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Torremejía-Aljucén
8 septiembre 2007
33,1 km (9 horas
10 minutos)
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La primeras horas de la noche las pasamos casi en
vela. La "movida" juvenil nos impidió conciliar el sueño: gritos,
golpes, coches y la música a gran volumen se encargaron de ello.
Un día más, partimos a oscuras. 5 de la madrugada,
por la Calzada.
Madrugar es una forma de evitar caminar más horas bajo el temible Sol. Suponemos
que el paisaje que seguimos es semejante al que hemos ido dejando atrás.
Cuando dejamos el asfalto y nos adentramos por
pistas de tierra, las aves que se habían acomodado, agazapadas, en el camino,
levantan veloces el vuelo sin que apenas logremos verlas.
Todavía a oscuras, cruzamos una zona de árboles
centenarios cuya oscura sombra se aprecia en la noche; quizás son
encinas. De frente, no vemos Mérida, pero la intuimos por el resplandor
que se refleja en el horizonte nocturno, aún en la lejanía.
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Con las primeras luces, vemos la ciudad romana, pero la llegada a Emérita
Augusta, no se acaba de producir. Josep dice que "parece que tiene
ruedas y se aleja de nosotros", pues siempre la vemos en la distancia.
A veinte minutos de pisar la ciudad, ya vemos el puente de
Lusitania curvándose. Mérida, amaneciendo, parece cubierta con un tul.
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Por fin, y pese a lo dicho, alcanzamos Mérida con
media hora de adelanto sobre el horario previsto, justo cuando el sol
se eleva sobre los modernos edificios, lejos del casto
histórico.
Una bandada de aves vuelan hacie el sur.
Josep, a quien he perdido de vista, sigue la orilla del río
Guadiana. Yo busco el puente romano sin dejar el asfalto y
pasando por debajo de la autovía. |
Son las ocho y media
de la mañana cuando cruzamos el puente romano, el más largo de
todo el Imperio, dice una de las guías que llevamos. El moderno
puente de Lusitania, repite arco inverso en el río.
Desembocamos frente a la escultura de Rómulo
y Remo amamantados por la loba. Mérida rinde tributo, con sus
esculturas, a sus orígenes romanos. Por donde vamos, a esta
tempana hora no encontramos un bar abierto al que acercarnos. Hoy es el
"Día de Extremadura", hoy es un día de fiesta y, al menos en nuestro
recorrido, no tenemos donde desayunar.
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Dejamos a contraluz el acueducto
de los Milagros y el puente sobre el río Albarregas. La Vía de la Plata,
a la salida de Mérida, está interrumpida por obras, pero una flechas nos
indican la alternativa a seguir. Como cada día, Josep se ha adelantado.
Cada uno sigue su ritmo, que es la mejor manera de hacer el Camino. Hace
cuatro horas que caminamos sin detenernos y decido sentarme en el
bordillo de la carretera donde me hago cargo de unas manzanas y un par
de melocotones adquiridos ayer en Torremejía. Pero el descanso dura muy
poco. En frente, una mujer recrimina a su marido que no ha arreglado no
sé qué, y me voy. |
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Los
viñedos y los olivares son parte del paisaje
que observamos.
Tengo la sensación de que las temperaturas son,
hoy, más altas que ayer.
Después de ocho días de camino, hay momentos en
que uno no sabe ya que pensar, o está harto de pensar. A veces hay
momentos de desánimo, pero son los menos y forman parte de la
experiencia del Camino. Pero es cierto que, en estos momentos, es muy
importante contar con la compañía de alguien: el calor, la sed, la falta
de sombras, pero sobre todo la soledad, llegan a pesar sobre el
peregrino. Assumpta, peregrina que conocí en el Camino del Norte, me
dijo que la Vía de la Plata es el camino de la soledad y de la
fortaleza. Y ciertamente que llega a poner a prueba al peregrino.
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Voy subiendo hacia la presa de Proserpina después de corregir la
ruta. Observando el entorno "tragué" alguna flecha y seguí la
carretera que desemboca en la autovía. En una gasolinera me
corrigen y orientan mis pasos en la dirección correcta; la
cruz es una referencia de que, ahora, sigo en el buen
camino. En la base de la Cruz algunos peregrinos han depositado
piedras y hasta un mensaje. En una rotonda han dejado un mensaje
de socorro: "No vendáis Proserpina. No al campo de golf".
Proserpina, dice la guía editada por la Asociación de Amigos del
Camino de Santiago de Sevilla, es el embalse artificial más
grande del mundo romano mediterráneo. |
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Un paseo orilla la presa y lo sigo, separándome de la dureza de
la carretera. En Proserpina, me reencuentro con Josep. Una hora después
nos detenemos bajo la sombra de una encina. Hoy es día de
felicitaciones. Josep consigue hablar con un amigo que se casa. Y yo,
felicito a una amiga que está de cumpleaños. Engañamos el hambre con
algunas de las escasas reservas que aún llevamos en la mochila. Hay un
poco de pereza en nuestras piernas, pero Josep se encarga de animar la
salida "¡Venga , Antón, que ya está Aljucén ahí al lado!". Ahí al lado
son dos horas de camino todavía.
Y dejamos el duro asiento de alquitrán para cargar
con la mochila y reanudar la marcha.
Desde un cercado nos observan las reses curiosas. Un ciclista
hace parte de la Vía de la Plata en sentido contrario, guiándose por
GPS. En la Vía de la Plata, aunque nadie se conozca, siempre hay un
momento para el saludo y la plática breve.
Accedemos a El Carrascalejo por la calle Camino de Santiago. Se observan
pintadas en distintos lugares flechas y cruces de Santiago que nos van
dirigiendo hacia la iglesia de la Consolación, en cuyo atrio una
fuente nos permitirá refrescarnos.
Alcanzamos juntos El Carrascalejo en cuya fuente
nos refrescamos. Josep, que no quiere demorar mucho la llegada, apenas
se detiene. Yo me siento a la sombra que me ofrece una pared y observo
la fachada de la iglesia de la Consolación. El Carrascalejo es un
pequeño pueblo sin servicios, a poco más de dos kilómetros y medio de
Aljucén, donde nos detendremos hoy.
Caminando hacia Aljucén, observamos los esmerados
símbolos del Camino de Santiago: cruces sobre fustes; y bajo
el viaducto de la autovía, la vieira, Santiago, la cruz y la flecha.
Desde una de las cruces, observo Aljucén allá abajo.
Son las dos menos veinte de la tarde cuando entro
por la calle principal del pueblo. Desciendo por una de sus rúas hasta
la iglesia de San Andrés, que posee una preciosa portada renacentista. Josep,
lleva ya un rato en el albergue, que creemos cerrado. Procuramos las llaves en la
Casa Rural "Alba Plata", que nos dicen que el albergue está abierto,
pero se entra por el patio de atrás. Por fin podemos dejarnos caer en
una cama.
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A las tres, llega el japonés Taka. En el patio, un
alemán se distrae leyendo un libro y unos catalanes, que al parecer
finalizan hoy su ruta, juegan a las cartas.
En el pueblo hay dos o tres bares, pero salvo uno,
los demás están cerrados. El que está abierto, frente a una plazuela en
la que destaca una fuente, a esa hora (apenas
pasan unos minutos de las tres de la tarde), no preparan comidas. La
tienda o "super", cerró hace ya una hora. "Hoy, Ramadán", dice Josep con
humor y resignación.
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Fuera por el calor, por el hambre o por el
cansancio, he pegado una siesta importante. Aproximadamente, a
las seis y media llegan dos personas. Traen con ellos un
perro. Dicen que quieren llegar a Fisterra y vienen rodando una película
de ficción. El perro se echa sobre uno de sus costados después de beber
el agua que le acercan en un recipiente; se echa y queda plano con el
suelo pegado a él. El perro, de pequeño tamaño, está rendido, y
a mí me parece cruel el sufrimiento que le producen. |
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A las ocho, nos acercamos al bar, donde hemos
reservado la cena. Aquí no se elige, comes lo que te dan. Josep y yo,
ocupamos una de las mesas. En otra, se sientan el japonés Taka y el
alemán Harald, auque para nosotros terminará siendo "Cristian". El conocimiento de la lengua de Shakespeare ha facilitado el
inicio de su amistad en Aljucén. Pero en el Camino es fácil relacionarse
aunque no hablemos el mismo idioma, y convenimos los cuatro en salir
juntos en la jornada de mañana que nos llevará a Aldea del Cano.
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Antes
de retirarme al albergue, doy un paseo por el pueblo. En esta ocasión me
interno en el solitario cementerio, próximo a la iglesia de San
Andrés. La verja está cerrada, pero se puede abrir corriendo el cerrojo,
y eso hago, volviendo a cerrar una vez en su interior. Leo las
inscripciones de alguna lápida. Me sorprende la cantidad de flores que
alegran este espacio que uno supone triste y lleno de recuerdos.
Llama mi curiosidad el pateón 155 en el que figuran nueve nombres
y una leyenda "Murieron por Dios y por España vilmente asesinados por la
horda marxista en la noche del 8 al 9 de agosto de 1936. 'Mártires por
la Patria'. ¡Presentes!".
Camino entre las tumbas y los nichos mientras recuerdo los versos del
Bécquer "...La noche se entraba, / reinaba el silencio; / perdido en
las sombras, / medité un momento: / ¡Dios mío, qué solos / se quedan los
muertos!".
Aljucén-Aldea del Cano |
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