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Sabino Cividanes González (1901-1975):

treinta y seis años de maestro del barrio de Cividanes

 

Por

Joaquín Miguel Villa Álvarez*

Historiador

 

En memoria de mi tío Manuel Álvarez Sobrino

 

(A piques de celebrarse unha homenaxe ao mestre D. Sabino Cividanes González, merece a pena recordar o artigo publicado fai nove anos sobre a súa figura. Un artigo que saíu á luz grazas á constante preocupación dun dos seus ex alumnos, Manuel Álvarez Sobrino (1939-2001), quen xa non pode ver este recoñecemento que tantas veces reclamou).

  

Don Sabino y señora en 1972

 

Querido tío Manolo: aquí tienes un pequeño artículo para ayudar a conocer y reconocer la obra de don Sabino, el maestro de tu infancia, de quien tanto me hablabas todos los veranos cuando regresabas de la República Dominicana. Siempre me decías que era increíble que nadie hubiera hecho nada hasta ahora, ni un gesto, por agradecerle a ese hombre la inmensa tarea de educar a generaciones de chavales del barrio de Cividanes durante cerca de cuarenta años. Veía cada verano como sufrías por la pérdida de tanta memoria histórica. Te nos fuiste en mayo del pasado año en Santo Domingo. Hombre bueno, buen hijo, buen marido y padre ejemplar, sé que te quedaron muchas cosas por hacer, justo cuando más podías saborearlas. Sólo quiero que sepas que durante los años que pude disfrutar de tu compañía, recogí todas y cada una de tus inquietudes, que no eran pocas. Y en la medida de mis posibilidades intentaré compensarte por todo lo que te debo. Y la de don Sabino te la debía. Con todo mi corazón.

 

El estudio de los maestros y maestras de antes es una de las tareas a realizar en el futuro. ¿Quiénes eran? ¿Cómo llegaron a ser profesores? ¿Qué influencia ejercieron sobre sus educandos y convecinos? Las respuestas a estas preguntas pueden arrojar algunas luces sobre algunos rasgos sociales y culturales de nuestros pueblos y aldeas. Aquellos maestros y maestras eran factores muy importantes en unos tiempos de inmenso atraso cultural cuando mucha gente no sabía ni leer ni escribir, y quien lo hacía no solía tener continuidad en su formación intelectual. Y todo ello con gran escasez de medios, y siempre en clases unitarias, es decir, con todos los alumnos de todas las edades juntos. Pero es que además los maestros actuaban en muchas ocasiones como mediadores, escribientes, testigos o consejeros. Eran, por ello, un referente de autoridad en la colectividad, a pesar de su escaso poder adquisitivo. Este pequeño artículo no es más que un apuntamiento, pues, de una ingente tarea por hacer.[1] Para su realización he contado con dos fuentes de información principales como son los hijos de Sabino: Isabel (residente en Asturias, por medio del correo electrónico) y Agustín (residente en Puerto Rico, por vía telefónica). Nos comentaba Isabel que había descubierto algunos de los papeles de su padre tras su fallecimiento, pues él era muy reservado con sus cosas. «Si supiera que ahora las cuento -dice- no le gustaría». La información que ellos me aportaron la pude completar con el testimonio de algunos de sus antiguos alumnos, pertenecientes a distintas épocas, entre los que se encuentran: Luciano Lomba Español, Ignacio Rodríguez Martínez, José Martínez Álvarez («Polís»), Manuel Álvarez Sobrino (q.e.p.d.), Desiderio Sobrino Trigo («Dero»), José Álvarez Sobrino, Generoso Guisantes Nogueira y Eduardo Lomba Vicente. Las fotos las aportó Isabel desde Asturias.

 

I. Una curtida trayectoria vital: autodidacta, emigrante y maestro

 

Santo Domigo, 1926. Sabino el primero por la derecha

 

Sabino Cividanes González nació en el lugar de la Portela, Salcidos, en enero de 1901. Vino pues con el siglo. Hijo de Juan Cividanes y Ventura González, ambos también de Salcidos. Su padre era contratista en el Barco de Ávila y murió de un ataque al corazón cuando iba en tren en el año de la gripe de 1918. Su madre murió en 1935, poco antes de casarse Sabino. Pasó su infancia en Salcidos, siendo muy buen estudiante en todas las materias. Su ilusión de joven era estudiar medicina, pero la prematura muerte de su padre, cuando contaba 17 años, truncó sus deseos. Su otro hermano, emigrante a Castilla como su padre, ya se había casado y vivía en el Barco de Ávila, por lo que Sabino no tuvo más remedio que ponerse a trabajar las tierras de la familia para poder subsistir. Esta fue la primera gran frustración de su vida. A pesar de ello no renunció a tener formación universitaria y entre 1919 y 1921 estudió la carrera de Magisterio por libre. Y como no tenía mucho dinero, iba a examinarse a Pontevedra ¡en bicicleta!. Su inseparable bicicleta. Contaba él como una noche, al pasar por Amorín, le siguieron unos perros que le hicieron pasar un miedo terrible. La carrera la sacó de forma brillante, con mayoría de matrículas de honor en sus notas. El joven autodidacta Sabino, además de ser muy inteligente y cerebral, tenía una gran capacidad de sacrificio lo que le convirtió en una persona muy preparada. El depósito del título, que lo habilitaba como profesor, lo hizo el 14 de junio de 1921.

 

Pero Sabino no iba a ejercer todavía su profesión. Los jóvenes de más valía en aquella época tenían otro destino: América. Y en el caso de A Guarda, el destino más sobresaliente era Puerto Rico. Sin embargo, en aquel año de 1921 los Estados Unidos habían establecido la famosa Ley de Cuotas que impedía la entrada en aquella isla a más inmigrantes, salvo muy contados casos. Así pues, a partir de ese año los jóvenes comenzaron a emigrar a la vecina República Dominicana, país que recogió el testigo de Puerto Rico. Y allí fue Sabino. No sabemos cuando lo hizo pero debió ser al poco tiempo de rematar su carrera, esto es, entre 1921 y 1922. Al llegar a la República Domina entró a trabajar en la prestigiosa firma L. BAQUERO Y HERMANO, cuyos dueños eran San Juan de Tabagón, donde hizo gran amistad con el principal de la casa, Luis Baquero Alonso. Hacia el año 1926, tras la llegada del resto de los hermanos Baquero, la firma se reconstituyó en BAQUERO HERMANOS. Esta reconversión no debió beneficiar a Sabino quien al poco tiempo se fue a trabajar a la sociedad PÉREZ CIVIDANES Y HERMANO de los camposinos José y Benito Pérez Cividanes, constituida en 1928. Esta firma consistía en una fábrica y comercio de zapatos conocido con el nombre de La Parisién en la que trabajaban guardeses como Paulino Rodríguez Rolán y Juan Vicente Cividanes. Vivían en la calle Capotillo, hoy Avenida Mella.

 

Santo Domigo, 1926. En el centro Sabino

 

Cuando las cosas comenzaban a irle bastante bien, de nuevo el infortunio se cruzó en su camino. El 3 de septiembre de 1930 el huracán San Zenón asoló la República Dominicana dejando a su paso miles de muertos y heridos. El corresponsal de entonces del Heraldo Guardés en aquel país, Eduardo Álvarez Español, fue quien dio cuenta en la prensa local de A Guarda sobre las dimensiones de la tragedia: «Los datos oficiales señalan 2.700 muertos y 15.000 heridos». En cuanto a la colonia guardesa, señalaba que todos habían salido ilesos de la catástrofe: «Antes de escribir estas líneas he recorrido los establecimientos y almacenes en que trabajaban y a todos encontré sanos y salvos». De todas formas, comentaba que muchos negocios habían sufrido considerables pérdidas materiales en sus respectivos almacenes.[2] Uno de ellos era el de los hermanos Pérez Cividanes, que había quedado destrozado. Durante un tiempo los empleados tuvieron que dormir a la intemperie para evitar el saqueo de la tienda. Fue entonces cuando Sabino enfermó gravemente de paludismo, con fiebres altísimas que hicieron pensar a sus compañeros que se iba a morir. Por este motivo optaron por mandarlo urgentemente a España. Uno de ellos, el guardés Paulino Rodríguez Rolán, hombre fuerte y de gran envergadura, lo envolvió en una manta y lo llevó a hombros hasta el puerto colocando a Sabino en el primer barco que salía para la península. Al llegar a Cádiz lo estaba esperando un paisano suyo de Salcidos, Avelino Portela Silva, antiguo emigrante a Puerto Rico quien durante el invierno vivía con su mujer en Málaga y los veranos en su casa de A Guarda (Villa Borinquen). Avelino y su mujer lo cuidaron con afecto hasta que se curó totalmente y pudo regresar a Salcidos a primeros de abril de 1931, tal y como recogía la prensa de la época.[3] Tenía entonces 30 años, y después de tantos avatares debía volver a comenzar de nuevo. La segunda gran frustración de su vida casi le costó la existencia.

 

Tras su regreso parece ser que trabajó algún tiempo de profesor en el Coruto, hasta que en 1934 obtuvo la plaza de profesor nacional en la escuela nº 2 de Salcidos,[4] situada en el Castro de Cividanes. Sustituía a don Arturo Esperón Esperón, un joven profesor interino natural de Pontevedra a quien Luciano Lomba -que fue alumno suyo y después de Sabino- recuerda como un gran atleta y deportista. La prensa de la época recogía de esta forma la noticia:

 

Salcidos. Felicitación y sentimiento.-La primera para el ilustrado, simpático y diligente joven de esta parroquia, D. Sabino Cividanes González, que obtuvo en virtud de un brillantísimo concursillo, en propiedad, la Escuela Nacional del Castro; y el sentimiento para el interino, D. Arturo Esperón y Esperón, del que estaban muy satisfechos los padres de los niños que frecuentaban dicha escuela.[5]

 

Al año siguiente, 1935, Sabino se casó con Dominga Pérez Domínguez, de Camposancos, una mujer de una familia con fuerte tradición migratoria a Puerto Rico. Ella era también maestra, aunque nunca optó a una plaza en la enseñanza pública. Su tarea educadora consistió siempre en ayudar a su marido. Además de profesor, hasta que murió Sabino fue contable de los almacenes ESPAÑOL Y PÉREZ. Empezó en este segundo empleo durante la Guerra Civil, cuando incorporaron a filas al contable de la firma. En ese momento, uno de los socios, Ignacio Pérez, natural de Salcidos y amigo de la infancia de Sabino, le pidió que les echara una mano y ahí se quedó para siempre. Iba al almacén después de rematar las clases particulares de contabilidad que daba por la tarde, regresando a las 11 de la noche. Otro «ingreso» que tenía Sabino eran las «rentas en especie» que percibía anualmente de las personas que trabajaban las tierras de su propiedad. Sus antiguos alumnos recuerdan todavía la felicidad de aquellos días en los que no daban clase porque había que subir las cestas de maíz al fallado y después «debullar» las espigas en la solana de la casa. Los domingos, después de misa, Sabino solía hacer documentos privados a los paisanos que se lo pidieran, los asesoraba e incluso ponía paz entre familias. «Se o di don Sabino é que é verdade», se decía.

 

Sabino, Dominga y Agustín, su hijo, en el patio interior de la casa escuela del Castro (a finales de los 50)

 

En lo que respecta al ámbito familiar, el matrimonio formado por Sabino y Dominga tuvo dos hijos: María Isabel (Belita) y Agustín (Tinín), nacidos en 1936 y 1941, respectivamente. La ilusión de Sabino era que sus hijos estudiaran una carrera. Él mismo los preparó durante todo el bachillerato, y de todas las asignaturas, tanto las de ciencias como las de letras, incluidos los idiomas (latín, inglés, francés). Ellos luego iban a examinarse por libre en el Instituto de Pontevedra. María Isabel llegó a ser farmacéutica de forma brillante. Se casó en 1963 con otro farmacéutico asturiano, y vive actualmente en aquel principado donde tiene tres hijos y dos nietos. Agustín, tras acabar el bachillerato siguió los pasos de su padre en la emigración y se fue a Santo Domingo y después a Puerto Rico donde estudió en la Universidad. Se casó en este último país con una hija de asturiano y tiene actualmente tres hijos. El último curso que don Sabino dio clase -según el boletín de notas de Eduardo Lomba- fue el de 1969-1970, siendo sustituido al año siguiente por don Juan José Fernández Silvoso, un profesor natural de Cambados. Fue entonces, en 1971, a la edad de 70 años, cuando don Sabino se jubiló definitivamente. Por fin tenía tiempo para hacer todo lo que no había podido hacer antes. Sin embargo, a los cuatro años, aquel maestro de cejas prominentes enfermó y el 23 de agosto de 1975 falleció en su casa de Funchidos.

 

II. El objetivo del educador: el progreso de la gente del pueblo de Cividanes

 

 Sabino y familia en el Monte Santa Tecla en 1971

   

Después que a Sabino le dieron la plaza fija de maestro del Castro en 1934, nunca quiso ya salir de allí. Su objetivo fue desde entonces contribuir a mejorar la vida de la gente del lugar. Siempre repetía que la mejor ayuda que podía proporcionar era enseñar a los jóvenes a ganarse la vida. Don Sabino y doña Dominga se establecieron en la casa del Castro donde estaba la escuela, arrendada al Estado por su dueña, Serafina Lomba. El bajo era la escuela propiamente y la primera planta la vivienda. El edificio daba a la plaza del Castro que era el patio de la escuela. Allí se disputaban los famosos partidos de fútbol entre los del Castro y Buxán, encuentros que luego tenían su correspondiente devolución de visita en la plaza de Buxán. Y todo ello con alguna que otra «galiñada» por el Pahíño abajo. De estos juegos a pedradas, muy típicos en todos los barrios de la época, don Sabino no se enteraba nunca por boca de los niños. La edad de sus alumnos oscilaba entre los 6 y los 14 años, los cuales distribuía en la clase en tres grupos: los de la 1ª, 2ª y 3ª Enciclopedia. El número de alumnos oscilaba entre 30 y 40. De la educación de los pequeños se encargaba después su esposa doña Dominga, dándoles las clases en el «cabanón» de la casa habilitado al efecto. La escuela estuvo en el Castro cerca de 30 años hasta que hacia 1963 se trasladó al nuevo edificio situado en el lugar de Siete Caminos, donde continúa actualmente.

 

La mayoría de los alumnos que acudían a esta escuela pertenecían al barrio de Cividanes -especialmente los lugares del Castro y Buxán-, pero también venían alumnos de A Gándara, Pintán y Proba. Las carencias culturales y familiares de algunos muchachos de aquella época eran en ocasiones enormes. Así, se dio el caso de tener que enseñar a alguno a lavarse con agua y jabón, mandando antes a la fuente a buscar agua con un caldero. Don Sabino se enfrentó también a la costumbre de que, al ir haciéndose mayores, muchos de sus alumnos dejaban de ir a la escuela, bien porque tenían que quedarse en casa cuidando de sus hermanos pequeños, bien porque empezaban ya a trabajar. De todas formas, a muchos de ellos les daba clases nocturnas. Esta situación se agravaba con aquellos alumnos que de abril a octubre se marchaban a trabajar a las «telleiras». Para que no perdieran la escolaridad y pudieran obtener el certificado de primera enseñanza no les ponía falta ni les deba nunca de baja. Y cuando llegaban también recibían clases nocturnas para ponerse al día. Los inspectores lo sabían y hacían la vista gorda ante el gesto loable de un maestro luchando contra la miseria de una época.

 

Don Sabino y familiares en la escuela de Siete Caminos poco antes de jubilarse

 

En lo que se refiere a la tarea docente, don Sabino insistía mucho en los aprendizajes prácticos tales como escribir cartas -familiares y comerciales-, calcular la capacidad de un pozo, medir fincas o cubicar montes de madera para cortar. Les obligaba también a hablar castellano -un idioma extraño para la inmensa mayoría- para que pudieran defenderse en la vida. No hay duda de que su objetivo principal era que sus alumnos salieran preparados para desempeñar un oficio o afrontar un negocio. Muy importante era la contabilidad, cuyas primeras nociones iniciaba en la enseñanza primaria y que después solía ampliar, para quienes quisieran, en las clases particulares que daba por las tardes. De hecho, amistades que tenía de su estancia en Santo Domingo le pedían gente de confianza preparada por él que luego solían colocarse allá. En su clase se leía todos los días con los pupitres puestos en círculo. Entre esas lecturas se encontraban los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós. Y se hacían muchos dictados, tanto para perfeccionar la caligrafía como la ortografía. Otra enseñanza destacada era la geografía, cuyas lecciones se realizaban con mapas. Nos consta que don Sabino conservaba siempre los mapas preciosistas que mi tío Manolo realizaba dada su facilidad para el dibujo.

 

Sabino en la plaza del Castro, rodeado de jóvenes preparados para emigrar a América. Al fondo la casa escuela

 

A todos sus alumnos don Sabino les enseñaba siempre a valorar el trabajo de los demás, por muy humilde que fuera. Y por supuesto la importancia de instruirse para mejorar en la vida. Hasta la persona más humilde podía salir adelante si se preocupaba de aprender. A este respecto, su hija Isabel recuerda el caso de Caridad, una ciega del Castro. El hijo de ésta, Joaquín, iba a la escuela de don Sabino y tenía que salir antes de la hora porque debido a su pobreza iba a comer con su madre al Auxilio Social de A Guarda. Vivían cerca y, cuando llegaba la hora, Caridad se acercaba a la escuela y tocaba el pestillo para que don Sabino supiera que estaba allí. Sin embargo, muchas veces iba antes de la hora y no llamaba. Allí, afuera, permanecía pegada a la puerta escuchando lo que don Sabino explicaba. Luego, terminada la clase, por el camino le preguntaba a su hijo las lecciones del día para ver si había atendido.

 

Por sus manos pasaron muchos jóvenes de Cividanes, en su inmensa mayoría muy agradecidos por la educación recibida. Mi tío Manolo era uno de ellos. Él siempre mostró su agradecimiento. Y ahora que se están realizando por las parroquias de la comarca diferentes actos de reconocimiento a sus maestros, no estaría de más que los antiguos alumnos de don Sabino le hicieran también el suyo. Nada tan sencillo, y al mismo tiempo tan importante, como reconocer y agradecer de algún modo las deudas contraídas. Sólo así podremos conservar y valorar nuestra historia más reciente.

 

*VILLA ÁLVAREZ, Joaquín Miguel (2002),

«D. Sabino Cividanes González (1901-1975):

treinta y seis años de maestro en el barrio de Cividanes»,

en AA.VV., A Guarda, historia e imaxes,

Asociación Pedra Furada-Comisión de Festas 2002, pp. 108-117.

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[1] Para tener una primera aproximación al tema de la enseñanza en la Parroquia de Salcidos, véase Xoán Martínez Tamuxe (2001), Parroquia de San Lorenzo de Salcidos: aproximación histórica. Padroado dos Condes de Priegue, Concello da Guarda, pp. 137-142.

[2] Heraldo Guardés, nº 1.390, 27 de septiembre de 1930. Con motivo de aquel huracán fueron muchos los guardeses que regresaron tras haberse quedado sin trabajo y sin futuro. Los que quedaron allá pasaron años realmente difíciles, como fue el caso del mencionado corresponsal Eduardo Álvarez.

[3] Heraldo Guardés, nº 1.418, 11 de abril de 1931

[4] Xoán Martínez Tamuxe (2001), Op. Cit., p. 142.

[5] Heraldo Guardés, nº 1.582, 9 de junio de 1934.