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HISTORIAL DE OYA - 2

por JUAN REY IGLESIAS

“LA VOZ DEL TECLA”, 1915-1916-1917

(del Archivo de Antonio Martínez Vicente)

XIV

Dependencias bajas del monasterio.

Corralón.- Después que el visitante a las dependencias altas del histórico monasterio de nuestra villa ha dado las espaldas al claustro del refectorio, hállase en una escalera cubierta de alta galería que le conduce en contados minutos al Corralón, dependencia esta convertida hoy en un jardín en medio del cual surge artístico surtidor que deja caer sus aguas en amplio pilón construido en tiempos del distinguido caballero D. Joaquín Alonso, como un recuerdo de su visita a la Exposición Universal de París, celebrada el año de 1889; pues de ella trajo el magnífico angelote de bronce que orna la columna del surtidor y costó mil francos en dicha exposición. Este Corralón ha perdido por completo la característica del objeto a que le habían destinado los religiosos, cual era el servir de desahogo a los menesteres de la cocina, lugar de repartimiento de limosnas a las familias pobres de la villa y transeúntes y centro de comunicación a las otras dependencias bajas del santo cenobio. Eran estas a la mano izquierda del que baja la escalera, la huerta del monasterio y patio de los naranjos.

Huerta del monasterio.- Ocupa esta dependencia crecido número de hectáreas de buen terreno laborable. Tiene en su parte alta una alberca o presa suficiente a contener veinte mil litros de agua. En tiempos de los bernardos llegaron a cultivarse en la dicha hacienda cuatrocientos ferrados de maíz, doscientos de centeno y cien de trigo, cientos de arrobas de patatas, incontables legumbres, innumerables frutas, etc.

Hoy creeríase imposible tanta abundancia.

Aquellos eran tiempos de bendición y estos son... del día.

Patio de los naranjos.- Vuelto ya el curioso lector de recorrer tan hermosa granja, llamada en el lenguaje humilde de los bernardos HUERTECILLO DEL ECCE HOMO, pásase por una amplia bóveda al llamado Patio de los naranjos, sin duda por los muchos que allí existieron en amor y consorcio con las estimadas toronjas de las cuales sólo quedan dos ejemplares. Formando lindo cerco a este patio encuéntranse, enfrente, la gran panera que tan rica de previsiones estuvo en tiempos que no volverán más; la cuadra de las mulas cuyas bóvedas hacen honor a los arquitectos de la Edad Media; la cuadra de los bueyes de hermosa magnificencia; la cuadra de los cerdos con toda clase de comodidades para aquellos marranos que tanto alegran la casa del pobre; el gallinero, vistosa obra de arte y acomodada en un todo a las exigencias de la familia revolteadora.

Las bodegas.- También en el mencionado patio existe la monacal bodega, amplia como un templo, fresca como una mañana de primavera. En ella deposiotáronse para servicio de la comunidad, transeúnte y necesitado de los vecinos pueblos costeros, grandes cantidades de vinos traídos a monte traviesa de las ricas comarcas de Castilla y Aragón.

Macelo.- Cabe esta dependencia hallase una columna que deja caer a proporcionada altura sobre un pilón un chorro de limpia agua. Esta agua, dicen antiguas memorias, era la que servia para la limpieza de reses sacrificadas en aquel lugar.

Nada se sabe de cierto sobre tal punto y tales menesteres.

El molino.- Dejando ya el Patio de los naranjos pase conmigo el lector a otra dependencia del monasterio a la cual daremos el nombre de “El Molino”, porque precisamente lo fue un apéndice del monasterio contiguo a la “Plaza de armas”, de que hablaré a continuación.

Este molino difiere bastante de los modernos. Recibía el agua por un acueducto, que si no tenía la importancia histórica del de Segovia, era utilísimo a las necesidades de los moradores de estos pueblos; pues los religiosos de tal modo y manera habían acondicionado las piezas, en combinación con el agua motor, que en diez minutos se efectuaba la molienda de cincuenta kilos de harina de maíz, siendo tal la construcción de la piedra giratoria, que con un pequeño artificio se hallaba en marcha para las moliendas de granos, trigos y centenos.

Plaza de armas.- Respira, ¡oh lector! Esos puros aires de mar que tu rostro van acariciando a medida que avanzan en curiosear este suntuoso monasterio y llegas ya conmigo absorto con mi charla a la llamada Plaza de armas. ¡Ocho cañones, digo, ocho cañones de buen calibre son el adorno de este sitio, en los momentos en que deseo hagas un acto de presencia en aquel lugar! Fíjate que nos hallamos en el momento histórico del siglo XVII. Por aquellas ocho bocas de fuego anunciose con una salva la aparición de la Virgen del Mar en la roca de la Orelluda; por aquellas ocho bocas salió la metralla que sumergió en el fondo del mar, las piratas embarcaciones que corrían la costa en demanda de botín cristiano; por aquellas ocho bocas brotaban todos los domingos y festivos días la salutación matinal y vespertina en honra a la Reina de los mares; por aquellas ocho bocas anunciose al mundo la victoria de los españoles contra los franceses en S. Quintín... Pero hagamos aquí punto reservando para otro día el hablaros de la iglesia y sus dependencias, ya que nada de particular nos merece ni el llamado “Prado de las mulas” y el conocido por “Prado de los bueyes”.  

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XV

El templo parroquial y sus dependencias.

            Ante la fachada.- Al igual de todos los visitantes a esta suntuosa casa del Señor, descúbrete tú, caro lector, y envolviendo la fachada de la misma dentro del alcance de tus ojos, comienza por contemplar su soberbia construcción en armonía con el estilo románico, reminiscencias del barroco. Cuatro grandes pilares al parecer empotrados en la pared, sostienen a la altura de diez y ocho metros una extensa cornisa ricamente tallada y volando como unos dos metros fuera del edificio. Sobre esta cornisa elévase el frontispicio en cuyo centro destácase en purísima piedra ricamente tallada el escudo de la nobleza de la gloriosa Orden de los Bernardos. Termínase este blasón, en cuatro cuarteles dividido y orlado de ángeles, por una corona imperial de dos metros de largo por uno de ancho. Bajo este frontispicio háyase la puerta del templo, ancha, hermosa, chapeada de hierro y clavos que a la plata se asemejan. Como remate de la portada destácase en esbelta hornacina de cuatro metros de elevación la efigie de Sta. María, en rica piedra tallada, y adornadas sus sienes de broncea e imperial corona.

            El curioso lector, no echará de menos que la acción devoradora del tiempo clava sus garras untadas de salitre, en el fino granito de la mencionada fachada.

            Entrando.- ¡Ah! ¡ah! ¡ah! ¡Qué templo tan encantador! ¡Qué ojivas tan soberbias! ¡Qué naves tan esbeltas! ¡Qué arcos tan bien trazados! ¡Qué altares! ¡Qué frescos! ¡Qué elegancia en las nervaturas! ¡Qué... Pero vamos por partes.

            El baptisterio.- Cuando ya el visitante ha rebasado el dintel de la puerta que da acceso a nuestro primer templo (hay tres en esta parroquia), y puesto que haya en su frente el agua bendita que de marmórea pila le ha sido ofrecida, encuéntrase bajo las amplias bóvedas de puro estilo ojival que parecen apoyarse sobre cuatro grandes pilastras, de cuyas impostas como de inmenso surtidor arranca toda aquella nervatura que sirve de sostén al coro llamado alto, y del cual nos ocuparemos más adelante.

            Bajo estas bóvedas que ocupan todo el ancho de la iglesia surge el Baptisterio, cerrado todo él de hermosa verja de hierro y con dos puertas. En medio, y frente a un ventanal que lo inunda de luz, está colocada la pila de las abluciones que ostenta la forma de un huevo colosal. Dentro del caparazón de esta pila, donde tantos fueron regenerados, guárdase para las necesidades del caso dos conchas de plata y los santos óleos. En un testero de la mencionada dependencia yérguese sobre vistosa plataforma un ángel de grandes dimensiones, llámase “El Ángel Custodio”.

            Los altares.- Doce son los altares. Llámase el primero, por la derecha comenzando, “La Consolación”; es de hermosa talla y de estilo románico. Sigue a éste el de “Santa Ubelina”: hay en él tres esculturas de inapreciable mérito, representando a Sta. Teresa de León, Santa Lutgarda y la gloriosa hermana de San Bernardo que da nombre al altar. El estilo en él dominante es el de renacimiento. A continuación de éste preséntase a nuestra vista la capilla del “Ángel de la guarda”, cuya data se remonta al siglo XII; pues era esta una de las dos que habían quedado cuando la reedificación al actual monasterio y ensanche del templo monacal. A la derecha de la capilla del “Ángel de la guarda” descúbrese otra segunda capilla en la cual se levanta un altar cuyo centro es ocupado por la dolorosa imagen del “Ecce Homo”, tan al vivo en la manifestación de sus dolores que con razón los inteligentes en el arte clasificaron de obra maestra de escultura religiosa la santa efigie del Redentor (El autor de estas líneas ha visto a piadosas personas y a corazones empedernidos derramar bastantes lágrimas al pie de esta conmovedora estatua). Siguiendo más a la derecha de la capilla del “Ecce Homo”, topan nuestros ojos con el altar de “Nuestra Señora de Lourdes”. Es completamente nuevo y de moderna arquitectura. Domina en él la sencillez del estilo románico. Ocupa el centro Nuestra Señora de Lourdes, regalada años ha por un rico y piadoso caballero a las entusiastas Hijas de María como un recuerdo de su peregrinación a la gruta de Lourdes.

Altar Mayor”.- Así llamamos al gran retablo que ocupa el testero de la nave central de nuestra iglesia. Súbese a él por tres grandes escalones de finísima piedra que al mármol se asemeja. Divídese en tres cuerpos de regularísimas proporciones. En el primer cuerpo distínguense dos preciosos frescos que representan patriarcas de la antigua ley; dos cuadros de singular escultura que recuerdan el “Nacimiento” y la “Adoración de los Santos Reyes”; cuatro altas imágenes, en una de las cuales aparece la efigie guerrera de S. Raimundo de Fitero, cuatro esbeltas columnas del orden dórico; y en el centro del tabernáculo y el expositor que se abre y cierra mediante un juego de cordeles. En el segundo cuerpo destácase en su centro y sobresaliente hornacina la estatua de la Virgen del Mar sobre un lebrel. A ambos lados de la misma vense cuatro imágenes de santos de la Orden de los Bernardos colocados en sus hornacinas de oro y entre ellas llama poderosamente la atención otros dos cuadros escultóricos que representan “La venida del Espíritu Santo” y “La Asunción de la Virgen a los cielos”. Termínase el decorado del altar con un tercer cuerpo en el cual resplandece, sobre un fondo de color que semeja las alturas del Calvario y del pueblo de Jerusalén, la santa imagen del Salvador pendiente en la Cruz, teniendo a su lado a la Virgen y S. Juan. Recuerda este altar el monumento de Semana Santa en la Catedral de Sevilla. Dejado ya por el curioso visitante el presbiterio, que es soberbio y superior a cualquiera de las parroquiales de nuestra provincia, se encamina al llamado “Altar de S. Benito”, su estilo es Churriguera (hoy ha sido sustituida la imagen de S. Benito por la del Sagrado Corazón de Jesús). Al par de este altar tópanse otras dos capillas consagradas, la una a la Virgen del Rosario y la otra a S. Bernardo. Esta última es del principio del siglo XVII. Llámase otro altar de la “Virgen de los Dolores”, ocupando la capilla que hoy hace de sacristía (de ella hablaremos más en la próxima crónica). El décimo altar denomínase “Altar de S. José” también de estilo churrigueresco. Los otros dos altares restantes ocupan la parte alta de una dependencia del coro. Son sencillísimos, casi portátiles.

Seguiremos.

XVI

Otras dependencias de la parroquial.

            El ábside.- A espaldas del mayor de los altares, y como si dijéramos a la cabeza del templo, háyase el “ábside” cuya bóveda esta formada de rica y laborada piedra en figuras concéntricas. Ocupa dicha dependencia unos catorce metros en cuadro con una elevación de ocho.

            La sacristía.- He aquí otra dependencia que tanto cautiva la atención del curioso visitante. Entrase a ella por una puerta de anchas jambas y sobre la cual corre en forma de un arco de esfera la regia escalera que conduce a la torre, galería y coro. La impresión que produce es sumamente de admiración. Una bóveda casi plana, que parece estribarse en los cuatro esquinales, cúbrela por completo, ostentando en pulimentados boceles y soberbia arquitectura todos los encantos del estilo ojival. El pavimento está formado de losas en diminutos cuadros divididas. La cajonería, que es una joya de arte y de valor en maderas, compónese de treinta grandes cajones chapeados de ricas incrustaciones donde luce el ébano, el cedro, el castaño y otras maderas de subido precio: cada cajón contiene tres chapas ahumadas en oro y cuyo valor artístico merece el aplauso de todos los inteligentes. En el centro destácase vistosa mesa de ébano con treinta y tres cajoncitos que servían para guardar los purificadores. Sus artísticas ventanas llevan al interior de esta dependencia luz del día un tanto amortiguada por la policromía de los cristales. Un altar colocado en el testero y cuya hornacina se halla ocupada por la Virgen de los Dolores, dos hermosos cuadros, copias del Cristo de Velázquez, y del San José, de Murillo, Así como también un tercer cuadro con el retrato en colores del Pontífice Pío X, completan el decorado de esta sacristía de cuya bóveda cuelga una valiosa lámpara-quinqué que, en las noches de invierno, ilumina toda la estancia.

            La torre.- Súbese a ella por una escalera de ciento cuarenta y dos peldaños colocados en forma de zig-zag en el interior de la misma. Las paredes en que se apoyan los escalones tienen tres metros de espesor, formando una fortaleza tal que solo el poder de los rayos pudo abrir en ella la brecha y causarle los desperfectos que hoy todos lamentamos. Próxima a la bóveda sobre la cual se yergue el campanario nótanse los resquicios de la cabina donde estaba la maquinaria del reloj, cuyas grandes agujas corrían pausadas en el horario que todavía se conserva porque las manos vivas no pudieron arrebatarlo. Ya en el campanario preséntanse a la vista del curioso visitante las cuatro ventanas de 6 metros de altura, donde balancean y giran alegres dos suntuosas campanas en cuyos bronces se lee: SANTA MARÍA LA REAL DE OYA. Una balconada de veinte metros de largo formada toda ella de enterizos balaustres de granito, circunda todo el campanario desde el cual puede el visitante contemplar a satisfacción la inmensidad de los mares y el cruce de todos los navíos del mundo, desde la humilde lancha de pesca hasta el mayor trasatlántico y barco de combate. Termina la torre en una elevada cúpula gótica y coronada de restos de una corona imperial sobre la cual se hallaba clavada una cruz de bronce de cuatro metros de elevación.

            El coro alto.- Llégase a dicha dependencia después de la ascensión de que hablamos en la anterior cláusula. Una vez en ella olvídase uno de todo, porque la artística sillería, alta y baja, absorbe por completo la atención del curioso. Consta de cuarenta y cuatro sillas, anchas, lustrosas, construidas de maderas selectísimas. En el testero destácase en un fondo de oro y azul la Virgen en su gloriosa Asunción a los cielos. A ambos lados y en artísticas hornacinas de ébano aparecen las imágenes en relieve de San Benito y San Bernardo. Un facistol, terminado por un Crucifijo de escultura singular, ocupa el centro de esta estancia. En uno de los corrillos un órgano de tiempos de Felipe V, recuerda al visitante el rey de los instrumentos y la solemnidad de los cultos en días mejores. Cabe el coro se conserva la dependencia denominada “Cuarto del despojo”. Un rosetón inunda de luz todo este santo lugar en cuyo pavimento vense las huellas de los pies de los religiosos. A uno y otro lado destácase sobre dos puertas los escudos en colores de la Orden y del Monasterio.

            El coro bajo.- En relación con este coro háyase el llamado Coro bajo cuyo pavimento en paralelepípedos octogonales y delicada sillería es objeto de unánimes alabanzas.

            Claustros.- A esta dependencia, una de las más importantes, dase entrada por una ancha puerta sobre la cual se ve en gran marco de oro, un lienzo de la Inmaculada que muchos atribuyen al pincel de Zurbarán o de algún discípulo de dicho maestro. Es el claustro de forma cuadrilátera. Compónese de cuatro naves ojivales apoyadas en diez y ocho arcos, los cuales a su vez sostienen cuatro altas galerías decoradas de cuarenta columnas dóricas, cuyos capiteles y volutas rematan con un friso de inapreciable gusto arquitectónico. En un testero del claustro consérvase todavía la vitrina donde se guardaba la bandera o pabellón nacional que ondeaba en la “Plaza de armas” los días de solemnidades cívico-religiosas. En el mismo testero hubo una panoplia que ha sido robada.

            Sala capitular.- Cuanto más avanza el curioso visitante bajo la pétrea techumbre gótica llegan a topar sus manos con verdosas piedras de otra nueva dependencia, es la llamada “Sala Capitular”. Una bóveda semiplana parecida en un todo a la de la sacristía, cúbrela en todo su largo y ancho que lo es de varios metros. Tres ventanas ojivales llevan luz a su interior. El testero contiene un revestimiento de pinturas donde se ven dos grandes leones que debieron en mejores tiempos sostener un lienzo con el filo de sus uñas. Sirviendo como de pedestal a estos carnívoros corren a sus pies los escudos de todas las Ordenes Militares, el de la Inquisición y los de Castilla y León.

            Resumen.- Tiene el templo monacal (hoy parroquial) la forma de una cruz de 80 metros de largo por 30 de ancho en el crucero. Consta de tres naves, una central y dos laterales: la central tiene doce metros de ancho y las laterales diez cada una. La altura de las bóvedas son 20 metros. A lo largo de la iglesia álzanse diez arcos ojivales de siete metros de longitud cada uno. El arco toral de nueve metros de ancho por 14 de altura, háyase decorado de muchos frescos representando períodos de la vida del Emperador Alfonso VII y su hijo sancho III, “El Deseado”, ornaméntanlo también los Escudos de las Ordenes Militares. Completan el adorno de la iglesia valiosos cuadros, cinco pilas artísticas de granito, mármol y jaspe, cinco arañas regaladas por el hijo de este pueblo fallecido en Filipinas, D. Rafael Álvarez, un viril de cuantioso valor, tres cálices con incrustaciones de oro y filigranas del mismo metal, seis coronas y aureolas, varios juegos completos de casullas, capas pluviales y otros aderezos cuya lista sería prolijo enumerar.  

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XVII

Comunidad de Bernardos.

            Su número.- Ateniéndome a las mejores estadísticas que del número de los religiosos existentes en este monasterio pude consultar, resulta que allá por los siglos XVI y XVII formaban la mencionada comunidad 84 frailes, ajustados en un todo a la Santa Regla Benedictina.

            Los cargos u oficios.- Hallábanse estos distribuidos del modo siguiente: Había un Abad, un Prior 1.º, un Prior 2.ª, dos Cercadores, cuatro Clamadores, un Maestro de Misas, un Mayordomo, un Cillerizo, un Despensero, dos compradores, un Archivero, un Procurador de pleitos, dos Porteros, dos Hospederos, dos Enfermeros, un Boticario, un Guardarropero, un Refitolero, un Bodeguero, un Cocinero, cuatro servidores de Refectorio, un Lector de Refectorio, un Campanero, un Relojero, un Lamparero y un semi-Abad.

            El Abad.- El religioso que en el Convento de Oya alcanzaba tan alta dignidad tenía el tratamiento de Prelado y Paternidad y en su presencia a ningún súbdito se le había de decir de Padre nuestro. A él pertenecía dar todas las licencias, a él tener todas las llaves, a él recibir todas las visitas de los magnates, príncipes y reyes, a él presidir los capítulos, a él llevar el pectoral y el anillo, consagrar altares y aras, bendecir cementerios, consagrar cálices, patenas y vasos para el culto, a él consagrar campanas y ejercer su jurisdicción y señorío temporal y espiritual sobre todos los súbditos que se hallaban diseminados por sus numerosas dependencias de Braga, Goyán, Porto, Panjón, Bayona, La Guardia, Rosal y Tomiño.

            El Prior.- Esta era la personalidad más importante después del Abad. Llamábase vulgarmente Prepósito. Era de su cuenta el asistir de día y de noche a la Comunidad, y hacer que se guardaran las reglas, Constituciones, visitas, ceremonias y todo cuanto el Abad ordenare para el gobierno particular del convento. A él correspondía después de Completas y Maitines andar la cerca, visitar las puertas de la clausura, entrar en las celdas cuantas veces quisiera y vigilar si los monjes mozos dormían con el escapulario y traían las estameñas.

            El Prior 2.º.- Seguía éste en importancia al anterior siendo sus obligaciones muy similares del mismo.

            Los cercadores y clamadores.- Para desempeñar estos cargos reuníase el convento en capítulo y allá se elegían por el Abad cuatro monjes cuyo oficio era advertir en el coro, con toda claridad, las faltas de los religiosos, sin excepción de personas, mirándolas como faltas de sus hermanos, y clamándolas con puro celo de la del servicio de Dios, diciéndolas sencilla y precisamente, sin añadir nada.

            Los defectos que había de clamarse no eran de los graves que pudiesen causar escándalo. Las cosas más propias para clamar eran las relacionadas con la falta de cumplimientos en las obligaciones con el convento o actos conventuales.

            El autor de estas líneas puede ofrecer al curioso visitante el llamado “Cuarto del despojo” o sea el lugar contiguo al coro alto, donde los religiosos acusados de sus culpas las reparaban despojándose algún tanto de los hábitos monjiles en la parte alta del cuerpo y dándose dura disciplina.

            El Maestro de Misas.-  Al que se hallaba honrado con dicho oficio pertenecía cuidar que la Sagrada Eucaristía estuviera con toda decencia, y que se renovara cada jueves de la semana, a él correspondía señalar la hora en que los monjes tenían que decir misa; el no permitir que sacerdote alguno extranjero dijese misa sin licencia por escrito; el aderezar toda la ropa y plata de la sacristía; el impedir pláticas, ni conversación con seglares en la sacristía; a él asentar los nombres de los difuntos enterrados en la iglesia, cuidando de que se hicieran sufragios por los mismos; a él correspondía la guarda de las llaves del templo, cuidar de que se hiciese el monumento de Jueves Santo, etc.

            Mayordomo.- Este importante papel del que depende la vida económica de los religiosos, desempeñábalo un fraile versadísimo en cuentas.

            El era el que cobraba la hacienda, y si algún deudor era pobre dilataba la paga después de haber puesto el asunto en conocimiento del Abad. A cuenta del Mayordomo estaba hacer la cérea de noche por los aposentos de los criados y estorbar las ocasiones de jugar; visitar la hospedería, el refectorio, la cocina, la labranza, etc.

            El Cillerizo.- Todavía, lector, se conserva en un cajoncito de la sacristía el siguiente nombre: P. Cillerizo.- ¡Quién era este religioso? Pues por razón del oficio era el ayudante del Mayordomo a quien debía respetar en todo y hacer con puntualidad cuanto se le ordenase. Había de saber del Mayordomo lo que del Convento tenía para comer y cenar; asistir en la cocina a la distribución de las raciones; tomar cuenta del refitolero; poner pan en las mesas; repartir las comidas para ser servidas por los semaneros de refectorio; procurar que la comida se sirviera caliente, para lo cual hacía poner un brasero en el repartidor; recoger lo sobrante de los platos para entregar al limosnero.

            El Despensero.- Desempeñaba este cargo un fraile lego de quien se tenía satisfacción tanto de su virtud como de su inteligencia. A él le correspondía salir a las compras y comprar lo mejor en precio acomodado y no comprar fiado, porque como dicen las Constituciones, se compra lo peor y lo más caro; a él pertenecía llevar la nota de lo comprado y hacer con diligencia las compras que algún religioso le encargara.

 

XVIII

Otros oficios de la Comunidad de Bernardos.

            El archivero.- Dábase este cargo, uno de los más importantes del monasterio, al religioso de más reconocida capacidad intelectual; pues de él dependía la buena hacienda de la comunidad en lo tocante a lo relacionado a las inmunidades que se contenían en las Bulas de los Sumos Pontífices, privilegios de los señores Reyes y otros bienhechores.

            Ordenaba el ceremonial monástico que el archivo había de ser fuerte y cerrado por todas partes y defendido de cualquier peligro de fuego; las ventanas no muy grandes (eran dos y pequeñas las del monasterio de Oya) y con rejas de hierro, gruesas y espesas; las puertas forradas de hierro y con dos llaves.

            El Procurador de pleitos.- Era elegido para el desempeño de tan importante oficio un monje de los más observantes. Este antes de salir a los pleitos rezaba Maitines y Laúdes y decía Misa a continuación del oficio divino. Informábase bien de los papeles y puntos del pleito, y luego salía a ventilar las magnas cuestiones de su oficio, hablando con todos de la manera más adecuada a las circunstancias más favorables al pleito.

            Los porteros.- Eran dos los porteros del Convento de Oya, monje el uno y fraile el otro. Acompañaban a los visitantes hasta la celda del Abad dando a este el aviso de la visita. Si el visitante fuese algún monje lo conducía a la iglesia para hacer oración y luego de allí le acompañaba a recibir la bendición del Prelado o Abad del monasterio. Cuando el visitante era un seglar que deseaba hablar con algún monje, el portero daba de ello primero cuenta al Abad. Los monjes que acompañaban a los visitantes del Monasterio jamás salían del zaguán de la portería. La puerta principal del monasterio abríase todas las mañanas después de la contemplación. Los días de fiesta cerrábase la puerta tocando a Tercia y no se habría hasta después de la una, y se cerraba en los mismos días después de tocar a Vísperas; y en los demás días se cerraba a la hora de comer. Las puertas de la Mongía se cerraban con una llave común, o ganzúa, a fin de que todos los religiosos tuviesen una y nunca quedasen abiertas. Todos los días el portero principal daba limosna a los pobres recogiendo, para más aumento de las mismas todo el pan partido, y lo demás que cobrare en el refectorio. Concurrían a tomarla casi todos los pueblos de la cuenca del Miño y Valle Miñor.

            Aún hoy se conserva entre nosotros el recuerdo de la puerta llamada de la ESMOLA (limosna), contigua al moderno “Bulevar Parroquial”.

            El Hospedero.- Tenía éste a su cuenta toda la ropa de la hospedería, así lienzo como lana y las demás alhajas. A él correspondía el componer las camas, limpiar las celdas, recibir los huéspedes, acompañarles al aposento y darles llave. Todo el tiempo que estuviera un huésped tenía que ir a verle por la mañana para ofrecerle lo que fuera menester, acompañarle donde hubiere de desayunar, comer y cenar, y cuando hubiera de partir acudía a pedirle la llave para ver si quedaba en el aposento todo lo que había cuando entró.

            El enfermero.- Ordenaba la Santa Regla, que, sobre todas las cosas se ha de tener cuidado de servir a los enfermos, así como a Cristo. En vista de esto el enfermero procuraba con toda caridad servir a los enfermos con toda caridad y amor. El daba parte al Abad de la caída de algún monje enfermo; él mandaba buscar al médico; él mudaba la ropa y limpiaba la habitación; él daba al enfermo todo cuanto recetaba el médico para que no se desconsolasen; él avisaba en caso de peligro al Abad para la administración del Viático y Santa Unción.

            El boticario.- En este monasterio había también su botica y boticario que lo era siempre un monje muy entendido y examinado. El daba por su mano los jarabes y bebidas que ordenaba el médico, y se le recomendaba que cuando a todos no pudiera asistir fuese él el que diese a todos las purgas.

            El ropero.- Por mano de este monje se repartía el vestuario a presencia del Abad. Acompañaba al Prelado en la visita a las celdas para ver la ropa de las camas; tenía cuenta de que los hábitos ni fuesen cortos ni largos y llevaría en un libro “ad usum” nota de las mantas de cama y demás alhajas concernientes al ropero.

            Refilolero.- Desempeñaban este cargo cuatro legos bajo la inspección del fraile Cillerizo. Ellos barrían el comedor, limpiaban los asientos, lavaban las jarras y salvillas, traían agua fresca, cogían los manteles servilletas y los tejeros, ponían los saleros de sal, fregaban las fuentes de la inmundicia, ayudaban al Cillerizo en el reparto de las raciones, y cuidaban a todos los seglares que comían en el refectorio.

            El bodeguero.- Estábale prohibido a este buen amigo el dar vino sin licencia. Ordenábasele que al Convento diera siempre lo mejor. Mandábasele que abriera a tiempo las cerceras que caen al buen aire para impedir que el vino se avinagrare. Imponíasele por obligación el surtir de vino las jarras de que se servían los religiosos en la mesa, y si algún religioso pidiera vino con necesidad, volase presto a socorrerle.

            El cocinero.- El Abad, el Mayordomo y el Cillerizo eran sumamente cuidadosos de que las comidas estuviesen en sazón y siempre limpias, por lo cual buscábase un cocinero que reuniese cualidades propias del oficio, y verdaderamente que en los años de existencia de nuestra comunidad desempeñaron este oficio los mejores cocineros que en Galicia han sido. Los Reyes y Emperadores, los príncipes y magnates, los de delicado estómago y melindroso paladar, hiciéronse lenguas de lo bien que nuestros inolvidables cocineros practicaron el arte culinario, imitándoles en anteriores siglos los Fornos y otros cien.

            El lector.- Este oficio se desempeñaba por riguroso turno y tal cual se acostumbra hacer en los seminarios y órdenes religiosas de nuestros días.

            El campanero.- Entregaban este oficio a un religioso de ligeras carnes y buen humor para que así ni le fuese molesto la ascensión a la torre, en las distintas veces que había de verificarle durante el día, ni careciese de esa condición especial que adornar debe a tañedor de bronces, ya cuando repica ya cuando dobla a muerte, anunciando el paso de un hermano a las regiones de ultratumba.

            El lamparero.- Como lo indica su nombre tenía obligación de cuidar de las luces en todos los actos que la comunidad tuviere de ellas precisión.

            El semi-Abad.- Así se llamaba al más nuevo de los profesos y cuyo oficio era tañer la campana a coro todas las veces que había signo, Misa mayor y Kalenda.

            Ahí tienes, lector los diferentes oficios que a cual mejor desempeñaban los santos religiosos de nuestro derruido monasterio.

XIX

De algunos actos conventuales

            En el coro.- Ningún religioso podía excusarse de la asistencia al coro. Así era que monjes, frailes y novicios acudían al toque de campana con más puntualidad que el decirlo. Una vez ya en el coro, el Abad, que ocupaba el sitial de preferencia en la parte derecha del cuadro escultórico que representa la Asunción de la Virgen a los cielos, entonaba las primeras del Oficio divino, siguiéndole inmediatamente los dos cantores, primero y segundo, quienes saliendo de sus sillas situábanse en presencia del colosal facistol cantando con esa gravedad propia de la Iglesia del Invitatorio, Antífonas, Responsorios e Himnos. Ocupaban los más ancianos la gradería superior y la inferior los más jóvenes. Los libros de la anterior salmodia eran de pergamino con notas de oro y dibujos de supremo gusto lineal. Ningún religioso podía presentarse en el coro sin la santa cogulla.

            Yo desearía ver al lector presenciando uno de estos actos de la Religión de Bernardos, asegurándole que ideales del cielo absorberían por completo las potencias de su espíritu, sobre todo en los días en que aquellas ochenta voces de bernardos cantaban “Pretiosa”, con acompañamiento del magnífico órgano y otros instrumentos músicos.

            En el refectorio.- Otro de los actos conventuales digno de mentar en letras de molde era la compostura de los bernardos en la hora de refección. Tenía lugar una de estas a las doce en punto, y entonces los religiosos dando de mano a sus quehaceres formábanse en dos largas filas y, bajo los ojos, cubiertos sus cuerpos con la blanca lana del instituto, colgando al cuello la rica librea del santo escapulario y echada sobre sus cabezas el capillo, entraban cantando en el refectorio los versículos del “Miserere” bastantes por sí solos para humillar, meditándoles, el más empedernido corazón. Ya en el refectorio, bendecíase la mesa por el Abad o el que sus veces hiciera. Inmediatamente el lector pedía la bendición de los dones y ésta terminada, cada religioso en medio de un silencio sólo interrumpido por el latir de sus corazones se iban acomodando en los asientos que a blanquísimas mesas daban. Con decir que la mayor parte del año la comunidad bernarda observaba riguroso ayuno, adivinado queda cuales serían sus alimentos: las legumbres, los potajes, los gazpachos eran el condumio ordinario de estos penitentes; las carnes y los vinos servíanse con tasa tal que a excepción de ancianos o enfermos todos sacrificaban sus apetitos en no gustar tales adiciones; los pobres eran los gananciosos de las privaciones de los religiosos, pues acudían a la portería del convento con sendas ollas que llenaban de riquísimas viandas sobrantes de las mesas de los religiosos y huéspedes de distinguida prosapia.

            La rasura.- Otro de los actos de la comunidad era la rasura la cual tenía lugar cada quince días. Efectuaban esta operación en una dependencia del monasterio contigua al claustro de los Padres de más elevada categoría. Hallábase, como dejé consignado en una de mis pasadas crónicas, cabe el balcón llamado de la “Media hora”. Los religiosos entraban allí con la consigna de atar corto la lengua del barbero que, por ser seglar y nada sesudo, convenía que desde el momento de dar el “Benedicite” al religioso que iba cara y cabeza en sus manos para ser rasurado, hiciese de cuenta que debía portarse como hombre de inteligencia y no así como la mayor parte de los fígaros que no tiene pelos en la legua y dicen saber al cliente todos los secretos del vecindario. Amordazada de esta manera la barberil lengua, daba comienzo a la operación rabiando por darle a la sin hueso, y perfumando luego la cara y cabeza con aguas aromatizadas con espliego y otras hierbas, levantándose el placiente religioso de aquel suplicio, esperando la rasura de los demás. Ordenaba la santa regla que los cerquillos fuesen iguales, el agua templada, las navajas bañadas de aceite y los paños del servicio particular de cada uno.

            Creo que en este punto nada adelantó la higiene barberil de los modernos establecimientos.

            El Capítulo.- Tenía uso este lugar todas las semanas y para ello adornábase de alfombra la dependencia denominada “Sala Capitular”. Dos series de lujosos sillones seguían a continuación de la poltrona ocupada por el Abad. En este capítulo hacíase la pena a los reos de faltas disciplinares y en los días de Semana Santa se celebraban los Lavatorios de los doce pobres del pueblo y de un número igual de religiosos más ancianos. También en esta dependencia se recibían los Emperadores, Reyes, Cardenales, Obispos y Magnates de España y sus colonias.

 

XX

De la administración de Sacramentos a un religioso gravemente enfermo, y de lo que se había de guardar con él hasta la muerte, y después de muerto

            El Viático.- En nada ponían tanto interés los religiosos bernardos como en bien preparar el viaje al otro mundo a cualquiera de sus hermanos. Así era que cuando algún monje hallábase, a juicio del médico, en estado grave se le confesaba y se le administraba el Santo Viático del modo que verá el lector: Poníase en la celda del religioso enfermo un altar con dos velas y una cruz. Hecho esto salía de la iglesia S. D. M. Entre las dos filas de religiosos asistentes con velas encendidas y cantando los Salmos Graduales. Llegados a la habitación, el enfermo, vestido de cogulla y escapulario, disponíase a recibir a Jesús, no sin antes haber el Preste rociado de agua bendita la habitación diciendo Asperges... Luego de haber recibido el enfermo la Sagrada Comunión, tornaban a la iglesia con el copón y partículas restantes. Ordinariamente ejercía este oficio el ministro del Santísimo Viático, el P. Abad revestido con las insignias episcopales. Durante el acto las campanas del monasterio tocaban alegres en los ventanales.

            La Extrema-Unción.- Éntrate, lector, a contemplar este paso de la vida del religioso. Administrado, pues, el Santo Viático, y si el enfermo se iba agravando, se administraba la Unción última. Avisábase de ello a toda la comunidad mediante nueve golpes de campana, y reunida en la sacristía, tomaba el Preste el vaso del Sacramento entre las manos, y precedidos de la cruz, llegaban a la habitación del enfermo. El monje administrante rociaba a los circunstantes de agua bendita, y vuelto al altar, de que hemos hecho mención en la cláusula anterior, leía las oraciones del ritual romano. Después el sacerdote administrante encargaba a todos los asistentes el rezo de los Salmos Penitenciales y las Letanías, sin las preces, y seguidamente procedía a ungir el cuerpo del enfermo. Aplicado este Sacramento tornaba el convento a la sacristía rezando el salmo Miserere mei.

            La agonía.- Desde el instante mismo en que el enfermo entraba en la agonía se redoblaban los cuidados espirituales para con él. Se tocaban unas tablas para que todo el convento acudiera a la celda del enfermo y cada uno pedía a la divina Misericordia perdón por los pecados de su hermano. En habiendo espirado, decíase el responso Subvente Sancti Dei... y al terminar el Prelado decía la oración Tibi Domine, commedamus, y luego tañían las campanas a difunto.

            Cámara mortuoria.- He aquí como era: Pasado algún espacio de tiempo después de la muerte del monje, el enfermero con otros monjes que le ayudaban, sacaban de cama al muerto, vistiéndolo con decencia; cubríanlo con la cogulla, poníanle el capillo en la cabeza, dejábanle el rostro descubierto y en las manos colocábanle una cruz, poníanle en los pies medias y zapatos. Luego de esto poníanle de nuevo en el lecho cubierto con un paño negro y a la cabeza colocaban dos almohadones del mismo color.

            A la Sala Capitular.- Verificado ya todo esto y mientras las campanas llenaban los aires de metálicos suspiros, si la frase vale, bajaban al muerto entre luces y dentro de las tablas de una pobre tumba, que todavía se conserva, y rezando Salmos conducíanle a la Sala Capitular que desde aquellos momentos era convertida en capilla ardiente. Sobre una alfombra colocábase el ataúd o mejor dicho las angarillas. Doce grandes hachones iluminaban la estancia presidida por la cruz conventual, y un hisopo con su acetre estaba a la disposición de todos los visitantes que entraban a rezar un responso por el difunto.

            El entierro.- Llegada la hora de enterrar el cadáver, el Procesionario disponía el orden que se había de guardar en el oficio de sepultura. Esta tenía lugar en la parte alta de la iglesia estando todas las sepulturas numeradas y separadas de las otras que servían a los difuntos seglares, por una verja de madera terminada en una efigie de Jesús Crucificado, cuya milagrosa imagen fue mandada retirar, lo mismo que el alto enverjado, el año 35 del pasado siglo, por orden del gobierno de Espartero.

            Las exequias.- Todos los monjes que eran sacerdotes celebraban desde el día de la muerte siete misas.

            Desde el mismo día, y por treinta días continuos, se ponía en el lugar que ocupaba el refectorio un letrero con su nombre, y sobre la mesa se ponía lo que diera el convento para que se diera limosna después al pobre que nombrare el Abad. También se daba de comer a treinta pobres en el día del fallecimiento.

            El día de cumpleaños, o aniversario, se decía una misa con la mayor solemnidad.

            Hagamos por hoy punto y final.  

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XXI

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Los Perdones.

            Los Perdones.- A tres cuartos de hora de buen camino encuéntrase el lector con la feligresía de Pedornes, cuya antigüedad remóntase al siglo XII, siendo por consiguiente la más antigua abadía de las parroquias costeras al Atlántico. Allí, y a la sombra de alto monte, yérguese una capilla de no pequeñas dimensiones, decorada de cuatro altares de los cuales, el mayor contiene en ancha hornacina la imagen bendita de San Mamed, abogado de los presos en oscuras mazmorras. Dos imágenes, de San Benito la una y de San Bernardo la otra completan, amén de un escudo del convento de Oya, el embellecimiento del presbiterio. Cabe éste y a ambos lados encuéntranse los altares de San Antonio Abad, el de las Ánimas, el de la Virgen del Rosario y otro que ignoro a quien está dedicado. Pues bien, esta capilla o templo parroquial, llamose de los PERDONES porque así como en las grandes poblaciones cristianas de la Edad Media había sitios destinados a servir de refugio a los reos de culpas gravísimas, así también en Pedornes existía una capilla en la cual una vez penetrado en su sagrado recinto la víctima de algún crimen, era recogido por los amorosos brazos de los religiosos bernardos y puesta a buen recaudo contra las imposiciones de la humana justicia. Cuentan viejas crónicas, más llenas de crédito que las palabras de modernos historiadores y biógrafos, que en la santa capilla de los Perdones (hoy Pedornes), salvaron su vida más de doscientos delincuentes que, puestos de rodillas y pegadas las manos a las paredes de aquel recinto salvador obtuvieron el perdón para sus faltas, mediante un arrepentimiento del que eran sobradas pruebas la humildad manifestada en el semblante y las gruesas lágrimas que por sus mejillas rodaban. ¡Oh, Iglesia santa, siempre atenta a las necesidades que al humano linaje afligen! ¡Oh pecadores que llevando en vuestra alma el puñal del remordimiento, habéis tenido la dicha de llegar a este lugar de perdón, bendecid y proclamad a voz en grito la ley de la indulgencia instituida por la Iglesia en vuestro favor!

            Pero tornemos al fondo de nuestro asunto.

            Agasajos a los refugiados.- Tan pronto como algún reo subiendo la empinada vía que a la Capilla conduce era visto por alguno de los religiosos que hacía vela en un  departamento próximo, se pasaba aviso al Abad del Monasterio, y este y no otro alguno, se personaba con el arrepentido delincuente cualquiera que fuese su condición y estado, a semejanza del Padre del hijo pródigo, envolvíale en los pliegues de su manto de singular blancura, y sin acordarse de otra cosa que la de tener en sus brazos un alma redimida por Cristo, besábale el rostro, mezclándose las lágrimas del uno con las del otro; llenábanse los aires con los suspiros de alegría de ambos; y, la mayor parte de las veces, seguíase una confesión ingenua de las faltas de toda la vida. Terminado este recibimiento era conducido el ex-reo a la dependencia donde se hacía la vela, y allí se aseaba, se le aconsejaba a mejorar de vida sentándosele en lujosa poltrona se le servían sabrosísimos y sustanciosos alimentos, conservados de antemano en la despensa del monasterio.

            El curioso lector que desee tomar pormenores sobre lo que indicado queda, tómese el camino más corto que de Oya a Pedornes lleva y podrá cerciorarse de la verdad que presentando voy.

            Las Orilludas.- Relacionadas con los PERDONES están unas rocas que el mar bravío azota continuamente. Llámanse las ORILLUDAS por la forma de gigante oreja que la Providencia le ha dado. Estas rocas sirvieron luengos años ha de punto de mira hacia el fondo del horizonte, y cualquier embarcación que desde él fuese vista debía ponerse en conocimiento del guarda o vigilante de “Los Perdones”, por si algún tripulante de embarcaciones moras o cristianas se viese en necesidad de arribar al “Puerto de Barcas”, sitio de desembarque y acceso a la santa capilla.

            Es muy de notar que las ORILLUDAS están en una posición tal con el mar y con sus corrientes, que a ello debido son muchas las embarcaciones, cadáveres, objetos de madera, barriles de sustancias líquidas, botellas, etc. que allí vienen a parar. Debido a estas circunstancias, aún sin la intervención del milagro, se explica que a dicho paraje viniera a parar la imagen bendita de nuestra Patrona de la cual nos ocuparemos más adelante. El autor de las presentes líneas ha visto con sus propios ojos algunos objetos arrojados por el mar contra aquellas rocas, entre ellos un magnífico casco de un esquife en forma de veneciana góndola y algunos cadáveres de ingleses y españoles.

            La reedificación de la capilla.- Terminaremos este artículo diciendo a mis lectores que la capilla de los PERDONES, recibió una mejora de importancia allá por el siglo XVIII y en recuerdo de la misma se lee en la pared de la derecha la siguiente inscripción: ESTA CASA PERTENECE AL REAL MONASTERIO DE HOYA – REEDIFICOSE 1737.  

XXII

Recreaciones monacales.

            El mano.- He aquí una de las distracciones que en las horas de asueto practicaban nuestros buenos religiosos bernardos. Consistía este juego en reunirse número suficiente de jugadores divididos en dos bandos de cinco o siete personas. Al frente de cada bando colocábase un jugador llamado jefe o capitán el cual echaba suertes para elegir uno a uno, alternando, los jugadores, de modo que equilibradas quedasen las fuerzas de los mismos. Comenzaba la elección echando pies, lo cual se verificaba del modo siguiente: colocados ambos jefes frente a frente, a cierta distancia, empiezan a medir el terreno por pies alternativamente, y aquel a quien al encontrarse ambos correspondía pisar al contrario, ese era el favorecido por la suerte y por lo tanto el primero que elegía un jugador. Acto seguido elegía otro el capitán del bando contrario, y así sucesivamente.

            Entonces se marcan los manos de cada bando con dos líneas rectas sobre el terreno, a 30 o 40 metros, enfrente una de otra, y comenzaba el juego.

            De un bando se destacaba un jugador, saliendo en su persecución otro del bando contrario, que a su vez era perseguido por otro del bando que salió, y así alternativamente salía un jugador de cada parte en persecución de otro hasta que uno era cogido por el contrario.

            Entonces gritaban ¡cogido!, se suspendía el juego y el jugador cogido era llevado al mano contrario. El prisionero se colocaba en el campo contrario dando cuatro o cinco pasos, desde la línea de dicho campo en dirección al suyo; y con el brazo extendido hacia sus compañeros de bando, en espera que uno de ellos viniera a rescatarle, consiguiendo tocarle solamente.

            Reanudábase la partida saliendo el jugador que cogió al prisionero, persiguiéndole uno del bando contrario. Cuando el primero conseguía volver a entrar en su campo, era inviolable; pero a su perseguidor le perseguía otro del campo contrario, y así alternativamente, como arriba explicado queda, hasta que cualquiera de los dos campos hacía otro prisionero, repitiéndose mientras en un bando no queden jugadores.

            Los cogidos o prisioneros se iban poniendo en línea hacia los campos contrarios, tocándose con los brazos extendidos, hasta que eran libertados por un compañero.

            El jugador que iba a librar a sus compañeros tenía que salir precisamente de la línea de su mano con tal objeto. Un escritor dice de este juego que los frailes demostraban en él gran ligereza, sangre fría, buen golpe de vista y habilidad suma.

            La partida terminaba cuando ya eran prisioneros cierto número de jugadores marcado de antemano.

            Los bolos.- El curioso visitante que encamine sus pasos hacia nuestro primer templo, topará en el vistoso bulevar parroquial una ancha piedra de nueve pequeñas concavidades adornada. Llámase la piedra de los bolos y en la cual hoy en día ejerce sus habilidades, destreza y fuerza la juventud oyense. Pues bien: ésta recuerda aquellos tiempos mejores en que los religiosos bernardos distraían sus horas de recreo jugando a los bolos en compañía de los seglares a quienes deseaban se adiestrasen en diversiones tan higiénicas. He aquí lo que es el juego de bolos. Sépase desde luego que el número de jugadores es ilimitado, bien jugando individualmente o por bandos. Se juega con una bola y nueve bolos, alineados en tres filas formando un cuadrado. El jugador se coloca enfrente, a una distancia marcada y lanza la bola, procurando tirar el mayor número posible de bolos.

            Cada jugador tira, cuando le corresponde, dos veces seguidas. El vencedor es el que antes derriba el número de bolos fijado de común acuerdo.

            Entre los jugadores se conviene de antemano que el bolo del medio se cuente por tres o cinco, y los demás por uno, y cuando un jugador es bastante diestro para tirar el bolo central sin que caiga ninguno de los otros se considera que ha ganado el juego.

            Es este el juego que hoy priva entre los naturales de este término municipal, no habiendo una parroquia en que los domingos y festivos días encuentren los mozos diversión que le supere, les encante y les absorba los sentidos.

            Las bolas o canicas.- Es esta otra de las diversiones más sencillas y honestas que aquí se conservan como recuerdo de los bernardos. Y dásele el nombre de bolas o canicas a unas pequeñas bolas de cristal o piedra con las cuales se juega de la siguiente forma:

            En un terreno llano hacen los niños y niñas un pequeño hoyo, y a un par de metros una línea, desde la cual empiezan los jugadores el juego, tirando sus bolas alternativamente para conseguir aproximarlas o meterlas en el hoyo.

            El que logra meterla o aproximarla más es el vencedor, pudiendo jugarse en bandas o individualmente cuando se juega a puntos o tantos; se juega con doce bolas y se cuenta como un tanto cada bola que se meta o aproxime al hoyo.

            Lanzamiento de pesos.- Era este un juego atlético mediante el cual los religiosos se proponían conservar y vigorizar las articulaciones de sus subordinados. Consiste este en lanzar pesas esféricas de hierro, bronce o plomo. El peso de las que se empleaban en el monasterio eran de 7 kilos doscientos gramos. El atleta la cogía con una sola mano, lanzándola dentro de un cuadro de 2 metros 50 centímetros de lado, midiéndose la distancia lograda también en igual forma que en el lanzamiento del disco que hoy tan en boga se halla en casi todas las poblaciones de Galicia.

            El peso debe lanzarse, no por flexión del brazo sino por el esfuerzo de todos los músculos, es decir, flexionando brazos, piernas y todo el cuerpo.

            Según mis informes, se han obtenido en este juego distancias de 8 metros y 50 centímetros.

            Seguiremos sobre lo mismo.  

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XXIII

Distracciones monacales

            Las damas.- Lector, aquí tienes indicada otra de las diversiones de nuestros queridos bernardos. Si tienes paciencia te diré en que consistía. Desde luego te diré que este juego se efectuaba entre solo dos religiosos, sirviéndose para ello de los siguiente útiles: un tablero cuadrado con cien casillas blancas y negras. Cada jugador tomaba veinte piezas de madera, blancas o negras. Estas piezas no podían marchar o moverse sino por las casillas negras.

            Así puestas las piezas respectivas a cada lado opuesto del tablero, y en las casillas negras, uno de los jugadores movía hacia delante una pieza y el contrario jugaba otra suya. No se podía mover una pieza cada vez más que una casilla y siempre hacia delante.

            Estas piezas, llamadas peones, podían comerse al contrario cada vez que las encontraba en la casilla inmediata y que a continuación del mismo tuviere otra casilla. El adversario saltaba por encima y se lo come, sacándole del tablero fuera de juego. Podían comerse cuantos peones contrarios hubiese seguidos en condiciones iguales. En este solo caso podía ir en todos sentidos el peón que come, hacia delante y hacia atrás.

            Cuando un peón llegaba a la última línea del campo enemigo sin haber cogido (comido) se convertía en dama, pieza que podía moverse no solamente de una casilla a otra, sino comerse todos los peones o damas contrarias que se encontraban en una misma línea diagonal.

            Terminaba la partida cuando uno de los jugadores había perdido todos sus peones y damas. Cuando un jugador que podía haberse comido una pieza no lo hacía, su contrario se la comía diciendo soplo; es decir, le tomaba la pieza peón o dama, con la cual el otro debiera haberle comido su pieza. Y esto se consideraba como una jugada. Hoy entre los modernos jugadores parece no ser así o considerar como una jugada el soplo.

            El dominó.- Este juego que debe su origen a dos religiosos de la preclara orden de los Camilos si no mienten añejas crónicas, era la distracción predilecta de los bernardos que peinaban canas. Así era de ver a estos venerables ancianos sentados alrededor de limpísimas mesillas de ébano y distraer los pocos momentos de asueto en el manejo de tan importante juego, que constaba de 28 pequeños rectángulos planos, de doble largo que ancho, llevando en uno de sus lados un color uniforme de boj, castaño o ébano y por el opuesto el de hueso o de marfil marcado con puntos en doble numeración de cifras, desde cero a seis.

            Colocaban todas las fichas con los puntos hacia abajo, mezclábanlas con las manos, distribuyéndolas luego. Cada jugador elegía a la casualidad, conservando las fichas ocultas al adversario en la mano o puestas de pie en fila sobre la mesa.

            Había partidas mano a mano y de cuatro.

            En las partidas mano a mano o entre dos jugadores cogía cada jugador 7 fichas quedando en la mesa 14 de reserva. El que tenía la mano (que era el que llevaba el seis doble), colocaba en la mesa la ficha que más le conviniera desprenderse. Inmediatamente el contrario colocaba al lado una de las suyas que en uno de los lados tuviera igual número de puntos que la colocada por el adversario. El primer jugador hacía otro tanto y el juego proseguía de la misma manera mientras los jugadores tuviesen en la mano fichas cuyos puntos conviniesen con los puntos de la últimamente colocada sobre la mesa. Si uno de los jugadores no tuviese fichas en dichas condiciones las robaba del montón de reserva hasta encontrar una que coincidiese en punto con las de la mesa. Ganaba la partida el religioso que primero se desprendiera de todas las fichas, llamándose a esta operación HABER DOMINÓ.

            Más si alguno no podía colocar más fichas por haberse terminado el de los puntos últimamente puestos, entonces se decía que el juego quedaba CERRADO. Se contaban los puntos y ganaba el que menos tuviera.

            La partida de cuatro, como su nombre lo indica era la que tenía lugar entre cuatro jugadores divididos en dos bandos. Colocábanse los compañeros frente a frente y cada jugador tomaba seis o siete fichas. Colocaba ficha el primero y luego los otros siguiendo a la derecha de este. Si uno de los jugadores no tenía ficha que coincidiera con los puntos de las extremidades pasaba o iba al montón si restaban cuatro. Estos juegos se terminaban o por haber dominó o por cierre. En este último caso se contaban los puntos de los compañeros respectivos, ganando aquellos que tenían menos. Si ambos tenían igual número de puntos, el juego era nulo.

            Continuaremos en el capítulo siguiente ocupándonos del noble juego del AJEDREZ del cual se conservan entre algunos vecinos gratísimos recuerdos.

 

XXIV

Distracciones monacales. El ajedrez.

            Su origen.- Antes de describirte el funcionamiento de este juego tan en boga entre los militares, religiosos y pensadores, quiero lector de mi alma hablarte de su origen antiquísimo. Parece, pues, que allá en tierras de la India Oriental un filósofo llamado Sissa, era vasallo de un poderoso príncipe indiano, llamado Dirham, el cual, embriagado con la idea de su grandeza, hacía gemir a los pueblos bajo el peso de la más odiosa tiranía, sin escuchar consejo alguno que contrarrestase sus caprichos. Deseoso Sissa de dar al monarca alguna lección saludable para que reprimiese su despotismo, discurrió valerse de un medio indirecto; y con este objeto inventó el ajedrez. En efecto la fama del nuevo juego extendiose rápidamente, elogiáronlo mucho a Dirham, y este quiso al momento aprenderlo. Sissa halló entonces la ocasión que buscaba; se encargó de enseñar al príncipe las reglas del ajedrez, y puso el mayor conato en hacerle entender que aunque el rey es la pieza principal, nada puede hacer por sí solo, necesitando a cada paso el auxilio de los súbditos y soldados, y por consiguiente de su amor y fidelidad para atacar y defenderse de sus enemigos. Dirham comprendió la importancia de estas lecciones, se las aplicó asimismo, y consiguió regenerar sus conducta.

            SI ALGUN LECTOR SE HALLA EN EL CASO DE SIRHAM QUE SE APLIQUE LA LECCIÓN.

            El tablero y las piezas.- Un saloncito primorosamente adornado e inundado de la luz poniente, y cuyo pavimento está distribuido en cuadros semejantes al tablero de las damas era el que servía con sus anchas casillas de mármol blanco y negro para el noble juego del ajedrez. Las piezas de ricas maderas construidas y ahuecadas en su interior medían medio metro de altura. Cada adversario tenía 16 a su disposición, 8 piezas y 8 peones, pintadas de colores blancos y negros representativas las mayores, dos reyes, dos reinas, dos torres, dos caballos y dos alfiles. El rey de las piezas blancas recordaba al fundador del convento o monasterio de Oya, don Alfonso VII llamado “El Emperador”, la reina terminada por una imperial corona traía a la memoria a la emperatriz doña Berenguela, primera esposa de don Alfonso VII, las dos torres simbolizaban las fortalezas cristianas, los dos caballos recordaban la saliente caballería cristiana acaudillada por los grandes hombres de la milicia castellana, y los alfiles las damas protectoras de los ejércitos; los peones o piezas pequeñas significaban la infantería. Casi parecido a lo dicho era la significación del rey de las piezas negras que recordaba a un rey moro, alguna reina, etc., relacionado todo con aquellas campañas entre moros y cristianos.

            Marcha de las piezas.- El rey no daba más que un paso en todas las direcciones. Dar un paso era ponerse al escape o casilla inmediata. La reina avanzaba en todos los sentidos, es decir, que podía ir a una casilla, correr a lo largo de las casillas rectas u oblicuas. Los alfiles solo corrían las líneas diagonales. Cada bando tenía un alfil blanco o un alfil negro según el color de la diagonal que había que recorrer. La torre solo avanzaba en línea recta. El caballo funcionaba en forma de herradura, esto es, dando dos pasos y pasando de una casilla a otra blanca o viceversa. Los peones avanzaban solamente un paso en línea recta. A la salida podían avanzar dos pasos. Las demás piezas avanzaban o retrocedían como se quisiera, pero los peones no pueden retroceder.

            Cuando se hacía avanzar el peón a la salida o sea cuando se hacía pasar de la casilla 2.ª a la 4.ª, el peón del contrario podía tomarlo al paso; entonces el peón tomador reemplazaba al tomado en la casilla 3.ª, pero de ninguna manera en la cuarta.

Objeto de la partida.- Es obligar al contrario a ser tomado inevitablemente. Cuando se le ataca con pieza o peón había que advertirlo diciendo: “jaque al rey”. El rey jaqueado tenía que ser jugado o cubierto por una pieza que interceptase el jaque. En “jaque mate” no podía moverse ni ser cubierto. Contra el jaque caballo o de peón el rey no tenía más recurso que mudar de casilla igualmente jaqueada. El mate terminaba la partida a favor de quien lo daba.

            Seguiremos en el capítulo próximo hablando de la categoría de las piezas, cambios de las mismas y exponiendo algunos casos de nulidad.

XXV

Distracciones monacales

Categoría de las piezas de ajedrez.- Dispuesto lector, a cumplir lo prometido en mi anterior articulejo, vengo hoy a decirte algo sobre la categoría de las piezas del ajedrez y cambios que con las mismas pueden realizarse. Léame que ya comienzo.

            Sabrás que el rey era la primera pieza, no por la ofensiva, pues no pudiendo dar más que un paso en todas direcciones no podía tomar una pieza sino cuando estaba a su lado; pero se decía ser la primera pieza atendiendo a la finalidad de la partida, la cual se perdía cuando al rey se le ha dado mate, cualquiera que fuese el número e importancia de las piezas que quedaban. La reina era la primera de las piezas desde el punto de vista del ataque, porque podía ir a lejos y en todas direcciones. A la reina seguía en importancia la torre que a diferencia del alfil o del caballo, podía dar fácilmente mate al fin de la partida. El alfil y el caballo casi son en categoría iguales. El alfil tenía la ventaja de dominar oblicuamente una línea. En cambio el caballo tenía una marcha traidora, contra la que había que estar alerta porque casi siempre era peligrosa.

            Los peones que no tenían gran valor como piezas de ataque, podían tenerlo si en su marcha de avance llegaba a la 8.ª casilla, porque entonces hacían reina; este se podía cambiar de peón triunfante por la reina o cualquier otra pieza.

            Cambios.- Para efectuar el cambio de piezas tenían los jugadores que atender a la calidad de las mismas. Era una desventaja cambiar una pieza grande por otra pequeña, como por ejemplo, tomar una torre sacrificando una reina. Sólo hacían esto cuando se aseguraba el mate; pues ante esta expectativa se justificaba cualquier sacrificio, incluso el de las piezas sin compensación.

            Perder la torre en un cambio a trueque de un alfil o de un caballo era lo que se llamaba en el juego dicho de ajedrez, perder en el cambio.

            Salida.- En las partidas formales la salida conceptuábase como una ventaja. El que tenía la salida tenía que jugar con las blancas. El derecho de salida se daba alternativamente a cada jugador. Para la primera se echaban suertes.

            El emboque.- Se había notado que por la posición central que ocupaba el rey estaba muy expuesto desde el principio, dificultando la salida de la torre en lo más empeñado de la partida.

            Para obviar este inconveniente se introdujo la facultad de embocar. Embocar es hacer un cambio cruzado entre el rey y la torre. Había dos emboques, el grande y el pequeño. El grande se hacía al lado de la torre de la reina, el pequeño del lado de la torre del rey.

            Para poder embocar se necesitaba: 1.º, que estuvieran desocupadas las casillas intermediarias; 2.º, que no se hubiera movido el rey; 3.º, que la torre estuviera en su puesto primero; y 4.º, que al hacerse el emboque no pasase el rey por ningún jaque.

            En ambos emboques el rey corría dos pasos en la 1.ª línea horizontal donde estaba, yendo a ponerse por consiguiente, en el emboque grande, en el sitio del alfil de la reina y en el caso del pequeño, en el alfil del rey.

            La torre en el emboque grande pasaba a la izquierda a la casilla de la reina, y el pequeño a la derecha a la casilla del alfil.

            Pieza tocada, pieza jugada.- Este aforismo que aun hoy está en boga entre ajedrecistas, ya en los tiempos de nuestros religiosos constituía un principio. Con él se quería decir que no podía jugarse dos veces a un tiempo; esto es, que si había movido con intención de jugarla era preciso conformarse. Caso de tocarla por otro motivo, había que advertirlo.

            Aplazaremos para la semana próxima las anotaciones correspondientes a los llamados casos de nulidad y con ellos, y algo más que se le pegue, daremos por terminado lo que con el juego del ajedrez se relaciona.

 


HISTORIAL DE OYA - 1    HISTORIAL DE OYA - 2   HISTORIA DE OIA-3   HISTORIA DE OIA-4