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Calzadilla de Tera-Mombuey
17 septiembre 2008
25,6 km (8 horas)
Son poco
más de las siete de la mañana cuando abandonamos el albergue. Los
extremeños lo dejarán un poco más tarde. La mañana es fresca, de modo
que salimos abrigados. Nos rodean las sombras; las sombras, los
silencios y los pensamientos.
Caminamos hacia Olleros de Tera, la primera
de las poblaciones que nos recibirá hoy. Seguimos por el margen de un
canal, que nos acompaña por la izquierda. Atravesamos el puente y
obtenemos alguna fotografía ayudados por el flash de la cámara y
modificando la sensibilidad. Aunque su calidad es muy deficiente, como
recuerdo de estas primeras horas, nos servirá.
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Seguimos el recorrido de una de las calles de
Olleros, con muestras de arquitectura tradicional; al fondo, sin
acercarnos a ella, vemos la torre de la iglesia. La primera foto que
disparamos es una mancha oscura; volvemos a modificar la sensibilidad de
la película y conseguimos una mayor luminosidad. Giramos a la derecha
para salir a la carretera. No vemos las flechas, y continuamos por el
arcén. Antes titubeamos por dónde debemos continuar: por aquí, por allí.
Desandamos los metros de arcén, sobre nuestros pasos, para, de nuevo,
regresar al mismo arcén. Pero otra vez es el señor Santiago quien nos
envía una señal. Los extremeños, que ya recorrieron este camino en otra
ocasión, nos gritan a lo lejos mientras cruzan sin detenerse, al otro lado de la carretera para
tomar el sendero marcado por una flecha amarilla que no hemos visto, de
modo que retrocedemos para tomar la buena dirección.
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Las uvas están a punto de madurar en las vides que
crecen a nuestra izquierda. Por la pista que seguimos observamos,
frente a nosotros, la iglesia de Nuestra Señora de Agavanzal,
donde aprovechamos para hacer un breve descanso. Posee su fachada dos
contrafuertes, que impactan en su arquitectura, pero que fue necesario
construir para evitar su desplome.
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Y otra vez volvemos al sendero, orientados ahora
por una de esas flechas hechas con las piedras del Camino, porque hay
otras señales amarillas que nos llevan a subir una pequeña pendiente,
así que hacemos caso de la flecha de piedras que nos dirige hacia una
casa de la Confederación Hidrográfica, que dejamos a nuestra derecha.
Buscamos entre la vegetación un sendero que debemos tomar y que
creemos cegado, y tomamos otro, apenas cinco metros más abajo, creyendo
que es el auténtico. Lo seguimos largamente, orillando el río, pasando
sobre un tronco caído, y una zona encharcada y apartando zarzas, hasta que ya
no podemos continuar. Entonces salvamos unas rocas que hay a nuestra
derecha, ascendiendo por ellas, para ir a caer al sendero que deberíamos
haber tomado. A Encarni parece que le ha encantado este tramo que,
finalmente, nos devuelve al asfalto, pero cerca ya de la presa
del embalse del río Tera.
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Desde lo alto de la presa, Josep observa el
discurrir del río cuyas aguas parecen domesticadas aquí;
domesticadas y también quietas. Nos sentimos, en lo alto, como águilas
volando en aquellos parajes donde no hay otros seres humanos, ni se oye
el ruido de los coches; sólo el canto de otros pájaros que no vemos y
que, acaso, reclaman su territorio invadido por extraños.
Hace calor ya, así que retiramos la ropa de abrigo que
llevamos puesta, aunque tanto Adrián, como Encarni, acostumbrados a
las temperaturas más cálidas del sur, en los primeros momentos muestran,
en sus brazos, una continuada erupción de respuesta al fresco, que no tardará en desaparecer.
En este lugar abundan las flechas que vemos en la señal de tráfico, en
la una tabla y también en el suelo.
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A unos cuatro kilómetros del embalse, está Villar
de Farfón, y a seis de aquí, Rionegro del Puente. Preguntamos a unos
albañiles por algún bar dónde puedan hacernos un desayuno. "En Villar de Farfón no hay nada, ni personas", responde uno de ellos. La fuente que
nos indican tampoco echa agua, y nos invitan a cogerla de un grifo en la
propiedad en la que trabajan. Un vecino sale de su casa vestido con un
pijama. Josep hace estiramientos, y el vecino parece querer competir con
nuestro bombero. "Soy el único del pueblo capaz de llegar con los nudillos al
suelo", se ufana demostrando su flexibilidad. "¿Y son ustedes muchos en
el pueblo?". "No, muchos no... todos hombres, aquí no hay mujeres",
parece que se lamenta al decirlo. "Pues de ahí ha salido una", indica
Adrián refiriéndose a una mujer que ha salido a ver quiénes eran los
recién llegados. "¡Dónde, dónde!", exclama al tiempo que busca con
avidez a un lado y a otro. "De ahí, de esa casa". "¡Bah!, esa es una
vieja", dice con desdén mientras vuelve a hacer gala de su flexibilidad.
Tras la anécdota, y el breve descanso, seguimos el camino que nos
acercará a Rionegro de Puente dejando a nuestra izquierda la iglesia de
San Pedro...
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...para continuar por un sendero mullido
que agradecen nuestros pies cansados y castigados. Más tarde, nos toca 'alquitrán',
como dice Josep de la carretera sobre el río Negro, que da nombre
a la población a la que ahora nos dirigimos.
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En Rionegro tendremos una nueva parada. Unos
vecinos hablan con Josep, y una mujer, María Antonia, se empeña en que
conozcamos el interior de la iglesia de
Nuestra Señora de la Carballeda, cuya festividad celebrarán el fin de
semana que se avecina. María Antonia me cuenta que estuvo en la
emigración, porque aquí, dice, no había futuro. La mujer, cambia
enseguida de conversación y, ahora, me habla de su padre, y le vienen
las lágrimas, así que trato de distraerla y le pregunto a qué hora se
abre la iglesia. Y ella a su vez pregunta a un vecino que
conversa con otro, "que a qué hora abren la iglesia", y el hombre le responde
con brusquedad "¡y yo que sé a qué hora abren la iglesia!". Ella no se
inmuta, aparentemente, y el hombre sigue su conversación ajeno a los
demás. La buena mujer, acompañada de Adrián, va en busca
del cura, cuya casa está a pocos metros. Encarni que arrastra molestias
musculares, imita a Josep y aprovecha para hacer estiramientos.
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Adrián, que trae con él una llave enorme, viene
acompañado por don Jesús, el párroco de Ríonegro, y Maria Antonia. El
cura, hace girar la llave en el cerrojo, empuja las puertas de la
iglesia de Nuestra Señora de la Carballeda y nos invita a pasar al
interior, mientras enciende las luces. El hombre, a veces, parecer
saltarle el genio, sobre todo cuando se dirige a María Antonia, y ella,
que debe de estar acostumbrada a que así la traten, sigue a la suyo.
Ella, María Antonia, está orgullosa de su iglesia, y nos lleva aquí y
allí, y nos habla de la Virgen de la Carballeda, del Tumbo que hay a la
entrada y nos cuenta alguna historia y nos aconseja "estar en la fiesta
que se celebra el sábado".
Entre la imaginería, vemos un Santiago
policromado; en una hornacina, iluminada y adornada con flores, Nuestra
Señora de la Carballeda. A la entrada de la iglesia, en una capilla,
está el Túmulo mencionado por la mujer, o Tumbo, como lo llaman popularmente, donde se historia
el infierno, el purgatorio y el cielo. La cúpula es blanca, y presenta
antes de su arranque, imágenes de los cuatro evangelistas. Don Jesús nos
ha sellado, en su casa, las credenciales que nos abren las puertas de los albergues y
al recogerlas Josep se ha llevado una Hoja de Defunción. "¿Qué es
esto?", se interroga a sí mismo. Y enseguida se dirige a la casa
parroquial a devolver el documento. La anécdota sirve para algún
comentario jocoso.
Aquí, en Rionegro del Puente, acudimos al único
bar que encontramos abierto y donde saciamos la sed y, una vez
más, brindamos por el Camino; por el Camino y por la amistad que va
enredando sus zarcillos en nuestros corazones sin darnos apenas cuenta.
Dejamos Ríonegro, pero antes me detengo frente al
busto de Diego de Losada, fundador de Caracas, que como reza la placa,
nació en esta localidad. Estamos a poco más de nueve kilómetros de
nuestro destino, en Mombuey. Josep y Adrián ya han tomado una buena
distancia, y los perdemos de vista. Encarni y yo hablamos de nuestras
respectivas familias, de sus estudios, de mi trabajo. Su familia posee
un olivar, y me ilustra sobre las tareas que se hacen en estas
plantaciones. Y entre silencios y palabras, alcanzamos Mombuey, a donde
han llegado, hace un buen rato, Josep y Adrián que están con los
extremeños que continuarán camino. Definitivamente nos despedimos de los
"Miguel" y de José.
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El albergue es una casa de planta baja que resulta
acogedora. Después de ducharnos, Adrián, Encarni y yo, damos un paseo por
el pueblo. Josep se ha retirado a algún lugar apartado para hacer, como
dice "mis deberes", es decir; su meditación diaria. En las proximidades
del albergue se levanta la iglesia de la Asunción, en cuya plaza hay
también un cruceiro.
La torre de la iglesia se levanta esbelta y el
edificio posee una arcada que, en caso de necesidad, hasta puede servir
de cobijo a los peregrinos, función que seguramente cumplió cuando no
existía el albergue. En nuestro recorrido nos topamos con Josep, pero
pasamos de largo sin decirle nada, es un momento muy personal que no
osamos interrumpir ni entorpecer.
Caminamos las calles de Mombuey, nos acercamos al
parque donde juegan los niños y donde nos sacamos algunas fotos.
Al albergue han llegado también unos ciclistas
andaluces: Jaime, que no desea que publiquemos su foto, aunque no se
niega que se la quitemos, y José. Los dos revisan el recorrido que harán
mañana. Josep, Adrián, Encarni y yo, nos vamos a un restaurante para
cenar.
Josep parece muy satisfecho con el servicio. Adrián
inmortaliza su plato, yo inmortalizo a los tres...
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...y Encarni, más práctica, inicia su cena
a la que imitamos, rápidamente los demás.
A Josep le gusta caminar rodeado por la noche, de modo que
se deja perder por Mombuey. Nosotros preferimos retirarnos. En el
albergue, duermen ya los ciclistas. Son las doce y media de la noche cuando veo el
reloj una vez más, pero Josep todavía no ha llegado. Así que espero su
regreso, y, poco después de la una de la madrugada, le veo entrar. Le
ofrezco la luz de la linterna, para que pueda moverse entre las
mochilas, botas y sombras. Me da las gracias, y se alumbra con su
'frontal'. Entonces me entrego en brazos de Morfeo, y duermo. |
Mombuey-Sanabria
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