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Conferencia centenario de la Sociedad Pro-Monte Santa Tecla

Los indianos en la Sociedad Pro-Monte

Centro Cultural da Guarda, sábado 29 de septiembre de 2012

por Joaquín MIGUEL VILLA ÁLVAREZ

  

El presidente fundador Manuel Lomba Peña. (Óleo existente en el Hospital Auxilio Mutuo de Puerto Rico)

 

Estamos hoy aquí reunidos para conmemorar el centenario del nacimiento de la Sociedad Pro-Monte Santa Tecla, una asociación de guardeses que cien años atrás, en 1912, se propusieron la mejora y progreso del monte que presidía su pueblo, y que al hacerlo transformaron para siempre, no sólo el monte sino la personalidad de la propia villa de A Guarda. Gran parte de lo que hoy es y representa esta pequeña localidad del extremo Sur de Galicia se lo debemos a ellos. Justo es, pues, recordar quiénes fueron aquellos hombres y cuál fue el legado que nos dejaron.

 

LA FUNDACIÓN (1912)

 

Corría el mes de junio del año 1912 cuando, tras finalizar en la ermita del monte la celebración del lunes de Pentecostés, tres de sus asistentes –el farmacéutico Julián López García, el indiano Manuel Lomba Peña y el sacerdote José Pedreira Sobrino–, sentados bajo los cobertizos del recinto de la capilla conversaban sobre el deplorable estado del santuario y la indiferencia de la gente hacia las prácticas religiosas del monte. Fue en esa charla cuando surgió la idea de crear una asociación que tomase a su cargo la restauración de la ermita y evitase el naufragio de unas tradiciones que se habían perpetuado a través de los siglos. Además, dicha asociación podría encargarse también de repoblar y hermosear el monte. Se formó entonces una Comisión Organizadora que se puso a trabajar durante todo el verano para darle forma a la futura entidad. Su tarea principal fue la elaboración de un Reglamento así como la divulgación de la idea.

 

            Conscientes de que el mayor potencial económico y social de A Guarda se hallaba entonces en Puerto Rico, esta Comisión Organizadora nombró a su vez una Comisión Auxiliar para Puerto Rico formada por cuatro distinguidos comerciantes guardeses en aquella Antilla: Avelino Vicente González, Ángel González Sobrino, Roque González Sobrino y José María Lomba Peña. Estos guardeses no sólo acogieron con entusiasmo la idea fundacional, sino que inmediatamente se pusieron a captar socios entre la colonia guardesa de Puerto Rico y otros españoles de la isla.

 

Finalmente, el 29 de septiembre de 1912, esto es, tal día como hoy hace exactamente 100 años, tuvo lugar en el salón de plenos del Ayuntamiento de A Guarda la fundación de la Sociedad Pro-Monte Santa Tecla. En ese acto se aprobó por unanimidad el Reglamento, en cuyo artículo primero se establecían los cinco fines de la Sociedad:

 

1º. Conservar y mejorar los edificios y obras anexas al santuario.

2º. Fomentar las solemnidades del culto en los días de jubileo, y especialmente el Voto.

3º. Construir un camino cómodo que dé acceso a la cumbre del monte.

4º. Fomentar el arbolado en el monte.

5º. Fomentar cuantas otras obras y reformas se crean necesarias.

 

            A continuación el industrial de la localidad Constantino Candeira realizó otras dos propuestas que también fueron aceptadas por unanimidad:

 

1º. Que la futura sociedad realizaría estudios arqueológicos en el monte, atendiendo a la conservación y restauración de los restos que afloraban en su superficie.

2º. Que al cabo de un año se celebraría la fundación de esta Sociedad con una visita al monte a cargo de las familias de los socios.

 

            Así fue como los cinco fines del Reglamento unidos a las dos propuestas de Candeira se convirtieron en los objetivos centrales de la Sociedad Pro-Monte Santa Tecla en toda su historia. Se iniciaba así la andadura de una apasionante aventura que iba a marcar un antes y un después en la historia de A Guarda. Y es que, a la vista de su legado, la Pro-Monte fue una de las mayores empresas colectivas protagonizadas por los guardeses en toda su historia.

 

Pero antes de conocer cómo se gestó ese legado, conozcamos primero a las personas que lo forjaron.

 

LOS DIRECTIVOS

Socios y directivos de la Sociedad Pro-Monte hacia el año 1918. (Fotografía cedida por Antonio Martínez Vicente)

 

En la asamblea fundacional del 29 de septiembre de 1912, se procedió a la elección de la Primera Junta Directiva, recayendo el nombramiento en las siguientes personas:

 

Presidente:      Manuel Lomba Peña

Tesorero:         José María González Cividanes

Secretario:       Pacífico Rodríguez Rodríguez

Vocales:          Julián López García

                        Vicente de Vicente Vicente

                        Prior de la Hermandad del Clamor (vocal nato)

Suplentes:       Constantino Candeira González

                        Antolín Silva Vicente

                        César Troncoso González

 

            Estos primeros directivos no eran unos guardeses cualquiera sino una selección de lo más granado de la sociedad local. Allí estaban cuatro indianos puertorriqueños (Manuel Lomba, Vicente de Vicente, José María González y Antolín Silva), el médico más famoso de la localidad (Pacífico Rodríguez), el principal propietario de tierras (César Troncoso), el principal industrial (Constantino Candeira) y un farmacéutico e intelectual (Julián López). Y un dato fundamental: iniciaban esta empresa en la plena madurez de sus vidas con una media de edad de 53 años. A ellos se les unirán después otros individuos de peso en la localidad, destacando siempre la enorme presencia de los retornados de la isla de Puerto Rico. De los directivos que hubo en los primeros tiempos de Pro-Monte, el 56 por 100 eran indianos puertorriqueños. Todos ellos gozaban de condiciones propicias para esa tarea: tiempo y dinero; pero también prestigio social y solvencia, unos valores que sin duda transmitieron a la propia institución. Se puede decir pues que los dirigentes de Pro-Monte eran una selección de la burguesía local de la época, capitaneada por su sector más dinámico y vital: los emigrantes retornados del comercio de Puerto Rico.

 

Este elitismo de los cuadros dirigentes no era garantía alguna de éxito; más bien al contrario. Es muy importante señalar que la Pro-Monte germinó porque existió un líder capaz de impulsarla: Manuel Lomba Peña. Estamos ante un brillante hombre de negocios que entre 1902 y 1907 había liderado a los españoles de Puerto Rico en un momento extremadamente delicado: los años posteriores a la pérdida de la soberanía como resultado de la derrota en la guerra de 1898 y la posterior invasión militar. Su actitud diplomática hacia las nuevas autoridades norteamericanas fue fundamental para la conservación del status socioeconómico del poderoso grupo español. Una vez en A Guarda, el liderazgo de Manuel Lomba Peña fue también indiscutible, y los hechos demuestran que logró cohesionar, entorno a su persona y en la consecución de aquel fin, a una gran parte de la clase media y alta de la sociedad guardesa.

 

LOS SOCIOS

Socios y directivos de la Sociedad Pro-Monte en el año 1928. (Fotografía cedida por Antonio Martínez Vicente)

 

            En cuanto a los socios, en la primera época de Pro-Monte sólo el 42 por 100 residía en A Guarda, lo que significa que más de la mitad de la masa social estaba fuera de la localidad. El otro gran bastión era la isla de Puerto Rico con un 36 por 100 de los asociados. Bien retornados de aquella isla bien residentes en ella, al menos un 47 por 100 de los socios de Pro-Monte fueron en algún momento emigrantes a Puerto Rico. Se puede decir, por lo tanto, que estamos ante una sociedad estructurada a ambos lados el Atlántico. Y al igual que sus dirigentes, la gran mayoría de estos socios pertenecían a los estratos medios y altos de la sociedad de la época. El elemento popular estaba, pues, totalmente ausente del proyecto de Pro-Monte. Eran los años centrales del agrarismo en A Guarda y su comarca, y de su cruzada contra los foros. Dedicar cinco pesetas de cuota anual a sufragar una actividad sociocultural era algo impensable para el campesinado, los obreros o los marineros de aquella época; independientemente de las gigantescas distancias sociales que les separaban de los patrocinadores de la Sociedad Pro-Monte.

 

LOS INGRESOS.

 

            Al referirnos a los ingresos de la Sociedad Pro-Monte, éstos tenían la siguiente procedencia:

 

-          Un 25 por 100 pertenecía a las cuotas de los socios. La cuota social era de 5 pesetas anuales y en Puerto Rico de 1 dólar que, al cambio de entonces, equivalía más o menos a la cuota en España.

-          Un 28 por 100 correspondía a subvenciones públicas.

-          Y el 47 por 100 restante, esto es, la mitad del presupuesto, se cubría con donativos de particulares, destacando en esta faceta de nuevo los guardeses residentes en Puerto Rico con el 44 por 100 de dichas ayudas.

 

Esta dependencia crónica de los donativos suponía una constante precariedad presupuestaria lo que hacía de Pro-Monte una entidad económicamente deficitaria para los fines que pretendía alcanzar. Conocedores pues de esta dura realidad, se puede ver ya con otros ojos y valorar aun más si cabe la inmensa obra que logró forjar la Sociedad Pro-Monte Santa Tecla, la cual pasamos ahora a repasar.

 

LA RESTAURACIÓN DE LA ERMITA (1913-1914)

 

            La restauración de la ermita de Santa Tecla y edificios aledaños se realizó entre 1913 y 1914, y fue la primera obra de Pro-Monte. También se restauró la conducción de agua desde la fuente de Santa Tecla –llamada «fonte do ermitán»– hasta la fuente situada al inicio del antiguo vía-crucis. El artífice de estas obras fue el filántropo guardés de Nueva York José Manuel Andreini Verde. Con la ermita ya rehabilitada, en el verano de 1915 se restauró la «casa dos cregos», incorporándole un tejado de piedra.

 

EL INICIO DE UN NUEVO VÍA CRUCIS (1924)

 

En 1924 se inició la construcción de un nuevo vía-crucis de carácter artístico, una idea planteada dos años antes por el fundador Julián López García. El encargado de materializar la propuesta fue el presidente Manuel Lomba Peña quien eligió para ello al artista Julio Vicent Mengual. Así fue como en 1924 se hizo la primera estación –«Jesús ante Pilatos»– consistente en un medallón de bronce de medio relieve. La cruz de piedra la esculpió el maestro cantero Sebastián Pérez Carneiro. La segunda estación se haría ya cinco años más tarde, en 1929, y el resto en la década de 1930. Es importante señalar que el antiguo vía-crucis no desapareció, conviviendo hasta hoy con el de la Pro-Monte.

 

LA REPOBLACIÓN DEL MONTE (1912-1919)

 

Otro gran objetivo fundacional, la repoblación del monte, se realizó entre 1912 y 1919. Su gran protagonista fue el ingeniero de montes Rafael Areses Vidal, natural de Tui. Las primeras plantaciones se realizaron entre 1912 y 1914, en «Campo Redondo» y la cara norte del pico San Francisco. Se produjo entonces, en 1915, al único episodio de resistencia popular a la repoblación, protagonizado por los labradores de Salcidos ante el temor de perder la propiedad del monte vecinal. Para vigilar las plantaciones se consiguió el nombramiento de un guarda forestal, el guardés Antonio González Martínez, del servicio forestal de la provincia.

 

En los años 1915, 1916 y 1917 se celebraron tres fiestas del árbol con el objetivo de involucrar a los niños en la repoblación, y para fomentar en ellos una futura conciencia cívica basada en el amor y el respeto a los árboles. Detrás de esta iniciativa estaba el secretario Pacífico Rodríguez.

 

En 1918 se instaló un vivero en el propio monte, por debajo de la fuente nueva, cerca ya del campo de Chans. Desde allí se hicieron, en los años 1918-1919, las últimas plantaciones, en su mayor parte de eucaliptos.

 

            En 1919 la Sociedad Pro-Monte dio por terminada la repoblación, y entre 1920 y 1925 se edificó en «Campo Redondo» una casa forestal con el objetivo de facilitar las tareas de vigilancia y control, pasando el guarda a residir en ella con su familia. Los planos los aportó Rafael Areses, y el maestro de obras contratado para su construcción fue Baldomero Rodríguez.

 

LA CARRETERA (1913-1916)

 

La carretera de subida al monte se realizó entre 1913 y 1916, y el contratista encargado de la obra fue Julián Belio. Su trazado –desde las «Coutadas» (donde se encuentra el actual centro cultural) hasta el lugar de «Campo Redondo» (la explanada donde se ubica la casa forestal)– fue realizado en julio de 1913 por el ingeniero forestal Rafael Areses. En agosto se inició en «Campo Redondo» la roturación del terreno por el que iba a discurrir la carretera, lo que quiere decir que dicha roturación se hizo de arriba abajo. En septiembre se empezó la construcción de la carretera, esta vez de abajo para arriba. Un año después, en julio de 1914, la carretera estaba prácticamente rematada.

 

Al año siguiente se prolongó la carretera hasta los pies del viejo púlpito de piedra, lugar donde se realizó una explanación. Así pues, en 1915 la carretera de subida al monte terminaba en una hermosa explanada cerrada por un muro, la cual fue bautizada al año siguiente como Plaza de Mariano Ordóñez tras la visita que este diputado realizó al monte en julio de 1916.

 

En el año 1915 también se colocaron bancos de piedra en lugares estratégicos donde poder descansar y contemplar las hermosas vistas. Debió ser entonces cuando se construyó el Mirador Areses.

 

En el año 1916, tras corregir algunas deficiencias en varias curvas, la directiva de Pro-Monte daba por rematadas las obras de construcción de la carretera.

 

Diez años después, en 1926, se colocaron dos hermosas columnas de granito en el arranque de la carretera indicando el punto por donde se subía al monte.

 

LOS SENDEROS.

 

            Concluida la construcción de la carretera de acceso a la cumbre, la Pro-Monte inició una nueva fase en la infraestructura viaria del monte: la apertura de varios caminos y senderos, trazados también por el ingeniero Areses. Uno se había hecho ya en 1913 aunque la mayoría se realizaron entre 1917 y 1918, y otro más ya en 1921.

 

LA URBANIZACIÓN DE LA CIMA (1915-1921)

Urbanización de la cima del monte Santa Tecla en el año 1921. (Fotografía cedida por Eduardo Martín Goyás)

  

Tal vez la aportación más original de la Sociedad Pro-Monte fue la urbanización de la cima, la cual se acometió entre 1915 y 1921 con la construcción de plazoletas, miradores, escalinatas y terrazas. La importancia de estas primeras obras es enorme pues conformaron la fisonomía que hoy tiene la cumbre del monte Santa Tecla.

 

            Como vimos en 1915 se hizo la Plaza Mariano Ordóñez, justo al pie del púlpito, siendo el remate de la carretera de subida al monte.

 

            Centrando nuestra atención en el Pico del Facho, en 1917 se hicieron las escaleras nuevas que remataban en el Mirador Manuel Lomba. Debió ser por entonces cuando se construyó el mirador Candeira, al lado derecho de las escaleras antiguas.

 

            En lo que se refiere al Pico de San Francisco, en 1918 se abordó la construcción del primer tramo de la escalinata al santuario, el comprendido entre la plaza de Mariano Ordóñez y el púlpito. Ese año se construyó también, al lado izquierdo de esa escalinata, la Plazoleta de la Sociedad Pro-Monte, costeada por un socio que quiso permanecer en el anonimato. Hoy en día ya no existe.

 

            En 1921 se llevó a cabo el arreglo de la explanada frente al púlpito y se iniciaron los trabajos del segundo tramo de la escalinata al santuario.

 

            Un año antes se había hecho una escalinata de subida al pico San Francisco que concluía en una plazoleta bautizada en 1922 con el nombre de plaza Manuel Ángel.

 

LOS PRIMEROS DESCUBRIMIENTOS ARQUEOLÓGICOS (1913-1926)

Excavaciones arqueológicas del año 1914. (Fotografía cedida por Álvaro Martínez Carrero)

 

            Esta es sin duda la obra más conocida de la Sociedad Pro-Monte, el hallazgo de uno de los primeros yacimientos arqueológicos de Galicia. La fama y renombre que alcanzó en poco tiempo –y de que goza hoy en día– se debe tanto a la entidad del hallazgo como a la enorme divulgación que tuvo en diversas publicaciones de la época.

 

Para empezar hay que decir que no es cierto el tópico de que al abrir la carretera se descubrió por casualidad la existencia de restos arqueológicos en el monte Santa Tecla. Desde tiempo inmemorial, las gentes del lugar conocían la existencia de restos de antiguas edificaciones –as «casiñas dos mouros»– en su castro más cercano. Y como en tantos sitios de Galicia, no sólo lo conocían sino que a lo largo de los siglos se aprovecharon de sus piedras para construir las viviendas de la villa y las aldeas circundantes.

 

            En 1860 un cantero encontró en un lugar contiguo al santuario una estatua romana de bronce del héroe mitológico griego Hércules. En 1964 «desapareció» y hoy sólo existe una réplica. Este hallazgo despertó el interés de muchos curiosos quienes, desde entonces, no dejaron de pasear por el monte en busca de nuevos hallazgos. Tras el establecimiento en 1875 en el Pasaje del colegio jesuita Apóstol Santiago, tanto profesores como alumnos se aficionaron a la búsqueda de objetos arqueológicos en sus famosos «días de campo». Sin duda los más apreciados eran las monedas llegándose a conformar una importante colección en aquel colegio.

 

Entre todos aquellos «excursionistas» despuntó la figura del clérigo e historiador guardés Juan Domínguez Fontela, quien entre 1895 y 1910 realizó múltiples exploraciones en las que encontró numerosas piezas arqueológicas. Estas exploraciones de Fontela culminaron en 1910 con las que podríamos denominar primeras prospecciones arqueológicas del monte Santa Tecla, cuando «en compañía de un arqueólogo alemán» descubrió las dos primeras edificaciones circulares en el lugar de «Campo Redondo». En aquel momento ambos exploradores dudaban si se trataba de viviendas o de restos de algunas torres de defensa.

 

            Todo se precipitó en 1912 con la creación de la Sociedad Pro-Monte. Aceptada en la reunión fundacional la propuesta de Candeira de que la arqueología sería uno de los objetivos de la sociedad, se encargó al socio en Madrid Manuel Ángel Álvarez que obtuviera los permisos necesarios para realizar excavaciones arqueológicas en los «sitios denominados Chans, Campo Redondo y proximidades de la ermita de Santa Tecla». Manuel Ángel consiguió ese permiso el 26 de febrero de 1913. Y fue en agosto de ese año, con motivo de la roturación de la carretera, cuando salieron a la luz –como se sospechaba– diversos materiales arqueológicos en el lugar de «Campo Redondo». Estos primeros descubrimientos dieron pie a unas «excavaciones accidentales» (1913) que realizaron los directivos Manuel Lomba Peña y Pacífico Rodríguez, junto con los socios Manuel Ángel Álvarez –llegado ese verano de Madrid– y Juan Domínguez Fontela. En realidad se trató de una recogida de material en los lugares roturados por los obreros, así como la identificación de los restos de edificaciones descubiertas.

 

            Al año siguiente, el 26 de marzo de 1914, Manuel Ángel puso en conocimiento del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes los descubrimientos realizados en el Tecla, solicitando que se designara y sufragara un arqueólogo que inspeccionara in situ el nuevo yacimiento.

 

            Sin embargo, la Junta de Excavaciones y Antigüedades puso en tela de juicio estos hallazgos pues no creía posible que existieran en Galicia «restos con tal antigüedad». La Sociedad Pro-Monte hizo llegar entonces a la capital diversas piezas halladas en Santa Tecla para demostrar lo contrario. Pero, a pesar de esas evidencias arqueológicas, la Comisión de Excavaciones rechazó la solicitud. En ese momento el presidente Manuel Lomba, que residía en Madrid, movió los hilos y por medio del diputado Mariano Ordóñez consiguió que el propio ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes diera una orden directa para que un técnico del Museo Arqueológico Nacional visitara A Guarda ese año. Así fue como a los pocos días, concretamente el primero de junio de 1914, llegaba al municipio guardés, del brazo del presidente Manuel Lomba, el primer arqueólogo del monte Santa Tecla, Ignacio Calvo Sánchez, el cual permaneció una semana excavando en A Guarda. La gran suerte para la arqueología gallega de la época fue que estuviera como presidente de la Sociedad Pro-Monte el indiano Manuel Lomba Peña, un hombre de importantes influencias en la capital, y no digamos en la isla de Puerto Rico. A partir de este episodio del año 1914, todo sería ya distinto en la historia arqueológica del monte Santa Tecla.

 

En total fueron seis las excavaciones en los primeros años: tres las realizó el arqueólogo Ignacio Calvo (1914, 1919 y 1923), y otras tres la propia Sociedad Pro-Monte (1918, 1921 y 1926). Y en ellas se observa siempre una misma dinámica: los lugares que excavaba la Pro-Monte eran luego los mismos donde excavaba el arqueólogo Ignacio Calvo.

 

En 1914 Ignacio Calvo excavó la zona norte del poblado, donde se habían hecho un año antes los primeros hallazgos.

 

En 1918 la Pro-Monte excavó el supuesto «túmulo» de A Forca y algún lugar al sur de la citania en el que se descubrió un grupo de casas.

 

En 1919 Ignacio Calvo, acompañado por Francisco Álvarez-Ossorio, excavó en esa misma área sur del poblado donde confirmaron la existencia de un muro ancho y la puerta sur. También descubrieron un gran edificio en forma triangular y una piedra con grabados y cazoletas, y excavaron el conchero existente en aquel lugar. Por último hicieron varias calas en las llanuras de «Chans» en busca de la necrópolis del Tecla, que resultaron fallidas.

 

En 1921 la Pro-Monte volvía a excavar hacia el área norte del poblado, por debajo de la fuente nueva, donde apareció un gran grupo de viviendas, se puso de manifiesto la muralla norte y se descubrió en sus cimientos una nueva piedra con grabados. Fruto de estas excavaciones es el primer mapa conocido de la citania del monte Santa Tecla, del año 1922.

 

En 1923 Ignacio Calvo continuó los trabajos iniciados en la zona norte del poblado, desenterrándose definitivamente la muralla en la que apareció la puerta norte. De las excavaciones de 1926 apenas sabemos nada.

 

            En lo que se refiere a las divulgaciones arqueológicas de esta época, tres son las personas más destacadas. En primer lugar Ignacio Calvo Sánchez con sus tres memorias arqueológicas (1914, 1920 y 1924). En segundo lugar el historiador Juan Domínguez Fontela, el primero en divulgar los hallazgos y en lanzar una hipótesis sobre la identidad del poblado del Tecla al decir que era una población de altura de la antigüedad llamada Abóbriga. Y el tercer gran divulgador de esta época fue el farmacéutico Julián López García, el responsable de la primera síntesis de la prehistoria del monte Santa Tecla: La citania de Sta. Tecla o una ciudad prehistórica desenterrada: apuntes arqueológicos, publicada en 1927, sin duda la gran aportación intelectual de la Sociedad Pro-Monte en toda su historia.

 

EL MUSEO DEL MONTE (1917)

 

En el año 1917, con todo el material que se había reunido a raíz de los hallazgos del año 1913, se creó formalmente el Museo de Pro-Monte. Su iniciador y alma máter fue el secretario Pacífico Rodríguez el cual, con enorme paciencia y dedicación, reconstruyó varias ánforas y vasijas, ordenando a su vez gran cantidad de pequeños objetos. Contó con la ayuda de Juan Domínguez Fontela quien realizó una erudita clasificación de las monedas halladas en el Tecla.

 

LA FIESTA DEL MONTE (1913)

Grupo de la Sociedad Pro-Monte en la primer Fiesta del Monte del año 1913. (Fotografía cedida por Antonio Martínez Vicente)

 

            El 24 de agosto de 1913 tuvo lugar la primera fiesta del monte Santa Tecla. Su fecha de celebración se adelantó en un mes a la propuesta inicial de Candeira, una circunstancia que confirió a esta fiesta personalidad propia en lugar de ser únicamente un aniversario de Pro-Monte. Por otro lado, al celebrarse como romería popular tampoco se cumplió la proposición inicial de que fuera protagonizada por las familias de los fundadores. Y es que por medio de la prensa la Junta Directiva invitó a todo el pueblo a participar en ese primer aniversario de la fundación de la Pro-Monte.

 

El éxito de la convocatoria fue total. El espectáculo que ofreció la cima del monte, con infinidad de familias esparcidas por el lugar, fue impresionante. Esta circunstancia animó a los directivos de Pro-Monte a realizar la siguiente afirmación, premonitoria a todas luces, sobre el futuro de esta celebración: «Como ensayo podemos decir que ha colmado las aspiraciones de todos, y consideramos que, habiendo arraigado la idea, se constituirá en una fiesta tradicional y clásica de este país». Y así fue pues se convirtió en una de las tradiciones más famosas de la villa de A Guarda en la actualidad: su fiesta del monte.

 

EL TURISMO

 

            La Sociedad Pro-Monte fue la responsable de la primera campaña turística de A Guarda, y una de las primeras de Galicia, que convirtió a esta localidad en una de las más famosas y conocidas de la época. Para atender al creciente número de personas que comenzaron a venir al Tecla, las distintas fondas de la villa establecieron en varios puntos de la cima varias cantinas bajo tenderetes donde ofrecían comidas campestres a los turistas. Pero la aglomeración de visitantes que se producía en la cima, y la relevancia de muchos de ellos, llevó a la Pro-Monte a utilizar el único edificio no religioso levantado en aquellos años en la cima para atender a aquellos primeros turistas: la casa forestal. Nacía así el primer restaurante del monte Santa Tecla, gestionado por la propia esposa del guarda forestal. Ya en el verano de 1924 la Pro-Monte construyera enfrente una explanada para servir de aparcamiento al elevado número de vehículos que ya entonces subían el monte.

 

LAS VISITAS MÁS SEÑALADAS (1912-1928)

 

Aunque fueron muchas y muy importantes las personalidades que visitaron el monte Santa Tecla en los primeros años, vamos a destacar ahora tan solo dos de ellas.

 

            Del 13 al 16 de julio de 1916 estuvo en A Guarda el diputado a Cortes por el distrito de Tui, Mariano Ordóñez García, un hombre clave –al igual que su padre– en la historia de esta localidad. En los tres días que permaneció en A Guarda se hospedó en la casa del alcalde Agustín Sobrino, en la calle Vicente Sobrino. El viernes 14 Mariano Ordóñez visitó el Tecla recorriendo los lugares más emblemáticos creados por la Pro-Monte. De ello dan muestra las fotografías que realizó el fotógrafo Mariano Jiménez quien incluso le pidió un autógrafo para que apareciese en una de las imágenes obtenidas. Fue entonces cuando Mariano Ordóñez redactó un breve pero entrañable texto: «Diga lo que quiera Domínguez Fontela, el Tecla fue construido por los Ángeles para que Dios contemplase la tierra sin echar demasiado de menos el paraíso».

 

            El 5 de agosto de 1928 tuvo lugar la visita más importante de los primeros años de la Sociedad Pro-Monte, la del presidente de Gobierno, el general Miguel Primo de Rivera y Orbaneja.

 

Ese día visitó las excavaciones arqueológicas que en aquel momento se estaban realizando, estuvo en la ermita y después apreció las vistas que se observan desde la cumbre.

 

Tras admirar el paisaje el Presidente del Gobierno realizó un autógrafo en el Álbum de Firmas de la Sociedad Pro-Monte.

 

A continuación bajó hasta la casa forestal donde se le ofreció una comida en la terraza del edificio. En aquel lugar el fotógrafo Mariano Jiménez sacó diversas instantáneas.

 

LA BIBLIOTECA CIRCULANTE DE PRO-MONTE (1921)

 

            En 1921 la Pro-Monte abrió también la primera biblioteca pública de A Guarda, llamada Biblioteca Circulante, con sede en el propio local del museo. Con ello prestaba un servicio más a la sociedad guardesa de la época poniendo a su alcance la lectura o consulta de diferentes obras, muchas de las cuales eran de difícil acceso para la inmensa mayoría de la gente.

 

El alma máter de la Biblioteca Circulante de Pro-Monte fue el indiano puertorriqueño José María Lomba Peña quien la creó el mismo año de su regreso definitivo de Puerto Rico.

 

EL HOSPITAL CASA ASILO (1918-1921)

 

            Finalmente, entre 1918 y 1921 la Pro-Monte actuó como representante en España de la Junta Organizadora del Hospital-Casa-Asilo de La Guardia, constituida en 1918 en Puerto Rico bajo la dirección del insigne guardés Avelino Vicente González. Durante los cuatro años que duró esa responsabilidad, la Pro-Monte realizó dos contribuciones fundamentales: la elaboración de los planos del edificio (que realizó en 1920 el arquitecto de Madrid Tomás Bilbao Sertucha), y la elección y adquisición del terreno. Y en ambas gestiones resultó de nuevo fundamental la figura del presidente Manuel Lomba Peña.

 

Sin duda alguna, este indiano puertorriqueño fue el hombre que marcó con su personalidad la idiosincrasia de la Sociedad Pro-Monte. Y esta Sociedad, a su vez, marcó ya para siempre la personalidad de nuestro pueblo. Hoy conmemoramos, pues, que hace cien años los fundadores de la Sociedad Pro-Monte le dieron un verdadero y extraordinario contenido al sentido y al orgullo de ser guardeses.