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HISTORIAL DE OYA - 3

por JUAN REY IGLESIAS

“LA VOZ DEL TECLA”, 1915-1916-1917

(del Archivo de Antonio Martínez Vicente)

XXVI

Distracciones monacales.

 

            Casos de nulidad en el ajedrez.- Lector, que tu espíritu recreas e instruyes con la lectura de estos pormenores que con el noble juego del ajedrez relación tienen, sigue, sigue saboreando más y más las anotaciones que voy a poner a continuación. Sucedía, pues, que hallándose a punto de perderse una partida se trataba de salvar la honrilla tratando de lograr imponer al contrario un caso de nulidad. Era uno de estos casos el conocido por el rey ahogado. Era ahogado cuando sin estar en jaque y siendo la única pieza que se podía jugar, ya porque las demás se perdieran, ya porque las otras no podían moverse, no podía moverse el rey sin estar en jaque. En este caso la partida era nula.

            Lo era también en los siguientes casos:

            Primer caso.- Uno de los religiosos jugadores no tenía piezas ni peones, solamente al rey. El contrario tenía el rey con otras piezas, pero no tenía ningún peón.

            Pues bien: la partida resultaba nula si no se daban mate a las cincuenta jugadas.

            Segundo caso.- Un religioso repetía una jugada tres veces seguidas sin cambiar la posición. Después de la tercera jugada, cualquiera de los dos jugadores podía pedir la nulidad de la partida. Exceptuábase la siguiente condición, en el primer caso: que uno de los jugadores no tuviese más que el rey, mientras el contrario tuviera muchas piezas, pero ningún peón; porque en este caso, como dicho queda, la nulidad era derecho, pero solamente cuando la misma jugada se había repetido 50 veces.

            Tercer caso.- Se repetía el juego continuamente alrededor de una posición sin modificarla, pero sin que por esto se repitiese la jugada. Había obstinación. Si no se había movido ningún peón, ni se había cambiado ninguna pieza, cualquiera de los jugadores podía exigir que la nulidad se declarase al cabo de las 50 jugadas.

La pesca.- El lector que en un paseo de turismo haya bajado a la concha de nuestro puerto sorprenderíale sobremanera la vista de un murón que en forma de lomo de perro corre hacia el centro del estero, terminando en un puntal de dos metros de ancho, continuando luego, después de dejar una apertura de unos cuatro metros hasta alcanzar la base de los campos que el mar baña en las pleamares.

            Pues bien: Este muro contra el cual arroja el mar sus furiosas olas, llámase LA CAMBOA, y fue construida por los religiosos bernardos para coger a pie enjuto el abundante pescado, que, al efectuarse el flujo entraba incesantemente por la ancha abertura, la cual, al ser alta mar se cerraba con un enrejillado para que en las horas del reflujo las aguas del puerto se volvieran a su lugar pasando por el enrejillado y dejando en seco congrios, langostas, fanecas, panchos, merluzas, rodaballos, lenguados, sardinas e infinidad de peces, cuya lista sería difícil de enumerar. Jamás pasó invierno alguno en que los habitantes de Oya sintiesen la escasez del pescado. No se vendía, se regalaba. Los pueblos de la comarca nadaban en la abundancia, porque el puerto de Oya era un vivero continuo de manjares marinos. La Guardia, Rosal, Tomiño, Bayona, Nigrán, Gondomar y Tuy conservan recuerdos de esta verdad en anales de su historia económica y comercial.

Los paseos.- Otra de las distracciones de los bernardos era el paseo matinal en la veraniega estación y el de la tarde en la estación de los fríos. En dos filas marchaban los religiosos yendo delante los más jóvenes y predicando todos con el ejemplo de su compostura las virtudes de que sus almas enriquecidas estaban. Marchaban allá a la llamada PEDRA DOS FRADES, donde, rompiendo filas, dábanse a honestas recreaciones y al estudio de los secretos de la naturaleza, habiendo alguno entre ellos, como los Padres Telmo y Fulgencio, que resultaron verdaderas notabilidades médicas.

Tenían también sus días de campo en los cuales, y con motivo de algún fausto suceso, se llevaban las viandas desde el convento a la verde pradera, y allí a la sombra de seculares robles y los sonoros píos de pintados pajarillos y los trinos de los ruiseñores y murmullo de cristalinas fuentes, saboreaban los condimentados y limpísimos manjares en medio de una paz y alegría que a la de los bienaventurados solo compararse podía.

 

XXVII

Sucesos milagrosos.

La Virgen del Mar.- Si el lector devoto entrar quisiera bajo las bóvedas de nuestro primer templo, sentiríase atraído poderosamente por una imagen de la Reina de los cielos que en lujosa hornacina de oro parece  navegar sobre las encrespadas olas del mar en el dorso de un lebrel. He aquí la historia de esta milagrosa imagen:

Enrique VIII, de Inglaterra.- Sabido es que este buen señor, que ciñó la corona de Inglaterra allá por los años de 1518, profundamente disgustado por haberse negado el Papa Clemente XI al divorcio que Enrique deseaba entablar con su legítima esposa Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos de España, abjuró del Catolicismo, y con el fin de vengarse en lo posible del Papa y los católicos, dio un decreto ordenando fuesen arrojadas de sus hornacinas todas las imágenes que recibían público homenaje ya en las iglesias, ya en las calles y plazas de Londres y principales poblaciones de Inglaterra.

El decreto del rey cumpliose en parte, y en su virtud muchas imágenes de Jesús, su divina Madre y los santos, preciosas joyas de arte, fueron quemadas las unas y arrojadas las otras en pestilentes cloacas y aguas del mar británico. Pero ¡Vive Dios! Ya Enrique VIII había sucumbido víctima de su vida de crápula e ignominia, siendo profundamente execrada su conducta por católicos y protestantes... y todavía, lector, la estatua de la Virgen del Mar permanecía en su hornacina. Ya también Wolsey, primer consejero de Enrique falleciera en la prisión donde lo había desterrado su egregio señor... y todavía la imagen de la Virgen del Mar seguía en su hornacina.

Ya Ana Bolena, sexta mujer de Enrique VIII, causa de su perdición y de la de Inglaterra exhalara su último suspiro en el cadalso... y todavía la milagrosa Virgen del Mar continuaba en su hornacina. Sí, allí, estaba la Reina de los cielos con sus ojos azules como el cielo de Oriente, sus labios sonrosados como los claveles de Palestina, sus manos tersas y blancas como la nieve de los Alpes, teniendo en la diestra un cetro de plata y en la siniestra un niño de misericordiosos ojos, vestida toda de un rico manto azul sobre el cual caía en forma de hilos de oro sedosa y abundante cabellera que brotar parecía de la bendita cabeza de la imagen. Sí, había muerto Enrique, fallecido Wolsey, ejecutada Ana Bolena... y allí estaba en su hornacina la imagen de la Inmaculada. Pero ocupó el trono de Bretaña la impúdica Isabel, hija adúltera de Enrique y Ana Bolena, y como por su corazón corriese el mismo odio contra las imágenes de los santos cual circulado había por su padre, dio un úkase o decreto disponiendo fuesen arrojadas al agua del mar todas las imágenes que huido habían al odio satánico de Enrique.

Tocole, pues, la suerte a nuestra maravillosa escultura de la Reina de las Misericordias... y, al anochecer de una tarde de diciembre de 1580 en las aguas del mar británico, flotaba la imagen de nuestra excelsa Patrona. Un perro de un rico hacendado que vio sobre la movida superficie del mar la bendita imagen, empujado por invisible fuerza, corrió presuroso hasta el sitio donde la Virgen se hallaba, y bajando el dorso incorporose sobre él la imagen de Nuestra Señora, la cual halando milagrosamente al perro por una férrea cadena, y sirviendo ella misma de piloto, volvió las espaldas a aquella ingrata tierra, arribando en una fresca mañana del mes de abril de 1581 al sitio de este término municipal denominado la ORILLUDA.

La aparición.- Dos honrados vecinos que a las primeras horas de la mañana del mes y año indicado recorrían la ribera en busca de algas, quedáronse altamente sorprendidos al divisar en la parte de la ORILLUDA una figura sobrehumana que despedía de sí intensísimos resplandores. Convencidos de la realidad de lo que habían visto dirigiéronse al monasterio a contar al P. Abad de la Aparición. Puso este por un momento en duda lo que le estaban contando más, como los dos hombres siguiesen hablando con la persuasión que da la certeza de las cosas, dispúsose a acompañarlos, y como a ojos vistos se convenciera ser cierta la aparición de milagrosa imagen, ordenó que los cañones de la fortaleza de Oya anunciasen la Aparición con una salva de cañonazos y fuesen echadas a vuelo las cuatro grandes campanas de la torre monacal y esquilas de las ermitas.

Alborotado el pueblo con tales inesperados regocijos, acudió presto a la portería del convento donde, formando en largas filas y precedidos de la magna cruz claustral, dirigiéronse a la ORILLUDA, tomando el Abad la bendita imagen sobre sus hombros, no sin antes dar tierra al finísimo perro que, terminada su misión, a los pies de la Virgen muriera. Por la estrada real tornó el acompañamiento hacia el monasterio llevando entre vítores y el canto de las estrofas del Ave maris stela aquella joya del cielo que tan sin merecerlo le había sido deparada.

Al momento se construyó un magnífico altar y en él la hornacina de oro donde la Madre de Dios bajo la advocación de Santa María la Real de Oya o Virgen del Mar recibe los obsequios, homenajes y demandas de todos los devotos que, de cuarenta leguas de distancia corren presurosos a postrarse de hinojos a sus pies, sin que hasta la fecha hubiese alguno que de Ella no fuese socorrido.

 

XXVIII

Sucesos milagrosos.

            El lignum Crucis.- Decía en una de mis crónicas, que de la verdad tienen todos los encantos, que los religiosos bernardos separaran los dos cementerios, el seglar y el religioso, sito bajo las anchas naves de la monacal iglesia, por un enrejado de madera al que servía de zócalo preciosa piedra de cantería y de coronamiento la imagen del Crucificado. Pues bien, lector: En el año 1593, el R. P. Abad, Fr. Diego Recalde, observando que la mencionada reja se hallaba en deplorable estado mandola sustituir por otra mejor, y que la retirada, con la imagen de Jesús en la Cruz, de una cuarta de altura pero tan carcomida como la misma reja, fuesen arrojadas a las llamas juntamente con otros objetos inservibles. Sucedió, pues, que el cocinero del Convento, llamado Bernardo, natural de Sanabria, al echar mano de aquella leña para las necesidades de la cocina, diose con una hacha al deshacer la carcomida imagen del Salvador, más como esta se resistiese a los fuertes hachazos que sobre la misma daba Bernardo, decidiose a dar cabo a su obra poniendo la imagen en el montón de leña que sobre el hogar ardía. Asombrose Bernardo de la resistencia que durante tres días ofreció la santa efigie para dejarse devorar del destructor elemento, y sacole de la lumbre diciendo que algún demonio estaba metido en él. Admirados algunos monjes de las voces del cocinero se asomaron a la puerta para ver la causa de su enojo; y habiéndoles referido lo que por espacio de tres días pasaba con aquel palo, lo tomaron dichos monjes en las manos; registráronle con atención, examináronle detenidísimamente y ¡oh sorpresa! Vieron incrustada en la cabeza de la carcomida y desfigurada imagen un cuadrito de madera con una cerradurita pequeña, que abierta con un cuchillo a falta de llave, contenía una Cruz en que estaba engastado un pedazo de la de Nuestro Señor Jesucristo con una cédula de pergamino que lo declaraba.

            Llevaron luego a la iglesia la Sagrada Reliquia, y ordenando una solemne procesión con Tedeum, dieron gracias a Dios por haberles enriquecido con este nuevo y precioso tesoro de un modo tan milagroso.

            El que este acontecimiento refiere lo atestigua con las declaraciones de sus contemporáneos, monjes en dicho monasterio de Oya, Fr. Pablo Ximénez, P. Fr. Antonio Hernández, P. Fr. Benito Espinosa y P. Fr. Francisco Miguel, sacristán de dicho monasterio, además de los de Alonso Treinta, mayordomo; Diego Santiño, barbero y Benito Prado.

            Creemos que esta Sagrada Reliquia con su relicario se halla en poder del Marqués de Riestra, que la compró al anticuario de Pontevedra señor Pazos, el cual a su vez la compró en esta villa por 25 pesetas a su propietaria doña Clementina Álvarez, vecina de Chavella, en el año 1913.

            Combate naval.- Corría el año 1616, y el sultán de Constantinopla Aemehet I, deseoso de vengar los daños que en sus escuadras y puertos habían echo el Marqués de Santa Cruz y el almirante don Luis Fajardo, mandó aprestar una escuadra de cien bajeles que, con inesperada osadía, infestaron las costas de Galicia, fondeando once de ellas en la Bahía de Bayona de donde, tres días después, se internaron en la ría de Vigo y, haciendo un desembarco en Domayo, incendiaron parte de la feligresía. El mismo día dieron fondo en el puerto de Cangas, y al siguiente, protegidos por su artillería, saltaron a tierra hasta mil hombres que, después de prender fuego a la iglesia, al hospital y a 150 casas, se hicieron dueños de cuanto precioso había en la villa, dieron muerte a más de cien vecinos y llevaron a más de doscientos.

            Arrogante el turco con el éxito precedente, creyese hacerse dueño con la misma facilidad de los otros puertos de Galicia, para saltar a tierra y dedicarse a mansalva a sus piraterías. Pero, ¡vive Dios y la Virgen del Mar! Que aquí en aguas de Oya iban a desbaratarse tales empresas.

            Momentos supremos del combate.- En efecto. Era el 20 de abril de 1624, y desde las murallas del monasterio cisterciense divisaron cinco bajeles que, henchidas las velas por el viento, ya impulsados por el empuje de vigorosos remeros, corrían como una exhalación a la caza de los navíos mercantes de Portugal y Francia. Estos, indefensos y embarazados con el cargamento, enfilaron sus proas hacia nuestra ensenada como gacelas perseguidas por los cazadores, buscando segura guarida al pie de las murallas del imperial convento, siguiéndoles detrás los cinco bajeles en cuyas popas ondeaba la bandera de la Media Luna, señal inequívoca de que el pirata africano se echaba encima.

            Los monjes, que sabían asociar perfectamente la cruz con la espada y la pluma con el sable, y que desde el desastre de Cangas estaban ojo alerta hacia el horizonte del mar, tan pronto se percataron del peligro que corrían las naves mercantes enviaron porción de barcas, varadas a la sazón en el Mosteiro, para que recogiesen a los tripulantes, los cuales no teniendo esperanza de ponerse fuera del alcance de los corsario, abandonaron sus navíos. Al mismo tiempo, que esta escena se desarrollaba en el mar, apareció sobre los baluartes del convento la gallarda figura del Abad llevando a su lado al capitán de la guarnición y al monje artificiero del monasterio que los días de fiesta se ejercitaba en disparar salvas de artillería y gozaba nombre de excelente artillero. Manda el Abad izar la bandera en la “Plaza de Armas”, hace señal de la cruz sobre uno de los siete cañones de la fortaleza, y da la voz de ¡fuego! el artificiero se remanga, empuña el arma y dispara a la galera turca más cercana; tiro en vano, pero fue la señal del combate. Al estruendo todo el Monasterio empieza a jugar su artillería y mosquetes. Ocho piezas de grueso calibre vomitan desde las murallas volcanes de espesa lluvia de mortíferos proyectiles que hacía retroceder a los intrépidos ladrones del mar. Retorcíanse las piraguas en mil vueltas y revueltas; y a los disparos de los monjes respondían los turcos con andanadas de artillería. El estrépito del cañón mezclado con el rumor de las olas que azotaban las murallas del convento; la gritería de los paisanos que en tropel acudían a defender el baluarte junto con el bullicio de una brigada de colonos que subían y bajaban con sendos cubos de agua para apagar cualquier incendio que las bombas enemigas provocasen; el imponente sonido de las campanas tocando a arrebato, confundido con las voces de mando, formaban un conjunto indescriptible.

            La victoria.- Casi tres horas continuó la refriega sin resultados hasta que un monje de luengas barbas, soldado en su juventud, tomó la dirección de las operaciones y, después de disparar la plaza quince cañonazos sin fruto, en un arranque de fe y entusiasmo en la Virgencita de su monasterio, actual patrona de esta comarca, exclamó al tirar el décimo sexto: “ESTE VA EN NOMBRE DE LA VIRGEN DE OYA”, y fue con tal acierto, que al disiparse el humo vio como una de las galeras se le internaba a torrentes el agua por el abierto boquete, bambaleándose el navío, sobrevino el vértigo, precursor del naufragio... un momento más, y es sorbido por el remolino que el mismo se engendró en su ruina; junto con él zozobró la barquilla que a su lado llevaba.

            Trofeos.- 38 turcos fueron víctimas del desastre; 9 que se salvaron a nado cayeron cautivos de los monjes; los bajeles restantes al ver sepultados en el fondo de los mares a sus compañeros, viraron en redondo hacia la punta de Langosteiros perdiéndose en las lejanías en que mar y cielo se besan.  

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XXIX

Sucesos maravillosos.

            Fundación de un Voto.- Íntimamente relacionado con el historial de Oya hállase la fundación del llamado Voto de Santa Tecla, debido a un suceso altamente maravilloso como verlo puede el lector en la presente crónica escogida de los más selectos y documentados manuscritos que pudimos haber leído en religiosas colecciones relativas al particular. Léeme pues.

            Preliminares.- Corría el año de 1349, y una sequía pertinaz, horrible, siniestra, precursora del hambre y la muerte, asolaba los floridos campos de nuestra comarca. Era tal la escasez de aguas que los manantiales se habían secado, los ríos Tamuje, Coira y el mismo Miño tan abundantes en años anteriores, apenas suministraban el agua para apagar la ardorosa sed de los hombres y animales. A doquier que se llevase la vista no se descubría otra cosa que objetos de amargura, desolación y llanto. Aquí oíanse los suspiros y lamentos de cariñosas madres, que faltas de fuerzas apenas podían sostener en sus yertos brazos el frío cadáver de sus hijos muertos por el hambre odioso; allí percibíanse los lastimeros halles de un padre que al ver a sus hijos extenuados, desfallecidos, elevaban a las alturas un lenguaje maldiciente; por todas partes no se oían sino lamentos de miles y miles de víctimas de hambre y de la peste. Diríase que Dios, altamente ofendido por los pecados que en número semejante a las arenas del mar subieran ante su divino solio, se había resuelto castigar tantas ingratitudes con la explosión de su ira, significada ésta en las convulsiones de la naturaleza cuyos elementos combinados en destructor consorcio llevaban a todas partes, lo mismo a los altos montes como a los profundos valles, la devastación y la muerte.

            Misericordia de Dios.- Pero, ¡oh Dios de piedad! Cuando los cristianos, perdidas ya sus últimas esperanzas en las bondades del tiempo, disponíanse a abrazar la muerte con todas sus terroríficas presentaciones, conmoviese el corazón del Rey del Universo a las sencillas plegarias de una pastorcita cuyo nombre no pasó a la posteridad.

            Aparición de Santa Tecla.- Vivía la indicada pastorcita la mayor parte del día apacentando sus corderillos en las alturas del monte Sta. Tecla, distrito municipal de La Guardia, y no dejaba un solo instante de arrodillarse en la piedra viva para clamar al cielo perdón e indulgencia por sus hermanos los pecadores. Pedía la pastorcilla e insistía en su férvida oración en términos tales que, cuando más absorta dirigía al cielo sus ojos azules, apareció en las alturas la gloriosa protomártir del Cristianismo, Santa Tecla de Iconia, a la cual profesaba la jovencita particular devoción. Acercó la mártir su radiosa frente a su devota jovencita y con palabras solo imitables a los ángeles de la gloria díjole al oído: Amiguita mía: El Todopoderoso oyó tus ruegos; ve y dile a tus hermanos que si le pidiesen al Señor por mi intersección sobre la cumbre de este monte que desde antiguo me está consagrado, obtendrán la gracia de la lluvia y el remedio de sus males.

            Y esto dicho por la santa tornose al cielo. Al instante la pastorcilla abandonó el sitio de la aparición y en alas de la fe tornó a su casa poniendo el suceso en conocimiento de sus parientes, quienes a su vez, lo divulgaron por villas y aldeas.

Sabedor el Obispo tudense, don Juan de Castro del maravilloso suceso, mandó que en el monasterio cisterciense de nuestro pueblo, en Oya, tuviese lugar una junta magna formada por los reverendos curas párrocos de Mougás, Pedornes, Burgueira, Loureza, Rosal, La Guardia, Cividanes (hoy Salcidos), Tomiño, Barrantes y Eiras, y de esta asamblea brotaron los primeros chispazos del famoso Voto de Santa Tecla; pues todos los reunidos, dando acatamiento a las palabras de la pastorcilla como un aviso del cielo misericordioso, prestáronse a subir al citado monte con todos los habitantes de la comarca... y cuando aun no había pasado día y medio de oración y penitencia en aquellas alturas, sin explicación natural alguna encapotose el cielo, agitó el cielo las nubes, abriéronse las cataratas del firmamento y una lluvia benéfica descendió serena sobre la tierra. Todo comenzó a reverdecer; las fuentes corrieron de nuevo; los ríos aumentaron su caudal... y después de 7 años de terribles penurias tornó al monte y al valle la perdida esperanza.

El pueblo agradecido oblígase, mediante voto, a subir todos los años a pan y agua, allá por el mes de agosto al monte. Y con esto recobró la antigua Hermandad del Clamor, establecida allí desde el año 1140, una singular preponderancia.

Sociedad “Pro-Monte”.- Hoy una nueva agrupación de amantes de las antiguas tradiciones presididos por D. Manuel Lomba, vecino de La Guardia, ha hermoseado de modo tal aquel lugar santo, que con razón puede contarse como uno de los sitios más pintorescos de Galicia y aun de toda España.  

XXX

Los bernardos de Oya y el Voto del Tecla.

El porqué de esta crónica.- Después del elogio que para memoria de las venideras generaciones había hecho al cerrar mi croniqueja anterior de la actual sociedad denominada “Pro-Monte Sta. Tecla”, resuelto estaba a abordar a otra materia relacionada con asuntos de la localidad; mas por haber llegado a mis manos algunos apuntes que en su poder tenía el ilustrado galeno de Goyán, don Francisco Nóvoa, y visto que en dichas notas se contiene bastante de provecho para orientarse sobre el “Voto de Sta. Tecla” juzgué oportunísimo dar a la publicidad, en síntesis, lo más principal de las ceremonias de tan grandiosa promesa. Y esto dicho, al trigo.

Días del Voto.- De aquella magna asamblea que, por disposición del Obispo de la Diócesis, don Juan de Castro, se había celebrado en la artística sala capitular del monasterio cisterciense de esta villa, brotó la idea de obligarse mediante gran obligación el subir todos los años por la Virgen de agosto a las alturas del monte Santa Tecla: “Este é o tempo en que se ha de facer, conviene a saber, sempre en a segunda feria que ven depois da festa d’Asunción de Sta. María Virgen, todos en SEMBRA, e aiuntados en lunsvaan aquel monte, hú se amostraron por muitas veces as virtudes de Deus, etc.” Así lo refiere el manuscrito facilitado por el señor Novoa, copiado de la Biblioteca de la Real Academia de la Historia.

Las peregrinaciones.- Llegado, el lunes salían las peregrinaciones de Pedornes, La Guardia, Cividanes, Barrantes y Eiras con cruces y estandartes para “esta santa festa” presididos por los párrocos, padres del monasterio de Oya y el Obispo de la Diócesis.

Descalzos y a pan y agua hacían la caminata sin importarles para nada, ni la aspereza de los caminos, ni el choque con las afiladas piedras que sus pies rasgaban.

En el monte.- Llegados que habían a las crestas del monte santo, formábase una procesión de todas las parroquias asistentes y se dirigía a: “duas cabezas de outeiro, en as quaes cabezas se debían afacer os clamores; e un deles está contra o agrón, e outro contra o abrego”, y allí reunidos el Obispo, el Abad de Oya, los párrocos de las feligresías dichas, los hombres de más edad, los clérigos, “e as mulleres de boa fama, e todos en gran voz”, rogaban a Dios Padre diciendo con lágrimas: Indulgencias, Kirieleison. Y contestando seguidamente: Deus ouvidinos.

De esta manera y alternando con las palabras de la Ledainha de Nuestra Señora continuaban en los clamores hasta terminar con los 7 Salmos penitenciales, fincados os geolhos en terra. De un agrón pasaban al otro (Hoy diríamos que de la punta del Facho pasaban a San francisco) y allí tornaban a repetir los clamores.

El sermón.- Terminadas estas ceremonias descendía el clero y fieles en busca de una sombra, que entre los dos citados puntales se extendía bienhechora y allí sentados con los ojos bajos y el oído atento escuchaban el sermón, que siempre corría a cargo de un fraile religioso del Real Monasterio de Oya. Este sermón versaba sobre las verdades Eternas.

La comida.- Terminado el sermón retirábanse a comer: un poco de pan y alguna agua era, lector, el alimento de estos cristianos émulos de aquellos grandes penitentes de que las historias religiosas están llenos. “¡E comerán de pan e beberán de agua, e pan comerán muy pouco; mais arependeranse muito en sus corazóns dos pecados que han feito e chorando muito en guisa que aquel seja o seu pan e agua e deren de aquilo boa parte os probes por amor de Deus!”.

El descenso.- A las tres de la tarde efectuábase la descensión con los corazones lacerados de pena y el alma satisfecha de un deber cumplido.

El Voto en el día de hoy.- Con ligerísimas variantes viénese celebrando el Voto en el día de hoy.

XXXI

Los foros

Origen de los foros.- Retrocede conmigo, lector, algunos siglos e intérnate en el centro de aquella sociedad medioeval si interés tienes por averiguar el principio de la llamada renta-foral de Oya. Así te evitarás de pertenecer a crecido número de inconscientes que de todo hablan pero de nada entienden.

Era, pues, por la mitad del décimo cuarto siglo, cuando los religiosos bernardos deseando que sus colonos traídos de lejanas tierras de Castilla reconociesen de alguna manera al señor del dominio directo, acordaron fijar una pensión modesta sobre los terrenos, y esta pensión fue el origen de lo que hoy llamamos rentas del Señorío de Oya. Ya ves, lector, que por su origen las tales rentas o pensiones nada tienen de injusto; pues no son más que condiciones necesarias para reconocer al dueño del dominio directo.

Los colonos y las rentas.- Tan pronto como los cultivadores y tenedores de tierras, propiedad de los religiosos bernardos, fueron sabedores de las condiciones indicadas no pusieron reparo alguno, al contrario, por documentos que conservamos en carpeta, consta que una comisión de los mismos presentose en el Real Monasterio, aceptando gustosos la pensión que tuvieron por conveniente imponerles. Eran estas pensiones del tenor siguiente:

Pensiones o foros.- Las parroquias de Pedornes y Mougás, únicas entonces en esta costa, debían pagar por rentas forales:

388 ferrados de trigo (unos 60 hectolitros).

160 ferrados de cebada (25 hectolitros).

1706 ferrados de centeno 269 hectolitros).

2150 ferrados de maíz (448 hectolitros).

62 y media libras de cera (unos 29 kilos).

75 cuartillos de manteca de cerdo (unos 40 litros).

51 y medio carneros.

22 cabritos.

175 gallinas.

9 pollos.

2 marranos (cerdos).

22 azumbres de vino.

10 carros de paja.

1070 pesetas y trece céntimos en efectivo.

Lector: quizá que, después de leer tales rentas te quedes asombrado de la enormidad de las mismas sobre solo dos parroquias; pero seguro estoy que saldrás de tu pasmo si en cuenta tienes que esto nada significaba en aquellos tiempos de bendición.

Tan abundante era el trigo que en los campos de Mougás y Pedornes pasaban de tres mil los ferrados, de mil la cebada, de tres mil el centeno, de cuatro mil el maíz. Las colmenas se desperdiciaban; los cuartillos de manteca de cerdo se contaban por miles, los carneros poblaban las laderas de los montes de Castro y Aguieira y derivaciones de la Groba; los cabritos se regalaban por falta de consumo; las gallinas no tenían estima porque en cualquier esquina se encontraban por cientos de docenas; los pollos, los marranos y montaraces poblaban valles y alturas; y el dinero no escaseaba tampoco. Así las cosas en nada debe admirarse el curioso lector de los religiosos cistercienses fuesen queridísimos de toda la colonia agrícola, que con tan poca cosa y casi sin trabajo alguno llenaban sus casas y depositaban en el convento, como un granero de los pobres de aquende y allende el Valle Miñor y la cuenca aquellas provisiones que, en aciagos días, remediaban más de una necesidad.

Distribuciones.- ¡¡Era de ver a nuestros benditos frailes arrastrar todos los días, sin excepción, sendas calderas repletas de diferentes guisos y singulares preparados para socorrer y alimentar a los cientos de pobres que de todas partes de Galicia, Castilla y Portugal y de la misma Andalucía, desfilaban a diario por la portada de la santa mansión cisterciense llenando calderos de cobre pulidísimo con los tasajos de pollos, carnes, legumbres y otros ingredientes provenientes de las rentas!!

Efectos de esta generosidad bernarda eran esas caras rollizas de la gente moza, esas fuerzas hercúleas de los jóvenes oyenses, esa resistencia física al temporal de todas las contrariedades de la vida, ese vivir de cien y doscientos años sin descomposición ventral que obligase a llamar al galeno en el arte de curar perito. Así tienen explicación posible las obras de mampostería que aquí y allí de nuestra costa aparecen diseminadas; pues solo con tal robustez puede darse solución al problema presentado por algunos curiosos, respecto a la colocación de grandes bloques de piedra berroqueña de algunas toneladas de peso sin la ayuda de los medios mecánicos de que hoy se sirven los mamposteros, canteros y picapedreros.

Hoy, no es así.- Sí, lector, aquellos tiempos de abundancia y sansones han desaparecido y con ellos sepultados quedaron los progenitores de una raza que tanto brilló, hubiera dado a nuestra clásica Galicia. Hoy, Oya, es un pueblo que solamente vive de los recuerdos de pasada grandeza y sucumbe víctima de sus vicios y de los explotadores sin conciencia. Hoy, Oya, marcha a pasos de gigante a las profundidades de un abismo de donde solo le podrá sacar aquel para quien no existen imposibles. ‘Oh, tierra bendita de hombres ilustre en las ciencias, en las armas, en las letras, en las artes, revive de nuevo, renace como el fénix de tus propias cenizas y torna a recuperar el esplendor de que señora y reina tuviste en los pasados tiempos del oscurantismo, en que todo era abundancia, sencillez de costumbres, amor al terruño!

Los foros en la actualidad.- Casi resulta negativa la cobranza de los mismos por los actuales poseedores. Entendemos que un arreglo entre el señorito y los foreros, una inteligencia entre ambos amañada al calor de un buen deseo pondría a salvo los intereses de ambos. Sería de desear que nuestros paisanos fijasen su atención en este punto y dejando a un lado las voces de la engañosa sirena con que hace tiempo vienen engañándoles falsos redentores, tratasen de labrar por sus propias manos su única, verdadera y eficaz redención.  

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XXXII

Santa María la Real.

Razón de este artículo.- Después de lo que consignado dejé en el capítulo XI de este historial, donde el lector habrá visto indicaciones pertinentes a demostrar la justicia del título de SANTA MARÍA LA REAL DE OYA que con orgullo ostenta nuestra villa entre los blasones de su nobleza, creíame ya relevado de ocuparme de asunto tal, más como en mi poder hallé a montones pruebas de más relieve y resonancia de las manifestadas en el mencionado capítulo, voy a permitirme el lujo de poner algunas a la luz del día para que viéndolas aun los más agresivos a nuestras pasadas grandezas inclinen su servir ante la evidencia de los hechos. Y manos a la obra.

Recordando.- Sabrá el lector, por lo que dicho llevo en mis croniquejas de salática saturadas, que el Emperador de España, don Alfonso VII, fundó el monasterio de Oya; que su hijo, don Sancho III, El Deseado, protegió dicha mansión con importantes donaciones; que cosa a esta parecida la hicieron don Alfonso VIII, Alfonso IX, San Fernando, Santa Isabel, Alfonso X y XI. Pero reservado estaba al rey Prudente, el gran Felipe II, al hijo de Carlos V, honrar a la villa de Oya con el título de SANTA MARÍA LA REAL. En efecto, recordando el católico rey Felipe que Oya había sido protegida de un modo singular por sus progenitores y predecesores en los destinos de la monarquía española y que muchos de ellos le habían honrado con su presencia y también con su nacimiento, como el del niño Fernando, llamado después el tercero de su nombre y vulgarmente el Santo, quiso aprovechar la ocasión primera para perpetuar el nombre de nuestro pueblo en los anales de los tiempos con algún recuerdo amoroso y de gran relieve, y esta ocasión vínole allá por los años de 1581 con motivo de arribar a nuestra costa la imagen de la Santísima Virgen del Mar.

Los bernardos y Felipe II.- Sucedió pues, que deseosos los bernardos de atraer en lo posible la atención de los españoles hacia un pueblo a quien el cielo había ensalzado concediéndole por patrona a la Reina de los cielos, cuya imagen había sido arrojada a las aguas del mar británico por los iconoclastas luteranos, a quienes no podía ver Felipe II, acudieron a él, refiriéndole la historia de la Aparición maravillosa por medio de unos pliegos de pergamino donde, en letras de oro, se hacía el relato del referido suceso. Fue portador de esta maravilla del gravado y bien decir, el célebre religioso Juan Florez de Simancas, Monje de este convento de Oya y sumamente conocido de los primates de la corte de Felipe II. Recibió éste al P. Florez en su habitación del Escorial a la luz de un velón de aceite colocado en medio de la mesa. Informose el rey Felipe de los pergaminos... y a los cinco días el P. Florez, con grandes donativos y un pergamino a favor de cuya autenticidad adujeron incontestables pruebas los historiadores españoles de más nombre como Aguirre, La Fuente, Morales, Florez, Padín, Huesda, etc., abandonó la regia mansión de maravillas del mundo reputada, y vínose a Oya donde se hizo público.

He aquí el documento.- “En vista del progreso adquirido por el pueblo de Oya con motivo de la aparición milagrosa de N. señora la Virgen María en el escollo de la Orillada y en atención a los ruegos de los religiosos cistercienses existentes en dicha villa, concedemos a los oyentes el privilegio de usar en los membretes oficiales y sellos vicariales la imagen de la Virgen con la siguiente inscripción: SANTA-MARÍA-DE-LA-ESTRELLA, O-LA-REAL-DE-OYA”,  perseverando esta última sobre la primera o sea sobre SANTA MARÍA DE LA ESTRELLA. Muchos testimonios pudiera aportar en relación con este título; pero bastarame mi palabra de honor, amén de lo que el lector podrá ver en las campanas de nuestra torre parroquial en las que con letras clarísimas y esculpidas en los bronces se lee: SANTA MARÍA LA REAL DE OYA; y si a dicha altura no le llevan las piernas, en la rectoral de esta villa se conserva la escritura de la fundación de la escuela de niños donada por don Juan Cerqueira, racionero prebendado de la S. I. Catedral de Tuy, en cuya escritura se lee textualmente: “Se fundara una escuela para enseñanza de niños en la feligresía de SANTA MARÍA LA REAL DE OYA. Este documento tiene la fecha del año 1701 y que pongo a disposición del curioso lector.

            Hoy, las personas ilustradas ya la denominan con tal título.  

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XXXIII

Abades del Real e Imperial Monasterio.

Cronología abacial.- Después de un recorrido por italianas tierras, departamentos señoriales de Francia, altas montañas de S. Colmado, en Galicia, lugares escondidos de Loureza; después de un pasado de setecientos años que abarcan todo un período de desenvolvimiento religioso, industrial y agrícola, después de 32 artículos-crónicas dedicados a ilustrar a los lectores de más ameno semanario, sobre este desconocido rincón de nuestra amadísima Galicia, bueno es, lector querido, que delante de tus ojos ponga la lista de los abades mitrados que siguieron los destinos del Real e Imperial Monasterio de Oya: Hela aquí

Lista.-

  1.º Abad – Fray Pedro 1.º (Iniciense) desde la Era de 1175 a 1195 (aproximadamente) año de 1137.

  2.º Abad – Fray Pelayo I, desde 1195 a 1201.

  3.º Abad – Fray Gómez I, desde 1201 a 1212.

  4.º Abad – Fray Bartolomé I, desde 1212 a 1215.

  5.º Abad -  Fray Antonio I, desde 1215 a 1220.

  6.º Abad – Fray Pelayo II, desde 1220 a 1224.

(En esta época cambiaron los religiosos bernardos la cogulla negra por la blanca).

  7.º Abad -  Fray Mendo I, desde 1224 a 1230.

  8.º Abad -  Fray Pelayo III, desde 1230 a 1234.

  9.º Abad -  Fray Bernardo I, desde 1234 a 1240.

10.º Abad -  Fray Gómez II, Desde 1240 a 1255.

11.º Abad -  Fray Bartolomé II, desde 1255 a 1273.

12.º Abad -  Fray Pedro II, desde 1273 a 1275.

13.º Abad -  Fray Martín I, desde 1275 a 1277.

14.º Abad -  Fray Alonso I, desde 1277 a 1281.

15.º Abad -  Fray Bernardo II, desde 1281 a 1285.

16.º Abad -  Fray Pedro III, desde 1285 a 1287.

17.º Abad -  Fray Pelayo IV, desde 1287 a 1294.

18.º Abad -  Fray Pedro IV, desde 1294 a 1296.

19.º Abad -  Fray Pelayo V, desde 1296 a 1307.

20.º Abad -  Fray Lorenzo I, desde 1307 a 1315.

21.º Abad -  Fray Juan I, desde 1315 a 1318.

22.º Abad -  Fray Enrique I, desde 1318 a 1337.

23.º Abad -  Fray Pedro Canes, desde 1337 a 1346.

24.º Abad.– Fray Pedro Pérez, desde 1346 a 1357.

25.º Abad -  Fray Alonso II, desde 1357 a 1360.

26.º Abad -  Fray Pedro, desde 1360 a 1370.

27.º Abad -  Fray Tomás I, desde 1370 a 1375.

28.º Abad -  Fray Alonso III, desde 1375 a 1392.

29.º Abad -  Fray Domingo I, desde 1392 a 1408.

30.º Abad -  Fray Gonzalo (Soutiño o Sotiño), desde 1408 a 1421.

31.º Abad -  Fray Esteban Lorenzo, desde 1421 a 1437.

32.º Abad - Fray Esteban de Santa María (solo hay datos de que era Abad en 1438).

33.º Abad -  Fray Antonio Rufo, desde 1439 a 1466.

34.º Abad -  Fray Lucio Benio, desde 1466 a 1470.

35.º Abad -  Fray Martín Cacuas, desde 1470 a 1501.

36.ª Abad -  Fray Moisés Valverde, desde 1501 a 1511.

37.º Abad -  Fray Marcos Ventoso, desde 1511 a 1520.

38.º Abad -  Fray Pedro VI, desde 1520 a 1528.

39.º Abad -  Fray Ángel Dei, desde 1528 a 1545.

40.º Abad -  Fray Antipas Cleo, desde 1545 a 1556.

(Hasta el año  de 1627 no pudieron hallarse datos de los Abades mitrados que hubo en el lapso de tiempo mediado entre las dos indicadas fechas. Solo sabemos que debe ocupar un lugar de preferencia el Reverendo Fray Florez de Simancas, del cual nos hemos ocupado en el capítulo anterior).

41.º Abad -  Fray Tomás Bravo y Mendoza, desde 1627 a 1628.

42.º Abad -  Fray Rafael Calderón, desde 1628 a 1682.

43.º Abad -  Fray Crisóstomo Pinilla, desde 1682 a 1690.

44.º Abad -  Fray Nemesio Rauflul, desde 1690 a 1701.

45.º Abad -  Fray Gervasio Ozores, desde 1701 a 1712.

46.º Abad -  Fray Honorato Pazón, desde 1712 a 1720.

47.º Abad -  Fray Gerundio Santillana, desde 1720 a 1742.

48.º Abad -  Fray Anastasio Gundemaro, desde 1742 a 1755.

49.º Abad -  Fray Samuel Alcedo, desde 1755 a 1762.

50.º Abad -  Fray Atilano Sastre, desde 1762 a 1780.

51.º Abad -  Fray Jesús Armentera, desde 1780 a 1791.

52.º Abad -  Fray Severo Severanito, desde 1791 a 1805.

53.º Abad -  Fray Conrado Gutiérrez, desde 1805 a 1820.

54.º Abad -  Fray Baldomer Zúñiga, desde 1820 a 1824.

55.º Abad -  Fray Lucas González, desde 1824 a 1827.

56.º Abad -  Fray Antonio Góngora, desde 1827 a 1830.

57.º Abad -  Fray Amor Sanchin, desde 1830 a 1833.

La expulsión.- Aquí termina, lector, en el año 33 del siglo XIX, la lista de los insignes abades que rigieron los destinos de una gran comunidad de bernardos de Oya desde la fundación de la Orden Cisterciense. Ahí tienes en esta dinastía los hombres eminentes que tanto esplendor dieron en sus días a la Religión y a la Patria, terminando por sufrir las consecuencias de un destierro por el solo hecho de ser merecedores de una corona que la tierra ni la patria pueden dar: solo el cielo supo recompensarlos.  

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XXXIV

Consecuencias de la desamortización.

 

La expulsión.- Revueltos eran los días que el año 35 de nuestra era corrían por nuestra España. El gobierno de Espartero deseaba cuartos, y esos cuartos debían buscarse en los bienes de la Iglesia. Por eso ni tardo ni perezoso procedió a excogitar un medio que, como uno de esos recursos legales tan en boga en tiempo de los cantonales y afrancesados de última moda le pusiera a salvo su conducta: Las órdenes religiosas son la rémora del progreso; expulsémosles y vendamos sus bienes. Tal era la consigna entre los masones de aquellos tiempos encargados del timón de la navecilla española.

Aprovechando pues la primera ocasión, de las alturas del gobierno, publicase el decreto de expulsión de los religiosos que vestían cogulla en el seno de las comunidades aprobadas por el Pontífice de los pontífices.

Los Bernardos siguieron la suerte de sus colegas, y los frailes de Oya recibieron la orden de evacuar su santa morada tan llena de celestiales encantos. El superior hizo saber a sus subordinados las disposiciones del Gobierno y el deber de la resignación hízoles soportar en silencio aquella nube de tribulaciones que se cernía a sus corazones como una corona de penetrantes espinas.

La despedida.- En vista pues de las disposiciones masónicas los queridos bernardos acordaron darse la despedida, no sin antes celebrar bajo las bóvedas de su grandiosa iglesia conventual, un solemne acto fúnebre por el eterno descanso de sus hermanos fallecidos y cuyos cadáveres sepultados se hallaban en el mencionado templo. Por todo un día con su noche doblaron a muerto las campanas. La comunidad congregose en la iglesia, y los salmos de David, mezclados con lágrimas subieron al empíreo. Los religiosos todos besaron las sepulturas de sus compañeros, y a la una de la tarde del día 28 de noviembre de 1835, los bernardos de Oya con la cabeza baja, humildes los ojos, y acatando reverentes los secretos de la Providencia, siempre sabia y oportuna, rebasaban los linderos de su querido monasterio marchando dispuestos a emigrar a extrañas tierras, donde el odio satánico no soplase con tanta violencia como en la tierra de Covadonga y del Pilar...

Consecuencias.- Muy pronto los pueblos costeros comenzaron a sentir los efectos de la expulsión de los religiosos, las grandes solemnidades religiosos perdieron su brillo tradicional, el órgano, despedazado por revolucionarias manos, dejó de emitir las dulces notas de la melodía eclesiástica, el aroma de las virtudes dejó de percibirse entre los oyenses, pedorneses y demás pueblos ribereños, los grandes infolios de la biblioteca marcharon como papel inútil a las coheterías, los libros cantorales sufrieron la guillotina del fuego, el hambre comenzó a dejar sentir el roce de sus afiladas uñas entre los habitantes de la comarca, los vicios despertáronse al soplo del corrosivo viento del mal social patrocinado por los primeros elementos llamados del orden, el respeto a Dios y a los ancianos fue perdiendo todos sus encantos, las blasfemias hicieron auto de aparición en las bocas de los primeros educandos de las modernas escuelas del liberalismo revolucionario, el respeto a las cosas santas, a la propiedad ajena, a la indisolubilidad matrimonial y a los deberes religiosos fueron mancillándose del ambiente maligno de una España decadente y enervante...

La venta del monasterio.- Como nunca falta un roto para un descosido, allá en tierras madrileñas se hizo la venta del inmueble por la enorme cantidad de ¡¡¡seis mil reales!!! Y el monasterio con todas sus dependencias pasó a ser propiedad de un particular que con solo la venta de dos cuadros del mismo convento, aportó ya los seis mil reales en que al gobierno se lo había comprado. Con saber el lector que algunos monasterios de España fueron comprados con el dinero producido de la venta de los clavos de una puerta del mismo edificio vendido, tendrán sabido para sí la posibilidad de la venta en 1.500 pesetas de la real e imperial mansión cenobita de Oya.

Castigos.- No fueron pocos los que encima le vinieron a los nuevos propietarios; pues el pueblo, entendiendo con esa lógica del corazón, de que la desamortización realizada había sido un atentado legalizado por un gobierno sin conciencia, pareciole oportuno hacer mangas y capirotes, y al caer de una noche invernal entraron al convento saqueándolo de joyas de gran valía, de maderas preciosas y prendió fuego a importantes dependencias.  

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XXXV

Oya contemporánea

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Al lector.- Afligido estarás amigo mío, por verte privado durante tres semanas de la lectura amena que por los puntos de mi pluma brota, referentes a este pueblo llamado con razón REAL SITIO por cuantos conocen su historial. Pero esta aflicción, que tanto penetró en tu alma como en la mía, vengo a sacarte ya. Y así deja de mano otros asuntos para continuar con la lectura de estos articulillos escritos al calor del sol de la Verdad y del entusiasmo... y sin más preámbulos dilata la pupila y clava ya tus ojos en las siguientes líneas.

Los primeros párrocos.- Por si no lo sabes, lector, a partir del año 40 del pasado siglo Oya se desmembró de Pedornes constituyendo feligresía independiente, y puso al frente de la misma un religioso bernardo, Fray Gómez; a éste fueron siguiendo párrocos de tanto valer en las ciencias y en las letras como D. José Ledo, que después de algunos años entre los oyenses, a quienes instruyó en la religión y agricultura, pasó a la parroquia de Vides, donde falleció a consecuencia de un cáncer nacido en la lengua. Es muy de notar que este señor cura ejercía con lucimiento la abogacía y la medicina,  y de ello dan elocuentes testimonios los muchos que en sus cuitas reclamaron sus auxilios. A continuación de párroco tan excelente siguiole en las riendas del gobierno espiritual de Oya un hombre también reputado de grandes prendas personales y un celo no desmentido por la Iglesia de Dios; fue este el actual párroco de Bayona, D. Vicente María Fernández de cuyas gestiones por el bien parroquial y de sus párrocos son elocuentes testigos las grandes compras que hizo para la Rectoral y templo parroquial; él compró una casa anexa a la Rectoral sin la cual, dicha dependencia carecía de amplitud suficiente para hospedar a señores de tanta importancia como ministros de la Corona y prelados de la Iglesia Católica, tales como Maceira, Valero, Hüe, Menéndez Conde y Eijo, con sus imprescindibles familiares y otros acompañantes de estima y alto rango; él fue quien decoró el templo parroquial encintándolo, limpiando las altas y suntuosas bóvedas, construyendo lujosos confesionarios, grandes verjas y las enormes puertas del claustro, sacristía y coro; él defendió los intereses de la Iglesia siempre que la ignorancia de los unos y la mala intención de los otros, quisieron y pretendieron hollar santos derechos. Nueve años estuvo dicho señor abad párroco al frente de Oya hasta que mediante un concurso general de curatos, sintiese favorecido con la villa de Bayona donde actualmente ejerce su profesión espiritual.

Mientras no fue provisto en propiedad mediante nuevo concurso, dirigieron a esta parroquia algunos ecónomos que por el poco tiempo al frente de la misma apenas dejaron memoria de su paso.

Por fin dispúsolo el cielo un nuevo pastor en la persona de D. José García Pintos, de la archidiócesis de Santiago y párroco hoy en Poyo Pequeño (Pontevedra). De este señor, cuyas virtudes nada desmerecen de los anteriores y cuya ciencia ha merecido los mejores elogios de personas sensatas, se conservan anécdotas preciosísimas capaces de hacer reír a los mismos muertos. El que estas líneas escribe y que tuvo la alta honra de visitarle siendo todavía alumno de último año de Filosofía en el Seminario Tudense,  se desternilló de risa con algunos de sus famosos cuentos siempre saturados de gracia y un fondo altamente instructivo para la vida práctica. Después de la ausencia de este señor para Poyo, tomó las bridas del gobierno de esta villa al entonces joven, virtuoso e ilustrado sacerdote D. Juan Pérez Martínez, párroco hoy de Tortoreos (Nieves) quedando tan enamorados los oyenses de su finísimo trato y predicaciones evangélicas, que aún es hoy el día en que se le conmemora con dolor por dejar con su ausencia un vacío difícil de llenar. Pero Dios dispuso las cosas de otra manera y el buen Juan tuvo que abandonar los encantos de Oya por las riberas del Miño, haciéndose cargo de la parroquia de Porto, de la cual salió, mediante lucido concurso para la actual de Tortoreos.

Para llenar el vacío de don Juan deparó el cielo a nuestro pueblo una figura simpática, un chico de modales sociales, un alma verdaderamente grande y de ideales magníficos, fue este, lector, D. Cesáreo A. Vázquez a cuyas gestiones se debe, entre otras mejoras, las instalaciones del Apostolado de la Oración e Hijas de María. Durante el tiempo de este preclaro abad que, dicho sea de paso, lo es hoy de S. Miguel de Oya (Vigo), lo mismo que en los nueve años del gobierno del actual párroco de Bayona, celebráronse en Oya las solemnidades religiosas de más renombre en el Obispado: músicas de las más reputadas de la provincia, orquestas de numerosos maestros cantores e instrumentistas, iluminaciones esplendidísimas, oradores de fama mundial, etc., tomaron parte en tales festividades donde se gastaban miles de pesetas.

Hoy hallase al frente de Oya el actual cronista que, sino reúne las prendas de los anteriores, tiene la alta satisfacción de imitar a todos aun cuando sus esfuerzos no responden en nada a sus deseos: es lema del cronista el “SOLO DIOS BASTA”, de Teresa de Jesús y reírse de tejas a bajo de medio mundo, y ciertamente que no le pesa ni le pesará.

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XXXVI

Monografía de Oya

Confines.- Hallase situada nuestra gentil villa al Suroeste de Galicia entre los 43º 3’ y 4” y los 42º y 3’ de latitud Norte; y los 5º 50’ y 5” de latitud Sur del meridiano de Madrid. Limita al Norte con Pedornes, al Sur con El Rosal, al Este con Burgueira y Loureza, y al Oeste con el Atlántico.

Extensión.- Ocupa Oya una extensión de once kilómetros cuadrados besados en sus extremos por los ríos Lavandeira y Cobos, cuyas aguas descienden rumorosas a perderse en la movible llanura de los mares.

Clima.- Es de lo más sano de Galicia y superior en mucho al resto de España. Las grandes eminencias médicas e insignes naturalistas que permanecieron meses y años entre nosotros, han hecho de nuestro clima los mayores elogios, enviando muchos de sus clientes enfermos de los intestinos, neuralgias, lumbagos, enfermedades cardíacas, neurastenias, etc., a tomar los frescos, puros y yodados aires de Oya con la convicción de hallar pronto remedio a sus males, obteniendo una pronta y segura curación en unos y notable mejoría en otros, de incurables pronosticados.

Producciones.- Dánse en nuestras campiñas los mismos frutos que darse pueden en las más decantadas regiones de España: entre los cereales contar puedes la cebada, el centeno, la avena, el maíz, el mijo, el panizo, etc.; entre las leguminosas apuntar debes las judías, garbanzos, habas, guisantes, lentejas, guijas y altramuces; en el número de hortalizas toma nota de los cardos, apios, alcachofas, acelgas, espinacas, col y escarola, lechuga, esparragueras, pimientos, tomates, melones, sandías, calabazas, pepinos, cohombros alfías y fresas; apunta también entre los tubérculos de estos campos la patata, la pataca, la batata y la chufa; entre los bulbos y raíces cargar puedes con preciosas cebollas, ricos ajos y remolacha, nabos superiores a los de Lugo, zanahorias, chirivías y rábanos; de plantas textiles hay ejemplares sin igual entre los linos, el cáñamo, el algodonero, la pita y el esparto; de plantas tintóreas no falta la rubia, la gualda, el añil y el azafrán; notarás que no escasean plantas medicinales como adormideras, melisas, manzanillas, salvias, lechugas, malviscos, alfalfa, trébol esparceta y suya; entre los árboles cuenta desde luego la vid, el olivo, el naranjo, el almendro, el albaricoque, el melocotonero, el ciruelo, el manzano, el peral, la palmera, la higuera (abundantísima), el avellano, el castaño, el cerezo, la encina, la morera y la haya. Como si esto no fuese suficiente para acreditar a Oya de país productivo cuenta a renglón seguido que hay abundancia de producción en cabras, ovejas, cerdos, gallinas, palomas, pavos, patos, conejos, etc.

Abono.- Los abonos químicos tan alabados y ensalzados por la ciencia no llegan ni con mucho a los abonos que el mar arroja a nuestras playas para las operaciones agrícolas. De la riqueza de estos abonos o sean algas marinas, son testimonios los pueblos de Tomiño, Barrantes, Figueiró, Goyán, Estás, Eiras, ambos Tabagones, Rosal, Salcidos, Loureza, Burgueira... y el mismo condado de Salvatierra que aumentó en un doble su producción de maíz y centeno, por llevar a sus campos las yodadas algas que nuestro mar arroja benigno contra las rocas costeras y el seno de nuestros puertos.

Sépase que al escribir estas líneas más de mil toneladas de argazos esperan lo saquen de nuestro puerto, después de haber sido extraídos otros mil por braceros llegados estos días de los pueblos de la cuenca del Miño.

Se dirá el lector después de posar el azul de sus ojos por estas líneas; ¿Cómo se explica pues la pobreza de este pueblo que por doquier parece llevar el hambre retratada en su rostro? Dispénseme, lector, que te conteste a tal pregunta. Con estarte unos días en nuestra compañía hallarás la clave que te solucionará el enigma.

Establecimientos.- Cuenta nuestro pueblo con seis establecimientos repuestos de lo más selecto que hallarse puede en algunas capitales de distrito; de vinos, licores, surtidos de galletas de finísimas marcas, pasteles, cafés, habanos, grandes mesas de dominó, tute, tresillo, damas, etc., nada falta en dichas casas; los bailes domingueros en los diferentes centros de reunión prestan a los mencionados despachos vida, animación, dinero y no pocos pufos.

Edificios públicos.- Después de la iglesia parroquial y dos capillas de las cuales una está dedicada a S. Sebastián y consagrada la otra al Obispo de Cuenca, S. Julián, cuenta Oya con el edificio del Ayuntamiento o Casa Consistorial sita en la Avenida de Ordóñez. Tiene este edificio cuatro hermosas dependencias, destinada la una a Salón de Sesiones, dedicada la otra a Juzgado Municipal, construida la tercera para Cárcel provisional, y ocupada la cuarta con la Secretaría.

En esta dependencia está instalado el teléfono que pone a Oya en comunicación alámbrica con el mundo entero.

Dos grandes centros de enseñanza, sito el uno en Vista Alegre y dedicado a la instrucción elemental de las niñas de ésta y pueblo de Pedornes, está regentado por maestra tan competente como la actual, doña Lucía Paratcha; colocado el otro en un extremo de la Riña, sirve a la educación moral, religiosa y civil de los niños de esta parroquia y la contigua, regentándola un profesor de tantas prendas como el ilustrado exsargento de ingenieros, D. Ernesto Miguez Rous-Honor.

Paseos.- Los hay para todos los gustos: carreteras amplias, caminos romanos, bulevares en miniatura, conchas del puerto que rememora la de S. Sebastián, calles recubiertas de cemento, centros de caza, jiras al interior de los mares con vistas de las Rías Bajas, repoblaciones forestales.

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XXXVII

Oya industrial

Queserías.- Cuenta nuestro pueblo con una docena de fábricas de queso diseminadas por los cuatro barrios principales. Sabido que los quesos pueden ser hechos de las cremas o natas que se extraen de las leches de vacas, cabras, ovejas, yeguas y burras. Aquí entre nosotros no conocemos más composiciones queseras que las procedentes de la leche de vacas; y danse los manufactureros tal maña en la confección de los mismos, que los quesos de Holanda, los asturianos de bola, los de Chéster (Inglaterra), y otros resultan mocos de pavo en comparación de la riqueza alimenticia y sustanciosa de los quesos de Santa María la Real de Oya. Madrid, Valladolid, Burgos, Valencia, Zaragoza, Coruña, Cáceres, son testigos de esta verdad; y ahí están también en las puertas de nuestra villa pueblos como los de Vigo, Bayona, La Guardia, Rosal, Salcidos, Camposancos, donde los quesos oyenses de tal manera están conceptuados como superiores de los de más fama mundial, que cuando se quiere obsequiar a un amigo con algún objeto digno de aprecio se le mandan media docena de quesitos con la marca de SANTA MARÍA LA REAL DE OYA... y otra que acredite su autenticidad.

Mantequillas.- He aquí otra especialidad de este pueblo. Apenas si hay casa de labrador alguno que carezca de lo necesario para la confección de dichas mantecas, haciéndolas saladas o dulces a petición de la numerosa clientela que suelta una pesetilla y propina por hacerse con un bollito de manteca oyense o de SANTA MARÍA LA REAL, como el alimento más sano y menos indigesto de todos sus similares.

Requesones.- Si te place lector, puedes, añadir a estos preparados de universal fama los llamados requesones o quesos secundarios y en verdad que no tienen boca de enfermos ni de ricos, les saben a sabrosísimo néctar, cual si en dichas preparaciones pusiese la Providencia el gusto que depositó en el maná del desierto.

Serrerías.- Cinco o seis serrerías ambulantes manejadas por diestras manos dan todos los días crecidísimos contingentes de rollo, tablones y tablas que, sendos carros unas veces y en barcazas de ciento a doscientas toneladas otras, marchan destinadas a las fábricas de Camposantos, Vigo, Valencia y Sevilla.

Fábrica de tejas.- Por verdadera incuria cesaron hace contados años, de funcionar dos fábricas de teja superior, contribuyendo a ello la falta de agua, tan preciosa para esta clase de labores.

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XXXVIII

Oya marítimo.

El puerto.- Es el nuestro el mejor de la costa entre La Guardia y Bayona. Entrase a él por un canal que corre bordeando el arrecife denominado El Señal situado en la parte norte de la bocana. Salvada ya ésta, las embarcaciones siguen la dirección del fondeadero que se halla colocado detrás de la rompiente llamada Camboa, y barcos y tripulantes pueden darse por seguros de los peligros a que continuamente están expuestos en el diario bregar con el inquieto elemento, siempre ansioso de hundir en su seno las más opulentas, orgullosas, soberbias y férreas construcciones de la moderna máquina naval.

Dependencias.- Por demás estará decir que tiene nuestro puerto la forma de una inmensa concha, a la que dan fácil acceso desde tierra una carretera recubierta de piedra y cemento que la circunda del uno al otro extremo. En estos extremos háyanse dos rampas suficientemente anchas para facilitar el varamiento de las embarcaciones en los días de tormenta. Una tercera rampa situada cerca del dique norte, más una escalera que arranca desde el sólido murón de la carretera en su parte media completan los accesorios de esta obra que la posteridad sabrá agradecer, como hoy lo hacemos nosotros, a los señores Ordóñez. Dos fuentes, llamadas la una de S. Cosme y la otra del Abad, ofrecen a los labios sedientos del marinero, algacero  o viandante las riquezas de su frescura para apagar la sed.

Construcciones navales.- No son pocas las realizadas en los diques de nuestro puerto. La historia de Oya en sus relaciones con el célebre monasterio, nos dicen mucho respecto a este particular; pues sábese por ella de que cabe los muros del histórico cenobio se han construido barcos de varios tonelajes y formas; carabelas, canoas, lanchones, balandras, corbetas, jabeques, botes y gamelas, aquí colocaron sus quillas las más y sus planchas de madera las otras. Debido a esto son familiares a los hijos de Oya esa terminología o técnica propia solo de los grandes arsenales como los de Ferrol o Cartagena; pues se nos habla como familiarizados con ese tecnicismo de quillas, rodas, codastes, proa, popa, tajamar, cuadernas, yugos, etc.

Y nada de esto es de extrañar para el que haya desflorado algún tanto la historia de nuestra Galicia; pues Oya doce siglos antes que La Guardia era ya puerto de mar con sus grupos de pescadores, con sus cañones para defender las embarcaciones cristianas contra las piraguas de los moros, y enumeración y fijación de las cartas náuticas de los tiempos medioevales para señalar la ruta de las grandes fragatas de aquellos siglos. Y sabido es también que el insigne descubridor Cristóbal Colón buscó a su regreso de América el FONDEADERO DE OYA para poner a salvo La Pinta, una de las tres carabelas que el intrépido marino pontevedrés había llevado en su primer viaje alrededor del mundo.

Ayudantías.- Dos Ayudantías de Marina ejercen sus funciones en nuestro puerto, son estas las de Bayona y La Guardia: desde la punta Langosteiros y hacia el Norte comienza la primera, hacia el Sur funciona la segunda.

Pescas.- El mar de Oya es abundantísimo como ningún otro de toda clase de pescados. Y si de ello os quedase todavía la menor duda, preguntad a las motoras de Vigo y Rías Bajas de donde sacan el pescado que tantos miles de duros le facilita el ingresar en sus arcas, y a una voz os dirán que ¡¡EL MAR DE OYA!!

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XXXIX

Oya militar.

Nuestras fortificaciones.- Más de un lector guiñará el ojo y fruncirá el entrecejo al leer el anuncio del título de nuestra presente croniquilla. Para él tan solo le diré que ya en tiempos de los benedictinos (siglo VIII), era Oya una fortaleza en combinación con los fuertes de Monte-Real (Bayona) y Monte Santa Tecla (La Guardia). Famosa era la batería del Castro (Castillo), situada en el monte del mismo nombre, y no gozaba de menos fama la denominada Plaza de Armas, con sus nueve cañones montados en fuertes cureñas y dispuestos a hacer fuego a las primeras indicaciones del jefe de la fortaleza.

La guarnición.- Dos batallones formados de los mejores mozos nacidos en tierras asturianas, castellanas y gallegas guarnecían los fuertes y vigilaban todo el litoral costero desde La Guardia a Bayona. Estos batallones según se desprende de antiguas crónicas constaban de trescientas plazas cada uno y hallábanse bajo las órdenes inmediatas de los frailes Bernardos que, como es sabido, manejaban con destreza singular la pluma y las armas siendo tan mansos corderos en el claustro como fieros leones en los campos de batalla. Todos los días se hacían prácticas de tiro de cañón y fusilería y no pasaba semana, mes, ni año en que nuestros tiradores, no dieran cabo de algunas piraguas moras que desde los surgideros de las Cíes acechaban el momento propicio para lanzarse a la captura de los correos cristianos que de Portugal y Francia arribaban a los puertos de Galicia, con las buenas o malas nuevas de los principales acontecimientos de las familias reales y otras personas de la alta aristocracia cristiano-europea. ¡Cuántas y cuántas veces el cañón vibró sobre su rústica cureña de añejo roble, guarnecida de preciosos metales, al dar paso a la bala que cual destructor ariete perforaba de lado a lado los cascos de suntuosas y ligeras fragatas moras, que con sin igual osadía penetraban en nuestro puerto para lanzarse luego sus tripulantes al saqueo, a la violencia y al motín! ¡Cuántas veces el fuego del fusil, del mortero, y del pistolón hizo blanco en la gigantesca y deforme cabeza de osado berberisco que flameando en alto el estandarte de la Media Luna, asomábase cauteloso a los muros de nuestros castillos.

Centinelas.- En relación con nuestras fortalezas y guarniciones había las casas (de ellas se conservan importantes ruinas), donde vivían los soldados encargados de vigilar la costa. Dichos centinelas comunicábanse con luces, de tal modo combinadas en las sombras de la noche que el mejor telégrafo o moderno teléfono no le hubiera llevado ventaja alguna en la exactitud y laconismo de las transmisiones.

Carabineros.- Hoy, dicho sea en honor de la verdad, ya dejaron de ser las fortalezas, las guarniciones, y los centinelas, quedando sólo en nuestro pueblo un puesto del Real Cuerpo de Carabineros bajo la comandancia de un cabo.

¡Sie transit gloria mundi!

XL

Oya político-administrativo.

Nuestro municipio.- Aquel pueblo de Oya, que el lector conoce a través de esta líneas históricas; aquel Real Sitio visitado con frecuencia por los Alfonsos, Sanchos, Fernandos, Jaimes, reyes de Navarra, Castilla, León, Aragón, condes de Barcelona y Portugal, y grandes señores de Vizcaya; aquel gran pueblo de donde emanaron despachos reales, órdenes urgentes, hombres de todas las armas, hijosdalgos de toda España; aquel pueblo en fin que ha sido la cuna de un santo como Fernando III y reinas de preclaro ingenio y sólidas virtudes, háyase hoy reducido a la capital de un municipio de tan corto vecindario por la continua emigración de sus habitantes, que apenas si tiene razón de su existencia en las actuales circunstancias de la división política española, debiéndose sólo su razón de ser al capricho de unos cuantos interesados en desconocer las ventajas que tal supresión proporcionaría a los habitantes de la Costa y Monte, que son las dos secciones en que se halla dividido nuestro término municipal.

La Corporación Municipal.- Al igual que todas las corporaciones similares, compónese la nuestra de un presidente o jefe del Municipio, al que damos el nombre de alcalde, y determinado número de concejales. Creo decir verdad que el total de nuestra Corporación está formada por diez ediles, incluyendo el Presidente.

Las sesiones celébranse cada quince días, eligiendo los festivos como los más apropósito para nuestros representantes, cuya vida ordinaria es la del campo. Las sesiones son pacíficas, y si alguno se traslimitase en injustificadas pretensiones, se le haría un hueco tal que recordaría al santo Precursor del Mesías predicando en el desierto.

Parroquias del término.- Háyase en primer lugar nuestra Santa María la Real, con 130 vecinos distribuidos en tres encantadores barrios llamados de La Riña, Chavella y Arrabal. En este último vive lo que en leguaje del día pudiéramos llamar, salvo algunas excepciones,  la crema o élite del pueblo. Atraviésanlo de arriba a bajo anchos caminos de construcciones romanas y en bien mal estado de conservación. Los nombre de Ordóñez, Vicente López, Laurel, Real, Avenida Parroquial, Plaza Consistorial y Bajada al Puerto, indican las municipales vías de comunicación moderna. La prestación personal es el único medio que el Ayuntamiento tiene a su disposición para la conservación de estas vías. Ocupa el lugar segundo S. Mamed de Pedornes, con 91 vecinos en sus casitas blancas que lo hermosean bastante, y dos establecimientos surtidos de los principales géneros de ultramarinos.

Seguidamente a Pedornes háyase la parroquia de S. Miguel de Villadesuso, con sus 90 vecinos, reputada por la más rica y laboriosa de la Costa y de donde parecen haber salido el mayor número de alcaldes que presidieron los destinos de nuestro municipio. A continuación de Pedornes y Villadesuso encuéntrase Santa Eugenia de Mougás, con 75 vecinos, y con su famoso río abundantísimo en truchas. De la otra parte, o sea en la sección del Monte, háyanse las parroquias de S. Pedro de Burgueira, con sus 144 vecinos dedicados en su mayoría a la ganadería y algunos a la usura en los términos más odiosos que concebir puede el más recalcitrante prestamista; se cobran estos buenos señores el ¡¡¡14, 15, 20 y 25 por ciento!!! Sin dar a la Hacienda lo suyo; y últimamente San Mamed de Loureza, con 153 vecinos, ricos frutales, abundantes hierbas, algunos ganados y un cielo triste como una tarde de cerrazón.

He aquí, lector, las siete parroquias que forman nuestro pequeño término municipal, reputado por el segundo entre los más diminutos de la provincia y sin producciones suficientes para cubrir los impuestos del Municipio y gabelas de la Hacienda.

Nuestra actual Corporación.- Fórmanla al parecer hombres llenos de celo a favor de los intereses del municipio que los elevó al desempeño del difícil cargo que se han echado sobre sus hombros, ciertamente que no todos aplauden por igual las gestiones administrativo-políticas de nuestra Corporación, pero ordinariamente los que la censuran lo hacen sin motivo por no darse cuenta de que un ayuntamiento como el nuestro, carece de fuerza ejecutiva en el cumplimiento de sus proyectos. La carencia de un puesto de la benemérita da lugar a que las ordenanzas municipales, arbitrios y disposiciones resulten verdadera letra muerta para la mayoría de cuantos la violan, díganlo por mí los vecinos de Baredo burlándose de los impuestos sobre los arrastres, los del Rosal, Salcidos y La Guardia haciendo mangas y capirotes de los arbitrios municipales mientras que sólo, sólo los de Oya y Pedornes sufren las amenazas de los embargos y sus consecuencias, por pedir que la ley sea para todos.

El escudo.- Consta el de nuestra villa de un castillo sobre un campo azul rodeado de una rama de laurel y terminado por una corona condal.

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XLI

Oya religioso

La parroquia.- A diferencia de otras feligresías cuyas demarcaciones eclesiásticas corren parejas con las limitaciones y confines civiles, nuestra parroquia indica como cosa singular el hacer suyos vecinos de otro Ayuntamiento, como es el del Rosal cuyos habitantes del barrio, denominado Sanjián, reciben los consuelos espirituales de la matriz, que es Oya. Alcanza pues la feligresía de Oya una extensión de nueve kilómetros de litoral bañado por  el Atlántico y que los flanquea por dos puertos tan hermosos como el de Oya y Portocelo, sembrados de embarcaciones pesqueras en las veraniegas estaciones. Dista Oya con su anejo Sanjián 37 kilómetros de su capital eclesiástica, Tuy, y todo el viaje puede hacerse por amplias y limpias carreteras en automóvil o en otro vehículo menos costoso. En tres templos, Santa María la Real, S. Sebastián y S. Julián, puede ejercerse la cura de almas teniendo dos de ellos, Santa María la Real y S. Julián, amplios cementerios donde  pueden hallar cabida cientos de cadáveres, aunque sean más grandes que el de un Alejandro Magno o de un gigante Goliat. Dos sacerdotes tienen sobre sus hombros el peso enorme con que la férrea voluntad episcopal, voluntad superior y siempre acatable, quiso honrarles.

La parte mala de la parroquia.- Casi todos los objetos tienen en pro y en contra, su anverso y su reverso, y la feligresía de Oya no había de ser la excepción de la regla. Existen pues en Oya ateos, materialistas, espiritistas, herejes y no pequeño número de cristianos que solo por el Bautismo se conocen, pues viven y mueren sin la menor práctica religiosa. Ciertamente que los contados disidentes son el hazme reír de la gente de ilustración, y de sus molleras de serrín, acostumbradas de niños a servir de almacén en las escuelas de los palos que se perdían, no brotan sino sandeces peores que las coces de los caballos y mulos in quipus non est intelectos.

La parte buena de la parroquia.- En frente de esta hez, dignísima de toda compasión como merecedora al mismo tiempo del mayor desprecio por su infatuidad, elévase la parte de los católicos prácticos que lo son todos cuantos se distinguen en Oya por lo aristocrático de su nacimiento, por su encantadora educación, por su ilustración intensa, por sus cargos ordinariamente complicadísimos: la medicina, la abogacía, el magisterio, los agricultores científicos, los hombres de honradez, los ejemplares padres de familia, los esposos bien avenidos, los artistas de mejor nota, los más perfeccionados en los trabajos, los literatos de mejor inventiva, etc, todos forman en el contingente de los buenos parroquianos.

Asociaciones religiosas.- Debido a este grandioso elemento de fuerzas vivas y católicas no es extraño que tengan vida, y vida exuberante, amén de cuatro cofradías antiquísimas, las asociaciones de Hijas de María fundada por el P. Rance de la C. De J.; la de San José, debida a la devoción de Francisco J. Pimentel, maestro de escuela que fue de esta villa; y la del Apostolado de la Oración, cimentada por los PP. Conde y Santos cuando la memorable misión del año 1886.

Fiestas anuales.- Se las tienen en honor de la Virgen del Mar, C. De Jesús, Madre del Amor Hermoso, S. Sebastián, S. Julián, S. Cosme y S. Damián, Corpus Christi, Virgen del Carmen, del Rosario y ánimas, y a todas ellas no solamente han concurrido las orquestas más notables, las músicas de más nombre, sino también los oradores de más fama en toda la nación española.

Hubo funciones que han importado ¡1.000 pesetas!

XLII

Hijos ilustres de Oya

San Fernando.- Quieras o no quieras, lector, hay que apechugar con dar a Oya por la patria natal de S. Fernando, el 3.º de su nombre y rey de Castilla y León. Pero por hacerte algún tanto dulce esta impresión, echa de ver, amigo, que allá por los años de 1201 vínose a tierras de Galicia el padre de S. Fernando, el célebre Alfonso IX, rey de Castilla y su segunda esposa doña Berenguela. Conociendo Alfonso que la costa de Oya era harto influyente a la fecundidad de las mujeres, entrose con su esposa en nuestra villa donde a los contados meses, regalole el niño Fernando, quien al rodar de los años fue coronado rey de Murcia, Granada, Córdoba, Jaén, Baeza y Sevilla. En esta última ciudad háyase su cuerpo incorrupto y son tan portentosas las maravillas efectuadas entre los españoles por la intercesión de tan poderoso rey y santo, que los anales de la historia patria llenos están de episodios gloriosos que certifican que valimiento del santo oyese en las alturas de la gloria. En uno de nuestros mejores altares consérvase la estatua de la reina Santa Teresa de León, primera esposa del padre de S. Fernando, y créese que fue mandada colocar en el indicado retablo por orden de nuestro bienaventurado, como recuerdo de las virtudes de la egregia señora cuyos ejemplos practicó su madre doña Berenguela.

Los Villelas.- Entre los acompañantes de Cristóbal Colón en su primer viaje de ruta hacia el Nuevo Mundo, figuran dos Villelas, cuyo nacimiento en Oya está puesto fuera de toda duda. Llamábase uno de ellos Rosendo, y distinguiose por un excelente cartógrafo siendo uno de los más peritos en el arte de la navegación. Decíase el otro Casiano, y era reputado entre sus compañeros de armas y navegación como uno de los más valientes y decididos en soportar los mayores peligros que ofreciese a los españoles un mar completamente ignoto y unos enemigos de arrestos de leones y de destreza en el manejo de la flecha, cuales eran los pobladores del colosal imperio arrancado de las profundidades de los mares. A ambos Villela se les debe el arribo de la goleta “La Pinta” a las aguas de Bayona, salvando así de un naufragio horrible a la tripulación de la misma. El insigne pontevedrés e ilustre marino Cristóbal Colón honró a los Villelas de múltiples condecoraciones. Hoy todavía se conserva entre nosotros el famoso apellido que se extinguirá para siempre en las sobrinas del difunto D. Manuel Villela, vecino que fue del barrio de la Riña.

Vicente López.- Otro hijo de Oya es el que encabeza estas líneas. Con tal nombre se nos recuerda, a los amantes de nuestras glorias aquel niño que buscó en las encantadoras playas de Sevilla el medio de aprenderse a ganar honradamente el pan, llegando a ser el ídolo de un poderoso señor, que, llevándolo consigo a Madrid, siguiole desde allí, al través de los mares, hacia las riberas de Ilo-Ilo para cuya capital filipina había sido nombrado gobernador. El joven Vicente ejerció al lado de su protector el oficio de secretario, y durante sus excursiones por la isla de Panay informose de las condiciones inmejorables del terreno para la producción del azúcar, estableciendo al poco tiempo una hacienda en sitio denominado Ajui. Esta hacienda, bajo sus acertadas direcciones, llegó a alcanzar extensión tanta y a producir azúcar en abundancia tal, que afirman sus amigos que le rentuaba anualmente ¡¡33.000 duros!! Libres. Durante su estancia en Oya, desde que contrajo matrimonio con la reina de su corazón, doña Amparo Estévez, ejerció en varias etapas el cargo de alcalde presidente, siendo su gestión político-administrativa digna de aplauso de todos.

El pueblo de Oya, agradecido, le dedicó una de las mejores calles.

Rafael Álvarez Pérez.- Otro ilustre oyense se pone al alcance de mi imaginación al escribir tal nombre. Rafael, llevado también a las islas de Legazpi, descubrió en un día de ventura, hizo en ellas una grandiosa fortuna con solo dedicarse a la elaboración de los azúcares en la isla de Negros. Contrajo matrimonio con una mestiza simpatiquísima y diole el cielo algunos hijos cuya educación religiosa recibiéronla en el centro docente que los jesuitas tenían establecido en el Pasaje (La Guardia). Calculase en un millón de pesos el valor de la fortuna de Rafael, y aun cuando murió en Filipinas, acordose a la hora de su muerte en dejar a la parroquia de su nacimiento un recuerdo de mil pesetas para las obras más perentorias de templo y rectoral. Sus compatriotas habían puesto en él la esperanza de la redención de foros. Tanto a este señor como a sus hermanos D. Benito, D. Evaristo y primo de ambos D. Manuel González, se debe el disfrute del alumbrado público de que por algunos años gozó nuestra encantadora villa.

Benito Granja.- Es este el nombre de un hijo de Oya, autor de la “Historia de Tuy”.

Resumen.- Con otros hijos predilectos cuenta Oya, más por no dar largas a estas croniquillas, nos abstenemos de seguir adelante. A otro cronista le queda reservado el honor de completar este trabajo.

   

XLIII

Oya pintoresca.

En Primavera.- Sabido es por ti, lector o lectora de mi alma, que este tu amigo ha recorrido en viaje de piedad y recreo las más importantes poblaciones de España, tales como Valencia, con sus huertas repletas de naranjas; Zaragoza, con su Pilar y el coso; Madrid, con sus colosales paseos; Burgos, con su magnífica catedral y su célebre Cartuja de Miraflores; S. Sebastián, con su playa y los renombrados montículos del Ulla y Gueldo. No menos recordarás que hice una excursión por los Bajos Pirineos franceses tomando el tren en Hendaya, visitando S. Juan de Luz, cuya playa es buscada por los aristócratas españoles y burgueses franceses; atravesando por Bayona, de memorable recuerdo por sus excelentes avenidas formadas por el Adur; cruzando por Pau, la histórica y memorable por su suntuoso castillo llamado de Enrique IV, por su puente maravilloso sobre el Gave; y dos grandes alamedas, verdaderas maravillas del arte decorativo; deteniéndome en Lourdes donde la Reina de los Cielos puso el centro de sus amores para con los desterrados hijos de la pecadora Eva. No ignorarás tampoco que en piadosa peregrinación crucé el Mediterráneo arribando en fresca mañana del mes de junio a Civita-Vechia, primer puerto italiano de donde salí con seis mil españoles para Roma en rápido convoy ansioso de besar los pies de aquel venerable anciano cuyas sienes ceñidas de triple tiara, cual corresponde al más grande monarca del mundo; que en dicha ciudad visité iglesias tan suntuosas como S. Juan de Letrán; el templo de San Pedro, que con el palacio anexo del Vaticano, está reputado por una de las ocho maravillas de nuestro planeta, las sombrías Catacumbas, verdadero mundo subterráneo en tiempos de Nerón y Diocleciano; el Coliseo, cuyas minas se conservan cual mudos testigos de la sangre derramada por los miles y miles de confesores del santo mártir del Gólgota; el famoso castelo de Adriano o Santo Ángel, cabe las riberas del Tiber; los jardines y principales vías de la ciudad eterna; y otras poblaciones como Venecia, Génova, Nápoles, etc., etc.

Pues bien este cronista, que acertó a describir escenas tan pintorescas, paisajes tan poéticos, recuerdos de tantos coloridos no se aviene a manejar su pluma, habituada a los resortes y secretos de la literatura, para cantar las bellezas de un solo día primaveral en esta villa de Oya ¿Por qué así? Porque Oya tiene sus particulares encantos, sus singulares bellezas, sus originalidades: Homero, Ovidio, S. Justino, Agustín de Hipona y otros artistas de la palabra, rendirían sus plumas ante las dificultades que ofrece la descripción de un solo día ¡qué digo! De una mañana sola de primavera en la patria natal de Fernando III, El Santo. El sol de Oya, amigo lector es más bonito, siendo el mismo, que el sol de las otras partes del mundo: él sonríe y baila de contento cuando en las mañanas de mayo deja ver su rubia cabellera sobre las crestas del monte vecino, sobre las alturas del Castro;  sube a su cénit rebozándose en el perfume de las flores que, como un inmenso manto de oro, cubren nuestras laderas, barrancos y cumbres, declina hacia el ocaso con todas las señales de un moribundo cuyos últimos latidos son más fuertes que los de la vida en actividad exuberante: es nuestro Sol un Sol sin igual. Otra compañera nuestra es la Luna, la divina Luna, como la llama un poeta, que arrastrando al mar con su continuo rielar las riquezas de su efervescencia y centelleo, forma en sus llenos y menguantes combinaciones tan caprichosas que Oya no parece ser un pedazo de este planeta llamado Tierra sino un cuerpo aparte, un astro separado por Dios para que sus moradores disfruten de encantos no concedidos a los demás mortales. La Vía Láctea y las otras constelaciones que el cielo tachonan, parece una ampliación de este palacio de hadas convertido en tal la fácil ficción de un cantor de la naturaleza. Los montes con su verdor, los arroyuelos con sus diminutas cascadas y diamantinas gotas, los campos con sus fresquísimas mieses, los huertos con sus frutales, las praderas con sus ganados que balan, que rumian, que relinchan, las aves con sus cantos y trinos de muy variantes tonos, el mar con sus embarcaciones de mil formas, las gaviotas con sus graznidos, el aire con su frescura, el ambiente con sus perfumes que le suministran las marinas algas y las flores de los jardines, hacen de Oya, en la primaveral estación, el dorado sueño de los poetas. Esto es Oya panorámica, esto es Oya ideal, esto es Oya real, indiscutible.

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XLIV

Oya pintoresco.

El Verano.- Demasiado sabes, lector, que en todas las partes del mundo que conoces sigue a la estación primaveral la del verano, y por consiguiente a las frescas mañanas primaverales continúan las estivales, a los días templados los calurosos, a las placenteras noches las calientes de junio, julio y gran parte de agosto, más a favor de Oya hizo Dios una excepción como en prueba de su providencial mano sobre este pueblo y sus contornos, queriendo que todo él, suave levemente, sin apenas apercibirlo el más exigente astrónomo, entrase en la estación de los calores no despojándose en nada de los encantos de la reina de las estaciones, de la florida Primavera, verdadera imagen de la juventud alegre y bulliciosa.

En efecto, lector, mientras en las demás partes de Galicia ya cesó en sus cantorías el cuco, aquí sigue recreando nuestros oídos durante todas las mañanas de verano; las mensajeras aves que, cual la golondrina y el negro vencejo, están cansados de correr otras tierras regionales en opuestas direcciones sin aumentar su república, aquí acércanse de día en día nuevas y desconocidas bandadas que abandonando las africanas tierras apresúranse por darnos la enhorabuena y los encantos de su parlería matinal. El Sol de fuego que abrasa y quema el corazón de España y hace sudar el kilo a nuestros gallegos del interior, aquí deleita, despertando el placer del buen vivir de la gente acomodada y endulza con sus cariños al hombre que surca la tierra en busca de sazón: solamente se conoce la hora del mediodía por las brisas marinas que orean nuestros rostros y refrescan  nuestros pulmones, por la altura del Sol sobre nuestro horizonte o por el toque de oración de nuestras campanas; las insolaciones no tienen cabida en nuestros campesinos, el aligeramiento de ropa reputaríase de excentricidad, la sed abrasadora no reza con nuestros labradores. Los montes que de la parte de allá de nuestro municipio parecen haber sentido las caricias del incendio devorador, aquí aparecen lozanos cual si la mano de Dios tuviese empeño en perpetuar su verdor; las retamas que los cubren, los acebuches que los adornan, los dedaleras que los embellecen, las carquejas que los enriquecen, los pinos que los sombrean, los robles que los amenizan, los castaños que al cielo elevan sus copas y al viandante brindan sus frutos, los mil arbustos y plantas que cual la alacranera, aleluya, la alfalfa, la algarroba, el alelí, las alestas, la angélica, el árnica, el arrayán, azafrán, el berro, el bledo, la bocha, etc., etc., de que abarrotados se hallan nuestros montes es el asombro, la estupefacción del botánico, del naturalista, del turista, del poeta, del filósofo y de todo ser que lleva un alma inmortal en su cuerpo frágil y quebradizo. El R. P. Baltasar Merino, ha dicho en su magnífico prólogo a su obra “Flora de Galicia”: “No son únicamente las vegas fecundadas por abundantes manantiales o surcadas de aguas líquidas que afluyen de arroyos o ríos más o menos caudalosos, ni los valles ni las colinas ni cañadas frescas y sombreadas con o sin el concurso de la mano laboriosa del labrador, donde brota y se desarrolla una vegetación exuberante; sino enhiestas cumbres, cuelga y tapiza los abruptos precipicios y se yergue hasta en las duras rocas; pues donde quiera que son conducidos en alas de los vientos, allí encuentran alojamientos una o más semillas y de tan pobre cuna, que en otros países fuera sepulcro, surge vida lozana que embellece las arideces más escuetas”. Así, escribe, lector, de este rinconcito de España uno de los más eminentes botánicos del planeta sublunar.

Nuestro mar, sí, nuestro querido mar de Oya que en días de época invernal hace retemblar los cimientos de la tierra y deja oír el rugido de su furia a leguas de distancia, despertando en los más atrevidos ánimos espasmos de muerte, conviértese en la estación de las sonrisas en un lago caudaloso que recibe en el azul de su superficie con el mismo amor a la gamela imperceptible, la pintarrajeada lanchita, la voladora trainera, la mercante bricbarca, la motora veloz, el pesado galeón, el nadador trasatlántico, el férreo y acerado dreaaugnot y el sutil submarino, lamiendo a todos con su espuma blanquísima, y ofreciendo a los laboriosos tripulantes las riquezas de sus entrañas, el secreto de sus tesoros y los honores de una sepultura superior a los mausoleos de las más suntuosas necrópolis del mundo, incluyendo en este número a las pirámides de Egipto de mundial fama.

Una puesta de Sol, una ocultación de la Luna en nuestro mar ¿Quién hay entre los mortales capaz de describirla?

¡Oh, Oya, siempre superior, siempre hermosa, siempre divina!

 


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