El Camino de Santiago por la Vía de la Plata

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Lubián-A Gudiña

20 septiembre 2008

23,6 km (7 horas)

 

Nuestro destino final está, hoy, en A Gudiña, por lo tanto nos despediremos de Zamora, que es como decir de Castilla, y entraremos en Galicia.

  

Duerme aún Antonio. La pareja francesa ya está también a pie. Han preferido dormir en la cocina, donde hay instalada alguna litera, de modo que no queremos invadir su intimidad y optamos por no preparar el desayuno. No obstante como vemos luz a través de la puerta de cristal, la abrimos para despedirnos.

  

El cielo, esta madrugada, está estrellado. Durante un buen rato nos acompaña el canto del cárabo, que marca así su territorio ante la competencia de otros congéneres. Y cuando el alba comienza a romper, canta el petirrojo, y juega el río donde quieren reflejarse, coquetas, las orillas.

La autopista, serpiente gris que se abre paso entre las montañas, es engullida por las dos bocas abiertas en la misma montaña que vemos más allá. Estamos en el Puerto de A Canda.

Seguimos la carretera con los indicadores que nos señalan de dónde venimos y hacia dónde vamos. En lo alto de la montaña, con grandes tajos que aún no han cicatrizado, giran, empequeñecidos por la distancia, los aerogeneradores. El paisaje nos cautiva.

Cuando llegamos al Alto de A Canda, un mojón nos permite jugar entre seguir en la provincia de Zamora, o dar un paso, y entrar en la de Ourense "¡Estamos en tu tierra, Antón!", me apunta Josep. Y yo sonrío. "¡Ya nos queda menos, Josep! ¡Venga!", le digo para ponernos a caminar, recordando aquel 'venga" que internacionalizamos Taka, Cristian, él mismo y yo como una palabra comodín, que lo mismo quiere decir detenernos, que continuar, vamos a comer o hemos llegado, porque su significado se lo daba la situación del momento. En este alto, antes de seguir el sendero, nos refrescamos en la fuente. Observamos el paisaje que hemos dejado atrás y volvemos a dibujar huellas.

Un mojón de la Xunta de Galicia, con el característico azulejo, una banda inferior, con los kilómetros que nos restan hasta Santiago de Compostela, y una escultura de Nicanor Carballo, indican la dirección que debemos tomar. Dejamos a un lado una ermita.

En cada comunidad por la que hemos pasado se ha optado por una señalización propia, que a veces compite con la sencilla y precursora flecha amarilla pintada por las asociaciones de Amigos del Camino de Santiago y cuya presencia es siempre una referencia segura. Pasamos también al lado de una fuente, que quiere reproducir a un peregrino o quizás mejor al Señor Santiago. Es una fuente triste, porque una fuente que no tiene agua, es siempre una fuente triste.

Cruzamos el túnel por debajo de las vías del tren y alcanzamos la iglesia de la Magdalena. Seguimos en A Canda...

...cuya plaza está presidida por un cruceiro. Observamos, en Vilavella, otra de las esculturas de Carballo, en este caso, homenaje a los peregrinos

El frontón de la Iglesia de Vilavella presenta relieves de animales. Saliendo de esta población debemos cruzar un camino encharcado, que suponemos que en invierno debe de tener sus dificultades para andarlo. Hasta estos caminos nos parece que tienen su encanto.

A nuestra izquierda, dejamos un pequeño rebaño de vacas que no se han desperezado aún y beben los primeros soles de la mañana. Josep se va sendero adelante, abierto con muchas pisadas y que, visto de lejos, parece que acaba en el bosque que tenemos enfrente.

Tras cruzar una cancela, y continuar por un paisaje bucólico, llegamos a la Ermita de Loreto. Buscamos, aprovechando el hueco de las ventanas, conocer su interior, que apenas conseguimos descubrir. La Ermita de Loreto, con el cementerio a pocos metros, es como la avanzadilla de Pereiro.

En Pereiro han hormigonado sus calles que dividen pequeños terrenos, minúsculos, ellos, pero donde se consiguen unas verzas, algunas leguminosas y otros cultivos para el autoconsumo. Son pequeñas despensas cuyas tierras ignoran los abonos químicos y se alimentan de abono orgánico procedente de las cuadras de los animales. Una gata (supongo que es gata por sus colores), sobre un tejado observa a Josep, sin inmutarse, acostumbrado al trato humano.

La calle que seguimos nos hace pasar por una fuente con abrevaderos y, poco después, por la iglesia, cuyo suelo, como otras que hemos visto, está cubierto de laudes comidas por el tiempo, que es necesario pisar si se quiere llegar a la puerta.

Un vecino del lugar, el único con el que nos hemos cruzado, empuja una carretilla y amenaza al perro que le acompaña por haber perseguido con saña a un gato que se calentaba al sol. Como a tantos otros, le gusta hablar y habla con Josep, y yo evoco los versos de Antonio Machado cuando veo estas gentes: "Y en todas partes he visto / gentes que danzan o juegan / cuando pueden, y laboran / sus cuatro palmos de tierra. / (...) / y no conocen la prisa / ni aun en los días de fiesta". Salimos de Pereiro entre casas que compiten con el tiempo, y resisten aún con sus paredes en vertical, tejados a medio hundir, y habitadas por la soledad.

Y más senderos, y losas irregulares de granito, a modo de puente rústico, para salvar pequeños arroyos, y un silencio capaz de dejarte oír tus propios pensamientos. En el monte, apostados en distintos lugares, los cazadores esperan abatir algún corzo o un jabalí. "Alguno ya ha caído", dice de lejos uno de los hombres con la escopeta dispuesta al disparo, sin saber qué pieza acabó sus días esta mañana.

Ascendemos una pequeña loma cubierta de matorral, y encontramos, poco después, los primeros eucaliptos que parecen nos prosperar en estos climas (por suerte para esta tierra, pienso yo).

Cuando vemos la torre de la iglesia, sabemos que estamos en O Cañizo, y apenas dejado el 'núcleo' habitado, ya vemos amparada por la suavidad del monte, A Gudiña, nuestro destino final hoy.

El albergue parece nuevo. Como no abre hasta las cuatro de la tarde, decidimos ir a comer y lo hacemos en el restaurante próximo, con nombre de peregrino, donde comemos bien y nos atienden no menos bien.

Y brindo, una vez más, agradeciendo al Señor Santiago el Camino que nos permite descubrir paisajes, beber de la historia, y conocer buena gente; y brindo hasta por esos momentos que yo llamo miserables, porque también son camino y porque nos hacen valorar más esas otras cosas o momentos que por ser cotidianos, a veces no apreciamos lo suficiente. Y brindo por esa gente especial que he ido conociendo y siguen, y seguirán, estando 'ahí'. Por la tarde el recorrido por A Gudiña, me acerca a la Iglesia de San Martiño...

...a la plaza donde se halla el prisma que indica las dos alternativas del Camino que tenemos para elegir: por Verín o por Laza, que es por donde iremos. Un cruceiro preside el centro de la plaza...

Las casas bien cuidadas, las calles limpias. Desemboco en la iglesia de San Pedro, que antes no pude visitar porque se celebraba un entierro. Al albergue ha llegado Juanjo, ciclista que arrancó en Salamanca, continuando el Camino que inició en Mérida el pasado año y que no pudo terminar por la climatología adversa que no le dejó seguir. Llegarán también otros ciclistas y un matrimonio francés que hace la ruta a pie. Cerca ya de la noche, descarga el cielo el agua que le sobra y las sombras van venciendo al día y también al peregrino que ya se acomoda en una de las literas para soñar el próximo día.

A Gudiña-Laza