El Camino de Santiago por la Vía de la Plata

/2007/   Portada   Sevilla-Guillena    Guillena-Castilblanco de los Arroyos   Castilblanco-Almadén de la Plata     Almadén de la Plata-Monesterio     Monesterio-Puebla de Sancho Pérez       Puebla de Sancho Pérez-Villafranca de los Barros       Villafranca de los Barros-Torremejía      Torremejía-Aljucén       Aljucén-Aldea del Cano     Aldea del Cano-Casar de Cáceres   Casar de Cáceres-Grimaldo     Grimaldo-Carcaboso    Carcaboso-Aldeanueva del Camino     Aldeanueva del Camino-Fuenterrobles de Salvatierra     Fuenterrobles de Salvatierra-San Pedro de Rozados     San Pedro de Rozados-Salamanca      Salamanca-El Cubo de la Tierra      El cubo de la Tierra-Zamora...   Epílogo  /2008/  Zamora a Santiago (didicatoria)    Zamora (Esperando)   Zamora-Riego del Camino    Riego del Camino-Tábara       Tábara-Calzadilla de Tera      Calzadilla de Tera-Mombuey      Mombuey-Puebla de Sanabria         Puebla de Sanabria-Lubián        Lubián-A Gudiña      A Gudiña-Laza    Laza-Xunqueira de Ambía       Xunqueira de Ambía-Ourense       Ourense-Oseira      Oseira-A Laxe     A Laxe-Vedra    Vedra-Santiago      Epílogo

 

A Laxe-Vedra

26 septiembre 2008

34 km (9 horas 45 minutos)

 

Llegamos a nuestro penúltimo día de Camino. ¿Qué nos deparará esta jornada?. Los números son los mismos que los de días precedentes: 6.30 de la madrugada, para levantarse. Cuando bajamos a la planta baja, llevando las mochilas y otras pertenencias que se dispersan por nuestro espacio, algunas luces se encienden automáticamente debido a los sensores de movimiento. Allí, donde no molestamos, nos vestimos procurando hacer el menor ruido posible. Josep ha tomado como desayuno la mermelada de pera que nos habían dado Baudilio y Nuria y que yo llevaba en el fondo de la mochila. Aunque Josep quiere compartirla, le digo que en ese momento no me apetece comer nada, de modo que da buena cuenta de ella y agradece,a Baudilio y a Nuria el desayuno de hoy. A las 7.00 de la mañana, atendiendo las explicaciones que ayer nos dio la hospitalera, salimos del albergue por la puerta de emergencia. Las sombras no difieren de las de otros días.

  

Aún domina la penumbra cuando llegamos al puente sobre el río Deza que cruzamos para andar monte, donde en ocasiones, debido a las sombras, nos cuesta encontrar las flechas, alguna jugando a esconderse entre los árboles. Este primer trayecto nos conduce a la carretera, y cuando pisamos el asfalto, seguimos sin flechas que nos orienten. Primero nos dirigimos a la izquierda y observamos una población muy cerca, pero viendo las guías que llevamos, no nos parece que debamos dirigirnos hacia ella, así que volvemos a la derecha y algunas decenas de metros después, ya vemos las deseadas saetas. La carretera guía a los peregrinos hasta la Iglesia de Santiago de Taboada, precedida por un cruceiro con un sarcófago medieval a su izquierda.

Cuando el sol se asoma por detrás de la montaña, Josep, como hace siempre, se detiene frente a él y lo recibe con reverencia. Me recuerda a Miki Shima, el japonés que describe Isabel Allende en "La suma de los días": "Cada amanecer, Miki sale al jardín, hace una reverencia y saluda con un breve cántico al nuevo día y a los millones de espíritus que lo habitan". Nunca había leído nada de Isabel Allende, ahora seguiré haciéndolo. Nos fotografiamos, con nuestras mochilas, acompañados del Santiago peregrino dorado por el sol naciente, que desde el atrio de la iglesia es testigo de cada amanecer

La iglesia, de origen románico, conserva en el tímpano un relieve que representa a Sansón luchando con el león, aunque desde la distancia lo confundimos con el Santiago de la batalla de Clavijo. El lugar nos entretiene más de lo previsto, pero merece la pena esta parada que nos regala algunas referencias culturales, explicadas en una mesa informativa que hay en este espacio.

Josep, que siempre goza de buen humor y tiene ocurrencias graciosas, se adueña del sarcófago, "hecho a mi medida" dice, al tiempo que se acomoda en el hueco pétreo, con la vara de peregrino acompañándole, los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos entornados. Carreteras, pistas, senderos, robledales, ¿cuántas historias vividas tendrán escritos estos caminos que ahora seguimos?

Un pombal o palomar, en el Pazo de Transfontao, acaso huérfano ya de palomas, habitado ahora por el viento y la vegetación que lo irá envolviendo si alguien no le pone remedio, se eleva lastimero en el olvido. Poco después pasamos por una ermita que quizás también dejó de cumplir su función, con la fachada tapizada de hiedra. Andamos el camino empedrado, con ese encanto especial que tienen estas vías centenarias cuya rusticidad sólo podemos encontrar en pueblos como los que vamos recorriendo. A los lados del camino crecen los manzanos, y bajo ellos recogemos alguna fruta que presenta buen aspecto, convirtiéndose en nuestro desayuno. A muchos de los mojones de la Xunta les han arrancado la tablilla de los kilómetros e incluso hay alguno que carece ya del azulejo con la venera. Entramos en Silleda, población de cierta entidad y renombrada por su feria de la "Semana Verde". En las proximidades de la plaza, donde se alza la iglesia, los jardines y los bustos de personajes locales, como los dedicados al párroco Vidal López y al médico Alfredo Ramos, entramos en una cafetería, para desayunar caliente.

A la salida de Silleda oteamos los horizontes y, poco después, una señal nos recuerda que estamos en O Espiño donde una cruz y el mojón nos señalan la dirección que debemos tomar. En menos de media hora, otro cartel informativo nos indica...

...que debemos cruzar la carretera, y otro cartel más nos sugiere que estamos en Chapa, donde la espadaña de su iglesia compite con los tejados para hacerse ver.

Una curiosa señal nos aparta unos metros del camino y dibuja una pícara sonrisa en nuestras caras. Entramos, poco después, en Bandeira pasando, antes de dejar esta localidad por delante de lo que hoy es Casa de Cultura, y antes fue escuela y biblioteca pública, sufragada por los emigrantes en Buenos Aires, según reza una placa en su fachada

A cierta distancia se han detenido Antonio, Francis y Manolo, de Mijas y Benalmádena, que se autofotografían: el cuentakilómetros de sus bicicletas marca el kilómetro mil desde que iniciaron el Camino. Me ofrezco a tirarles la foto-recuerdo y aprovecho para llevarme otra imagen en mi cámara Cumplido el trámite, se disponen al pedaleo pero... ¡mecachis! "¡He pinchado otra vez!", anuncia uno de ellos. El pinchazo del kilómetro mil quedará sin duda como una referencia más en su memoria del Camino. Media hora después los ciclistas nos dan alcance "!buen camino!". "¡Buen Camino y que terminen los pinchazos", deseamos.

Seguimos hacia Besteiro cuando descubro, en el tronco de un árbol, la letra de la sevillana que no recordaba en la despedida de Asturianos. Aunque no he olvidado a mis amigos de Olvera, el mensaje en el árbol (¿otra de esas casualidades, o será parte del espíritu inexplicable del Sendero?) me devuelve a los días que caminamos juntos. Josep va lejos y me desato a cantar con una voz y un ritmo capaz de enfurecer a los elementos: "Algo se muere en el alma, cuando un amigo se va". A lo largo del Camino suceden hechos insólitos, circunstancias que aparecen sin saber por qué y que lo convierten en algo mágico. Un hórreo subido en un alto, vigila el paso de los peregrinos

La subida a Dornelas requiere un especial esfuerzo. Hay ciclistas que se bajan de la bici, otros que sacan fuerzas que aún les quedan y suben. Al final se corona la cuesta exhaustos. Pasamos por delante de la Iglesia románica de S. Martiño de Dornelas donde, otra vez, las losas sepulcrales nos descubren donde reposan los muertos. En un prado de generosa hierba, pastan las vacas ajenas a quienes pasan.

El vuelo de los aviones ya nos anuncia la proximidad de Santiago, estamos a un suspiro de finalizar el Camino. Un vecino del lugar que trabaja en su huerta nos da conversación y consejo cuando le preguntamos por algún lugar donde comer. La carretera que seguimos es un paseo ornamentado de árboles que dejan caer su sombra sobre el asfalto.

    

En San Miguel de Castro saludamos a los bicigrinos con los que nos cruzamos subiendo Dornelas. Unos metros después está la ermita bajo la protección de San Miguel, y un monumento en agradecimiento a Manuel Reimóndez Portela, sin que descubramos mucho más sobre este hombre que lo que reza su placa: "Los que colaboramos en la realización de estas obras del Seixo agradecemos a don Manuel Reimóndez Portela nuestro director y trabajador infatigable. San Miguel de Castro 8/XII/73". Claro que a quienes les importa saber más sobre don Manuel Reimóndez es a los vecinos de San Miguel, y estos, seguramente, ya lo saben todo.

Un panel nos indica que estamos a sólo 18 km de Santiago. Bromeamos de que podríamos llegar hoy mismo, pero nuestro destino es A Laxe, que por el Camino está a algo más de 29 kilómetros de la capital de Galicia. Cuando salimos del municipio de A Estrada, la señalización de la carretera nos hace cambiar de dirección orientándonos a Ponte Ulla, justo donde un cartel anuncia el comienzo de la provincia de A Coruña; por lo tanto abandonamos Ourense. A 300 metros, tapizada de verde, vemos Ponte Ulla...

...y sus primeras casas. La población tomó prestado su nombre del río que la cruza: el Ulla.

Mientras nos acercamos a Ponte Ulla, en el camino coincidimos con el alemán Thomas que se defiende en castellano y me explica que viene caminando desde Cádiz. Con él compartimos mesa en la Estación de Lalín, a unos cinco kilómetros de Vedra. En una mesa hay una fuente de higos con una pinta que invita a hincarles el diente. "¿Me permite coger uno?", pido al mesonero, y el hombre coge la fuente bien colmada y la coloca en el centro de la mesa que ocupamos. "Los he cogido hoy mismo, pruébenlos que están muy buenos". Sí que están buenos, y pruebo uno; bueno, luego me atrevo con otro. Thomas sólo ha degustado el primero que cogió y a Josep no le apetecen ahora mismo. Me voy a por el tercero y decido retirar la fuente porque sería capaz de acabar con todos, aunque antes de dejarla en la mesa de procedencia, me llevo uno más. Reanudamos el camino. Thomas que 'tira como un alemán", ya se ha distanciado; Josep va unos metros por delante y yo, como es habitual, cierro la fila. Hace calor, y Josep está muy bien a la sombra del túnel que cruzamos después de dejar Ponte Ulla.

Se nota que estamos en tierras jacobeas, pues hasta la tapa de la red de saneamiento se adorna con la vieira. Hemos llegado a Vedra y nos detenemos frente a la fuente de Santiago. Creo que Josep conoce todas las aguas de todas las fuentes por las que hemos pasado. Algunos kilómetros antes de llegar a nuestro destino diario, mi amigo y compañero de "andanzas y visiones", que diaría Unamuno, bebe de su botella y acto seguido tira el resto del agua para aligerar peso. Y bebe también en la fuente de Santiago de Outeiro-Vilanova-Vedra, que tiene, al otro lado la ermita de Santiaguiño...

...en cuyo interior se veneran las imágenes de Santiago peregrino, cuya fiesta celebran aquí el sábado anterior al último domingo de agosto, y del Santiago de la batalla de Clavijo.

Acomodados en el albergue, aseados y descansados, salgo a dar una pequeña vuelta por el entorno próximo, mientras Josep hace la colada. Hay un ruido que viene de lejos, un ruido continuo que no para nunca y que, según me explica una vecina, llevan 30 años soportando sin conseguir acostumbrarse a él. Me dice ella que el reuido procede de las canteras de Serrabal, que están a unos 300 metros de distancia (recuerdo que están siendo noticia en los medios de comunicación porque hay no sé qué problema entre las minas y el proyecto del AVE que cruzará por ellas). Pasan algunos camiones que vienen o van a la mina, que dependen de ella y llevan textos de protesta y contra el cierre.

Cuando regreso al albergue, encuentro, casi como en la canción de Víctor Manuel ("Sentado en el quicio de la puerta, / el pitillo apagado entre los labios, / con la boina calada y en la mano / una vara nerviosa de avellano) a Luis Ballesteros Martínez, gran conversador y a quien le gusta contar la historia de la aparición de los restos del apóstol. Luis tiene 92 años, memoria prodigiosa y juega con su rústico bastón. Me siento con él en otro de los bancos hechos de troncos de un árbol, igual que la mesa. Y escucho la historia de la aparición. De vez en cuando para de contar, me mira a los ojos indagante, pero sonriendo, "usté sabe moito" o "usté xa coñece esta historia"; y como se le ve feliz contándola, le digo que no; que sólo sé algunas cosas, pero muy poco. Me mira desconfiado y se decide a continuar hasta que hace una nueva interrupción. Contada por Luis, la historia parece más hermosa que leída, qué pena de una grabadora. Yo conocía aquello del "Antón pirulero", pero Luis me canta el "Antón virandón / ollos de gato / e nariz de capón", que nunca había oído. Nos despedimos cuando los dorados han desaparecido, la fresca comienza a acomodarse en el lugar. "Usté xa sabía a historia", repite una última vez convencido. Estrecho su mano y nos vamos cada uno en sentido contrario.

Vedra-Santiago