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APUNTES DEL COLEGIO DE LOS PP. JESUITAS DEL PASAXE

(por Joaquín Fernández Gómez)

   Siempre sigo con interés, en “galicia- suroeste”, los artículos que José Antonio Uris Guisantes escribe para este sitio, en su mayoría de corte histórico, de gran interés  y siempre respaldados por una documentación que no deja dudas sobre su veracidad y que se encuentran  a disposición de todos los visitantes de este sitio en la pagina, “PATRIMONIO, ARQUIVO E DOCUMENTACION / ARQUIVO DE JOSE A. URIS GUISATES”, de los cuales espero que el amigo Uris deba estar pensando en publicar un libro con todo este material histórico recopilado y respaldado con tan abundante documentación.

   Voy referirme en este comentario, específicamente a uno presentado hace pocas semanas, que trata sobre  la historia del colegio de los padres jesuitas situado a la orilla del río Miño que conocemos como El Pasaje y escrito paralelamente con la otra historia de este inmueble, como campo de concentración durante los acontecimientos de la guerra civil española del 36.

    Pretendo  con estas líneas, no sólo confirmar lo interesante que significó para mi  la descripción historia que nos relata  Uris Guisantes, ya que desconocía muchas de las informaciones que nos presenta en estas dos entregas sobre dicho colegio, y supongo que igualmente  para aquellos compañeros, que también pasaron  por sus aulas y dependencias en la etapa de nuestras vidas, como estudiantes.

    Voy a realizar  un pequeño ejercicio de memoria, muy personal, de los recuerdos más impactantes que guardo, de mi experiencia  como interno del mismo.

   Aún están muy frescos en mis  recuerdos como estudiante, como debe serlo en todos los de mi generación y anteriores  que aún estamos vivos,  que en materia de enseñanza, sólo había en La Guardia un par de escuelas públicas, dedicadas a la enseñanza de cultura general: el colegio de las hermanas Carmelitas, cuyo primer edificio  todavía se aprecia frente a “El Gallo”, y la escuela de las hermanas Doña Aurora y Doña Laura, como academia de enseñanza privada.

    Estas escuelas, como dije anteriormente, se dedicaban a la cultura en general con distintos matices, pero  hay que destacar que todos sin excepción, estaban dotados con excelentes maestros, que nos permitieron obtener una base de cultura general que no tiene nada que envidiar a la adquirida en los colegios y escuelas con el sistema de enseñanza  de los tiempos actuales.

    Como se puede apreciar, en La Guardia no existía ninguna facilidad para continuar los estudios a nivel de bachillerato o enseñanza media, indispensable para poder optar a una carrera universitaria, una vez terminada la escuela básica.

    La única opción que podía facilitar esta alternativa a aquellos padres que tuviesen el deseo de que sus hijos continuasen estudios de enseñanza media, sin tener que desplazarse a Vigo, y que se lo permitiesen sus medios económicos era  internarlos en el “colegio de vocaciones” San Francisco Javier de los padres Jesuitas, que así se llamaba en esa época, como muy bien nos lo describe Uris Guisantes y ubicado como todos sabemos en El Pasaje.

    Pero aunque las condiciones económicas de nuestros padres fuesen favorables  para cubrir el costo del internado, estos tenían que salvar otros obstáculos, como los de hacer entender a la rectoría de nuestra tendencia hacia la vocación sacerdotal, ya que, como señalo mas arriba, el colegio estaba abierto solo para el FOMENTO DE VOCACIONES, y si los jesuitas no encontraban en los solicitantes a ingreso una mínima predisposición a esa VOCACIÓN para el sacerdocio, la aceptación se dificultaba.

Así que para el grupo de adolescentes que en esas décadas de los años cuarenta y cincuenta, que logramos ingresar, nos hace suponer que nuestros padres debieron dar muy buenos argumentos a la dirección del colegio sobre nuestras inclinaciones religiosas para poder admitirnos  y acogernos dentro de la matrícula de escolaridad.

Documento escolar de Joaquín Fernández Gómez (1950)

Era el año 1950 y con tan solo 9 años de edad ingresé en este colegio, un día comenzado el mes de octubre, conjuntamente con un pequeño grupo de compañeros y amigos que también habían terminado su formación primaria en el colegio de las Carmelitas, todos en edades muy similares a la mía y que habíamos estado en el colegio San José, donde nos alfabetizamos bajo la tutela  de una religiosa también difícil de olvidar, la HERMANA FELISA, mujer que recuerdo por su fuerte carácter, y en especial por una tremenda bofetada que un día me dio, tan fuerte que se me quedó grabada en mi memoria de forma tal, que todavía puedo visualizarlo y sentir aquel  impacto como si hubiese sido hoy. No tengo recuerdo de la causa de la misma, debía tener unos 5 ó 6  años.

Retomando el tema que nos ocupa, este pequeño grupo fue aceptado en el colegio del Pasaje, y a pesar de que solamente impartían clase hasta el tercer año, los siguientes tendríamos  que continuarlos en otro centro, de los mismos jesuitas, situado en Carrión de los Condes, siempre que detectaran nuestra vocación religiosa.

Por aquel entonces el bachillerato, o enseñanza media en España, constaba de 8 años, razón por la que se tenía que empezar a tan temprana edad en un curso que se le denominaba INGRESO, y que seguía completándose con los 7 años consecutivos del bachillerato. Dos años después de haber comenzado, el gobierno español cambió el sistema de la educación media reduciendo el bachillerato a 4 años y  reválida, para continuar con 2 más de preuniversitario para los que deseasen continuar en la enseñanza superior. Este cambio obligó a que tuviese que repetir el primero o segundo año, ya no recuerdo muy bien, para ajustar en algo mi edad, en concordancia al nuevo sistema, ya que de otra manera terminaría el cuarto a los 13 años.

Este curso de ingreso era prácticamente un refuerzo de los estudios de cultura general que ya se habían adquirido en el centro docente de donde venía, y continuar, tras aprobar, con el primero de bachillerato, el cual, según recuerdo muy bien y lo pueden confirmar todos los compañeros que ingresamos juntos, entre sus muchas asignaturas dábamos, idiomas, además de la gramática castellana, el latín y el francés, sin olvidarnos de las clásicas, matemáticas, ciencias y las obligatorias, la religión y LA POLITICA, la cual en el caso de esta última señalada, se dedicaba a enseñar la historia, trayectoria y filosofía de la FALANGE ESPAÑOLA. Todas en aquel momento eran  imprescindible aprobarlas para poder pasar al curso siguiente.

Pero  mis recuerdos del colegio no son solamente estas vivencias de tipo escolar que menciono. Hay otros recuerdos que han quedado imborrables en la memoria.

Puedo recordar perfectamente, que se nos tenía vedada la entrada a unas áreas en ruinas que allí existían  Era lo que quedaba, como consecuencia de lo que había sido un campo de concentración unos años antes, durante la guerra civil y que con tantos detalles nos describe Uris Guisantes en el artículo que mencionamos con anterioridad.

El tema de la guerra era un “tabú” para todos, en aquellos años, inclusive a nivel familiar, y en especial, para los que nacimos durante o cerca de  su finalización en el año 1939; sólo escuchábamos tímidamente, algunos comentarios al respecto.

A esa edad, y por ser niños, las informaciones al respecto llegaban parcializadas, de lo que trascendía de los escasos  medios oficiales como la Radio Nacional de España, el NODO, en el cine, o por los falangistas del patio, que tenían un local donde, como niños al fin que éramos, inconscientes de lo sucedido unos años atrás, veíamos en los salones  del “Frente de Juventudes”apéndice de La Falange,  un medio para poder  divertirnos un poco jugando ping pong, compartiendo con los amigos o aspirando a poder optar a uno de los campamentos veraniegos que organizaba la institución, de los cuales hasta en eso los niños y jóvenes de La Guardia de aquellos años no teníamos mucha oportunidad.

Pero volviendo al tema del colegio, decía que a pesar de las prohibiciones para entrar en esas áreas, como niños inquietos y con la natural curiosidad, al fin, lo hacíamos y no he podido olvidarme de la impresión que recibí la primera vez que me adentré en aquella zona en ruinas, donde pude apreciar en sus paredes infinidad de escritos, de las personas que tuvieron que haber estado allí encerradas.

Reconozco que me impresionó, pero no entendía el porque de aquello. No había nadie que nos explicase lo que había sucedido, o cual había sido la causa de haber convertido aquel colegio en prisión, quienes eran esos hombres que habían dejado aquellos escritos en las paredes, que había sido de ellos, y continuábamos con nuestras vidas de estudios y juegos sin darle más importancia.

Alumnos de Segundo Año: 1. Julio Pazos, 2. Américo Vicente, 3. Fernando López, 4. Joaquín Fernández, 5. Agustín Lomba, 6. Manolo Portela, 7. Javier Carrero, 8. Víctor M. Rodríguez, 9. Fernando Sierra, 10. Florentino Urgal

Entre otros recuerdos, no se me puede olvidar la disciplina casi militar que teníamos, la instrucción religiosa, debiendo asistir todos los días, a las 8 de la mañana, a misa, rezar el rosario y las novenas, comulgar y confesar frecuentemente; las visitas al padre espiritual, las clases de religión, los horarios rígidos, las horas de estudio en silencio sepulcral, los paseos de los jueves, día de descanso, por la orilla del río hasta el molino, el método de enseñanza que era de que “LA LETRA CON SANGRE ENTRA”, por eso había que “empollar” los libros, para poder pasar los exámenes y los tremendos castigos por supuestas faltas de disciplina en las clases que practicaban algunos religiosos, como darnos con una regla en la punta de los dedos o poniéndonos en la humillante postura de rodillas por mucho tiempo mirando hacia la pared delante de todos los compañeros.

Tampoco puedo olvidarme de los famosos EJERCICIOS ESPIRITUALES que teníamos que realizar durante tres días todos los años, y donde además de practicarlos en completo silencio, nos traían a unos predicadores, que nos impartían enseñanza religiosa basada en presentarnos  la teoría religiosa de un Dios represivo que nos mandaría a un infierno terrible donde nos consumiríamos en las llamas por la eternidad y entre los demonios, para pagar por  NUESTROS PECADOS, que podían ser, no ir a misa algún domingo, decir mentiras o comernos un chocolate sin permiso, y no más de ahí.

Aquello era un perfecto lavado de cerebro, lo que se nos estaba haciendo, y no puedo negar, en mi  caso, del miedo que tenía cuando llegaba la hora de irme a la cama, por lo impresionado que quedaba, recordando lo escuchado de  aquellos  señores de la prédica, sobre lo que  nos habían sermoneado durante el día con un dramatismo digno del mejor actor, sobre el pecado, el demonio y las calamidades  del infierno. Claro, de esta manera no había más remedio que portarse  bien.

Recuerdo el silencio que existía en aquel lugar, sobre todo por las noches donde podía escuchar en los pinares cercanos, sonidos de los búhos y lechuzas, pero sobre todo me impresionaba el ruido que producía el paso del tren por Portugal a la altura de Caminha,  el cual aumentaba, al cruzar por el puente de hierro al acercarse a la estación, y que se unían  con sus estridentes pitidos que salían resoplando y lanzando al aire una enorme humareda blanca de vapor, procedente de su máquina, todavía alimentada por fuego y agua. Parecía que pasaba debajo de nosotros.

Los años escolares comenzaban a primeros de octubre y terminaban finalizando junio,  por eso hay algo que tampoco puedo olvidar, la cantidad de frío que pasaba y los desesperantes sabañones, con su secuela de llagas que me dejaban en las manos.

En el colegio no había calefacción, así que clases, horas de rezos, horas de ducha, comedor y dormitorios, todo era a la temperatura ambiente.

También  recuerdo cuando en horas del día, mientras estábamos en tiempo de estudio,  en esa tranquilidad y silencio que se vivía, sentíamos los motores potentes de las gabarras desplazándose desde muy lejos, cuando hacían su recorrido por el río transportando madera para los aserraderos. Recuerdo dos embarcaciones que atracaban  periódicamente en el muelle del Pasaje, el Satrústegui y el Chacartegui que comparados con los barcos de pesca de La Guardia de aquella época, nos parecían inmensos.

 La comida era suficiente, basada en potajes primordialmente de gran valor nutricional, siendo para nosotros un manjar los días que en la cena y dos veces por semana, nos preparaban una  leche frita muy sabrosa, a lo que llamábamos zeppelines aunque no recuerdo por qué  le pusimos ese nombre.

 Tampoco puedo olvidarme de los paquetes que les llegaban a los alumnos de fuera de La Guardia, que les enviaban sus padres, pues los había de todas las provincias de Galicia, con buenos chorizos caseros, latas de leche condensada  queso, pan y chocolate.  Reconozco que muchas veces se me iba la vista a esos “manjares”.Eran aún años de mucha escasez. La única diversión era jugar fútbol, el cual practicábamos en los dos campos que tenía el colegio y también jugábamos en el del Codesal.

Es decir que ese colegio con su férrea disciplina y vida tan sacrificada con escasas comodidades, dejó sin lugar a dudas profundas huellas en mi  formación en  unos años en los que aun deberíamos estar recibiendo el calor del seno del hogar en lugar de estar en un internado con unas condiciones que más se parecían a las de un cuartel militar que a las de un colegio.

 Eran otras épocas, hay que reconocerlo, otras formas de ver la vida, con un sistema de gobierno que daba las pautas sobre este criterio, basado en la disciplina férrea y donde la iglesia era su mejor aliado y donde no existía el derecho al reclamo o queja.

Claro,  ninguno de los que tuvimos el privilegio, pues hay que llamarlo así porque lo era en aquella época, de tener acceso en La Guardia a realizar los estudios de enseñanza media, pudimos terminar el bachillerato en el colegio de El Pasaje, y su finalización es otra historia a contar, lo cual tal vez en algún momento lo haga.