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Manolo Lomba (Lombita) en los recuerdos de Joaquín Fernández

por Joaquín Fernández

La vida, para los que nacimos a comienzos de la década de los años 40,  del pasado siglo, no fue tan generosa como en los tiempo actuales, ni siquiera teníamos la oportunidad para desarrollar virtudes o habilidades que la naturaleza les proporcionaba a algunos.

Así le pasó a Manolo Lomba (Lombita), este apreciado y recordado amigo,  quien  a muy corta edad  queda huérfano de padre y no le queda más remedio que aprender el oficio de zapatero, para poder ayudar a su madre y hermanos, teniendo que  instalar un taller de reparación de calzados en el bajo de la casa donde vivían, en pleno atrio de la iglesia y frente a la puerta principal, cuando  su verdadera vocación era y es la música. A Manolo, lo llamábamos cariñosamente sus amigos adolescentes “Lombita”, posiblemente por su baja estatura,  característica de la mayoría de nuestra generación, tal vez como consecuencia de la escasez y estrechez de todo tipo que tuvimos que pasar los que nacimos  y crecimos en esa difícil y dura época, por eso  al llegar a la edad de hacer el servicio militar,  la talla que teníamos para poder entrar, era alcanzada  “por los pelos” nunca algo tan bien dicho, salvo aquellos pocos, que genéticamente heredaban mayor altura.

Esta zapatería, además de centro de reparación de calzados, algo necesario para cualquier familia en aquellos difíciles años, que le proporcionaba trabajo constante, se convertía también en lugar de tertulia de este grupo de estudiantes, con edades promedio de 15 años y entre los que me encontraba.

Estos estudiantes para tratar de terminar el bachillerato por libre, estudiaban con aquel buen hombre y excelente persona y maestro siempre bien recordado, don Nicolás Gutiérrez Campos, que por su vocación para la enseñanza, hacia lo indecible por lograr que algunos jóvenes pudiésemos tener la oportunidad de prepararnos  para hacernos al menos bachilleres, en un pueblo donde en por entonces, no había facilidades para los estudios de enseñanza media.

Con los libros bajo del brazo, este pequeño grupo recalaba gran parte del día, en esa zapatería de Lombita, la cual quedaba a mitad de camino entre  los puntos donde se recibían las diferentes clases impartidas por otros profesores que daban apoyo a Don Nicolás

Allí, se conversaba de todo, al estilo de un club social, tocando temas que iban desde el fútbol,  las películas que se proyectaban en el cine y las restricciones que les ponía la censura, pasando por otros  temas, como el de las asistencias a las distintas fiestas de la comarca,  sobre las chicas guapas del momento y de aquellas que más gustaban a cada uno, o de la que más se dejaba  apretar bailando,  o de la que ponía la “palanca” en el hombro para no dar oportunidad a un acercamiento “peligroso”, siendo también esta zapatería, el lugar de espera  para que cuando llegase el medio día, subir corriendo a la torre de la iglesia a tocar las  campanadas que marcaban las 12 del día o para ayudar a tocar al sacristán Florindo, cuando había un repique  posterior, como consecuencia de ser víspera de alguna festividad religiosa.

También era el mejor lugar para fumar los primeros “pitillitos” a escondidas de la familia, algo que nos estaba totalmente prohibido. Además, y en vista del buen ambiente juvenil que había a diario, de vez en cuando aparecía por allí una moza que conocíamos en esos años como “a Bomba”. Por todo esto le llegamos a poner  a la zapatería, como la  “VASA” “vagancia absoluta sociedad anónima”.

Lombita entraba en las animadas  conversaciones como el que más, pero no descuidaba su trabajo, pasando incesantemente  la subela a las suelas de los zapatos o la aguja para coserlas, entre otras tareas,  para finalizar con su limpieza, dejándolos brillantes y como nuevos, lo cual  era motivo de que siempre sus manos estuviesen muy manchadas de tinta.

Pero esas manos inquietas, a pesar de estar en constante acción, por  muchas horas de trabajo muy fuerte, todavía le quedaban fuerzas para que en su tiempo libre, fuesen utilizadas haciendo aquello que más le gustaba, tocar la bandurria.

Así fue Manolo, incursionando en el arte musical, en una época en la que no existían lugares en A Guarda, para aprender música o para aprender a tocar algún instrumento, cosa que sólo se hacia aprendiendo con algún amigo o familiar, muy distinto a los tiempos actuales, donde en este mismo pueblo hay todo tipo de facilidades para todo, llegando muy pronto, con otros amigos que cultivaban también la música, a formar un grupo musical, que bautizaron con el nombre de “Los Bambinos,” tal vez porque en esos años, a finales de la década de los 50, la música italiana era muy popular y nos gustaba mucho a los adolescentes de esa época.

Para completar este reportaje de recuerdos y afecto a este apreciado amigo, adjunto una foto que le tomé en el año 1966  en la cual se le puede ver con su primera hija en brazos.

Por todo esto, me da gran satisfacción saber que ese recordado amigo, continúa haciendo  lo que mas le gusta,  la música.