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A
Laxe-Vedra
26 septiembre 2008
34 km (9
horas 45 minutos)
Llegamos a nuestro penúltimo
día de Camino. ¿Qué nos deparará esta jornada?. Los números son los
mismos que los de días precedentes: 6.30 de la madrugada, para
levantarse. Cuando bajamos a la planta baja, llevando las mochilas y
otras pertenencias que se dispersan por nuestro espacio, algunas luces
se encienden automáticamente debido a los sensores de
movimiento. Allí, donde no molestamos, nos vestimos procurando hacer el
menor ruido posible. Josep ha tomado como desayuno la mermelada de pera
que nos habían dado Baudilio y Nuria y que yo llevaba en el fondo de la
mochila. Aunque Josep quiere compartirla, le digo que en ese momento no
me apetece comer nada, de modo que da buena cuenta de ella y agradece,a Baudilio y a Nuria el desayuno de hoy. A las 7.00 de la
mañana, atendiendo las explicaciones que ayer nos dio la hospitalera, salimos del albergue por
la puerta de emergencia. Las sombras no difieren de las de otros días.
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Aún domina la penumbra cuando llegamos al puente
sobre el río Deza que cruzamos para andar monte, donde en ocasiones,
debido a las sombras, nos cuesta encontrar las flechas, alguna jugando a
esconderse entre los árboles. Este primer trayecto nos conduce a la
carretera, y cuando pisamos el asfalto, seguimos sin flechas que nos
orienten. Primero nos dirigimos a la izquierda y observamos una población
muy cerca,
pero viendo las guías que llevamos, no nos parece que debamos dirigirnos
hacia ella, así que volvemos a la derecha y algunas decenas de metros
después, ya vemos las deseadas saetas. La carretera guía a los
peregrinos hasta la Iglesia de Santiago de Taboada, precedida por un cruceiro con un
sarcófago medieval a su izquierda.
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Cuando el sol se asoma por detrás de la montaña,
Josep, como hace
siempre, se detiene frente a él y lo recibe con reverencia. Me recuerda
a Miki Shima, el japonés que describe Isabel Allende en "La suma de los
días": "Cada amanecer, Miki sale al jardín, hace una reverencia y
saluda con un breve cántico al nuevo día y a los millones de espíritus
que lo habitan". Nunca había leído nada de Isabel Allende, ahora
seguiré haciéndolo. Nos fotografiamos, con nuestras mochilas,
acompañados del Santiago peregrino dorado por el sol naciente, que desde el atrio de la iglesia es testigo de
cada amanecer
La iglesia, de origen románico, conserva en el tímpano un
relieve que
representa a Sansón luchando con el león, aunque desde la distancia lo
confundimos con el Santiago de la batalla de Clavijo. El lugar nos entretiene más de
lo previsto, pero merece la pena esta parada que nos regala algunas
referencias culturales, explicadas en una mesa informativa que hay en
este espacio.
Josep, que siempre goza de buen humor y tiene
ocurrencias graciosas, se adueña del sarcófago, "hecho a mi medida"
dice, al tiempo que se acomoda en el hueco pétreo, con la vara de
peregrino acompañándole, los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos
entornados. Carreteras, pistas, senderos, robledales, ¿cuántas historias
vividas tendrán escritos estos caminos que ahora seguimos?
Un pombal o palomar, en el Pazo de Transfontao,
acaso huérfano ya de palomas, habitado ahora por el viento y la vegetación que lo
irá envolviendo si alguien no le pone remedio, se eleva lastimero en el
olvido. Poco después pasamos por una ermita
que quizás también dejó de cumplir su función, con la
fachada tapizada de hiedra. Andamos el camino empedrado, con ese encanto
especial que tienen estas vías centenarias cuya rusticidad sólo podemos
encontrar en pueblos como los que vamos recorriendo. A los lados del
camino crecen los manzanos, y bajo ellos recogemos alguna fruta que
presenta buen aspecto, convirtiéndose en nuestro desayuno. A muchos de los
mojones de la Xunta les han arrancado la tablilla de los kilómetros e
incluso hay alguno que carece ya del azulejo con la venera. Entramos en Silleda, población de cierta
entidad y renombrada por su feria de la "Semana Verde". En las proximidades de
la plaza, donde se alza la iglesia, los jardines y los bustos de
personajes locales, como los dedicados al párroco Vidal López y al médico Alfredo
Ramos, entramos en una cafetería, para desayunar caliente.
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A la salida de Silleda oteamos los horizontes y, poco después, una señal nos
recuerda que estamos en O Espiño donde una cruz y el mojón nos señalan
la dirección que debemos tomar. En menos de media hora, otro cartel
informativo nos indica...
...que debemos cruzar la carretera, y otro cartel más
nos sugiere que estamos en Chapa, donde la espadaña de su iglesia
compite con los tejados para hacerse ver.
Una curiosa señal nos aparta unos metros del camino y
dibuja una pícara sonrisa en nuestras caras. Entramos, poco después, en Bandeira
pasando, antes de dejar esta localidad por delante de lo que hoy es Casa de
Cultura, y antes fue escuela y
biblioteca pública, sufragada por los emigrantes en Buenos Aires, según
reza una placa en su fachada
A cierta distancia se han detenido Antonio, Francis y Manolo, de Mijas y Benalmádena, que se autofotografían: el
cuentakilómetros de sus bicicletas marca el kilómetro mil desde que iniciaron el Camino.
Me ofrezco a tirarles la foto-recuerdo y aprovecho para llevarme otra
imagen en mi cámara Cumplido el trámite, se disponen al pedaleo pero... ¡mecachis!
"¡He pinchado otra vez!", anuncia uno de ellos. El pinchazo
del kilómetro mil
quedará sin duda como una referencia más en su memoria del Camino. Media hora después
los ciclistas
nos dan alcance "!buen camino!". "¡Buen Camino y que terminen los
pinchazos", deseamos.
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Seguimos hacia Besteiro cuando
descubro, en el tronco de un árbol, la letra de la sevillana que
no recordaba en la despedida de Asturianos. Aunque no he olvidado a mis
amigos de Olvera, el mensaje en el árbol (¿otra de esas casualidades, o
será parte del espíritu inexplicable del Sendero?) me devuelve a los
días que caminamos juntos. Josep va lejos y me desato a cantar con una
voz y un ritmo capaz de enfurecer a los elementos: "Algo se muere en el alma, cuando un amigo se va". A
lo largo del Camino suceden hechos insólitos, circunstancias que
aparecen sin saber por qué y que lo convierten en algo mágico. Un hórreo subido en un alto,
vigila el paso de los peregrinos
La subida a Dornelas requiere un especial esfuerzo. Hay ciclistas que
se bajan de la bici, otros que sacan fuerzas que aún les quedan y suben.
Al
final se corona la cuesta exhaustos. Pasamos por delante de la Iglesia
románica de S. Martiño de Dornelas donde, otra vez, las losas
sepulcrales nos descubren donde reposan los muertos. En un
prado de generosa hierba, pastan las vacas ajenas a quienes pasan.
El vuelo de los aviones ya nos anuncia la proximidad de Santiago,
estamos a un suspiro de finalizar el Camino. Un vecino del lugar que
trabaja en su huerta nos da conversación y consejo cuando le preguntamos
por algún lugar donde comer. La carretera que seguimos es un paseo
ornamentado de árboles que dejan caer su sombra sobre el asfalto.
En San Miguel de Castro saludamos a los bicigrinos
con los que nos cruzamos subiendo Dornelas. Unos metros después está la ermita
bajo la protección de San Miguel, y un monumento en agradecimiento a Manuel Reimóndez Portela, sin
que descubramos mucho más sobre este hombre que lo que reza su placa:
"Los que colaboramos en la realización de estas obras del Seixo
agradecemos a don Manuel Reimóndez Portela nuestro director y trabajador
infatigable. San Miguel de Castro 8/XII/73". Claro que a quienes les
importa saber más sobre don Manuel Reimóndez es a los vecinos de San Miguel,
y estos, seguramente, ya lo saben todo.
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Un panel nos indica que estamos a sólo 18 km de Santiago.
Bromeamos
de que podríamos llegar hoy mismo, pero nuestro destino es A Laxe, que por el
Camino está a algo más de 29 kilómetros de la capital de Galicia. Cuando
salimos del municipio de A Estrada, la señalización de la carretera nos
hace cambiar de dirección orientándonos a Ponte Ulla, justo donde un
cartel anuncia el comienzo de la provincia de A Coruña; por lo tanto
abandonamos Ourense. A 300 metros, tapizada de verde, vemos Ponte Ulla...
...y sus primeras casas. La población tomó prestado su nombre del río
que la cruza: el Ulla.
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Mientras nos acercamos a Ponte Ulla, en el camino coincidimos con el
alemán Thomas que se defiende en castellano y me explica que viene
caminando desde Cádiz. Con él compartimos mesa en la Estación de Lalín, a unos cinco
kilómetros de Vedra. En una mesa hay una fuente de higos con una pinta
que invita a hincarles el diente. "¿Me permite coger uno?", pido al
mesonero, y el hombre coge la fuente bien colmada y la coloca en el
centro de la mesa que ocupamos. "Los he cogido hoy mismo, pruébenlos que
están muy buenos". Sí que están buenos, y pruebo uno; bueno, luego me
atrevo con otro. Thomas sólo ha degustado el
primero que cogió y a Josep no le apetecen ahora mismo. Me voy a por el
tercero y decido
retirar la fuente porque sería capaz de acabar con todos, aunque antes de
dejarla en la mesa de procedencia, me llevo uno más. Reanudamos el
camino. Thomas que 'tira como un alemán", ya se ha distanciado; Josep va
unos metros por delante y yo, como es habitual, cierro la fila. Hace
calor, y Josep está muy bien a la sombra del túnel que cruzamos después de
dejar Ponte Ulla.
Se nota que estamos en tierras jacobeas, pues
hasta la tapa de la red de saneamiento se adorna con la vieira. Hemos
llegado a Vedra y nos detenemos frente a la fuente de Santiago. Creo que Josep conoce todas las aguas de todas las fuentes por las que hemos
pasado. Algunos kilómetros antes de llegar a nuestro destino diario, mi
amigo y compañero de "andanzas y visiones", que diaría Unamuno, bebe de
su botella y acto seguido tira el resto del agua para aligerar peso. Y
bebe también en la fuente de Santiago de Outeiro-Vilanova-Vedra, que
tiene, al otro lado la ermita de Santiaguiño...
...en cuyo interior se veneran las imágenes de Santiago peregrino, cuya
fiesta celebran aquí el sábado anterior al último domingo de agosto, y del
Santiago de la batalla de Clavijo.
Acomodados en el albergue, aseados y descansados,
salgo a dar una pequeña vuelta por el entorno próximo, mientras Josep hace la colada. Hay un ruido que viene de lejos, un ruido continuo que no para nunca y
que, según me explica una vecina, llevan 30 años soportando sin
conseguir acostumbrarse a él. Me dice ella que el reuido procede de las canteras de Serrabal, que están a unos 300 metros de distancia (recuerdo
que están siendo noticia en los medios de comunicación porque hay no sé
qué problema entre las minas y el proyecto del AVE que cruzará por
ellas). Pasan algunos camiones que vienen o van a la mina, que dependen
de ella y llevan textos de protesta y contra el cierre.
Cuando regreso al albergue, encuentro, casi como
en la canción de Víctor Manuel ("Sentado en el quicio de la puerta, / el
pitillo apagado entre los labios, / con la boina calada y en la
mano / una vara nerviosa de avellano) a Luis Ballesteros
Martínez, gran conversador y a quien le gusta contar la historia de la
aparición de los restos del apóstol. Luis tiene 92 años, memoria
prodigiosa y juega con su rústico bastón. Me siento con él en otro de
los bancos hechos de troncos de un árbol, igual que la mesa. Y escucho
la historia de la aparición. De vez en cuando para de contar, me mira
a los ojos indagante, pero sonriendo, "usté sabe moito" o "usté xa
coñece esta historia"; y como se le ve feliz contándola, le digo que no;
que sólo sé algunas cosas, pero muy poco. Me mira desconfiado y se
decide a continuar hasta que hace una nueva interrupción. Contada por
Luis, la historia parece más hermosa que leída, qué pena de una
grabadora. Yo conocía aquello del "Antón pirulero", pero Luis me canta el
"Antón virandón / ollos de gato / e nariz de capón", que nunca había
oído. Nos despedimos cuando los dorados han desaparecido, la fresca
comienza a acomodarse en el lugar. "Usté xa sabía a historia", repite
una última vez convencido. Estrecho su mano y nos vamos cada uno en sentido contrario.
Vedra-Santiago
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