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HISTORIAL DE OYA - 3 por JUAN REY IGLESIAS“LA VOZ DEL TECLA”, 1915-1916-1917 (del Archivo de Antonio Martínez Vicente)
XXVI Distracciones
monacales.
Casos
de nulidad en el ajedrez.- Lector,
que tu espíritu recreas e instruyes con la lectura de estos pormenores que con
el noble juego del ajedrez relación tienen, sigue, sigue saboreando más y más
las anotaciones que voy a poner a continuación. Sucedía, pues, que hallándose
a punto de perderse una partida se trataba de salvar la honrilla tratando de
lograr imponer al contrario un caso de nulidad. Era uno de estos casos el
conocido por el rey ahogado. Era ahogado
cuando sin estar en jaque y siendo la única pieza que se podía jugar, ya
porque las demás se perdieran, ya porque las otras no podían moverse, no podía
moverse el rey sin estar en jaque. En este caso la partida era nula.
Lo era también en los siguientes casos:
Primer caso.- Uno de los religiosos jugadores no tenía piezas ni
peones, solamente al rey. El contrario tenía el rey con otras piezas, pero no
tenía ningún peón.
Pues bien: la partida resultaba nula si no se daban mate a las cincuenta
jugadas.
Segundo caso.- Un religioso repetía una jugada tres veces seguidas
sin cambiar la posición. Después de la tercera jugada, cualquiera de los dos
jugadores podía pedir la nulidad de la partida. Exceptuábase la siguiente
condición, en el primer caso: que uno de los jugadores no tuviese más que el
rey, mientras el contrario tuviera muchas piezas, pero ningún peón; porque en
este caso, como dicho queda, la nulidad era derecho, pero solamente cuando la
misma jugada se había repetido 50 veces.
Tercer caso.- Se repetía el juego continuamente alrededor de una
posición sin modificarla, pero sin que por esto se repitiese la jugada. Había
obstinación. Si no se había movido ningún peón, ni se había cambiado
ninguna pieza, cualquiera de los jugadores podía exigir que la nulidad se
declarase al cabo de las 50 jugadas. La
pesca.- El
lector que en un paseo de turismo haya bajado a la concha de nuestro puerto
sorprenderíale sobremanera la vista de un murón que en forma de lomo de perro
corre hacia el centro del estero, terminando en un puntal de dos metros de
ancho, continuando luego, después de dejar una apertura de unos cuatro metros
hasta alcanzar la base de los campos que el mar baña en las pleamares.
Pues bien: Este muro contra el cual arroja el mar sus furiosas olas, llámase
LA CAMBOA, y fue construida por los religiosos bernardos para coger a pie enjuto
el abundante pescado, que, al efectuarse el flujo entraba incesantemente por la
ancha abertura, la cual, al ser alta mar se cerraba con un enrejillado para que
en las horas del reflujo las aguas del puerto se volvieran a su lugar pasando
por el enrejillado y dejando en seco congrios, langostas, fanecas, panchos,
merluzas, rodaballos, lenguados, sardinas e infinidad de peces, cuya lista sería
difícil de enumerar. Jamás pasó invierno alguno en que los habitantes de Oya
sintiesen la escasez del pescado. No se vendía, se regalaba. Los pueblos de la
comarca nadaban en la abundancia, porque el puerto de Oya era un vivero continuo
de manjares marinos. La Guardia, Rosal, Tomiño, Bayona, Nigrán, Gondomar y Tuy
conservan recuerdos de esta verdad en anales de su historia económica y
comercial. Los
paseos.- Otra
de las distracciones de los bernardos era el paseo matinal en la veraniega
estación y el de la tarde en la estación de los fríos. En dos filas marchaban
los religiosos yendo delante los más jóvenes y predicando todos con el ejemplo
de su compostura las virtudes de que sus almas enriquecidas estaban. Marchaban
allá a la llamada PEDRA DOS FRADES, donde, rompiendo filas, dábanse a honestas
recreaciones y al estudio de los secretos de la naturaleza, habiendo alguno
entre ellos, como los Padres Telmo y Fulgencio, que resultaron verdaderas
notabilidades médicas. Tenían también sus días de campo en los cuales, y con motivo de algún fausto suceso, se llevaban las viandas desde el convento a la verde pradera, y allí a la sombra de seculares robles y los sonoros píos de pintados pajarillos y los trinos de los ruiseñores y murmullo de cristalinas fuentes, saboreaban los condimentados y limpísimos manjares en medio de una paz y alegría que a la de los bienaventurados solo compararse podía.
XXVII Sucesos
milagrosos. La
Virgen del Mar.- Si
el lector devoto entrar quisiera bajo las bóvedas de nuestro primer templo,
sentiríase atraído poderosamente por una imagen de la Reina de los cielos que
en lujosa hornacina de oro parece
navegar sobre las encrespadas olas del mar en el dorso de un lebrel. He
aquí la historia de esta milagrosa imagen: Enrique
VIII, de Inglaterra.- Sabido
es que este buen señor, que ciñó la corona de Inglaterra allá por los años
de 1518, profundamente disgustado por haberse negado el Papa Clemente XI al
divorcio que Enrique deseaba entablar con su legítima esposa Catalina de Aragón,
hija de los Reyes Católicos de España, abjuró del Catolicismo, y con el fin
de vengarse en lo posible del Papa y los católicos, dio un decreto ordenando
fuesen arrojadas de sus hornacinas todas las imágenes que recibían público
homenaje ya en las iglesias, ya en las calles y plazas de Londres y principales
poblaciones de Inglaterra. El
decreto del rey cumpliose en parte, y en su virtud muchas imágenes de Jesús,
su divina Madre y los santos, preciosas joyas de arte, fueron quemadas las unas
y arrojadas las otras en pestilentes cloacas y aguas del mar británico. Pero ¡Vive
Dios! Ya Enrique VIII había sucumbido víctima de su vida de crápula e
ignominia, siendo profundamente execrada su conducta por católicos y
protestantes... y todavía, lector, la estatua de la Virgen del Mar permanecía
en su hornacina. Ya también Wolsey, primer consejero de Enrique falleciera en
la prisión donde lo había desterrado su egregio señor... y todavía la imagen
de la Virgen del Mar seguía en su hornacina. Ya
Ana Bolena, sexta mujer de Enrique VIII, causa de su perdición y de la de
Inglaterra exhalara su último suspiro en el cadalso... y todavía la milagrosa
Virgen del Mar continuaba en su hornacina. Sí, allí, estaba la Reina de los
cielos con sus ojos azules como el cielo de Oriente, sus labios sonrosados como
los claveles de Palestina, sus manos tersas y blancas como la nieve de los Alpes,
teniendo en la diestra un cetro de plata y en la siniestra un niño de
misericordiosos ojos, vestida toda de un rico manto azul sobre el cual caía en
forma de hilos de oro sedosa y abundante cabellera que brotar parecía de la
bendita cabeza de la imagen. Sí, había muerto Enrique, fallecido Wolsey,
ejecutada Ana Bolena... y allí estaba en su hornacina la imagen de la
Inmaculada. Pero ocupó el trono de Bretaña la impúdica Isabel, hija adúltera
de Enrique y Ana Bolena, y como por su corazón corriese el mismo odio contra
las imágenes de los santos cual circulado había por su padre, dio un úkase
o decreto disponiendo fuesen arrojadas al agua del mar todas las imágenes que
huido habían al odio satánico de Enrique. Tocole,
pues, la suerte a nuestra maravillosa escultura de la Reina de las
Misericordias... y, al anochecer de una tarde de diciembre de 1580 en las aguas
del mar británico, flotaba la imagen de nuestra excelsa Patrona. Un perro de un
rico hacendado que vio sobre la movida superficie del mar la bendita imagen,
empujado por invisible fuerza, corrió presuroso hasta el sitio donde la Virgen
se hallaba, y bajando el dorso incorporose sobre él la imagen de Nuestra Señora,
la cual halando milagrosamente al perro por una férrea cadena, y sirviendo ella
misma de piloto, volvió las espaldas a aquella ingrata tierra, arribando en una
fresca mañana del mes de abril de 1581 al sitio de este término municipal
denominado la ORILLUDA. La
aparición.- Dos
honrados vecinos que a las primeras horas de la mañana del mes y año indicado
recorrían la ribera en busca de algas, quedáronse altamente sorprendidos al
divisar en la parte de la ORILLUDA una figura sobrehumana que despedía de sí
intensísimos resplandores. Convencidos de la realidad de lo que habían visto
dirigiéronse al monasterio a contar al P. Abad de la Aparición.
Puso este por un momento en duda lo que le estaban contando más, como los dos
hombres siguiesen hablando con la persuasión que da la certeza de las cosas,
dispúsose a acompañarlos, y como a ojos vistos se convenciera ser cierta la
aparición de milagrosa imagen, ordenó que los cañones de la fortaleza de Oya
anunciasen la Aparición con una salva
de cañonazos y fuesen echadas a vuelo las cuatro grandes campanas de la torre
monacal y esquilas de las ermitas. Alborotado
el pueblo con tales inesperados regocijos, acudió presto a la portería del
convento donde, formando en largas filas y precedidos de la magna cruz
claustral, dirigiéronse a la ORILLUDA, tomando el Abad la bendita imagen sobre
sus hombros, no sin antes dar tierra al finísimo perro que, terminada su misión,
a los pies de la Virgen muriera. Por la estrada real tornó el acompañamiento
hacia el monasterio llevando entre vítores y el canto de las estrofas del Ave
maris stela aquella joya del cielo que tan sin merecerlo le había sido
deparada. Al
momento se construyó un magnífico altar y en él la hornacina de oro donde la
Madre de Dios bajo la advocación de Santa
María la Real de Oya o Virgen del Mar
recibe los obsequios, homenajes y demandas de todos los devotos que, de cuarenta
leguas de distancia corren presurosos a postrarse de hinojos a sus pies, sin que
hasta la fecha hubiese alguno que de Ella no fuese socorrido.
XXVIII Sucesos
milagrosos.
El lignum Crucis.- Decía
en una de mis crónicas, que de la verdad tienen todos los encantos, que los
religiosos bernardos separaran los dos cementerios, el seglar y el religioso,
sito bajo las anchas naves de la monacal iglesia, por un enrejado de madera al
que servía de zócalo preciosa piedra de cantería y de coronamiento la imagen
del Crucificado. Pues bien, lector: En el año 1593, el R. P. Abad, Fr. Diego
Recalde, observando que la mencionada reja se hallaba en deplorable estado
mandola sustituir por otra mejor, y que la retirada, con la imagen de Jesús en
la Cruz, de una cuarta de altura pero tan carcomida como la misma reja, fuesen
arrojadas a las llamas juntamente con otros objetos inservibles. Sucedió, pues,
que el cocinero del Convento, llamado Bernardo, natural de Sanabria, al echar
mano de aquella leña para las necesidades de la cocina, diose con una hacha al
deshacer la carcomida imagen del Salvador, más como esta se resistiese a los
fuertes hachazos que sobre la misma daba Bernardo, decidiose a dar cabo a su
obra poniendo la imagen en el montón de leña que sobre el hogar ardía.
Asombrose Bernardo de la resistencia que durante tres días ofreció la santa
efigie para dejarse devorar del destructor elemento, y sacole de la lumbre
diciendo que algún demonio estaba metido
en él. Admirados algunos monjes de las voces del cocinero se asomaron a la
puerta para ver la causa de su enojo; y habiéndoles referido lo que por espacio
de tres días pasaba con aquel palo, lo tomaron dichos monjes en las manos;
registráronle con atención, examináronle detenidísimamente y ¡oh sorpresa!
Vieron incrustada en la cabeza de la carcomida y desfigurada imagen un cuadrito
de madera con una cerradurita pequeña, que abierta con un cuchillo a falta de
llave, contenía una Cruz en que
estaba engastado un pedazo de la de Nuestro Señor Jesucristo con una cédula de
pergamino que lo declaraba.
Llevaron luego a la iglesia la Sagrada Reliquia, y ordenando una solemne
procesión con Tedeum, dieron gracias
a Dios por haberles enriquecido con este nuevo y precioso tesoro de un modo tan
milagroso.
El que este acontecimiento refiere lo atestigua con las declaraciones de
sus contemporáneos, monjes en dicho monasterio de Oya, Fr. Pablo Ximénez, P.
Fr. Antonio Hernández, P. Fr. Benito Espinosa y P. Fr. Francisco Miguel,
sacristán de dicho monasterio, además de los de Alonso Treinta, mayordomo;
Diego Santiño, barbero y Benito Prado.
Creemos que esta Sagrada Reliquia con su relicario se halla en poder del
Marqués de Riestra, que la compró al anticuario de Pontevedra señor Pazos, el
cual a su vez la compró en esta villa por 25 pesetas a su propietaria doña
Clementina Álvarez, vecina de Chavella, en el año 1913.
Combate naval.- Corría el año 1616, y el sultán de Constantinopla
Aemehet I, deseoso de vengar los daños que en sus escuadras y puertos habían
echo el Marqués de Santa Cruz y el almirante don Luis Fajardo, mandó aprestar
una escuadra de cien bajeles que, con inesperada osadía, infestaron las costas
de Galicia, fondeando once de ellas en la Bahía de Bayona de donde, tres días
después, se internaron en la ría de Vigo y, haciendo un desembarco en Domayo,
incendiaron parte de la feligresía. El mismo día dieron fondo en el puerto de
Cangas, y al siguiente, protegidos por su artillería, saltaron a tierra hasta
mil hombres que, después de prender fuego a la iglesia, al hospital y a 150
casas, se hicieron dueños de cuanto precioso había en la villa, dieron muerte
a más de cien vecinos y llevaron a más de doscientos.
Arrogante el turco con el éxito precedente, creyese hacerse dueño con
la misma facilidad de los otros puertos de Galicia, para saltar a tierra y
dedicarse a mansalva a sus piraterías. Pero, ¡vive Dios y la Virgen del Mar!
Que aquí en aguas de Oya iban a desbaratarse tales empresas.
Momentos supremos del combate.- En efecto. Era el 20 de abril de
1624, y desde las murallas del monasterio cisterciense divisaron cinco bajeles
que, henchidas las velas por el viento, ya impulsados por el empuje de vigorosos
remeros, corrían como una exhalación a la caza de los navíos mercantes de
Portugal y Francia. Estos, indefensos y embarazados con el cargamento, enfilaron
sus proas hacia nuestra ensenada como gacelas perseguidas por los cazadores,
buscando segura guarida al pie de las murallas del imperial convento, siguiéndoles
detrás los cinco bajeles en cuyas popas ondeaba la bandera de la Media Luna, señal
inequívoca de que el pirata africano se echaba encima.
Los monjes, que sabían asociar perfectamente la cruz con la espada y la
pluma con el sable, y que desde el desastre de Cangas estaban ojo alerta hacia
el horizonte del mar, tan pronto se percataron del peligro que corrían las
naves mercantes enviaron porción de barcas, varadas a la sazón en el Mosteiro,
para que recogiesen a los tripulantes, los cuales no teniendo esperanza de
ponerse fuera del alcance de los corsario, abandonaron sus navíos. Al mismo
tiempo, que esta escena se desarrollaba en el mar, apareció sobre los baluartes
del convento la gallarda figura del Abad llevando a su lado al capitán de la
guarnición y al monje artificiero del monasterio que los días de fiesta se
ejercitaba en disparar salvas de artillería y gozaba nombre de excelente
artillero. Manda el Abad izar la bandera en la “Plaza de Armas”, hace señal
de la cruz sobre uno de los siete cañones de la fortaleza, y da la voz de ¡fuego!
el artificiero se remanga, empuña el arma y dispara a la galera turca más
cercana; tiro en vano, pero fue la señal del combate. Al estruendo todo el
Monasterio empieza a jugar su artillería y mosquetes. Ocho piezas de grueso
calibre vomitan desde las murallas volcanes de espesa lluvia de mortíferos
proyectiles que hacía retroceder a los intrépidos ladrones del mar. Retorcíanse
las piraguas en mil vueltas y revueltas; y a los disparos de los monjes respondían
los turcos con andanadas de artillería. El estrépito del cañón mezclado con
el rumor de las olas que azotaban las murallas del convento; la gritería de los
paisanos que en tropel acudían a defender el baluarte junto con el bullicio de
una brigada de colonos que subían y bajaban con sendos cubos de agua para
apagar cualquier incendio que las bombas enemigas provocasen; el imponente
sonido de las campanas tocando a arrebato, confundido con las voces de mando,
formaban un conjunto indescriptible.
La victoria.- Casi tres horas continuó la refriega sin resultados
hasta que un monje de luengas barbas, soldado en su juventud, tomó la dirección
de las operaciones y, después de disparar la plaza quince cañonazos sin fruto,
en un arranque de fe y entusiasmo en la Virgencita de su monasterio, actual
patrona de esta comarca, exclamó al tirar el décimo sexto: “ESTE VA EN
NOMBRE DE LA VIRGEN DE OYA”, y fue con tal acierto, que al disiparse el humo
vio como una de las galeras se le internaba a torrentes el agua por el abierto
boquete, bambaleándose el navío, sobrevino el vértigo, precursor del
naufragio... un momento más, y es sorbido por el remolino que el mismo se
engendró en su ruina; junto con él zozobró la barquilla que a su lado
llevaba.
Trofeos.- 38 turcos fueron víctimas del desastre; 9 que se salvaron
a nado cayeron cautivos de los monjes; los bajeles restantes al ver sepultados
en el fondo de los mares a sus compañeros, viraron en redondo hacia la punta de
Langosteiros perdiéndose en las lejanías
en que mar y cielo se besan. . XXIX Sucesos
maravillosos.
Fundación de un Voto.- Íntimamente relacionado con el historial de
Oya hállase la fundación del llamado Voto
de Santa Tecla, debido a un suceso altamente maravilloso como verlo puede el
lector en la presente crónica escogida de los más selectos y documentados
manuscritos que pudimos haber leído en religiosas colecciones relativas al
particular. Léeme pues.
Preliminares.- Corría el año de 1349, y una sequía pertinaz,
horrible, siniestra, precursora del hambre y la muerte, asolaba los floridos
campos de nuestra comarca. Era tal la escasez de aguas que los manantiales se
habían secado, los ríos Tamuje, Coira y el mismo Miño tan abundantes en años
anteriores, apenas suministraban el agua para apagar la ardorosa sed de los
hombres y animales. A doquier que se llevase la vista no se descubría otra cosa
que objetos de amargura, desolación y llanto. Aquí oíanse los suspiros y
lamentos de cariñosas madres, que faltas de fuerzas apenas podían sostener en
sus yertos brazos el frío cadáver de sus hijos muertos por el hambre odioso;
allí percibíanse los lastimeros halles de un padre que al ver a sus hijos
extenuados, desfallecidos, elevaban a las alturas un lenguaje maldiciente; por
todas partes no se oían sino lamentos de miles y miles de víctimas de hambre y
de la peste. Diríase que Dios, altamente ofendido por los pecados que en número
semejante a las arenas del mar subieran ante su divino solio, se había resuelto
castigar tantas ingratitudes con la explosión de su ira, significada ésta en
las convulsiones de la naturaleza cuyos elementos combinados en destructor
consorcio llevaban a todas partes, lo mismo a los altos montes como a los
profundos valles, la devastación y la muerte.
Misericordia de Dios.- Pero, ¡oh Dios de piedad! Cuando los
cristianos, perdidas ya sus últimas esperanzas en las bondades del tiempo,
disponíanse a abrazar la muerte con todas sus terroríficas presentaciones,
conmoviese el corazón del Rey del Universo a las sencillas plegarias de una
pastorcita cuyo nombre no pasó a la posteridad.
Aparición de Santa Tecla.- Vivía la indicada pastorcita la mayor
parte del día apacentando sus corderillos en las alturas del monte Sta. Tecla,
distrito municipal de La Guardia, y no dejaba un solo instante de arrodillarse
en la piedra viva para clamar al cielo perdón e indulgencia por sus hermanos
los pecadores. Pedía la pastorcilla e insistía en su férvida oración en términos
tales que, cuando más absorta dirigía al cielo sus ojos azules, apareció en
las alturas la gloriosa protomártir del Cristianismo, Santa Tecla de Iconia, a
la cual profesaba la jovencita particular devoción. Acercó la mártir su
radiosa frente a su devota jovencita y con palabras solo imitables a los ángeles
de la gloria díjole al oído: Amiguita
mía: El Todopoderoso oyó tus ruegos; ve y dile a tus hermanos que si le
pidiesen al Señor por mi intersección sobre la cumbre de este monte que desde
antiguo me está consagrado, obtendrán la gracia de la lluvia y el remedio de
sus males.
Y esto dicho por la santa tornose al cielo. Al instante la pastorcilla
abandonó el sitio de la aparición y
en alas de la fe tornó a su casa poniendo el suceso en conocimiento de sus
parientes, quienes a su vez, lo divulgaron por villas y aldeas. Sabedor
el Obispo tudense, don Juan de Castro del maravilloso suceso, mandó que en el
monasterio cisterciense de nuestro pueblo, en Oya, tuviese lugar una junta magna
formada por los reverendos curas párrocos de Mougás, Pedornes, Burgueira,
Loureza, Rosal, La Guardia, Cividanes (hoy Salcidos), Tomiño, Barrantes y Eiras,
y de esta asamblea brotaron los primeros chispazos del famoso Voto
de Santa Tecla; pues todos los reunidos, dando acatamiento a las palabras de
la pastorcilla como un aviso del cielo misericordioso, prestáronse a subir al
citado monte con todos los habitantes de la comarca... y cuando aun no había
pasado día y medio de oración y penitencia en aquellas alturas, sin explicación
natural alguna encapotose el cielo, agitó el cielo las nubes, abriéronse las
cataratas del firmamento y una lluvia benéfica descendió serena sobre la
tierra. Todo comenzó a reverdecer; las fuentes corrieron de nuevo; los ríos
aumentaron su caudal... y después de 7 años de terribles penurias tornó al
monte y al valle la perdida esperanza. El
pueblo agradecido oblígase, mediante voto, a subir todos los años a pan y
agua, allá por el mes de agosto al monte. Y con esto recobró la antigua Hermandad
del Clamor, establecida allí desde el año 1140, una singular
preponderancia. Sociedad
“Pro-Monte”.- Hoy una nueva agrupación de amantes de las antiguas
tradiciones presididos por D. Manuel Lomba, vecino de La Guardia, ha hermoseado
de modo tal aquel lugar santo, que con razón puede contarse como uno de los
sitios más pintorescos de Galicia y aun de toda España.
XXX Los
bernardos de Oya y el Voto del Tecla. El
porqué de esta crónica.- Después del elogio que para memoria de las
venideras generaciones había hecho al cerrar mi croniqueja anterior de la
actual sociedad denominada “Pro-Monte Sta. Tecla”, resuelto estaba a abordar
a otra materia relacionada con asuntos de la localidad; mas por haber llegado a
mis manos algunos apuntes que en su poder tenía el ilustrado galeno de Goyán,
don Francisco Nóvoa, y visto que en dichas notas se contiene bastante de
provecho para orientarse sobre el “Voto de Sta. Tecla” juzgué oportunísimo
dar a la publicidad, en síntesis, lo más principal de las ceremonias de tan
grandiosa promesa. Y esto dicho, al trigo. Días
del Voto.- De aquella magna asamblea que, por disposición del Obispo de la
Diócesis, don Juan de Castro, se había celebrado en la artística sala
capitular del monasterio cisterciense de esta villa, brotó la idea de obligarse
mediante gran obligación el subir todos los años por la Virgen de agosto a las
alturas del monte Santa Tecla: “Este é o tempo en que se ha de facer, conviene a saber, sempre en a segunda
feria que ven depois da festa d’Asunción de Sta. María Virgen, todos en
SEMBRA, e aiuntados en lunsvaan aquel monte, hú se amostraron por muitas veces
as virtudes de Deus, etc.” Así lo refiere el manuscrito facilitado por el
señor Novoa, copiado de la Biblioteca de la Real Academia de la Historia. Las
peregrinaciones.- Llegado, el lunes salían las peregrinaciones de Pedornes,
La Guardia, Cividanes, Barrantes y Eiras con cruces y estandartes para “esta
santa festa” presididos por los párrocos, padres del monasterio de Oya y el
Obispo de la Diócesis. Descalzos
y a pan y agua hacían la caminata sin importarles para nada, ni la aspereza de
los caminos, ni el choque con las afiladas piedras que sus pies rasgaban. En
el monte.- Llegados que habían a las crestas del monte santo, formábase
una procesión de todas las parroquias asistentes y se dirigía a: “duas
cabezas de outeiro, en as quaes cabezas se debían afacer os clamores; e un
deles está contra o agrón, e outro contra o abrego”, y allí reunidos el
Obispo, el Abad de Oya, los párrocos de las feligresías dichas, los hombres de
más edad, los clérigos, “e as mulleres
de boa fama, e todos en gran voz”, rogaban a Dios Padre diciendo con lágrimas:
Indulgencias, Kirieleison. Y contestando seguidamente: Deus
ouvidinos. De
esta manera y alternando con las palabras de la Ledainha
de Nuestra Señora continuaban en los clamores hasta terminar con los 7 Salmos
penitenciales, fincados os geolhos en
terra. De un agrón pasaban al
otro (Hoy diríamos que de la punta del Facho
pasaban a San francisco) y allí
tornaban a repetir los clamores. El
sermón.- Terminadas estas ceremonias descendía el clero y fieles en busca
de una sombra, que entre los dos citados puntales se extendía bienhechora y allí
sentados con los ojos bajos y el oído atento escuchaban el sermón, que siempre
corría a cargo de un fraile religioso del Real Monasterio de Oya. Este sermón
versaba sobre las verdades Eternas. La
comida.- Terminado el sermón retirábanse a comer: un poco de pan y alguna
agua era, lector, el alimento de estos cristianos émulos de aquellos grandes
penitentes de que las historias religiosas están llenos. “¡E
comerán de pan e beberán de agua, e pan comerán muy pouco; mais arependeranse
muito en sus corazóns dos pecados que han feito e chorando muito en guisa que
aquel seja o seu pan e agua e deren de aquilo boa parte os probes por amor de
Deus!”. El
descenso.- A las tres de la tarde efectuábase la descensión con los
corazones lacerados de pena y el alma satisfecha de un deber cumplido. El
Voto en el día de hoy.- Con ligerísimas variantes viénese celebrando el
Voto en el día de hoy. XXXI Los
foros Origen
de los foros.- Retrocede conmigo, lector, algunos siglos e intérnate en el
centro de aquella sociedad medioeval si interés tienes por averiguar el
principio de la llamada renta-foral de Oya. Así te evitarás de pertenecer a crecido número
de inconscientes que de todo hablan pero de nada entienden. Era,
pues, por la mitad del décimo cuarto siglo, cuando los religiosos bernardos
deseando que sus colonos traídos de lejanas tierras de Castilla reconociesen de
alguna manera al señor del dominio directo, acordaron fijar una pensión
modesta sobre los terrenos, y esta pensión
fue el origen de lo que hoy llamamos rentas
del Señorío de Oya. Ya ves, lector, que por su origen las tales rentas o
pensiones nada tienen de injusto; pues no son más que condiciones necesarias
para reconocer al dueño del dominio directo. Los
colonos y las rentas.- Tan pronto como los cultivadores y tenedores de
tierras, propiedad de los religiosos bernardos, fueron sabedores de las
condiciones indicadas no pusieron reparo alguno, al contrario, por documentos
que conservamos en carpeta, consta que una comisión de los mismos presentose en
el Real Monasterio, aceptando gustosos la pensión
que tuvieron por conveniente imponerles. Eran estas pensiones
del tenor siguiente: Pensiones
o foros.- Las parroquias de Pedornes y Mougás, únicas entonces en esta
costa, debían pagar por rentas forales: 388
ferrados de trigo (unos 60 hectolitros). 160
ferrados de cebada (25 hectolitros). 1706
ferrados de centeno 269 hectolitros). 2150
ferrados de maíz (448 hectolitros). 62
y media libras de cera (unos 29 kilos). 75
cuartillos de manteca de cerdo (unos 40 litros). 51
y medio carneros. 22
cabritos. 175
gallinas. 9
pollos. 2
marranos (cerdos). 22
azumbres de vino. 10
carros de paja. 1070
pesetas y trece céntimos en efectivo. Lector:
quizá que, después de leer tales rentas te quedes asombrado de la enormidad de
las mismas sobre solo dos parroquias; pero seguro estoy que saldrás de tu pasmo
si en cuenta tienes que esto nada significaba en aquellos tiempos de bendición. Tan
abundante era el trigo que en los campos de Mougás y Pedornes pasaban de tres
mil los ferrados, de mil la cebada, de tres mil el centeno, de cuatro mil el maíz.
Las colmenas se desperdiciaban; los cuartillos de manteca de cerdo se contaban
por miles, los carneros poblaban las laderas de los montes de Castro y Aguieira
y derivaciones de la Groba; los cabritos se regalaban por falta de consumo; las
gallinas no tenían estima porque en cualquier esquina se encontraban por
cientos de docenas; los pollos, los marranos y montaraces poblaban valles y
alturas; y el dinero no escaseaba tampoco. Así las cosas en nada debe admirarse
el curioso lector de los religiosos cistercienses fuesen queridísimos de toda
la colonia agrícola, que con tan poca cosa y casi sin trabajo alguno llenaban
sus casas y depositaban en el convento, como un granero de los pobres de aquende
y allende el Valle Miñor y la cuenca aquellas provisiones que, en aciagos días,
remediaban más de una necesidad. Distribuciones.-
¡¡Era de ver a nuestros benditos frailes arrastrar todos los días, sin
excepción, sendas calderas repletas de diferentes guisos y singulares
preparados para socorrer y alimentar a los cientos de pobres que de todas partes
de Galicia, Castilla y Portugal y de la misma Andalucía, desfilaban a diario
por la portada de la santa mansión cisterciense llenando calderos de cobre
pulidísimo con los tasajos de pollos, carnes, legumbres y otros ingredientes
provenientes de las rentas!! Efectos
de esta generosidad bernarda eran esas caras rollizas de la gente moza, esas
fuerzas hercúleas de los jóvenes oyenses, esa resistencia física al temporal
de todas las contrariedades de la vida, ese vivir de cien y doscientos años sin
descomposición ventral que obligase a llamar al galeno en el arte de curar
perito. Así tienen explicación posible las obras de mampostería que aquí y
allí de nuestra costa aparecen diseminadas; pues solo con tal robustez puede
darse solución al problema presentado por algunos curiosos, respecto a la
colocación de grandes bloques de piedra berroqueña de algunas toneladas de
peso sin la ayuda de los medios mecánicos de que hoy se sirven los mamposteros,
canteros y picapedreros. Hoy,
no es así.- Sí, lector, aquellos tiempos de abundancia y sansones han
desaparecido y con ellos sepultados quedaron los progenitores de una raza que
tanto brilló, hubiera dado a nuestra clásica Galicia. Hoy, Oya, es un pueblo
que solamente vive de los recuerdos de pasada grandeza y sucumbe víctima de sus
vicios y de los explotadores sin conciencia. Hoy, Oya, marcha a pasos de gigante
a las profundidades de un abismo de donde solo le podrá sacar aquel para quien
no existen imposibles. ‘Oh, tierra bendita de hombres ilustre en las ciencias,
en las armas, en las letras, en las artes, revive de nuevo, renace como el fénix
de tus propias cenizas y torna a recuperar el esplendor de que señora y reina
tuviste en los pasados tiempos del oscurantismo,
en que todo era abundancia, sencillez de costumbres, amor al terruño! Los
foros en la actualidad.- Casi resulta negativa la cobranza de los mismos por
los actuales poseedores. Entendemos que un arreglo entre el señorito y los
foreros, una inteligencia entre ambos amañada al calor de un buen deseo pondría
a salvo los intereses de ambos. Sería de desear que nuestros paisanos fijasen
su atención en este punto y dejando a un lado las voces de la engañosa sirena
con que hace tiempo vienen engañándoles falsos redentores, tratasen de labrar
por sus propias manos su única, verdadera y eficaz redención. . XXXII Santa
María la Real. Razón de este artículo.- Después de lo que consignado dejé en el
capítulo XI de este historial, donde el lector habrá visto indicaciones
pertinentes a demostrar la justicia del título de SANTA MARÍA LA REAL DE OYA
que con orgullo ostenta nuestra villa entre los blasones de su nobleza, creíame
ya relevado de ocuparme de asunto tal, más como en mi poder hallé a montones
pruebas de más relieve y resonancia de las manifestadas en el mencionado capítulo,
voy a permitirme el lujo de poner algunas a la luz del día para que viéndolas
aun los más agresivos a nuestras pasadas grandezas inclinen su servir ante la
evidencia de los hechos. Y manos a la obra. Recordando.-
Sabrá el lector, por lo que dicho llevo en mis croniquejas de salática
saturadas, que el Emperador de España,
don Alfonso VII, fundó el monasterio de Oya; que su hijo, don Sancho III, El
Deseado, protegió dicha mansión con importantes donaciones; que cosa a
esta parecida la hicieron don Alfonso VIII, Alfonso IX, San Fernando, Santa
Isabel, Alfonso X y XI. Pero reservado estaba al rey Prudente,
el gran Felipe II, al hijo de Carlos V, honrar a la villa de Oya con el título
de SANTA MARÍA LA REAL. En efecto, recordando el católico rey Felipe que Oya
había sido protegida de un modo singular por sus progenitores y predecesores en
los destinos de la monarquía española y que muchos de ellos le habían honrado
con su presencia y también con su nacimiento, como el del niño Fernando,
llamado después el tercero de su nombre y vulgarmente el Santo, quiso aprovechar la ocasión primera para perpetuar el nombre
de nuestro pueblo en los anales de los tiempos con algún recuerdo amoroso y de
gran relieve, y esta ocasión vínole allá por los años de 1581 con motivo de
arribar a nuestra costa la imagen de la Santísima Virgen del Mar. Los
bernardos y Felipe II.- Sucedió pues, que deseosos los bernardos de atraer
en lo posible la atención de los españoles hacia un pueblo a quien el cielo
había ensalzado concediéndole por patrona a la Reina de los cielos, cuya
imagen había sido arrojada a las aguas del mar británico por los iconoclastas
luteranos, a quienes no podía ver Felipe II, acudieron a él, refiriéndole la
historia de la Aparición maravillosa por medio de unos pliegos de pergamino donde,
en letras de oro, se hacía el relato del referido suceso. Fue portador de esta
maravilla del gravado y bien decir, el célebre religioso Juan Florez de
Simancas, Monje de este convento de Oya y sumamente conocido de los primates de
la corte de Felipe II. Recibió éste al P. Florez en su habitación del
Escorial a la luz de un velón de aceite colocado en medio de la mesa. Informose
el rey Felipe de los pergaminos... y a los cinco días el P. Florez, con grandes
donativos y un pergamino a favor de cuya autenticidad adujeron incontestables
pruebas los historiadores españoles de más nombre como Aguirre, La Fuente,
Morales, Florez, Padín, Huesda, etc., abandonó la regia mansión de maravillas
del mundo reputada, y vínose a Oya donde se hizo público. He aquí el documento.- “En vista del progreso adquirido por el
pueblo de Oya con motivo de la aparición milagrosa de N. señora la Virgen María
en el escollo de la Orillada y en atención a los ruegos de los religiosos
cistercienses existentes en dicha villa, concedemos a los oyentes el privilegio
de usar en los membretes oficiales y sellos vicariales la imagen de la Virgen
con la siguiente inscripción: SANTA-MARÍA-DE-LA-ESTRELLA, O-LA-REAL-DE-OYA”,
perseverando esta última sobre la primera o sea sobre SANTA MARÍA DE LA
ESTRELLA. Muchos testimonios pudiera aportar en relación con este título; pero
bastarame mi palabra de honor, amén de lo que el lector podrá ver en las
campanas de nuestra torre parroquial en las que con letras clarísimas y
esculpidas en los bronces se lee: SANTA MARÍA LA REAL DE OYA; y si a dicha
altura no le llevan las piernas, en la rectoral de esta villa se conserva la
escritura de la fundación de la escuela de niños donada por don Juan Cerqueira,
racionero prebendado de la S. I. Catedral de Tuy, en cuya escritura se lee
textualmente: “Se fundara una escuela para enseñanza de niños en la feligresía
de SANTA MARÍA LA REAL DE OYA. Este documento tiene la fecha del año 1701 y
que pongo a disposición del curioso lector.
Hoy, las personas ilustradas ya la denominan con tal título. . XXXIII Abades
del Real e Imperial Monasterio. Cronología
abacial.- Después de un recorrido por italianas tierras, departamentos señoriales
de Francia, altas montañas de S. Colmado, en Galicia, lugares escondidos de
Loureza; después de un pasado de setecientos años que abarcan todo un período
de desenvolvimiento religioso, industrial y agrícola, después de 32 artículos-crónicas
dedicados a ilustrar a los lectores de más ameno semanario, sobre este
desconocido rincón de nuestra amadísima Galicia, bueno es, lector querido, que
delante de tus ojos ponga la lista de los abades mitrados que siguieron los
destinos del Real e Imperial Monasterio de Oya: Hela aquí Lista.-
1.º Abad – Fray Pedro 1.º (Iniciense)
desde la Era de 1175 a 1195 (aproximadamente) año de 1137.
2.º Abad – Fray Pelayo I,
desde 1195 a 1201.
3.º Abad – Fray Gómez I,
desde 1201 a 1212.
4.º Abad – Fray Bartolomé I,
desde 1212 a 1215.
5.º Abad -
Fray Antonio I, desde 1215 a
1220.
6.º Abad – Fray Pelayo II,
desde 1220 a 1224. (En
esta época cambiaron los religiosos bernardos la cogulla negra por la blanca).
7.º Abad - Fray
Mendo I, desde 1224 a 1230.
8.º Abad -
Fray Pelayo III, desde 1230 a
1234.
9.º
Abad -
Fray Bernardo I, desde 1234 a
1240. 10.º
Abad -
Fray Gómez II, Desde 1240 a
1255. 11.º
Abad -
Fray Bartolomé II, desde 1255
a 1273. 12.º
Abad - Fray
Pedro II, desde 1273 a 1275. 13.º
Abad -
Fray Martín I, desde 1275 a
1277. 14.º
Abad -
Fray Alonso I, desde 1277 a
1281. 15.º
Abad -
Fray Bernardo II, desde 1281 a
1285. 16.º
Abad -
Fray Pedro III, desde 1285 a
1287. 17.º
Abad - Fray
Pelayo IV, desde 1287 a 1294. 18.º
Abad -
Fray Pedro IV, desde 1294 a
1296. 19.º
Abad -
Fray Pelayo V, desde 1296 a
1307. 20.º
Abad -
Fray Lorenzo I, desde 1307 a
1315. 21.º
Abad -
Fray Juan I, desde 1315 a
1318. 22.º
Abad -
Fray Enrique I, desde 1318 a
1337. 23.º
Abad -
Fray Pedro Canes,
desde 1337 a 1346. 24.º
Abad.– Fray Pedro Pérez, desde
1346 a 1357. 25.º
Abad -
Fray Alonso II, desde 1357 a
1360. 26.º
Abad -
Fray Pedro, desde 1360 a 1370. 27.º
Abad -
Fray Tomás I, desde 1370 a
1375. 28.º
Abad -
Fray Alonso III, desde 1375 a
1392. 29.º
Abad -
Fray Domingo I, desde 1392 a
1408. 30.º
Abad -
Fray Gonzalo (Soutiño o Sotiño),
desde 1408 a 1421. 31.º
Abad -
Fray Esteban Lorenzo, desde 1421
a 1437. 32.º
Abad - Fray Esteban de Santa María (solo hay datos de que era Abad en
1438). 33.º
Abad -
Fray Antonio Rufo, desde 1439
a 1466. 34.º
Abad -
Fray Lucio Benio, desde 1466 a
1470. 35.º
Abad -
Fray Martín Cacuas, desde
1470 a 1501. 36.ª
Abad -
Fray Moisés Valverde, desde
1501 a 1511. 37.º
Abad -
Fray Marcos Ventoso, desde
1511 a 1520. 38.º
Abad -
Fray Pedro VI, desde 1520 a
1528. 39.º
Abad -
Fray Ángel Dei, desde 1528 a
1545. 40.º
Abad -
Fray Antipas Cleo, desde 1545
a 1556. (Hasta
el año
de 1627 no pudieron hallarse datos de los Abades mitrados que hubo en el
lapso de tiempo mediado entre las dos indicadas fechas. Solo sabemos que debe
ocupar un lugar de preferencia el Reverendo Fray Florez de Simancas, del cual
nos hemos ocupado en el capítulo anterior). 41.º
Abad -
Fray Tomás Bravo y
Mendoza, desde 1627 a 1628. 42.º
Abad -
Fray Rafael Calderón, desde
1628 a 1682. 43.º
Abad -
Fray Crisóstomo Pinilla,
desde 1682 a 1690. 44.º
Abad -
Fray Nemesio Rauflul, desde
1690 a 1701. 45.º
Abad -
Fray Gervasio Ozores, desde
1701 a 1712. 46.º
Abad -
Fray Honorato Pazón, desde
1712 a 1720. 47.º
Abad -
Fray Gerundio Santillana,
desde 1720 a 1742. 48.º
Abad -
Fray Anastasio Gundemaro, desde
1742 a 1755. 49.º
Abad -
Fray Samuel Alcedo, desde 1755
a 1762. 50.º
Abad -
Fray Atilano Sastre, desde
1762 a 1780. 51.º
Abad -
Fray Jesús Armentera, desde
1780 a 1791. 52.º
Abad -
Fray Severo Severanito, desde
1791 a 1805. 53.º
Abad -
Fray Conrado Gutiérrez, desde
1805 a 1820. 54.º
Abad -
Fray Baldomer Zúñiga, desde
1820 a 1824. 55.º
Abad -
Fray Lucas González, desde
1824 a 1827. 56.º
Abad -
Fray Antonio Góngora, desde
1827 a 1830. 57.º
Abad -
Fray Amor Sanchin, desde 1830
a 1833. La
expulsión.- Aquí termina, lector, en el año 33 del siglo XIX, la lista de
los insignes abades que rigieron los destinos de una gran comunidad de bernardos
de Oya desde la fundación de la Orden Cisterciense. Ahí tienes en esta dinastía
los hombres eminentes que tanto esplendor dieron en sus días a la Religión y a
la Patria, terminando por sufrir las consecuencias de un destierro por el solo
hecho de ser merecedores de una corona que la tierra ni la patria pueden dar:
solo el cielo supo recompensarlos. . XXXIV Consecuencias
de la desamortización. La
expulsión.- Revueltos eran los días que el año 35 de nuestra era corrían
por nuestra España. El gobierno de Espartero deseaba cuartos, y esos cuartos
debían buscarse en los bienes de la Iglesia. Por eso ni tardo ni perezoso
procedió a excogitar un medio que, como uno de esos recursos legales tan en
boga en tiempo de los cantonales y afrancesados de última moda le pusiera a
salvo su conducta: Las órdenes religiosas
son la rémora del progreso; expulsémosles y vendamos sus bienes. Tal era
la consigna entre los masones de aquellos tiempos encargados del timón de la
navecilla española. Aprovechando
pues la primera ocasión, de las alturas del gobierno, publicase el decreto de
expulsión de los religiosos que vestían cogulla en el seno de las comunidades
aprobadas por el Pontífice de los pontífices. Los
Bernardos siguieron la suerte de sus colegas, y los frailes de Oya recibieron la
orden de evacuar su santa morada tan llena de celestiales encantos. El superior
hizo saber a sus subordinados las disposiciones del Gobierno y el deber de la
resignación hízoles soportar en silencio aquella nube de tribulaciones que se
cernía a sus corazones como una corona de penetrantes espinas. La
despedida.- En vista pues de las disposiciones masónicas los queridos
bernardos acordaron darse la despedida, no sin antes celebrar bajo las bóvedas
de su grandiosa iglesia conventual, un solemne acto fúnebre por el eterno
descanso de sus hermanos fallecidos y cuyos cadáveres sepultados se hallaban en
el mencionado templo. Por todo un día con su noche doblaron a muerto las
campanas. La comunidad congregose en la iglesia, y los salmos de David,
mezclados con lágrimas subieron al empíreo. Los religiosos todos besaron las
sepulturas de sus compañeros, y a la una de la tarde del día 28 de noviembre
de 1835, los bernardos de Oya con la cabeza baja, humildes los ojos, y acatando
reverentes los secretos de la Providencia, siempre sabia y oportuna, rebasaban
los linderos de su querido monasterio marchando dispuestos a emigrar a extrañas
tierras, donde el odio satánico no soplase con tanta violencia como en la
tierra de Covadonga y del Pilar... Consecuencias.-
Muy pronto los pueblos costeros comenzaron a sentir los efectos de la
expulsión de los religiosos, las grandes solemnidades religiosos perdieron su
brillo tradicional, el órgano, despedazado por revolucionarias manos, dejó de
emitir las dulces notas de la melodía eclesiástica, el aroma de las virtudes
dejó de percibirse entre los oyenses, pedorneses y demás pueblos ribereños,
los grandes infolios de la biblioteca marcharon como papel inútil a las coheterías,
los libros cantorales sufrieron la guillotina del fuego, el hambre comenzó a
dejar sentir el roce de sus afiladas uñas entre los habitantes de la comarca,
los vicios despertáronse al soplo del corrosivo viento del mal social
patrocinado por los primeros elementos llamados del orden,
el respeto a Dios y a los ancianos fue perdiendo todos sus encantos, las
blasfemias hicieron auto de aparición en las bocas de los primeros educandos de
las modernas escuelas del liberalismo revolucionario, el respeto a las cosas
santas, a la propiedad ajena, a la indisolubilidad matrimonial y a los deberes
religiosos fueron mancillándose del ambiente maligno de una España decadente y
enervante... La
venta del monasterio.- Como nunca falta un roto para un descosido, allá en
tierras madrileñas se hizo la venta del inmueble por la enorme cantidad de
¡¡¡seis mil reales!!! Y el monasterio con todas sus dependencias pasó a ser
propiedad de un particular que con solo la venta de dos cuadros del mismo
convento, aportó ya los seis mil reales en que al gobierno se lo había
comprado. Con saber el lector que algunos monasterios de España fueron
comprados con el dinero producido de la venta de los clavos de una puerta del
mismo edificio vendido, tendrán sabido para sí la posibilidad de la venta en
1.500 pesetas de la real e imperial mansión cenobita de Oya. Castigos.-
No fueron pocos los que encima le vinieron a los nuevos propietarios; pues
el pueblo, entendiendo con esa lógica del corazón, de que la desamortización
realizada había sido un atentado legalizado por un gobierno sin conciencia,
pareciole oportuno hacer mangas y capirotes, y al caer de una noche invernal
entraron al convento saqueándolo de joyas de gran valía, de maderas preciosas
y prendió fuego a importantes dependencias. . XXXV Oya contemporánea . Al
lector.- Afligido estarás amigo mío, por verte privado durante tres
semanas de la lectura amena que por los puntos de mi pluma brota, referentes a
este pueblo llamado con razón REAL SITIO por cuantos conocen su historial. Pero
esta aflicción, que tanto penetró en tu alma como en la mía, vengo a sacarte
ya. Y así deja de mano otros asuntos para continuar con la lectura de estos
articulillos escritos al calor del sol de la Verdad y del entusiasmo... y sin más
preámbulos dilata la pupila y clava ya tus ojos en las siguientes líneas. Los
primeros párrocos.- Por si no lo sabes, lector, a partir del año 40 del
pasado siglo Oya se desmembró de Pedornes constituyendo feligresía
independiente, y puso al frente de la misma un religioso bernardo, Fray Gómez;
a éste fueron siguiendo párrocos de tanto valer en las ciencias y en las
letras como D. José Ledo, que después de algunos años entre los oyenses, a
quienes instruyó en la religión y agricultura, pasó a la parroquia de Vides,
donde falleció a consecuencia de un cáncer nacido en la lengua. Es muy de
notar que este señor cura ejercía con lucimiento la abogacía y la medicina,
y de ello dan elocuentes testimonios los muchos que en sus cuitas
reclamaron sus auxilios. A continuación de párroco tan excelente siguiole en
las riendas del gobierno espiritual de Oya un hombre también reputado de
grandes prendas personales y un celo no desmentido por la Iglesia de Dios; fue
este el actual párroco de Bayona, D. Vicente María Fernández de cuyas
gestiones por el bien parroquial y de sus párrocos son elocuentes testigos las
grandes compras que hizo para la Rectoral y templo parroquial; él compró una
casa anexa a la Rectoral sin la cual, dicha dependencia carecía de amplitud
suficiente para hospedar a señores de tanta importancia como ministros de la
Corona y prelados de la Iglesia Católica, tales como Maceira, Valero, Hüe, Menéndez
Conde y Eijo, con sus imprescindibles familiares y otros acompañantes de estima
y alto rango; él fue quien decoró el templo parroquial encintándolo,
limpiando las altas y suntuosas bóvedas, construyendo lujosos confesionarios,
grandes verjas y las enormes puertas del claustro, sacristía y coro; él
defendió los intereses de la Iglesia siempre que la ignorancia de los unos y la
mala intención de los otros, quisieron y pretendieron hollar santos derechos.
Nueve años estuvo dicho señor abad párroco al frente de Oya hasta que
mediante un concurso general de curatos, sintiese favorecido con la villa de
Bayona donde actualmente ejerce su profesión espiritual. Mientras
no fue provisto en propiedad mediante nuevo concurso, dirigieron a esta
parroquia algunos ecónomos que por el poco tiempo al frente de la misma apenas
dejaron memoria de su paso. Por
fin dispúsolo el cielo un nuevo pastor en la persona de D. José García Pintos,
de la archidiócesis de Santiago y párroco hoy en Poyo Pequeño (Pontevedra).
De este señor, cuyas virtudes nada desmerecen de los anteriores y cuya ciencia
ha merecido los mejores elogios de personas sensatas, se conservan anécdotas
preciosísimas capaces de hacer reír a los mismos muertos. El que estas líneas
escribe y que tuvo la alta honra de visitarle siendo todavía alumno de último
año de Filosofía en el Seminario Tudense,
se desternilló de risa con algunos de sus famosos cuentos siempre
saturados de gracia y un fondo altamente instructivo para la vida práctica.
Después de la ausencia de este señor para Poyo, tomó las bridas del gobierno
de esta villa al entonces joven, virtuoso e ilustrado sacerdote D. Juan Pérez
Martínez, párroco hoy de Tortoreos (Nieves) quedando tan enamorados los
oyenses de su finísimo trato y predicaciones evangélicas, que aún es hoy el día
en que se le conmemora con dolor por dejar con su ausencia un vacío difícil de
llenar. Pero Dios dispuso las cosas de otra manera y el buen Juan tuvo que
abandonar los encantos de Oya por las riberas del Miño, haciéndose cargo de la
parroquia de Porto, de la cual salió, mediante lucido concurso para la actual
de Tortoreos. Para
llenar el vacío de don Juan deparó el cielo a nuestro pueblo una figura simpática,
un chico de modales sociales, un alma verdaderamente grande y de ideales magníficos,
fue este, lector, D. Cesáreo A. Vázquez a cuyas gestiones se debe, entre otras
mejoras, las instalaciones del Apostolado de la Oración e Hijas de María.
Durante el tiempo de este preclaro abad que, dicho sea de paso, lo es hoy de S.
Miguel de Oya (Vigo), lo mismo que en los nueve años del gobierno del actual párroco
de Bayona, celebráronse en Oya las solemnidades religiosas de más renombre en
el Obispado: músicas de las más reputadas de la provincia, orquestas de
numerosos maestros cantores e instrumentistas, iluminaciones esplendidísimas,
oradores de fama mundial, etc., tomaron parte en tales festividades donde se
gastaban miles de pesetas. Hoy
hallase al frente de Oya el actual cronista que, sino reúne las prendas de los
anteriores, tiene la alta satisfacción de imitar a todos aun cuando sus
esfuerzos no responden en nada a sus deseos: es lema del cronista el “SOLO
DIOS BASTA”, de Teresa de Jesús y reírse de tejas a bajo de medio mundo, y
ciertamente que no le pesa ni le pesará. . XXXVI Monografía
de Oya Confines.-
Hallase situada nuestra gentil villa al Suroeste de Galicia entre los 43º
3’ y 4” y los 42º y 3’ de latitud Norte; y los 5º 50’ y 5” de
latitud Sur del meridiano de Madrid. Limita al Norte con Pedornes, al Sur con El
Rosal, al Este con Burgueira y Loureza, y al Oeste con el Atlántico. Extensión.-
Ocupa Oya una extensión de once kilómetros cuadrados besados en sus
extremos por los ríos Lavandeira y Cobos, cuyas aguas descienden rumorosas a
perderse en la movible llanura de los mares. Clima.-
Es de lo más sano de Galicia y superior en mucho al resto de España. Las
grandes eminencias médicas e insignes naturalistas que permanecieron meses y años
entre nosotros, han hecho de nuestro clima los mayores elogios, enviando muchos
de sus clientes enfermos de los intestinos, neuralgias, lumbagos, enfermedades
cardíacas, neurastenias, etc., a tomar los frescos, puros y yodados aires de
Oya con la convicción de hallar pronto remedio a sus males, obteniendo una
pronta y segura curación en unos y notable mejoría en otros, de incurables
pronosticados. Producciones.-
Dánse en nuestras campiñas los mismos frutos que darse pueden en las más
decantadas regiones de España: entre los cereales contar puedes la cebada, el
centeno, la avena, el maíz, el mijo, el panizo, etc.; entre las leguminosas
apuntar debes las judías, garbanzos, habas, guisantes, lentejas, guijas y
altramuces; en el número de hortalizas toma nota de los cardos, apios,
alcachofas, acelgas, espinacas, col y escarola, lechuga, esparragueras,
pimientos, tomates, melones, sandías, calabazas, pepinos, cohombros alfías y
fresas; apunta también entre los tubérculos de estos campos la patata, la
pataca, la batata y la chufa; entre los bulbos y raíces cargar puedes con
preciosas cebollas, ricos ajos y remolacha, nabos superiores a los de Lugo,
zanahorias, chirivías y rábanos; de plantas textiles hay ejemplares sin igual
entre los linos, el cáñamo, el algodonero, la pita y el esparto; de plantas
tintóreas no falta la rubia, la gualda, el añil y el azafrán; notarás que no
escasean plantas medicinales como adormideras, melisas, manzanillas, salvias,
lechugas, malviscos, alfalfa, trébol esparceta y suya; entre los árboles
cuenta desde luego la vid, el olivo, el naranjo, el almendro, el albaricoque, el
melocotonero, el ciruelo, el manzano, el peral, la palmera, la higuera (abundantísima),
el avellano, el castaño, el cerezo, la encina, la morera y la haya. Como si
esto no fuese suficiente para acreditar a Oya de país productivo cuenta a renglón
seguido que hay abundancia de producción en cabras, ovejas, cerdos, gallinas,
palomas, pavos, patos, conejos, etc. Abono.-
Los abonos químicos tan alabados y ensalzados por la ciencia no llegan ni
con mucho a los abonos que el mar arroja a nuestras playas para las operaciones
agrícolas. De la riqueza de estos abonos o sean algas marinas, son testimonios
los pueblos de Tomiño, Barrantes, Figueiró, Goyán, Estás, Eiras, ambos Tabagones,
Rosal, Salcidos, Loureza, Burgueira... y el mismo condado de Salvatierra que
aumentó en un doble su producción de maíz y centeno, por llevar a sus campos
las yodadas algas que nuestro mar arroja benigno contra las rocas costeras y el
seno de nuestros puertos. Sépase
que al escribir estas líneas más de mil toneladas de argazos
esperan lo saquen de nuestro puerto, después de haber sido extraídos otros mil
por braceros llegados estos días de los pueblos de la cuenca del Miño. Se
dirá el lector después de posar el azul de sus ojos por estas líneas; ¿Cómo
se explica pues la pobreza de este pueblo que por doquier parece llevar el
hambre retratada en su rostro? Dispénseme, lector, que te conteste a tal
pregunta. Con estarte unos días en nuestra compañía hallarás la clave que te
solucionará el enigma. Establecimientos.-
Cuenta nuestro pueblo con seis establecimientos repuestos de lo más selecto
que hallarse puede en algunas capitales de distrito; de vinos, licores, surtidos
de galletas de finísimas marcas, pasteles, cafés, habanos, grandes mesas de
dominó, tute, tresillo, damas, etc., nada falta en dichas casas; los bailes
domingueros en los diferentes centros de reunión prestan a los mencionados
despachos vida, animación, dinero y no pocos pufos. Edificios
públicos.- Después de la iglesia parroquial y dos capillas de las cuales
una está dedicada a S. Sebastián y consagrada la otra al Obispo de Cuenca, S.
Julián, cuenta Oya con el edificio del Ayuntamiento o Casa Consistorial sita en la Avenida de Ordóñez. Tiene este edificio cuatro hermosas
dependencias, destinada la una a Salón de
Sesiones, dedicada la otra a Juzgado
Municipal, construida la tercera para Cárcel
provisional, y ocupada la cuarta con la Secretaría. En
esta dependencia está instalado el teléfono
que pone a Oya en comunicación alámbrica con el mundo entero. Dos
grandes centros de enseñanza, sito el uno en Vista
Alegre y dedicado a la instrucción elemental de las niñas de ésta y
pueblo de Pedornes, está regentado por maestra tan competente como la actual,
doña Lucía Paratcha; colocado el otro en un extremo de la Riña, sirve a la
educación moral, religiosa y civil de los niños de esta parroquia y la
contigua, regentándola un profesor de tantas prendas como el ilustrado
exsargento de ingenieros, D. Ernesto Miguez Rous-Honor. Paseos.-
Los hay para todos los gustos: carreteras amplias, caminos romanos,
bulevares en miniatura, conchas del puerto que rememora la de S. Sebastián,
calles recubiertas de cemento, centros de caza, jiras al interior de los mares
con vistas de las Rías Bajas, repoblaciones forestales. . XXXVII Oya industrial Queserías.-
Cuenta nuestro pueblo con una docena de fábricas de queso diseminadas por
los cuatro barrios principales. Sabido que los quesos pueden ser hechos de las
cremas o natas que se extraen de las leches de vacas, cabras, ovejas, yeguas y
burras. Aquí entre nosotros no conocemos más composiciones queseras que las
procedentes de la leche de vacas; y danse los manufactureros tal maña en la
confección de los mismos, que los quesos
de Holanda, los asturianos de bola,
los de Chéster (Inglaterra), y otros resultan mocos de pavo en comparación de
la riqueza alimenticia y sustanciosa de los quesos de Santa
María la Real de Oya. Madrid, Valladolid, Burgos, Valencia, Zaragoza, Coruña,
Cáceres, son testigos de esta verdad; y ahí están también en las puertas de
nuestra villa pueblos como los de Vigo, Bayona, La Guardia, Rosal, Salcidos,
Camposancos, donde los quesos oyenses de tal manera están conceptuados como
superiores de los de más fama mundial, que cuando se quiere obsequiar a un
amigo con algún objeto digno de aprecio se le mandan media docena de quesitos
con la marca de SANTA MARÍA LA REAL DE OYA... y otra que acredite su
autenticidad. Mantequillas.-
He aquí otra especialidad de este pueblo. Apenas si hay casa de labrador
alguno que carezca de lo necesario para la confección de dichas mantecas, haciéndolas
saladas o dulces a petición de la
numerosa clientela que suelta una pesetilla y propina por hacerse con un bollito
de manteca oyense o de SANTA MARÍA LA REAL, como el alimento más sano y menos
indigesto de todos sus similares. Requesones.-
Si te place lector, puedes, añadir a estos preparados de universal fama los
llamados requesones o quesos
secundarios y en verdad que no tienen boca de enfermos ni de ricos, les saben a
sabrosísimo néctar, cual si en dichas preparaciones pusiese la Providencia el
gusto que depositó en el maná del desierto. Serrerías.-
Cinco o seis serrerías ambulantes manejadas por diestras manos dan todos
los días crecidísimos contingentes de rollo, tablones y tablas que, sendos
carros unas veces y en barcazas de ciento a doscientas toneladas otras, marchan
destinadas a las fábricas de Camposantos, Vigo, Valencia y Sevilla. Fábrica
de tejas.- Por verdadera incuria cesaron hace contados años, de funcionar
dos fábricas de teja superior, contribuyendo a ello la falta de agua, tan
preciosa para esta clase de labores. ..
XXXVIII Oya marítimo. El
puerto.- Es el nuestro el mejor de la costa entre La Guardia y Bayona.
Entrase a él por un canal que corre bordeando el arrecife denominado El
Señal situado en la parte norte de la bocana. Salvada ya ésta, las
embarcaciones siguen la dirección del fondeadero que se halla colocado detrás
de la rompiente llamada Camboa, y
barcos y tripulantes pueden darse por seguros de los peligros a que
continuamente están expuestos en el diario bregar con el inquieto elemento,
siempre ansioso de hundir en su seno las más opulentas, orgullosas, soberbias y
férreas construcciones de la moderna máquina naval. Dependencias.-
Por demás estará decir que tiene nuestro puerto la forma de una inmensa
concha, a la que dan fácil acceso desde tierra una carretera recubierta de
piedra y cemento que la circunda del uno al otro extremo. En estos extremos háyanse
dos rampas suficientemente anchas para facilitar el varamiento de las
embarcaciones en los días de tormenta.
Una tercera rampa situada cerca del dique
norte, más una escalera que arranca desde el sólido murón de la carretera
en su parte media completan los accesorios de esta obra que la posteridad sabrá
agradecer, como hoy lo hacemos nosotros, a los señores Ordóñez. Dos fuentes,
llamadas la una de S. Cosme y la otra
del Abad, ofrecen a los labios
sedientos del marinero, algacero o
viandante las riquezas de su frescura para apagar la sed. Construcciones
navales.- No son pocas las
realizadas en los diques de nuestro puerto. La historia de Oya en sus relaciones
con el célebre monasterio, nos dicen mucho respecto a este particular; pues sábese
por ella de que cabe los muros del histórico cenobio se han construido barcos
de varios tonelajes y formas; carabelas, canoas, lanchones, balandras, corbetas,
jabeques, botes y gamelas, aquí colocaron sus quillas las más y sus planchas
de madera las otras. Debido a esto son familiares a los hijos de Oya esa
terminología o técnica propia solo de los grandes arsenales como los de Ferrol
o Cartagena; pues se nos habla como familiarizados con ese tecnicismo de quillas,
rodas, codastes, proa, popa, tajamar, cuadernas, yugos, etc. Y
nada de esto es de extrañar para el que haya desflorado algún tanto la
historia de nuestra Galicia; pues Oya doce siglos antes que La Guardia era ya
puerto de mar con sus grupos de pescadores, con sus cañones para defender las
embarcaciones cristianas contra las piraguas de los moros, y enumeración y
fijación de las cartas náuticas de los tiempos medioevales para señalar la
ruta de las grandes fragatas de aquellos siglos. Y sabido es también que el
insigne descubridor Cristóbal Colón buscó a su regreso de América el
FONDEADERO DE OYA para poner a salvo La
Pinta, una de las tres carabelas que el intrépido marino pontevedrés había
llevado en su primer viaje alrededor del mundo. Ayudantías.-
Dos Ayudantías de Marina
ejercen sus funciones en nuestro puerto, son estas las de Bayona y La Guardia:
desde la punta Langosteiros y hacia el
Norte comienza la primera, hacia el Sur funciona la segunda. Pescas.-
El mar de Oya es abundantísimo
como ningún otro de toda clase de pescados. Y si de ello os quedase todavía la
menor duda, preguntad a las motoras de Vigo y Rías Bajas de donde sacan el
pescado que tantos miles de duros le facilita el ingresar en sus arcas, y a una
voz os dirán que ¡¡EL MAR DE OYA!! . XXXIX Oya
militar. Nuestras
fortificaciones.- Más de un lector guiñará el ojo y fruncirá el
entrecejo al leer el anuncio del título de nuestra presente croniquilla. Para
él tan solo le diré que ya en tiempos de los benedictinos (siglo VIII), era
Oya una fortaleza en combinación con los fuertes de Monte-Real (Bayona) y Monte
Santa Tecla (La Guardia). Famosa era la batería del Castro (Castillo), situada
en el monte del mismo nombre, y no gozaba de menos fama la denominada Plaza
de Armas, con sus nueve cañones montados en fuertes cureñas y dispuestos a
hacer fuego a las primeras indicaciones del jefe de la fortaleza. La
guarnición.- Dos batallones formados de los mejores mozos nacidos en
tierras asturianas, castellanas y gallegas guarnecían los fuertes y vigilaban
todo el litoral costero desde La Guardia a Bayona. Estos batallones según se
desprende de antiguas crónicas constaban de trescientas plazas cada uno y hallábanse
bajo las órdenes inmediatas de los frailes Bernardos que, como es sabido,
manejaban con destreza singular la pluma y las armas siendo tan mansos corderos
en el claustro como fieros leones en los campos de batalla. Todos los días se
hacían prácticas de tiro de cañón y fusilería y no pasaba semana, mes, ni año
en que nuestros tiradores, no dieran cabo de algunas piraguas moras que desde
los surgideros de las Cíes acechaban el momento propicio para lanzarse a la
captura de los correos cristianos que de Portugal y Francia arribaban a los
puertos de Galicia, con las buenas o malas nuevas de los principales
acontecimientos de las familias reales y otras personas de la alta aristocracia
cristiano-europea. ¡Cuántas y cuántas veces el cañón vibró sobre su rústica
cureña de añejo roble, guarnecida de preciosos metales, al dar paso a la bala
que cual destructor ariete perforaba de lado a lado los cascos de suntuosas y
ligeras fragatas moras, que con sin igual osadía penetraban en nuestro puerto
para lanzarse luego sus tripulantes al saqueo, a la violencia y al motín! ¡Cuántas
veces el fuego del fusil, del mortero, y del pistolón hizo blanco en la
gigantesca y deforme cabeza de osado berberisco que flameando en alto el
estandarte de la Media Luna, asomábase cauteloso a los muros de nuestros
castillos. Centinelas.-
En relación con nuestras fortalezas y guarniciones había las casas (de
ellas se conservan importantes ruinas), donde vivían los soldados encargados de
vigilar la costa. Dichos centinelas comunicábanse con luces, de tal modo
combinadas en las sombras de la noche que el mejor telégrafo o moderno teléfono
no le hubiera llevado ventaja alguna en la exactitud y laconismo de las
transmisiones. Carabineros.-
Hoy, dicho sea en honor de la verdad, ya dejaron de ser las fortalezas, las
guarniciones, y los centinelas, quedando sólo en nuestro pueblo un puesto del
Real Cuerpo de Carabineros bajo la comandancia de un cabo. ¡Sie
transit gloria mundi! XL Oya
político-administrativo. Nuestro
municipio.- Aquel pueblo de Oya, que el lector conoce a través de esta líneas
históricas; aquel Real Sitio visitado
con frecuencia por los Alfonsos, Sanchos, Fernandos, Jaimes, reyes de Navarra,
Castilla, León, Aragón, condes de Barcelona y Portugal, y grandes señores de
Vizcaya; aquel gran pueblo de donde emanaron despachos reales, órdenes
urgentes, hombres de todas las armas, hijosdalgos de toda España; aquel pueblo
en fin que ha sido la cuna de un santo como Fernando III y reinas de preclaro
ingenio y sólidas virtudes, háyase hoy reducido a la capital de un municipio
de tan corto vecindario por la continua emigración de sus habitantes, que
apenas si tiene razón de su existencia en las actuales circunstancias de la
división política española, debiéndose sólo su razón de ser al capricho de
unos cuantos interesados en desconocer las ventajas que tal supresión
proporcionaría a los habitantes de la Costa y Monte, que son las dos secciones
en que se halla dividido nuestro término municipal. La
Corporación Municipal.- Al igual que todas las corporaciones similares,
compónese la nuestra de un presidente o jefe del Municipio, al que damos el
nombre de alcalde, y determinado número de concejales. Creo decir verdad que
el total de nuestra Corporación está formada por diez ediles, incluyendo el
Presidente. Las
sesiones celébranse cada quince días, eligiendo los festivos como los más
apropósito para nuestros representantes, cuya vida ordinaria es la del campo.
Las sesiones son pacíficas, y si alguno se traslimitase en injustificadas
pretensiones, se le haría un hueco tal que recordaría al santo Precursor del
Mesías predicando en el desierto. Parroquias
del término.- Háyase en primer lugar nuestra Santa
María la Real, con 130 vecinos distribuidos en tres encantadores barrios
llamados de La Riña, Chavella y Arrabal. En este último vive lo que en leguaje
del día pudiéramos llamar, salvo algunas excepciones,
la crema o élite
del pueblo. Atraviésanlo de arriba a bajo anchos caminos de construcciones
romanas y en bien mal estado de conservación. Los nombre de Ordóñez, Vicente López, Laurel, Real, Avenida Parroquial, Plaza
Consistorial y Bajada al Puerto, indican las municipales vías de comunicación
moderna. La prestación personal es el único medio que el Ayuntamiento tiene a
su disposición para la conservación de estas vías. Ocupa el lugar segundo S.
Mamed
de Pedornes, con 91 vecinos en sus casitas blancas que lo hermosean
bastante, y dos establecimientos surtidos de los principales géneros de
ultramarinos. Seguidamente
a Pedornes háyase la parroquia de S.
Miguel de Villadesuso, con sus 90 vecinos, reputada por la más rica y
laboriosa de la Costa y de donde parecen haber salido el mayor número de alcaldes
que presidieron los destinos de nuestro municipio. A continuación de Pedornes y
Villadesuso encuéntrase Santa Eugenia de
Mougás, con 75 vecinos, y con su famoso río abundantísimo en truchas. De
la otra parte, o sea en la sección del Monte, háyanse las parroquias de S. Pedro de Burgueira, con sus 144 vecinos dedicados en su mayoría
a la ganadería y algunos a la usura en los términos más odiosos que concebir
puede el más recalcitrante prestamista; se cobran estos buenos señores el
¡¡¡14, 15, 20 y 25 por ciento!!! Sin dar a la Hacienda lo suyo; y últimamente
San Mamed
de Loureza, con 153 vecinos, ricos frutales, abundantes hierbas, algunos
ganados y un cielo triste como una tarde de cerrazón. He
aquí, lector, las siete parroquias que forman nuestro pequeño término
municipal, reputado por el segundo entre los más diminutos de la provincia y
sin producciones suficientes para cubrir los impuestos del Municipio y gabelas
de la Hacienda. Nuestra
actual Corporación.- Fórmanla al parecer hombres llenos de celo a favor de
los intereses del municipio que los elevó al desempeño del difícil cargo que
se han echado sobre sus hombros, ciertamente que no todos aplauden por igual las
gestiones administrativo-políticas de nuestra Corporación, pero ordinariamente
los que la censuran lo hacen sin motivo por no darse cuenta de que un
ayuntamiento como el nuestro, carece de fuerza ejecutiva en el cumplimiento de
sus proyectos. La carencia de un puesto de la benemérita da lugar a que las
ordenanzas municipales, arbitrios y disposiciones resulten verdadera letra
muerta para la mayoría de cuantos la violan, díganlo por mí los vecinos de
Baredo burlándose de los impuestos sobre los arrastres, los del Rosal, Salcidos
y La Guardia haciendo mangas y capirotes de los arbitrios municipales mientras
que sólo, sólo los de Oya y Pedornes sufren las amenazas de los embargos y sus
consecuencias, por pedir que la ley sea
para todos. El
escudo.- Consta el de nuestra villa de un castillo sobre un campo azul
rodeado de una rama de laurel y terminado por una corona condal. . XLI Oya
religioso La
parroquia.- A diferencia de otras feligresías cuyas demarcaciones eclesiásticas
corren parejas con las limitaciones y confines civiles, nuestra parroquia indica
como cosa singular el hacer suyos vecinos de otro Ayuntamiento, como es el del
Rosal cuyos habitantes del barrio, denominado Sanjián, reciben los consuelos
espirituales de la matriz, que es Oya. Alcanza pues la feligresía de Oya una
extensión de nueve kilómetros de litoral bañado por
el Atlántico y que los flanquea por dos puertos tan hermosos como el de
Oya y Portocelo, sembrados de embarcaciones pesqueras en las veraniegas
estaciones. Dista Oya con su anejo Sanjián 37 kilómetros de su capital eclesiástica,
Tuy, y todo el viaje puede hacerse por amplias y limpias carreteras en automóvil
o en otro vehículo menos costoso. En tres templos, Santa María la Real, S.
Sebastián y S. Julián, puede ejercerse la cura de almas teniendo dos de ellos,
Santa María la Real y S. Julián, amplios cementerios donde
pueden hallar cabida cientos de cadáveres, aunque sean más grandes que
el de un Alejandro Magno o de un gigante Goliat. Dos sacerdotes tienen sobre sus
hombros el peso enorme con que la férrea voluntad episcopal, voluntad superior
y siempre acatable, quiso honrarles. La
parte mala de la parroquia.- Casi todos los objetos tienen en pro y en
contra, su anverso y su reverso, y la feligresía de Oya no había de ser la
excepción de la regla. Existen pues en Oya ateos, materialistas, espiritistas,
herejes y no pequeño número de cristianos que solo por el Bautismo se conocen,
pues viven y mueren sin la menor práctica religiosa. Ciertamente que los
contados disidentes son el hazme reír de la gente de ilustración, y de sus
molleras de serrín, acostumbradas de niños a servir de almacén en las
escuelas de los palos que se perdían, no brotan sino sandeces peores que las
coces de los caballos y mulos in quipus non est intelectos. La
parte buena de la parroquia.- En frente de esta hez, dignísima de toda
compasión como merecedora al mismo tiempo del mayor desprecio por su infatuidad,
elévase la parte de los católicos prácticos que lo son todos cuantos se
distinguen en Oya por lo aristocrático de su nacimiento, por su encantadora
educación, por su ilustración intensa, por sus cargos ordinariamente complicadísimos:
la medicina, la abogacía, el magisterio, los agricultores científicos, los
hombres de honradez, los ejemplares padres de familia, los esposos bien
avenidos, los artistas de mejor nota, los más perfeccionados en los trabajos,
los literatos de mejor inventiva, etc, todos forman en el contingente de los
buenos parroquianos. Asociaciones
religiosas.- Debido a este grandioso elemento de fuerzas vivas y católicas
no es extraño que tengan vida, y vida exuberante, amén de cuatro cofradías
antiquísimas, las asociaciones de Hijas
de María fundada por el P. Rance de la C. De J.; la de San José, debida a la devoción de Francisco J. Pimentel, maestro
de escuela que fue de esta villa; y la del Apostolado
de la Oración, cimentada por los PP. Conde y Santos cuando la memorable
misión del año 1886. Fiestas
anuales.- Se las tienen en honor de la Virgen
del Mar, C. De Jesús, Madre del Amor Hermoso, S. Sebastián, S. Julián, S.
Cosme y S. Damián, Corpus Christi, Virgen del Carmen, del Rosario y ánimas,
y a todas ellas no solamente han concurrido las orquestas más notables, las músicas
de más nombre, sino también los oradores de más fama en toda la nación española. Hubo
funciones que han importado ¡1.000 pesetas! XLII Hijos
ilustres de Oya San
Fernando.- Quieras o no
quieras, lector, hay que apechugar con dar a Oya por la patria natal de S.
Fernando, el 3.º de su nombre y rey de Castilla y León. Pero por hacerte algún
tanto dulce esta impresión, echa de ver, amigo, que allá por los años de 1201
vínose a tierras de Galicia el padre de S. Fernando, el célebre Alfonso IX,
rey de Castilla y su segunda esposa doña Berenguela. Conociendo Alfonso que la
costa de Oya era harto influyente a la fecundidad de las mujeres, entrose con su
esposa en nuestra villa donde a los contados meses, regalole el niño Fernando,
quien al rodar de los años fue coronado rey de Murcia, Granada, Córdoba, Jaén,
Baeza y Sevilla. En esta última ciudad háyase su cuerpo incorrupto y son tan
portentosas las maravillas efectuadas entre los españoles por la intercesión
de tan poderoso rey y santo, que los anales de la historia patria llenos están
de episodios gloriosos que certifican que valimiento del santo oyese en las
alturas de la gloria. En uno de nuestros mejores altares consérvase la estatua
de la reina Santa Teresa de León, primera esposa del padre de S. Fernando, y créese
que fue mandada colocar en el indicado retablo por orden de nuestro
bienaventurado, como recuerdo de las virtudes de la egregia señora cuyos
ejemplos practicó su madre doña Berenguela. Los
Villelas.- Entre los acompañantes
de Cristóbal Colón en su primer viaje de ruta hacia el Nuevo Mundo, figuran
dos Villelas, cuyo nacimiento en Oya está puesto fuera de toda duda. Llamábase
uno de ellos Rosendo, y distinguiose por un excelente cartógrafo siendo uno de
los más peritos en el arte de la navegación. Decíase el otro Casiano, y era
reputado entre sus compañeros de armas y navegación como uno de los más
valientes y decididos en soportar los mayores peligros que ofreciese a los españoles
un mar completamente ignoto y unos enemigos de arrestos de leones y de destreza
en el manejo de la flecha, cuales eran los pobladores del colosal imperio
arrancado de las profundidades de los mares. A ambos Villela se les debe el
arribo de la goleta “La Pinta” a las aguas de Bayona, salvando así de un
naufragio horrible a la tripulación de la misma. El insigne pontevedrés e
ilustre marino Cristóbal Colón honró a los Villelas de múltiples
condecoraciones. Hoy todavía se conserva entre nosotros el famoso apellido que
se extinguirá para siempre en las sobrinas del difunto D. Manuel Villela,
vecino que fue del barrio de la Riña. Vicente
López.- Otro hijo de Oya
es el que encabeza estas líneas. Con tal nombre se nos recuerda, a los amantes
de nuestras glorias aquel niño que buscó en las encantadoras playas de Sevilla
el medio de aprenderse a ganar honradamente el pan, llegando a ser el ídolo de
un poderoso señor, que, llevándolo consigo a Madrid, siguiole desde allí, al
través de los mares, hacia las riberas de Ilo-Ilo para cuya capital filipina
había sido nombrado gobernador. El joven Vicente ejerció al lado de su
protector el oficio de secretario, y durante sus excursiones por la isla de
Panay informose de las condiciones inmejorables del terreno para la producción
del azúcar, estableciendo al poco tiempo una hacienda en sitio denominado Ajui.
Esta hacienda, bajo sus acertadas direcciones, llegó a alcanzar extensión
tanta y a producir azúcar en abundancia tal, que afirman sus amigos que le
rentuaba anualmente ¡¡33.000 duros!! Libres. Durante su estancia en Oya, desde
que contrajo matrimonio con la reina de su corazón, doña Amparo Estévez,
ejerció en varias etapas el cargo de alcalde presidente, siendo su gestión político-administrativa
digna de aplauso de todos. El
pueblo de Oya, agradecido, le dedicó una de las mejores calles. Rafael
Álvarez Pérez.- Otro
ilustre oyense se pone al alcance de mi imaginación al escribir tal nombre.
Rafael, llevado también a las islas de Legazpi, descubrió en un día de
ventura, hizo en ellas una grandiosa fortuna con solo dedicarse a la elaboración
de los azúcares en la isla de Negros. Contrajo matrimonio con una mestiza
simpatiquísima y diole el cielo algunos hijos cuya educación religiosa recibiéronla
en el centro docente que los jesuitas tenían establecido en el Pasaje (La
Guardia). Calculase en un millón de pesos el valor de la fortuna de Rafael, y
aun cuando murió en Filipinas, acordose a la hora de su muerte en dejar a la
parroquia de su nacimiento un recuerdo de mil pesetas para las obras más
perentorias de templo y rectoral. Sus compatriotas habían puesto en él la
esperanza de la redención de foros. Tanto a este señor como a sus hermanos D.
Benito, D. Evaristo y primo de ambos D. Manuel González, se debe el disfrute
del alumbrado público de que por algunos años gozó nuestra encantadora villa. Benito
Granja.- Es este el nombre
de un hijo de Oya, autor de la “Historia de Tuy”. Resumen.-
Con otros hijos predilectos
cuenta Oya, más por no dar largas a estas croniquillas, nos abstenemos de
seguir adelante. A otro cronista le queda reservado el honor de completar este
trabajo.
XLIII Oya
pintoresca. En
Primavera.- Sabido es por ti, lector o lectora de mi alma, que este tu amigo
ha recorrido en viaje de piedad y recreo las más importantes poblaciones de
España, tales como Valencia, con sus huertas repletas de naranjas; Zaragoza,
con su Pilar y el coso; Madrid, con sus colosales paseos; Burgos, con su magnífica
catedral y su célebre Cartuja de Miraflores; S. Sebastián, con su playa y los
renombrados montículos del Ulla y Gueldo. No menos recordarás que hice una
excursión por los Bajos Pirineos franceses tomando el tren en Hendaya,
visitando S. Juan de Luz, cuya playa es buscada por los aristócratas españoles
y burgueses franceses; atravesando por Bayona, de memorable recuerdo por sus
excelentes avenidas formadas por el Adur; cruzando por Pau, la histórica y
memorable por su suntuoso castillo llamado de Enrique IV, por su puente
maravilloso sobre el Gave; y dos grandes alamedas, verdaderas maravillas del
arte decorativo; deteniéndome en Lourdes donde la Reina de los Cielos puso el
centro de sus amores para con los desterrados hijos de la pecadora Eva. No
ignorarás tampoco que en piadosa peregrinación crucé el Mediterráneo
arribando en fresca mañana del mes de junio a Civita-Vechia, primer puerto
italiano de donde salí con seis mil españoles para Roma en rápido convoy
ansioso de besar los pies de aquel venerable anciano cuyas sienes ceñidas de
triple tiara, cual corresponde al más grande monarca del mundo; que en dicha
ciudad visité iglesias tan suntuosas como S. Juan de Letrán; el templo de San
Pedro, que con el palacio anexo del Vaticano, está reputado por una de las ocho
maravillas de nuestro planeta, las sombrías Catacumbas, verdadero mundo subterráneo
en tiempos de Nerón y Diocleciano; el Coliseo, cuyas minas se conservan cual
mudos testigos de la sangre derramada por los miles y miles de confesores del
santo mártir del Gólgota; el famoso castelo
de Adriano o Santo Ángel, cabe las riberas del Tiber; los jardines y
principales vías de la ciudad eterna; y otras poblaciones como Venecia, Génova,
Nápoles, etc., etc. Pues
bien este cronista, que acertó a describir escenas tan pintorescas, paisajes
tan poéticos, recuerdos de tantos coloridos no se aviene a manejar su pluma,
habituada a los resortes y secretos de la literatura, para cantar las bellezas
de un solo día primaveral en esta villa de Oya ¿Por qué así? Porque Oya
tiene sus particulares encantos, sus singulares bellezas, sus originalidades:
Homero, Ovidio, S. Justino, Agustín de Hipona y otros artistas de la palabra,
rendirían sus plumas ante las dificultades que ofrece la descripción de un
solo día ¡qué digo! De una mañana sola de primavera en la patria natal de
Fernando III, El Santo. El sol de Oya,
amigo lector es más bonito, siendo el mismo, que el sol de las otras partes del
mundo: él sonríe y baila de contento cuando en las mañanas de mayo deja ver
su rubia cabellera sobre las crestas del monte vecino, sobre las alturas del
Castro; sube
a su cénit rebozándose en el perfume de las flores que, como un inmenso manto
de oro, cubren nuestras laderas, barrancos y cumbres, declina hacia el ocaso con
todas las señales de un moribundo cuyos últimos latidos son más fuertes que
los de la vida en actividad exuberante: es nuestro Sol un Sol sin igual. Otra
compañera nuestra es la Luna, la divina Luna, como la llama un poeta, que
arrastrando al mar con su continuo rielar las riquezas de su efervescencia y
centelleo, forma en sus llenos y menguantes combinaciones tan caprichosas que
Oya no parece ser un pedazo de este planeta llamado Tierra sino un cuerpo
aparte, un astro separado por Dios para que sus moradores disfruten de encantos
no concedidos a los demás mortales. La Vía Láctea y las otras constelaciones
que el cielo tachonan, parece una ampliación de este palacio de hadas
convertido en tal la fácil ficción de un cantor de la naturaleza. Los montes
con su verdor, los arroyuelos con sus diminutas cascadas y diamantinas gotas,
los campos con sus fresquísimas mieses, los huertos con sus frutales, las
praderas con sus ganados que balan, que rumian, que relinchan, las aves con sus
cantos y trinos de muy variantes tonos, el mar con sus embarcaciones de mil
formas, las gaviotas con sus graznidos, el aire con su frescura, el ambiente con
sus perfumes que le suministran las marinas algas y las flores de los jardines,
hacen de Oya, en la primaveral estación, el dorado sueño de los poetas. Esto
es Oya panorámica, esto es Oya ideal, esto es Oya real, indiscutible. . Oya
pintoresco. El
Verano.- Demasiado sabes,
lector, que en todas las partes del mundo que conoces sigue a la estación
primaveral la del verano, y por consiguiente a las frescas mañanas primaverales
continúan las estivales, a los días templados los calurosos, a las placenteras
noches las calientes de junio, julio y gran parte de agosto, más a favor de Oya
hizo Dios una excepción como en prueba de su providencial mano sobre este
pueblo y sus contornos, queriendo que todo él, suave levemente, sin apenas
apercibirlo el más exigente astrónomo, entrase en la estación de los calores
no despojándose en nada de los encantos de la reina de las estaciones, de la
florida Primavera, verdadera imagen de la juventud alegre y bulliciosa. En
efecto, lector, mientras en las demás partes de Galicia ya cesó en sus cantorías
el cuco, aquí sigue recreando nuestros oídos durante todas las mañanas de
verano; las mensajeras aves que, cual la golondrina y el negro vencejo, están
cansados de correr otras tierras regionales en opuestas direcciones sin aumentar
su república, aquí acércanse de día en día nuevas y desconocidas bandadas
que abandonando las africanas tierras apresúranse por darnos la enhorabuena y
los encantos de su parlería matinal. El Sol de fuego que abrasa y quema el
corazón de España y hace sudar el kilo a nuestros gallegos del interior, aquí
deleita, despertando el placer del buen vivir de la gente acomodada y endulza
con sus cariños al hombre que surca la tierra en busca de sazón: solamente se
conoce la hora del mediodía por las brisas marinas que orean nuestros rostros y
refrescan nuestros pulmones, por la
altura del Sol sobre nuestro horizonte o por el toque de oración de nuestras
campanas; las insolaciones no tienen cabida en nuestros campesinos, el
aligeramiento de ropa reputaríase de excentricidad, la sed abrasadora no reza
con nuestros labradores. Los montes que de la parte de allá de nuestro
municipio parecen haber sentido las caricias del incendio devorador, aquí
aparecen lozanos cual si la mano de Dios tuviese empeño en perpetuar su verdor;
las retamas que los cubren, los acebuches que los adornan, los dedaleras que los
embellecen, las carquejas que los enriquecen, los pinos que los sombrean, los
robles que los amenizan, los castaños que al cielo elevan sus copas y al
viandante brindan sus frutos, los mil arbustos y plantas que cual la alacranera,
aleluya, la alfalfa, la algarroba, el alelí, las alestas, la angélica, el árnica,
el arrayán, azafrán, el berro, el bledo, la bocha, etc., etc., de que
abarrotados se hallan nuestros montes es el asombro, la estupefacción del botánico,
del naturalista, del turista, del poeta, del filósofo y de todo ser que lleva
un alma inmortal en su cuerpo frágil y quebradizo. El R. P. Baltasar Merino, ha
dicho en su magnífico prólogo a su obra “Flora de Galicia”: “No
son únicamente las vegas fecundadas por abundantes manantiales o surcadas de
aguas líquidas que afluyen de arroyos o ríos más o menos caudalosos, ni los
valles ni las colinas ni cañadas frescas y sombreadas con o sin el concurso de
la mano laboriosa del labrador, donde brota y se desarrolla una vegetación
exuberante; sino enhiestas cumbres,
cuelga y tapiza los abruptos precipicios y se yergue hasta en las duras rocas;
pues donde quiera que son conducidos en alas de los vientos, allí encuentran
alojamientos una o más semillas y de tan pobre cuna, que en otros países fuera
sepulcro, surge vida lozana que embellece las arideces más escuetas”. Así,
escribe, lector, de este rinconcito de España uno de los más eminentes botánicos
del planeta sublunar. Nuestro
mar, sí, nuestro querido mar de Oya que en días de época invernal hace
retemblar los cimientos de la tierra y deja oír el rugido de su furia a leguas
de distancia, despertando en los más atrevidos ánimos espasmos de muerte,
conviértese en la estación de las sonrisas en un lago caudaloso que recibe en
el azul de su superficie con el mismo amor a la gamela imperceptible, la pintarrajeada lanchita, la voladora
trainera, la mercante bricbarca, la motora veloz, el pesado galeón, el nadador
trasatlántico, el férreo y acerado dreaaugnot
y el sutil submarino, lamiendo a todos con su espuma blanquísima, y ofreciendo
a los laboriosos tripulantes las riquezas de sus entrañas, el secreto de sus
tesoros y los honores de una sepultura superior a los mausoleos de las más
suntuosas necrópolis del mundo, incluyendo en este número a las pirámides de
Egipto de mundial fama. Una
puesta de Sol, una ocultación de la Luna en nuestro mar ¿Quién hay entre los
mortales capaz de describirla? ¡Oh,
Oya, siempre superior, siempre hermosa, siempre divina!
HISTORIAL DE OYA - 1 HISTORIAL DE OYA - 2 HISTORIA DE OIA-3 HISTORIA DE OIA-4 |
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