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Vedra-Santiago
27 septiembre 2008
16,7 km (4
horas)
Hoy llegaremos a Santiago. Habremos hecho un nuevo Camino. Hoy me
despediré de Josep, y vuelve a repetirse la historia de 'los finales'.
Así que hoy estoy más sensible. Iniciamos la etapa: "¡Gracias, Josep! Es que no te puedo decir nada más...."
pienso y camino a su sombra, aunque a estas horas no haya sombras.
Caminamos en silencio. Hemos tenidos muchos
silencios en este camino; este es más callado. Los dos nos detenemos
frente a la reproducción de un miliario hallado en 1867 en este
lugar, y que hoy está en el museo de la catedral: "Caio César Augusto Germánico, hijo de Germánico César, nieto de Tiberio César Augusto,
bisnieto del Divino Augusto, padre de la Patria, Pontífice Máximo. Con
la cuarta Potestad Tribunicia. Tercer consulado. Una milla". A lo lejos ya
destaca la ciudad de Santiago.
En este día no es posible tomar notas en la libreta.
Uno es un náufrago en sus propios recuerdos y, a veces, desearía no tener memoria y vivir sólo los presentes. Tras
dejar a nuestra derecha la ermita de Santa Lucía precedida por un
cruceiro, nuestros pasos nos llevan bajo un precioso emparrado que
recoge todos los soles de esta mañana.
Y más tarde volvemos a otras sendas que sólo el
tránsito continuo mantiene abiertas. Andamos el Camiño Real de Piñeiro, pasamos el Camiño Real de Angrois
y entre la
bruma, desde Angrois, ya vemos las torres de la catedral "¡Josep: la
catedral!". "La veo, Antón!", y Josep levanta los ojos hacia las torres
que desde su altura observan en la distancia la llegada de todos los
peregrinos de todos los caminos.
Cruzamos el puente sobre el río Sar y pisamos, a
tempranas horas, las calles enlosadas de la ciudad del Apóstol
dirigiéndonos a la Casa del Deán. Aquí estamparán el último sello del
Camino en las credenciales del peregrino, y a nosotros nos entregarán la
Compostela.
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Aguardamos en la cola, detrás de otros peregrinos que
han terminado también el Camino. Hay franceses, alemanes, brasileiros,
japoneses... Hay hombres y mujeres de todas las edades. Creyentes y,
posiblemente, también agnósticos, pero a ninguno habrá dejado
indiferente el Camino. Hay rostros
cansados y cuerpos doloridos que se acomodan en las escaleras y otros
que caminan con dificultad. Hay pies donde los calcetines son, ahora,
vendas y esparadrapos. Hay abrazos y hay mochilas que esperan a ser
recuperadas por los que ya han pasado a la estancia contigua para
recoger la Compostela. Josep y yo también nos abrazamos emocionados, y alguien que no
conocemos, y que nos dedica una sonrisa, nos da unos golpecitos en la
espalda compartiendo nuestra alegría, pero también la tristeza de haber
acabado el Camino.
Un pequeño grupo de peregrinos, tumbados en el
suelo de la Plaza del Obradoiro, observan desde otra perspectiva la
catedral...
...a la que acudimos cuando van a dar las doce del
mediodía
para asistir a la Misa del Peregrino. Yo aprovecho el oficio
religioso, en que no hay esas interminables colas, para cumplir el rito:
besar al Apóstol (y dejarle los abrazos del Camino: el de Carmen, el del
cura Manuel, el de Baudilio, el de Nuria, el de aquellos que he perdido
sus nombres en algún lugar del olvido... pero también, aunque ya lo
habrán hecho ellos, el abrazo de mi gente de Olvera) y pasar por la
cripta donde se expone el sarcófago que guarda sus restos. El
botafumeiro recorre la nave central de la catedral y se eleva a punto de
estrellarse contra el techo. El olor a incienso invade todos los
rincones del templo y se disparan los flases, repitiéndose
decenas de fugaces luces de plata.
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Josep se une a este encuentro religioso desde una
fe inmensa que ha manifestado de distintas maneras a lo largo del
Camino. Yo me debato por estar en mil lugares a la vez: en el oficio
religioso, en el recuerdo de Adrián y Encarni con los que me hubiese
gustado compartir este momento; en la gente que me rodea, en los rostros
de los peregrinos que parecen tener otra dimensión, en las sensaciones
indescriptibles que se palpan en la catedral... Cuando termina el oficio
religioso y caminamos por una nave lateral buscando la salida, a Josep
se le acerca una mujer de edad que le sonríe, y mi amigo, con
naturalidad, le da un abrazo y ella, que no dice nada, se aleja sin
dejar la sonrisa y se pierde entre la gente. "¿La conoces?", le pregunto
sorprendido. "No, pero antes se me acercó y me abrazó". Entonces me
quedo pensando lo feliz que un simple abrazo puede hacer a alguien a
quien nunca hemos visto, y va mendigando un sencillo gesto.
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Antes de abandonar el interior de la catedral dejo
una mirada azul en los dorados del apóstol, y salimos al exterior por la
puerta de Platerías donde un grupo de japoneses (Josep y yo recordamos a
Taka al verlos) observan la salida de los peregrinos. Uno de los
japoneses se nos acerca y pide hacerse una fotografía con nosotros.
Después le cedemos nuestra cámara para que nos fotografíe a Josep y a
mí.
El bullicio se ha ido apoderando de la Rúa Vilar,
la de los Francos y la Rúa Nova por las que nos internamos parándonos a
la entrada de los restaurantes que ofrecen variedad de menús, aunque en
general con pocas diferencias en sus precios. Buscamos aquel al que
acudimos en el año 2004 cuando, con Juan Carlos, Roser, Kike y Carmen,
nos reunimos en la
comida de despedida tras terminar el Camino del Norte, pero no recordamos muy bien
su ubicación. Finalmente decidimos entrar en uno cualquiera.
A las 14.30 horas debo coger el tren que me
devolverá al sur de Galicia. Josep me acompaña un trecho y nos fundimos
en un abrazo de despedida que quizás tarde en repetirse. No sé lo que me dijo; no sé lo que le dije.
Me voy calle abajo llevándome aquel abrazo de los mil kilómetros de la
Vía de la Plata plagada de emociones, muchos recuerdos, momentos
emotivos y buenas intenciones. Giro la cabeza y ya no veo a Josep y los
ojos se vidrian por momentos. Casi una hora y media después de un
viaje, que es también un viaje a los días pasados, el tren se detiene en
la estación de Vigo. Mochila a la espalda y apoyándome en el bordón me
dirijo a la estación de autobuses. A las 17.30 cojo el coche de línea
que me llevará hasta A Guarda...
Epílogo |