www.galiciasuroeste.info

 

HOMENAXE A FELICIANO ROLÁN EN 1985

CON MOTIVO DO 50 ANIVERSARIO DO SEU FALECEMENTO

Por Agustín Ferreira Lorenzo

 

-PARTE I -

 

Corría o ano 1985 cando o poeta guardés, Feliciano Rolán recibía dúas homenaxes, en datas diferentes, con gallo do 50 aniversario do seu pasamento. A primeira das homenaxes foi no mes de xaneiro, debeuse a un dos maiores impulsores da obra deste grande poeta, o padre somasco Orestes Caimotto. A segunda homenaxe, no verán dese mesmo ano, foi levada a cabo pola Agrupación Cultural Guardesa. De ámbolos dous acontecementos temos fotografías que recordan eses actos así como aos impulsores dos mesmos.

 

A primeira das homenaxes celebrouse no salón de actos do Colexio dos PP Somascos cunha conferencia e lectura de sendos escritos. Aínda que non lembramos con exactitude a data, cremos que debeu de ser, o 5 de xaneiro, xa que esa é a fecha que figura nun escrito, do que temos copia, lido por un dos amigos íntimos de Feliciano, o avogado Joaquín Sobrino Pérez. Os intervintes no acto foron dúas persoas directamente vinculadas con Feliciano, o mencionado Joaquín Sobrino, e o intelectual e escritor José Filgueira Valverde, ademais dunha terceira persoa, o P. Orestes Caimotto.

 

De esquerda á dereita: o guardés Joaquín Sobrino Pérez. No centro o grande impulsor deste evento, o padre Orestes Caimotto, no momento de dar lectura ao seu discurso. Á dereita o escritor galego Filgueira Valverde.

 

Joaquín Sobrino Pérez, avogado, era irmán de D. Ramón, a quen está dedicada unha das rúas da Guarda e de quen falaremos nunha próxima entrega.

O P. Orestes Caimotto, foi un entusiasta seguidor da vida e da obra de F. Rolán, conseguindo reunir numerosa documentación e testemuñas a prol da figura do ilustre poeta guardés. Froito de todo o esforzo e tesón que dedicou ao poeta foi a obra máis completa publicada ata agora de Feliciano Rolán

 

Aquí o vemos nas proximidades do xardín dedicado a Feliciano Rolán, ubicado na zona denominada popularmente Estación do Norte, ao lado do Centro de Saúde, que naquela non existía, no momento de dirixir unhas palabras aos asistentes ao acto de homenaxe.

 

O P. Orestes e o escritor Filgueira Valverde conversando momentos antes de dar inicio á homenaxe ao escritor. Na fotografía podemos ver, entre outros, á Señorita Carmiña –irmá de Joaquín Sobrino-, a José Luis Lomba Alonso, outro grande impulsor da obra de Feliciano, e a Freiría, escritor, pintor e caricaturista.

 

Unha coroa de flores foi depositada aos pés do monumento dedicado a Feliciano Rolán. Este monumento, que representa ao poeta en actitude pensativa, foi inaugurado o 16 de agosto de 1972, sendo obra de Magín Picallo.

 

No ano 1932, a imprenta NÓS, editaba a primeira obra de Feliciano. Apenas 150 libriños que a maioría foron destinados a agasallar aos amigos do poeta. A dedicatoria vai precisamente A los “Ubedas”, mis amigos que vivieron conmigo estas “huellas”. A fotografía amosa a portada dun dos orixinais, xa algo deteriorada polo paso do tempo, propiedade do autor deste artigo.

 

O 3 de outubro de 1934, saía do prelo, Imprenta S. Aguirre de Madrid, a segunda das obras, titulada De Mar a Mar, título suxerido por Juan Ramón Jiménez, pois o poeta tiña destinado outro: Maramor, libro de poemas escritos entre os anos 1932 e 1934. Esta publicación vendíase ao prezo de 3 pesetas.

 

No ano 1970, Edicións Castrelos, publicaba un libriño titulado Obras poéticas, na serie Colección Pombal, serie vermella, número 5, onde se recolle a case totalidade dos poemas de Feliciano Rolán.

 

Imos lembrar o texto lido polo Ubeda Joaquín Sobrino, no salón de actos do Colexio dos PP Somascos da Guarda. Dicir que os Ubedas era o nome dun grupo de persoas unidos por unha grande amizade que perdurou ao longo dos anos e no que estaban incluídos o propio Feliciano Rolán, Luís Tobío, Ventura Castro Rial e Joaquín Sobrino, entre outros.

 

DISCURSO DE JOAQUÍN SOBRINO TITULADO

Nostalgia de los “UBEDAS”-Salutación a Feliciano

 

Querido Felicio.

Fue en estos días cuando se cumplieron los 50 años de aquél en que cerraste tus ojos en este pueblo por ti tan querido y estoy seguro de que en tu retina quedó la impronta del perfil señorial del Tecla, de la sábana blanca de espumas de la Fosella y del plácido espejo de los remansos del Miño, los de la ribera sur de la Canosa, en una pleamar serena.

Campiña, monte, río y mar se quedaron huérfanos de tus extasiados arrobos, de tus cantos íntimos –cinceladores de sus bellezas- y del aliento acariciador de tus diálogos y soliloquios, porque fue en esta tierra, en este aire y en este mar donde tu espíritu llegó a sumirse en plena vida. Aquí halló tu cuerpo, suave y hospitalaria acogida, en tanto tu espíritu voló más allá de las estrellas.

Siento profunda nostalgia al rememorar aquellas horas ilusionadas de nuestra adolescencia, cuando penetramos hasta los entresijos en el poblado de La Marina, descubriendo las magníficas terrazas rocosas de la Robaleira, miradores privilegiados sobre el puerto; la aventura de remontar su bocana en la gamela de remos pesados y rígidos, agotadores de nuestros esfuerzos. Y el descanso reparador en la taberna del Valladeiro; camaradería cordial con la gente marinera: Cubano y tantos otros, generosos y buenos.

Habíamos terminado el Bachillerato en los Jesuitas de Vigo, tú en la División de Externos y yo en la de Internos. Un año más joven, ingresaste en la Universidad cuando yo había cursado el Preparatorio y fue entonces cuando se afianzó nuestra íntima amistad. Por tu sugerencia, trabé conocimiento y luego fraternal relación con tus compañeros de curso y de ahí nació el grupo de los Ubedas, ejemplo único de plena y leal solidaridad, en la fortuna como en la desventura, en los días alegres de la juventud, como en los sombríos de tu enfermedad y muerte. Cofradía la de los Ubedas, que perseveró en su inquebrantable amistad y mística tolerancia, tras la contienda - en muchos sectores incivil e inhumana- entre los españoles.

Por los años 20 (incluso hasta 1932) el polo de atracción de los Ubedas –que era el tuyo- fue siempre La Guardia. En el Tecla recalamos todos en viaje de Licenciatura y fueron numerosas las visitas, estancias y reuniones de unos y otros con posterioridad. Los Ubedas eran: Tobío, Fenollera, Castro Rial, los hermanos Pastrana, César Torres, Facorro, Areses, Fidalgo, Manolo García, Paquito Fraga, Novoa Somoza, Somoza García, Arias, Campos, Mauro y Benigno Varela, Rafaelito Rivero y Modesto Blanco

Y ligados a ti, con la consideración especial de alumnos, amigos y admiradores: Martina Barbeito, Carballo Calero, Álvarez Blázquez, Del Riego, Cunqueiro, Castroviejo, Luis Seoane.

Fueron aquellos los años en que, con Celso y Carlos Candeira, con tu hermano Emilio y con Fernando López Ríos, hicimos día tras día, singladuras, acampados en nuestro maravilloso Miño, tripulando el velero “Consuelo” de los Candeira. De ellas saben una y otra Ribera: La Insua, Camiña, Seixas, Lañelas; Vila Nova de Cerveira*; como la Canosa, las Morraceiras, el Tamuje, la isla dos Amores…

Recordarás que nos acompañaban los Ubedas: Rafael Rivero, Luis Tobío, Ventura Castro Rial, -Tobío confesaba –vuelto de su largo exilio- que los tres meses pasados con nosotros en La Guardia, el verano en que se licenció, eran como “la nube rosa de toda su vida”. Castro Rial, nativo y gran conocedor del mar de Finisterre, nos aleccionaba en las maniobras peligrosas y el buenísimo Rafael Rivero gozaba con sus baños en la Area Grande y con la suculencia de las comidas marineras.

Entonces y en este escenario prendió en tu alma la inspiración creadora de lo que habría de ser tu obra poética imperecedera. Fue primero el libro “Huellas” que, venciendo dificultades y obstáculos de todo orden, se editó en Santiago con las preciosas ilustraciones de Luis Seoane, tu alumno, que alcanzó luego renombre artístico internacional; libro que teníamos el honor y la satisfacción de que los dedicaras a tus amigos los Ubedas.

Casi al par que las poesías “Huellas”, ibas perfilando los poemas en prosa del libro que tu llamabas de “Mar-Amor”, luego titulado “De mar a mar”, por consejo de Juan Ramón Jiménez. Los escribiste en La Guardia, en el verano de 1932, retocándolos y completándolos en Santiago, al regresar de vacaciones. Tentado a versificarlos, decidiste respetar la prosa, espontánea y musical, en que los habías concebido. Emociona el pensar que cada uno de estos poemas, extendidos en tarjetones del fichero de la Biblioteca, fue brotando de tu pluma cuando ya latían en tu pecho los síntomas de la enfermedad que acabó con tu vida. Al final de aquel verano se te veía desfallecer y en el otoño pudiste comprobar en Santiago la realidad y gravedad de tu salud.

Vinieron luego los terribles meses de reclusión en el sanatorio de la Fuenfría, en la soledad de aquella habitación frente a la empinada vertiente norte del Guadarrama, con la única perspectivade la pared de nieve y hielo que, como un enorme iceberg, te aislaba del mundo. Enormes sufrimientos físicos e íntima tortura al dudar, obsesivamente, de la calidad de tu obra literaria. Imposibilitado para todo desplazamiento, te ayudaron en las gestiones obligadas para la publicación del libro “De mar a mar”, dos Ubedas residentes en Madrid: Valeriano Pastrana, luego muerto en el exilio, y Modesto Blanco, fallecido en Madrid, años después de terminada la guerra. Alguien te convenció de que enviaras el manuscrito a D. Juan José Domenchina, crítico literario de “La Voz”, que, impresionado por su excepcional calidad literaria, leyó por teléfono algunos de ellos a Juan ramón Jiménez. Ellos fueron y una corta relación de los más excelsos intelectuales de España, los portavoces de tu nombre como el más destacado poeta lírico de los últimos años. Los mejores críticos literarios de Madrid y Galicia, en periódicos y revistas del más variado matiz, te juzgaron unánimemente como un verdadero hallazgo literario y un escritor en primera magnitud.

Vinieron luego “Tierra” y “Ápices”, maravillosas creaciones de tristeza y exasperación. Fueron escritas en su mayor parte en La Fuenfría, donde seguías creando, a pesar de tu consciencia del próximo fin irremediable.

A los comentarios laudatorios en prensa de Madrid y de Galicia, justo es de destacar las páginas a ti dedicadas en el “Nuevo Heraldo” de La Guardia, debidas a Juan Noya y Eduardo Pantaleón, tus grandes amigos y admiradores.

Pasaron los años y en 1972, los Ubedas y el Ayuntamiento de La Guardia te dedicaron el precioso monumento ubicado en el arranque de la subida del Monte Tecla, frente a la campiña verde y el padre Miño de tus amores. Y estos Ubedas permanecen aún hoy unidos bajo aquella advocación, fieles a aquellas normas de amistad y tolerancia, por encima de trincheras y alambradas, de ideas y opciones políticas.

A tu lado están ya Valeriano Pastrana (muerto en el exilio), Modesto Blanco, Luis Seoane, Rafael Areses, Paquito Fraga, Fidalgo, Novoa Somoza, Rafael Rivas y Fernando López Ríos, Cunqueiro y José María Castroviejo y el Ubeda de Saviñao Somoza García.

 Los Ubedas supervivientes –octogenarios o casi octogenarios-, confiamos en que nuestro espíritu pronto se encuentre de nuevo con el tuyo en el rincón celeste, puro e imperecedero, donde tu alma descansa.

La Guardia, 5 enero 1985

J. Sobrino

_________________

*Nota: No seu escrito, Joaquín pon Vilanova do Conde, por confusión con Vila Nova de Cerveira.

Agustín Ferreira