábanse tesoros de saber humano. Hoy parte de estos libros y estantes forman el decorado de la biblioteca del Seminario de Tuy; otra parte en librería del palacio episcopal de la misma ciudad; y no pequeña parte subió al aire envolviendo cohetes confeccionados en los talleres pirotécnicos de los Montenegros, de Salcidos.

            El visitante que en su recorrido por nuestra histórica villa y monasterio sea hombre de letras y de progreso, sentirá al visitar la repetida dependencia los escalofríos de la indignación y las vascas de la ira contra todos estos vividores y malos españoles, que arrojaron de sus moradas a los hombres de ciencia y virtud, para convertirla en actuales viviendas de roedores, mochuelos y sabandijas, en montón de ruinas.

El refectorio.- Esta suntuosa dependencia, donde bien a gusto pueden acomodarse quinientos comensales, recibe la luz de tres ventanas. Esta luz llega un tanto quebrada a los ojos del observador, pero no es obstáculo para contemplar a los ochenta y seis religiosos sentados alrededor de limpias mesas de castaño, dando de comer a sus cuerpos mientras el alma recibe también el alimento espiritual que la preciosa voz de un lector le envía desde el púlpito colocado en uno de los frentes. Las legumbres, los huevos, las carnes de vaca y carnero, los pescados cogidos en la bajamar dentro de la llamada “Camboa” en el puerto; el pan de puro trigo cosechado en sus grandes propiedades; los vinos de Castilla venidos y presentados a cada religioso dentro de una artística jarrita con el nombre de REAL MONASTERIO DE OYA, y todo esto presentado sobre manteles de limpísimo lino, es a lo que tu viva imaginación, lector, debes traer cuando esta dependencia visitas, sin dejar de dirigir el color de tus ojos hacia aquel escudo de Galicia, que allá en lo alto de aquella bóveda del refectorio te recuerda al Santísimo Sacramento, rodeado de las antiguas siete provincias de Galicia, que le rinden el amor y la adoración de sus creyentes hijos.

La cocina.- Es amplia y cual corresponde a un edificio de tanta importancia y numerosa familia. Lo notable de esta dependencia es el fregadero, formado de una sola pieza de piedra.

Prior y Mayordomo.- Al salir de esta dependencia se encuentra el curioso observador con otras dependencias que fueron en pasados siglos habitaciones del Prior, Mayordomo y criados del monasterio. Más como en el día hayan recibido dichas localidades radical cambio, no nos ocuparemos de ellas pasando a hablarse de la parte baja del monasterio e iglesia.


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