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Benedictinas

ARQUIVO
El Monasterio benedictino de la Transfiguración
de La Guardia
por Juan Domínguez Fontela
 
Arquivo de Antonio Martínez Vicente
Fotos: Antón Ferreira
 
         Constituye desde cerca de cuatro siglos este monasterio de religiosas benedictinas un oasis espiritual en el desierto de las arideces y luchas terrenales de nuestra existencia, en el cual estuvo siempre muy floreciente la vida monástica según la inspirada regla del insigne Patriarca de los monjes de Occidente San Benito de Nursia.
           Único actualmente en la diócesis de Tuy consagrado a continuar el espíritu y las sabias constituciones del santo Abad de Monte Casino, y de su hermana Santa Escolástica, distinguiose siempre por la perseverante y constante observancia, sin decadencias ni atenuaciones, hasta el día de hoy,  de los admirables estatutos monásticos y de las prácticas de penitencia y oración características de esta milenaria orden monástica, madre de todas las congregaciones religiosas occidentales.
           En siglos remotos existieron en este Obispado de Tuy otros monasterios benedictinos de monjas, siendo el último en desaparecer el que existió en la parroquia de Tomiño, del cual hoy no se conservan más restos que la nave del templo parroquial, aunque alterada por reformas arquitectónicas improcedentes y opuestas a la es-tructura artística de aquel hermoso edificio medieval.
           Durante los primeros siglos de existencia del monasterio benedictino de La Guardia, formaron parte principal de la observante comunidad  señoras pertenecientes a nobilísimas familias de Galicia y del Norte de Portugal, las cuales habían preferido las austeridades de la vida monacal de penitencia y de retiro a las grandezas de sus blasonados hogares y a todas las vanidades de la alta sociedad humana. Los nombres que han llegado hasta nosotros, de muchas de las abadesas y monjas de aquellos primitivos siglos son de familias linajudas, especialmente de las emparentadas con los piadosos fundadores del monasterio. Con estas vivieron, sin embargo, vida de fraternidad cristiana multitud de religiosas oriundas de todas las clases sociales.
           Entre unas y otras sobresalieron siempre almas destacadas por el heroísmo de sus virtudes, que dejaron en pos de sí el suave aroma de su santidad y de las más excelsas prácticas del bien, después de haber edificado con su religiosa observancia a sus hermanas de retiro claustral. Tuvo siempre este monasterio, y sigue conservando, fama de muy observante. Bajo las losas del templo y de los cementerios claustrales antiguo y moderno reposan los restos venerables de muchas religiosas fallecidas en olor de santidad.
           Construido este edificio en terrenos propiedad del benemérito párroco de Salcidos, don Álvaro Ozores y Sotomayor, y con los bienes de su pertenencia y de sus hermanos, ascendientes del ilustre conde de Priegue, los cuales donaron en absoluto esta propiedad a las hijas de San Benito, es ésta del dominio absoluto de la misma comunidad.
           Y si esto no fuese testimonio bastante en derecho, debemos recordar que las obras de restauración del mismo edificio, realizadas en 1737 a 1738, fueron costeadas numerario de las mismas religiosas con la cooperación del Obispo de Tuy D. Anselmo Gómez de la Torre, hijo de la misma congregación benedictina.
         Construido este edificio en terrenos propiedad del benemérito párroco de Salcidos, don Álvaro Ozores y Sotomayor, y con los bienes de su pertenencia y de sus hermanos, ascendientes del ilustre conde de Priegue, los cuales donaron en absoluto esta propiedad a las hijas de San Benito, es ésta del dominio absoluto de la misma comunidad.
          Y si esto no fuese testimonio bastante en derecho, debemos recordar que las obras de restauración del mismo edificio, realizadas en 1737 a 1738, fueron costeadas numerario de las mismas religiosas con la cooperación del Obispo de Tuy D. Anselmo Gómez de la Torre, hijo de la misma congregación benedictina.
          Los escudos o blasones heráldicos que campean en la fachada de la iglesia son también un testimonio del patronato de la ilustre casa de los condes de Priegue.
          Aunque este edificio no es una obra monumental de arte arquitectónica, constituye, sin embargo, un sector importante de nuestra villa y un elemento notable en la vida histórica de la misma, merecedor del aprecio y estima con que siempre ha sido tenido por todas las clases sociales de nuestra comarca. Justo es, pues, que su historia sea conocida de todos los amantes de nuestro pasado.
          Vamos ahora a relatar sucintamente las noticias que hemos podido recoger acerca de la historia de este santo cenobio, valiéndonos de los elementos recogidos en las fuentes históricas que mencionaremos al final de este trabajo.
Fundación del Monasterio.
    Los fundadores de esta casa religiosa fueron los señores D. Alvaro, D. García, D.ª Isabel y D.ª María Ozores y Sotomayor, hijos de D. Vasco Ozores, señor de la casa de Teanes, y de D.ª Ana Páez de Sotomayor, ascendientes de algunas de las casas más linajudas de Galicia, como son los condes de Priegue, los marqueses de Mos y de Villagarcía, los señores de las casas de Freijeiro y de Goyán y de otras varias de la más antigua y rancia nobleza regional.
        Y, en efecto, en el año de 1558 los cuatro referidos hermanos se propusieron instituir en nuestra villa una casa monástica, donde, al mismo tiempo que viviesen consagradas a Dios en vida conventual las señoras de su familia que tuviesen vocación para este santo estado, pudiesen también recibir educación cristiana e instrucción social las jóvenes que lo deseasen, pudiendo también ser admitidas allí cuantas quisiesen vestir el hábito benedictino.
        Tiene este monasterio desde sus principios la advocación de la Transfiguración del Señor, o de San Salvador, y siempre estuvo bajo la sapientísima regla del gran Patriarca del Monacato Occidental, San Benito.
       Aunque los cuatro referidos hermanos fueron considerados como fundadores del monasterio, el que, sin embargo, soportó principalmente los gastos de la fundación fue el hermano mayor, D. Álvaro, sacerdote, nacido a principios del siglo XVI en su casa solariega de la hoy extinguida parroquia de Santa Comba de Pena Furada, ahora de Oleiros, partido de Salvatierra del Miño, el cual fue nombrado párroco de San Salvador de Leirado en 1530 y más tarde abad de San Lorenzo de Salcidos, cuya iglesia edificó a su costa. En el año de 1567 pasó a vivir en su casa de La Guardia, la cual aún subsiste inmediata a la puerta antigua de la plaza de la villa, en la manzana izquierda, al bajar a la calle del Medio, hoy llamada de Colón. Ostenta esta casa aún los escudos o blasones de los Correa, Ozores, Sotomayor, etc., de dicha familia.
       Comprueba la afirmación de que D. Alvaro fue el principal contribuyente a la fundación del convento la cláusula 20 de su testamento, que dice así: “Item digo que al tiempo que nos concertamos para hacer el monasterio de la Transfiguración de nuestro Señor Jesucristo de la villa de la Guarda, García Ozores de Sotomayor, y doña maría ozores y doña isabel mis hermanas, fue que pagásemos todos igualmente tanto unos como otros según pasó cerca de ellos entre todos una escritura de concierto delante del escribano que fue de número de la dha. de la Guarda, y después me dexaron solo, gasté mucho más que ellos, porque garcía ozores no dio más que noventa ducados, y doña maría ozores ducientos ducados y doña isabel otros ducientos ducados, y así lo hallarán puesto en un librillo que ize de lo que gastaba y de lo que recibía, y después que vi que la paga había de ser tarde o nunca, no quise más trabajar en escribir lo que gasté en el monasterio que fue mucha cantidad,  se lo perdono a los dichos garcía ozores y doña maría y doña isabel mis hermanas y mando que no les pidan cosa alguna de lo susodicho”.
          Otro testimonio de que el señor D. Alvaro Ozores fue el principal fundador del monasterio y de que él contrató las obras del convento y de su iglesia, lo tenemos en el convento hecho exclusivamente por él con el célebre y pintor decorador D. Juan Bautista Celme, oriundo de Aragón, avecindado en Santiago, que fundió las notables rejas de la catedral de Orense. En el año de 1583 contrataron ambos por el precio de ciento setenta ducados la construcción, pintura y dorado de un retablo de nogal, de diez y siete palmos de altura, sin contar la coronación, para la capilla mayor de la iglesia del monasterio de La Guardia, conforme a la traza del mismo Celma. Este altar había de llevar cuatro columnas estriadas, y en la hornacina central una historia de medio relieve de la Transfiguración del Señor bien labrada. Toda la talla irá estofada de diferentes colores sobre oro. Las eses de los remates de plata blanca como algunas ropas de las figuras para hacer resalte de colores de carmesí o verde. (P. Constantí. Diccionario Artistas).
          El monasterio de La Guardia, aunque fue fundado para seguir la regla de San Benedicto, y participa de todos los privilegios, gracias y determinadas exenciones particulares de la histórica orden, pertenece sin embargo a la jurisdicción canónica del Obispo de Tuy. Este prelado es a quien prestan obediencia; él preside las elecciones de abadesas y las confirma en su cargo, debiendo hacer la visita canónica, en cuyo acto jurisdiccional puede delegar en alguna dignidad o en el canónigo más antiguo en edad de la Iglesia Catedral de Tuy.
      El conjunto total del monasterio era en un principio más reducido que en la actualidad, así en la iglesia y claustro como en las demás dependencias monacales. La que fue siempre como ahora es la huerta circundada toda como hoy lo está por un alto muro para la clausura canónica y dotada de abundante agua potable y para riego.
      Del edificio primitivo consérvanse todavía grandes porciones en el interior del convento, habiendo sido renovado casi todo el monasterio en los años 1737 y 1738, según más adelante explicaremos.
     Tuvo siempre este monasterio clausura monacal rigurosa, de tal manera que ninguna persona extraña a la Comunidad, aunque fuesen familiares o consanguíneos próximos, podía visitar a las religiosas, sino en el locutorio, y esto siempre separados por dos series de rejas de hierro interpuestas: “post duas clafhas ferreas”, como perpetúan las constituciones. Es, sin embargo, curiosa la cláusula 5ª de éstas, que autoriza a las monjas para salir del monasterio con licencia de la Abadesa. Esto, según Derecho, sólo puede acontecer con causas gravísimas y previa autorización de la Santa Sede, o del Prelado diocesano según los casos.
          Es también notablemente extraña la sección última de la cláusula 2ª y de la 6ª, en cuya virtud los fundadores y las esposas de éstos podían entrar libremente en el convento y permanecer allí, sin necesidad de licencia, cuanto tiempo les pareciere, con tal de que se mantuvieran por su cuenta. Para vivienda de estas personas estaba destinada la llamada casa del Conde.
          La cláusula 7ª es de suma importancia y está inspirada en el espíritu de la orden benedictina relativa a la educación de la juventud. Autoriza esta cláusula para que las hijas y demás mujeres descendientes de los fundadores que quieran pasar a vivir allí, ya sean doncellas, ya viudas, puedan permanecer en el convento el tiempo que les plazca, aunque sea sin la licencia de la Abadesa, con tal de que mientras estén allí presten obediencia a ella. El objeto de esta concesión era para que sirviese el convento como colegio de formación para las primeras y como santo retiro para las segundas. Bajo el primer punto de vista era éste un establecimiento destinado a la educación moral e intelectual de las jóvenes pertenecientes a las familias de fundadoras. Con ellas solían admitirse también otras jóvenes con el carácter de educandas. Cuando en 1882 se restauró la comunidad en La Guardia, al reintegrarse de Bayona, vivió en este convento varios años, con este objeto, una joven portuguesa parienta de una de las religiosas, natural de aquella nación.
          El número de las religiosas que, según los estatutos básicos de la fundación, debía formar la Comunidad era de veinte profesas, estando, sin embargo, autorizada ésta para ampliar el número. Llegaron a ser treinta y cuatro las religiosas en alguna época. Hoy son diecinueve las personas que allí viven consagradas a Dios.
          La cláusula octava de las letras apostólicas de la fundación dispone que, por cuanto los dichos fundadores han hecho a su cuenta muchos dispendios para construir  y fundar el monasterio, después de crear y dotar dos plazas cada uno, o sea un total de ocho, puedan elegir aspirantes que sucedan a éstas y colocarlas en el convento, sin otro dote, y a la muerte de éstas a otras, con solo el coste del ajuar de la celda, lecho y ropas necesarias. Este punto fue posteriormente causa de ruidosos litigios como en otros capítulos veremos.
          Señalados y ampliados por D. Álvaro Ozores los terrenos en que había de edificarse el convento, dotándoles mediante escritura pública de absoluto dominio a la futura Comunidad, previa la aprobación del proyecto por el Obispo de Tuy, D. Juan de San Millán, y con licencia de S. M. el Rey D. Felipe II, se comenzó la construcción del monasterio en el año de 1558. En el año de 1561 estaban ya terminadas las obras principales de la iglesia, claustro, refectorio, dormitorios, enfermería cierre de la huerta y demás dependencias necesarias para servicio de la Comunidad.
         Redactadas las constituciones o estatutos en los que había de basarse la fundación del convento, fueron presentados al mencionado Obispo D. Juan de San Millán, quien los aprobó, siendo después sometidos a la autoridad del señor Nuncio de su Santidad en los Reinos de Portugal, D. Próspero Publicola de Santa Cruz, Obispo Cisamense o Kisamense, es decir, de Cisamo, en Creta, más tarde Cardenal de la Iglesia Romana, que se hallaba a la sazón en Pontevedra. Este Reverendísimo Prelado, en virtud de su representación apostólica, sancionó aquellos con su autoridad en 7 de septiembre de 1561. Consérvase este documento escrito en una amplia hoja de pergamino, en el archivo del convento, donde lo hemos estudiado detenidamente.
          Realizados estos trámites y vencidas algunas dificultades que habían retrasado varios años el piadoso proyecto de los fundadores, el Obispo D. Diego de Torquemada, sucesor del Señor San Millán, tuvo la inmensa satisfacción, el día 5 de agosto de 1567, festividad de Nuestra Señora de las Nieves, de bendecir solemnemente, con numeroso concurso de clero secular y regular, y ante gran multitud de fieles, la iglesia, el claustro y demás dependencias del monasterio, bendiciendo también los santos hábitos benedictinos y demás insignias de la Orden de San Benito, imponiendo aquellas a ocho jóvenes de las familias de los fundadores, que aquel día renunciaron a las vanidades de la tierra para convertirse en espirituales piedras angulares fundamentales de este gran edificio místico que hoy cuenta cerca de cuatro centenarios de existencia.
          ¡Honor y gloria a esta santa casa, donde sin interrupción ni intervalos, ni decadencias, ni atenuaciones, las hijas de San Benito y Santa Escolástica siguen cantando de día y de noche las divinas alabanzas y edificando al pueblo de La Guardia y toda su comarca con sus heroicas virtudes!
          Llamábanse las mencionadas primeras religiosas que en dicho día 5 de agosto vistieron el hábito monacal doña Constanza, doña Florencia y doña Blanca Correa de Sotomayor, las cuales eran hijas de doña María Ozores de Sotomayor, fundadora del convento; doña Beatriz Pereira, doña Ana de Magallanes, doña Leonor Bella, doña Ana Teixeira y doña María del Espíritu Santo.
         Para dirigir la comunidad puso el Obispo el báculo abacial en manos de la señora Dña. Isabel Pereira, monja de gran virtud, perteneciente a la familia de los fundadores, a la cual eligió Abadesa, designando como Priora a doña Isabel de San Antonio. Ambas religiosas, dotadas de gran virtud y prudencia, procedían del Real Monasterio de San Pelayo de la ciudad de Santiago.
          Como cumplidores y ejecutores de las letras apostólicas, expedidas por el Rvmo. Sr. Nuncio de Su Santidad, fueron designados por los fundadores, de acuerdo con el Prelado Diocesano y por disposición de las mismas letras, D. Diego Correa de Cerveira, Abad Párroco de Leirado, cuñado de Dña. María Ozores de Sotomayor; D. Gómez Correa, Canónigo y Arcediano de Miñor en la Catedral de Tuy y Abad de La Guardia, sobrino éste de los fundadores y primo de las tres primeras religiosas.
          Tal es el origen histórico del Monasterio benedictino de la Transfiguración de La Guardia.
Nota primera al capítulo I.
 
        El antiquísimo solar de la esclarecida familia de los Ozores radica en la ilustre casa de Teanes, sita cerca de la antigua villa y plaza fuerte de Salvatierra de Miño. En dicha casa nacieron preclaros varones que prestaron grandes servicios al Rey y a la Patria.
           Entre ellos sobresale don Juan Rodríguez de Novaes y Ozores, que fue dueño de la misma casa y de la de Alcabra, situada cerca de ésta. D. Juan Rodríguez de Novaes se casó con doña Isabel Rodríguez de Sosa y tuvieron por hijos a D. Vasco Ozores, que heredó la casa de Teanes, y a doña Constanza Rodríguez de Noval, que se casó con D. Gonzalo Avalle, que llevó Alcabra.
           D. Vasco tomó el apellido Ozores, último de los paternos y contrajo matrimonio con doña Ana Peláez o Páez de Sotomayor, de la ilustre casa de este apellido.
           Estos tuvieron varios hijos, a saber D. Alvaro Ozores de Sotomayor, que siguió la carrera eclesiástica, y al que su padre y su tía doña Constanza Rodríguez de Novoa como patronos del beneficio de Leirado, prestaron para el mismo, habiéndole expedido el título hacia 1530 el Obispo D. Diego de Avellaneda. Fue trasladado después a la parroquia de San Lorenzo de Salcidos, residiendo primero en la casa propia familiar, que aún se conserva en el lugar de Salcidos, y más tarde pasó a vivir a La Guardia, conservando este curato hasta que falleció en 1594.
           El segundo hijo de aquel matrimonio fue don García Ozores y Sotomayor, que heredó la casa de Teanes, de quien descienden los condes de Camarasa y otros.
 
           Fue el tercer hijo del mismo matrimonio doña María Ozores y Sotomayor, que se casó con D. Gómez Correa de Cerveira, vecino de La Guardia, donde residía en los años 1572 a 1576. Los escudos heráldicos que campean en la casa que fue de su propiedad, frente al extinto hospital de San Marcos, bajo la torre del reloj, son los blasones de esta familia. Véanse más detalles en nuestras notas acerca de dicho hospital.
           Del matrimonio de doña María Ozores con D. Gómez Correa, nació doña Isabel Ozores de Sotomayor, que casó con D. Baltasar de Sequeiros, los cuales fueron padres de Fray Antonio de Sotomayor, Arzobispo de Damasco, Inquisidor General y confesor de Felipe IV, el cual nació en Santo Tomé de Freijeiro; de don Fray Francisco de Sotomayor, Obispo de Quito y de las Charcas, que nació en Valença do Minho, y don Fray Alvaro de Sotomayor, General de la Orden benedictina y que murió Obispo electo de Orense. Estos tres hermanos se criaron en la casa materna de La Guardia, al lado de su tío D. Alvaro, donde asistían a la escuela pública de niños de la villa.
           Don Fray Antonio de Sotomayor fue catedrático de Prima en el convento de P.P. Dominicos de Santiago. Su tío, don Alvaro Ozores y Sotomayor, dispuso en su testamento la siguiente cláusula: “Item mando que se den veinte ducados a Fray Antonio de Sotomayor, Catedrático de Prima en la ciudad de Santiago, para libros de su estudio”.
           Del matrimonio de doña Isabel Ozores y Sotomayor, hija de D. Gómez Correa y de doña María Ozores y Sotomayor, casada con don Baltasar de Sequeiros, proceden los condes de Priegue y Vizcondes de  Santo Tomé. El primer conde de aquel título es don Baltasar de Sequeiros y Sotomayor y Silva, por concesión del Rey Felipe IV en 1643.
           El cuarto hijo del matrimonio referido atrás fue doña Isabel Ozores y Sotomayor, que contrajo matrimonio en Portugal con D. Gonzalo Rodríguez de Araujo y Pimentel, y fueron tronco de la casa vincular de Barbeita, sita en la comarca de la plaza fuerte de Monzón.
           El quinto descendiente del mismo matrimonio fue doña Mayor de Zúñiga, que casó con D. Alvaro Mendoza de Sotomayor, Señor de  Vista Alegre, Barrantes y Villagarcía, de quienes vienen los marqueses de Villagarcía, Rubianes, etc.
           Los cuatro primeros hermanos son los fundadores del monasterio de La Guardia.
Nota segunda al capítulo

 
        Prueba del dominio directo que la comunidad posee sobre el convento y sobre toda su propiedad, incluso la plaza por donde pasa la carretera de bajada al puerto, es el nombre que aún hoy día conserva esta plaza que se llamó siempre  y  sigue  llamándose “Chan de Conde ”. Llámase así por haber pertenecido todo este terreno, juntamente con el solar del convento y su huerta, a la familia de los fundadores, cuyo principal representante fue más tarde el señor Conde de Priegue. De ahí la denominación de llanura o planicie del Conde, a cuyas voces corresponde en lengua gallega la palabra Chan de Conde.
           Este campo, destinado antiguamente a tendal fue siempre reconocido como propiedad de la Comunidad, y por razón de este dominio tenían cierta limitación las edificaciones que daban a la misma plaza. Fue este Chan de Conde objeto de la desamortización según un expediente que obra en nuestro poder.
          Entre otras fincas de patrimonio eclesiástico, el Boletín Oficial de la provincia de Pontevedra anunció en 13 de noviembre de 1839, número 90, el arriendo de: “un campo frente al convento de monjas de La Guardia por el precio de 110 reales”. Por falta de licitadores, repitiose la subasta por anuncio del mismo Boletín en 20 del mismo mes y año. Verificóse al fin la subasta el 1.º de diciembre sin que apareciese licitador.
           Puesta de nuevo a subasta en 5 de enero inmediato, con rebaja de una cuarta parte, ignoramos quien la remató. Solo sabemos que alguien lo hizo, y por ello intentó cerrar el terreno para su uso particular, pero el pueblo, especialmente la clase marinera, se opuso y destruyó los cierres que le pusieron cada vez que se intentó. Allí depositaban las algas y refugiaban los barcos con consentimiento generoso de la Comunidad, siempre que era preciso, al cerrarlo venía a destruir esta costumbre. Hoy el Chan de Conde es de dominio público y por él pasa la carretera de bajada al puerto.
           Constituye hoy este sitio,  merced a las reformas en él realizadas recientemente, un lugar de expansión y de recreo para toda la villa y en especial para la laboriosa y honrada clase marinera.
Litigios con el Patronato
          No fueron, al parecer, muy fieles los patronos del Monasterio en cumplir lo que habían prometido, y a lo que se habían obligado en las letras de fundación, por cuanto las religiosas se vieron pronto en graves aprietos económicos, de tal suerte que el Obispo de la diócesis, a fin de remediar esta precaria situación, tuvo necesidad de acudir a Su Santidad Pio V suplicando le dignase conceder la gracia de unir a la mesa de dicha comunidad los frutos del beneficio parroquial, sin cura, de Santa María de Areas (Puenteareas), cuyo párroco, D. Diego Baz, había hecho designación de éste en manos del Sr. Nuncio Apostólico a favor del mismo Monasterio. El Santo Pontífice accedió a la petición del Prelado tudense, según consta por la Bula Apostólica expedida en 21 de diciembre de 1567.
           En virtud de esta bula, el citado beneficio con todos sus anexos, derechos y pertenencias fue unido canónicamente y para tiempo perpetuo al monasterio, quedando éste con la obligación de soportar todas las cargas de la parroquia y desempeñar todos los servicios parroquiales por medio de un presbítero idóneo nombrado ad nutum por el ordinario diocesano.
           Esta agregación de bienes no fue, sin embargo, suficiente para remediar las más apremiantes necesidades de la Comunidad, por cuanto, cinco años más tarde, en el 1572, solicitaron y obtuvieron las religiosas de Su Santidad, por medio del Obispo de Tuy, la agregación canónica del pequeño beneficio de Santa Cristina de Noveledo, parroquia que estaba situada entre Taboeja y Leirado y fue extinguida en 1599, con motivo de la peste que entonces asoló a toda Galicia. Fúndase el decreto del Prelado para solicitar y obtener la agregación de la parroquia  al monasterio, en la pobreza de la Comunidad. Dice el documento que el  monasterio: “esse pauperrimum, neque effectus et bona possidere”.
           Estos documentos son testimonio de la pobreza en que debían vivir aquellas religiosas, que habían trocado el bienestar de sus linajudos hogares por la estrecha vida claustral.
          Viendo aquellas que todo procedía de la falta de cumplimiento de lo prometido al fundar el monasterio, viéronse obligadas en el año 1593 a entablar pleito ante el Provisorato diocesano para obligar a los patronos a realizar lo que debían cumplir, y no habían cumplido, de dotar la casa con las ocho dotes para otras tantas religiosas. La sentencia del Tribunal eclesiástico fue favorable a la Comunidad, pero los patronos, prevaleciéndose de altas influencias familiares, consiguieron que el fallo no se ejecutase y obtuvieron del Prelado una avenencia, en virtud de la cual quedaban reducidas a cinco, en vez de ocho, las plazas de religiosas que debían dotar, y que entregarían además a la Abadesa y Comunidad la mitad de los frutos decimales de  los beneficios parroquiales de Goyán y Tollo, sobre los cuales los fundadores tenían también el derecho de patronato, y que aquellos habían obtenido de Su Santidad Sixto V en 1.º de octubre de 1585, donando además setecientos ducados a la Comunidad,  cuando hubiese de provistarse la primera de  dichas cinco plazas,  y prometiendo mil maravedis cada vez que ellos mandasen una monja, de cada una de las cinco plazas, cantidad que entregarían el día de la profesión, además de los otros gastos ocasionados con motivo de esta solemnidad, obligándose, por último, a satisfacer los gastos de alimentación de las novicias, desde el día que tomasen el hábito hasta el de su profesión.
              Pacificados los ánimos de una y otra parte, el Prelado tudense, que era a la sazón don Bartolomé de la Plaza, por decreto fechado en 1594, mandó que la Abadesa y Comunidad diesen entrada en el monasterio y diesen el hábito como religiosa a doña Francisca de Puga Sotomayor, a doña María Ozores, a doña Mariana de Ribadeneira y a doña Florencia Sarmiento de Sotomayor, hijas de don Diego Sarmiento; a doña Angela Ozores Pimentel, con las cuales y doña Catalina Fandiño, presentada por don Alvaro Ozores, y doña Constanza Zúñiga y doña Blanca Ozores, que eran presentación de doña Antonia Correa, quedaban ocupados los dichos puestos. Era  entonces Abadesa doña Catalina Correa de Cerveira, a cuyo celo y prudencia fue debida la solución favorable de este enojoso pleito, iniciado siendo Abadesa doña Beatriz Pereira de Castro, una y otra íntimamente emparentadas con los fundadores.
           Da a conocer el carácter agrio que alcanzó este litigio, especialmente entre D. Alvaro Ozores, principal fundador del  monasterio, y las religiosas, la siguiente cláusula del testamento de dicho señor otorgado en 19 de junio de 1593: “11 Item que yo he fundado el monasterio de la transfiguración de nuestro señor Jesucristo de la villa de la gurda, que es de monjas de la orden del señor san benito, y siempre he procurado su bien y onrras y provecho, y por una cláusula del testamento que hice por delante de Juan Agulla, escribano de número de la dicha villa mandaba que por mi fallecimiento quedase al dicho monesterio él mi cáliz, cruz, vinajeras de plata e toda mi tapicería, camas de campo, e otras cosas todo ello para adorno de la iglesia de dicho monesterio, y despues la abadesa de dicho monesterio, que es Beatriz Pereira, con otras más monjas intentaron no me querer dar ningun lugar ni asiento  para alguna monja, si yo queria meter en dicho monesterio de los que tenia conforme a la bula de fundación de dicho monesterio y estatutos que hay, y a cerca de esto movieron pleito delante del señor Obispo de Tuy, que se mudase a otra parte e lugar el dicho monesterio de la dicha villa, y el dicho señor Obispo lo había procurado y escribiera a cerca de ello a la Majestad real del Rey nuestro señor para que mudase el dicho monesterio a otro lugar, y que era necesario e convenía acerse, según el dicho señor obispo lo ha dicho a don garcía sarmiento de Sotomayor, señor de la casa e villa de salvatierra y Sobroso= digo que por el descomedimiento e desconocimiento e ingratitud que la dicha abadesa y monjas tuvieron conmigo en me querer mover el dicho pleito y con  rrecelo de qu por ventura en algún tiempo después de fallescimiento muden de aquí el dicho monesterio en otro lugar, no le dejo cosa alguna de lo que le dejaba y mando todo ello quede a mi heredero, menos lo que yo mando a la lumbre del Ssmo. Sacramento que adelante lo declararé lo que le mandaba”.
           Por efecto de esta tirantez de soluciones, dispuso en el mismo testamento la siguiente cláusula: “Item mando que cuando Dios nuestro señor fuese servido de me llevar de esta presente vida que mi cuerpo sea sepultado y enterrado en la capilla mayor de San Lorenzo de Salcidos de que soy Cura, y QUE YO HICE, a la mano derecha de donde se dice la epístola, de contra el vendaval, junto a la pared e costán de dicha capilla a donde está un arca”.
            Poco después de esto se convenció el señor Ozores de la buena fe con que habían procedido las religiosas, que solo deseaban el reconocimiento de los legítimos derechos de la Comunidad. En virtud de ello hicieron las paces y avenencia unos y otros, y con fecha 15 de diciembre del mismo año 1593 otorgó D. Alvaro Ozores un codicilo a su testamento, una de cuyas disposiciones es la siguiente: “digo que en cuanto a una cláusula de mi testamento anterior en que mandaba que fuese sepultado en la iglesia e capilla mayor de San Lorenzo de Salcidos, donde soy cura, aquella la revoco e anulo e mando que cuando Dios nuestro señor fuese servido de llevarme de esta presente vida, que mis carnes sean sepultadas en la capilla mayor del monesterio de la transfiguración de nuestro señor Jesucristo de la dch.a villa de la guarda, de que soy fundador”.
            En virtud de esta disposición definitiva se abrió un arco de medio punto para colocar abajo la caja sepulcral de piedra. Este sepulcro, que aún hoy subsiste, está situado en una hornacina, hoy cegada, en la pared del lado del Evangelio de dicha capilla mayor frente al actual coro bajo y comulgatorio. La parte superior del frontispicio de este sarcófago ostenta un escudo heráldico con los blasones de los OZORES y de los SOTOMAYOR, dispuestos en cuatro cuarteles cruzados.  Debajo del escudo existe la inscripción siguiente:
         
AQUI
ESTA – SEPUL
TADO – ALVARO – OZORES –
E – SOTO MAIOR – FUNDADOR – I – PA
TRON – DESTE – MONESTERIO – FA
LLESCIO A 5 DE OCTUBRE DE 1594

 
       
          Posteriormente suscitáronse nuevos litigios entre los sucesores de los primeros patronos del monasterio y la Comunidad, por el mismo motivo de la falta de cumplimiento de las condiciones estipuladas en las concordias de que hemos  hecho referencia y en la bula de fundación del convento, habiendo alcanzado suma importancia el pleito suscitado en el año 1735, según se deduce de los documentos, así manuscritos como impresos, relativos a este asunto que hemos podido examinar y se custodian en el archivo del mismo monasterio, entre los cuales hállase la ejecución de la Sentencia de la Sacra Rota Romana decretada por el Decano y Juez Comisario de la misma en 13 de enero de 1738, siendo Sumo Pontífice Clemente XII.
            Por esta sentencia se obliga a los patronos a dotar las ocho plazas de monjas, base de la Comunidad,  de acuerdo con las constituciones de la fundación del monasterio, mediante la cantidad de trescientos ducados de vellón cada una, y además, con el mandato de socorrer al monasterio en sus necesidades, bajo pena de perder el patronato que venían aquellos disfrutando.
Restauración del convento.
        Como las obras de construcción de este edificio fueron hechas con menguados recursos y en medio de las grandes privaciones que la Comunidad hubo de soportar por sus litigios con el patronato, resultó que aquellas quedaron muy deficientes. Un siglo más tarde amenazaban ruina alguno de los muros, además de ser pequeño el edificio por el incremento que adquirió el número de religiosas, por lo cual, a mediados del siglo XVII y principios del XVIII, se vio la necesidad de reedificar muchas de sus paredes y levantar una fachada uniforme hacia el Chan de Conde. Más tarde hubo precisión de restaurar también la iglesia, que, además de ser pequeña estaba en peligro de derrumbarse.
           Un obispo benemérito regía entonces la diócesis: D. Fray Anselmo Gómez de la Torre (1690-1721), perteneciente a la misma Orden benedictina, quien, observando las necesidades del monasterio, al cual estimaba grandemente por el espíritu monástico que en él reinaba, acudió a su remedio dando a la Comunidad  dos mil ducados de su  peculio particular para que se emprendieran las obras precisas.
           Pero como dicha cantidad era insuficiente para la realización de las obras, hubo que esperar algunos años más para reunir las cantidades precisas para las mismas.
           En el mes de marzo de 1737 la Comunidad, con aprobación del Reverendísimo Prelado de la diócesis, hizo poner edictos en varios pueblos, a uno y otro lado del Miño, llamando a maestros de arquitectura y carpintería que  quisiesen tomar parte en la subasta de las obras proyectadas para la reedificación del Monasterio. El Provisor del obispado, con autorización del Prelado, comisionó al abad párroco de La Guardia, don José Faes Trelles, para que, juntamente con la abadesa del Convento, doña Paula Margarita de Castro, asistiesen al acto de la subasta y cerrasen el contrato con el postor más ventajoso, bajo las condiciones que en el edicto se estipulaban. Una de las cláusulas de éste era que las obras de cantería y albañilería del convento habían de estar terminadas a finales de agosto del mismo año, señalándose los días de Pascua de Resurrección del año inmediato como plazo improrrogable para recibir dichas obras y sus tejados con todo los  trabajos de carpintería. Firmose el contrato en 22 de abril de dicho año 1737 con el maestro Francisco Lorenzo Eiras, vecino de San Martín de Lañelas en Portugal, que fue quien presentó proposiciones más ventajosas, por la cantidad de mil ciento cincuenta ducados.
           En el mismo día los referidos párroco y abadesa, juntamente con las demás monjas, otorgaron escritura de contrato con el mismo Francisco Lorenzo Eiras acerca del modo y forma en que debía ser hecha la nueva iglesia del convento, siendo una de las condiciones la de que aquel tenía que demoler por su cuenta la iglesia vieja, y levantar desde los nuevos cimientos el moderno edificio, y que éste debía estar también terminado a fin de agosto del mismo año. Al siguiente día, 23 de abril, se contrató también la obra de carpintería de todo el templo con Domingo de Amorín, maestro de carpintería, por la cantidad de setecientos cincuenta ducados. El 3 de noviembre el mismo maestro Lorenzo Eiras contrató con la abadesa y monjas la edificación de un segundo cuerpo sobre el coro actual, especie de torre o mirador, encima de la fachada de la iglesia, desde donde las religiosas pudiesen tener unos momentos de solaz contemplando el mar. Fue contratado este mirador por cuatrocientos ducados. Como todas estas obras no pudieron ser ultimadas en el plazo indicado, hubo necesidad de prorrogarlas  hasta principios del verano de 1738, y en el día 8 de julio de este año los maestros Eiras y Amorín otorgaron carta de pago por cancelación de todas las cuentas de las obras realizadas, a favor de la abadesa doña Manuela María Troncoso, que había sucedido en el cargo a doña Paula Margarita de Castro por su fallecimiento.
           Dicha torre o mirador del convento fue demolido por el municipio al incautarse éste del monasterio en el año 1869 con el pretexto de  que amenazaba ruina, desapareciendo la viguería de castaño y roble allí empleada.
         Como recuerdo epigráfico de la realización de todas y del tiempo de su duración, se grabó sobre el dintel de la puerta antigua de la iglesia, que da a la calle del Convento, una cartela con esta inscripción: “Año de 1737-38” estando enlazadas, según costumbre de la época,  las cifras 7 y 8.
             Como testimonio público del  patronato del Convento, y con gratitud a la cooperación que a estas obras prestaron los herederos de los fundadores, en la parte central de la misma fachada, al lado del escudo heráldico con los blasones de la Orden de S. Benito, están esculpidas en relieve las armas nobiliarias de la familia de aquellos. El de la derecha es acuartelado e igual al que está en el arco sepulcral de la capilla mayor, que es de don Alvaro Ozores, fundador del monasterio. El primer cuartel es el león con la espada del apellido OZORES. El segundo son los jaqueles de SOTOMAYOR. El tercero es Sotomayor, y Ozores el cuarto. El escudo de la izquierda es partido y ostenta a la derecha las armas de ZUÑIGA formadas por una cadena en bordura y una faja diagonal de izquierda a derecha hacia abajo. En el otro campo presenta la cruz potenzada del apellido PEREIRA, apellidos todos de la familia de los fundadores y sus enlaces.
           Estas mismas armas, aunque en distinta combinación, se hallan esculpidas en uno de los escudos de la casa fronteriza al antiguo hospital de San Marcos, bajo el reloj de la Plaza mayor de la villa.
           Las obras del convento no quedaron con esto terminadas. En 1777 se hizo la portería interior inmediata a los locutorios bajos, como lo consigna una inscripción esculpida en el dintel de la puerta de clausura, al lado del torno.
           Los altares laterales de la iglesia fueron tallados en el año1738 cuando se realizaban las últimas obras de la iglesia.
           No duró tampoco mucho el retablo y altar, como lo había trazado el famoso don Juan Bautista Celme. En el año de 1770 las religiosas contrataron con el maestro escultor portugués Domingo Alvarez Magallanes, vecino de S. Julián de Freijo, partido de Barcelo, arzobispado de Braga, la construcción de un nuevo altar y retablo, aprovechando algunos elementos del antiguo. La talla y dorado del mismo fue terminado en el año 1773, costando el total ochocientos ducados de vellón.
           Pertenece este altar al estilo borrimenesco o de churriguera, de factura bastante deficiente como obra arquitectónica. Es, sin embargo, de regular perspectiva y no destituido de gusto, no pudiendo decirse lo mismo de los dos antiguos laterales que estuvieron primitivamente dedicados a Santa Escolástica y a la Virgen del Carmen, los cuales son notablemente antiestéticos.
           Los cuadros pintados en las maderas de los entrepaños del artesonado o cubierta de la bóveda de la capilla mayor, debidos al inhábil pincel del pintor portugués Alvaro Magallanes, son de gusto artístico deplorable e indignos de representar los pasajes más culminantes de la vida de San Benito, merecedor por su grandeza social y su gigantesca figura histórica, que estas grandiosas escenas de su santidad fuesen  pintadas por manos más hábiles.
           Eran notables en este templo los dos púlpitos con hermosas balaustradas talladas en palo santo. Eran púlpitos dignos de una catedral. Hoy solo resta uno de ellos.
           Poco después de ser restaurada la Comunidad en 1881 en La Guardia, las religiosas hicieron encargo al escultor hijo de La Guardia don Cándido Sobrino de los dos retablos, uno para la Sagrada Familia y otro para los Sagrados Corazones de Jesús y María, que se hallan en el templo, adosados a las paredes laterales, al lado y frente al púlpito. Son una combinación de líneas ojivales con el clásico compuesto y elementos arquitectónicos del estilo barroco. Estas obras, si bien no constituyen un trabajo clásico y correcto, resultan, sin embargo, de agradable perspectiva y dignos del sagrado objeto de culto y piedad a que están destinados.
           El conjunto interior del templo fue recientemente reformado para evitar el derrumbamiento de su techumbre, que estaba próxima a desplomarse. Realizó y dirigió este trabajo el hábil e inteligente maestro don Vicente de Vicente Táboas..
Nota al capítulo III.
       Existen en el Archivo Histórico Nacional de Madrid varios legajos de documentos pertenecientes al Monasterio de Benedictinas de La Guardia. Llevan la signatura siguiente: “Clero secular y regular. Pontevedra. Benedictinas. Leg. 89 – 90 – 91 y 92”.
           En el legajo 90 contiene al fin un cuadernillo con la siguiente referencia: “Papeles referentes a la reedificación de la iglesia y construcción del mirador del Monasterio”. Para la primera obra  dio licencia, por estar ausente el Obispo, el Licdo. don José Pastor Lezcano, Provisor y Vicario General de la diócesis de Tuy en 30 de marzo de 1737. A vista de la declaración de los peritos dice: “Consta ser necesario reedificar la iglesia del convento de religiosas de la villa de la Guardia, por amenazar ruina y que, para ello se ha de deshacer todo a fin de cimentarse de nuevo para su permanencia. Que ha de tener de largo ciento treinta y dos cuartas, de ancho treinta y una, y que las paredes han de tener también de ancho cuatro cuartas y medio. Que las superficies para arriba han de ser hechas de mampostería bien trabajadas y los cimientos referidos que han de tener también de ancho seis cuartas y media y de alto conforme al terraplén . Que la capilla mayor ha de quedar según hoy se halla, y solo se le ha de añadir diez cuartas de alto y tener de vacío treinta, y a de llevar dos ventanas del tamaño que señalan las plantas. Que  han de ser rasgadas por fuera y por dentro. Que el costado de la iglesia por la parte del dormitorio ha de llevar otras dos de igual tamaño. Que el maestro que entrase en esta obra a de ser obligado a deshacer dicha iglesia vieja para cimentarla nuevamente... y dar la obra acabada en últimos del mes de agosto para poder maderarse en lo que resta del verano.
           Por lo que se refiere a la obra de carpintería ha de ser toda de madera de castaño “bueno y de buen grueso”.
           Los que quieran optar a dicha obra hagan la postura el lunes o martes de Pascua de Resurrección del presente año en la portería o locutorio del convento.
           Se quedó con la obra de cantería en 1150 ducados y medio el maestro cantero  Francisco Lorenzo Eiras, de Lañelas, en Portugal,  y con la de carpintería en 750 ducados el maestro carpintero Domingo de Amorín, vecino de Vilanova, también en Portugal. Era entonces Abadesa doña Paula Margarita de Castro y Priora doña María de Castro.
           A 26 de octubre de 1737 el Obispo don Ignacio de Araujo y Queipo, encontrándose en Redondela, dio licencia para hacer el mirador “desde donde puedan oír misiones, ver procesiones y otras funciones eclesiásticas y tomar alguna recreación lícita y honesta, por la presente, dice el Prelado, les damos licencia para que puedan hacerlo en la cantidad de cuatrocientos ducados de vellón, que ha de dar dicha comunidad, y cincuenta ducados más de la misma moneda que tenemos ofrecido dar, y en que se ha ajustado dicha obra con  Francisco Lorenzo das  Eiras, de nación portuguesa y maestro de obras de  cantería. Entra en dicha cantidad el hacer además “dos ventanas en el coro alto para mayor claridad de él”.
           Estos cuatro legajos están encuadernados y yuxtapuestos, formando un volumen en folio con cubiertas de pergamino de 434 folios numerados y 30 al principio de índices.
           Contienen estos legajos principalmente escrituras de foros y rentas que percibía la comunidad en muchos pueblos de la orilla del Miño, desde La Guardia hasta Tomiño. Eran los únicos bienes de estas religiosas constituidos por sus legítimas dotes, de los cuales fueron inicuamente despojados por la Desamortización.
La revolución de 1868 y el Monasterio de Benedictinas.
        La gloriosa revolución de régimen nacional verificada en España en septiembre de 1868 no se satisfizo con llevar su influencia libertaria y progresista a los grandes centros de población, realizando las gigantescas empresas científico-sociológicas que constituyen una página vergonzosa de la Historia de España en la segunda mitad del siglo XIX1, sino que también  la acción política a algunos pueblos pequeños donde radicaba alcuna casa religiosa, por modesta que fuese. La Guardia fue también objeto de la atención de los poderes públicos que entonces regían los destinos nacionales, y nuestros políticos juzgaron, como salvadora medida para los grandes destinos de la patria y medio indiscutible de elevar nuestro modesto pueblo a la categoría de gran urbe, al expulsar de su santo retiro a las humildes religiosas benedictinas, que habitaban el monasterio de la Transfiguración.
           El Gobernador Civil de la provincia de Pontevedra, don Vicente Lovit, en 16 de noviembre de 1868, pasó a la venerable abadesa de San Benito la siguiente draconiana disposición, que consignamos en nuestras páginas históricas para perpetua memoria. Dice así: “Gobierno de Provincia. Pontevedra. Núm. 1362. A fin de dar  cumplimiento al decreto del Excmo.  Sr. Ministro de Gracia y Justicia, fecha 15 de octubre último, me veo precisado, por más que me sea sensible, a manifestar a V. que, dentro del término de ocho días improrrogables, se traslade con las demás señoras de ese convento al que existe en la villa de Bayona. Espero de la atención de V. tendrá la bondad de acusar recibo de esta comunicación y quedar en cumplimentarla. Dios guarde a V. muchos años. Pontevedra, Noviembre 16 de 1868. Vicente Lovit. Sra. Superiora del Convento de Monjas de La Guardia”.
           La madre Abadesa, ante este violento mandato, elevó a aquella autoridad la siguiente exposición: “Monasterio  de Benedictinas de La Guardia. Recibo en este momento la atenta comunicación de V. S., fecha 16 del que rige, en que se sirve prevenirme con estas otras señoras me traslade al convento de Bayona en el improrrogable término de ocho días.  Respetuosa siempre a los preceptos de la autoridad cumpliré también éste, el más sensible que pudiera ordenarme, pero no basta la voluntad de obedecer, que también se necesitan medios para realizarla. No debe ocultarse a V. S. que, a pesar de la excesiva pobreza en que vivimos, no podíamos economizar, ni tener depositada cantidad alguna para este suceso, que nos era dado prever. ¿Cómo se traslada a una señora anciana, encamada hace tiempo? ¿Podemos o no llevar nuestros libros de rezo y las imágenes de los santos de nuestra Orden al convento de Bayona, que se rige por distinta regla y carece de una y otra cosa? ¿A quién hemos de entregar el edificio? ¿Se hace inventario? Estos son los principales inconvenientes que salen a nuestro paso, y V. S. se dignará resolver. Estos y más sufriríamos con cristiana resignación, si el Estado o las ideas proclamadas por la revolución  hubiesen de reportar con ellas algún beneficio. Pero desgraciadamente este Monasterio es de fundación de los Srs. Condes de Priegue,  con cláusula de reversión, y después de causarnos molestias y aflicciones sin cuento, al ser trasladadas, resultará que aun con el pretexto de utilitarismo podrán  cohonestarse. Esta comunidad comprende que V. S. no podrá prescindir de dar cumplimiento al decreto del Excmo. Sr. Ministro de Gracia y Justicia, fecha 15 de octubre último, y V. S. a su vez comprenderá que, para cumplirlo, necesitamos se nos faciliten recursos y se resuelvan previamente las dificultades que dejamos anunciadas. Dios guarde a V. S. muchos años. Monasterio de La Guardia, noviembre 19 de 1868. La Abadesa, Dolores Angel. Sr. Gobernador de la Provincia de Pontevedra”.
           Vana fue esta comunicación para los deseos racionales de la Comunidad. Estéril fue a influencias de personas valiosas para que se respetase su derecho y su libertad. Todo fue inútil.
           Era necesario hacer sufrir a la santa abadesa, doña Dolores Angel Portela, y con ella a toda la Comunidad; y no significaron para ciertos elementos de la politiquilla guardesa y provincial los más rudimentarios imperativos de la razón y de la justicia. Doña Dolores Angel era hermana del religioso exclaustrado don Fray Joaquín Angel, que en los años anteriores se había significado por su gestión política en uno de los partidos monárquicos que imperaban en España en los últimos años del reinado de doña Isabel II, y como no podían vengarse del hombre político, emigrado al extranjero para evitar ser objeto de venganzas partidistas, descargaron todo su furor caciquil sobre las pobres religiosas, cuya superiora era hermana de don Fray Joaquín Angel.
           Y como, además, ciertos grandes hacendistas locales vieron  que el convento podía dedicarse a obras de progreso y bienestar para el pueblo, sin sacrificarse ellos,  y la huerta podía servir de campo para el pastoreo de sus ganados y para el cultivo de legumbres y hortalizas para uso doméstico de los mismos, no se detuvieron ante lo inicuo del despojo.
          Y como dato histórico notable, digno de tener en cuenta, para mayor confusión nuestra,  debemos consignar que dentro de la provincia de Pontevedra solo en La Guardia se verificó la expulsión de las inocentes religiosas. Ni en Tuy, ni en Pontevedra, ni en Bayona, ni en Cuntis, ni en Villagarcía, ni en Redondela, donde existen antiguos conventos de clausura, se molestó en lo más mínimo a las vírgenes del Señor.
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