Excavaciones 1922-23 - galiciasuroeste

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Excavaciones 1922-23

ARQUIVO
MONTE DE SANTA TECLA EN GALICIA
Memoria de excavaciones 1922-23
Por Ignacio Calvo y Sánchez[1]
 
En la historia que deberá escribirse acerca de las excavaciones arqueológicas verificadas en territorio español con aprobación de la Junta Superior de Excavaciones y Antigüedades, resaltarán como modelo de las costeadas por una Sociedad particular las verificadas por la denominada Pro-Monte, constituida en La Guardia (Pontevedra), que con tesón inquebrantable lleva nueve años, desde junio de 1914 hasta hoy setiembre de 1923, trabajando en la exploración de la citania descubierta en el Monte de Santa Tecla y de la cual se dan noticias detalladas en las Memorias publicadas, por el que suscribe la presente, en los años 1915 y 1920. El decir que resultarán estas excavaciones arqueológicas en el Monte Tecla como modelo, no se refiere precisamente al método científico empleado en ellas sino al escrupuloso cuidado de la Sociedad Pro-Monte de no mover por su cuenta un solo terrón sin obtener antes la aprobación oficial de la Junta Superior de Excavaciones y Antigüedades, detalle por desgracia bastante descuidado en excavaciones no subvencionadas por el Estado y que ha dado por fruto la pérdida de multitud de datos arqueológicos que dejaron incompleta buena parte de la historia antigua de nuestra Península...
La Sociedad Pro-Monte inició la exploración arqueológica del Monte de Santa Tecla solicitando la visita a él de un empleado facultativo que, inspeccionando el terreno, diese comienzo a las excavaciones y trazase el plan a seguir en las mismas en lo sucesivo.
La misma petición hizo en los años siguientes, y en el actual, 1923, le fué, como siempre, concedida la demanda con el nombramiento de un Delegado-Inspector, al que se le ordena en la disposición 4ª que: "redacte y entregue a la Junta Superior una Memoria referente a la inspección que se le encomienda, y efecto de la citada orden es el presente trabajo.
II
 
En el Monte de Santa Tecla resaltan tres civilizaciones distintas. Es hoy este Monte un especie de libro de cultura general en el cual hay atractivos para todos los gustos y para toda clase de modalidades de la vida humana.
En primer lugar y a la manera de esos libros que además del texto ostentan magnificas ilustraciones, tiene el Monte Tecla ese que podemos llamar aspecto gráfico, que sirve de solaz y recreo a cuantos con alma poetizadora le visitan y le recorren. En él puso la naturaleza cuantos encantos puede desear el más exquisito gusto y su suelo es tan agradecido, que cualquier labor que en él se emprenda obtiene muy larga compensación.
Además de ese aspecto que las personas dedicadas a más hondos estudios consideran como superficial, guarda este Monte verdaderas sorpresas de historia regional, que día tras día va ofreciendo a los hombres de ciencia, que unánimemente le dedican testimonios de admiración, de que son prueba inequívoca los autógrafos escritos en el álbum que en el Museo de la Sociedad Pro-Monte está destinado a este ob objeto y en el cual constan, entre otras valiosas, las afirmaciones de los arqueólogos extranjeros doctor Obermaier y doctor Leite de Vasconcelos, ambas tan expresivas y sinceras como laudatorias.
Hasta hoy los arqueólogos que visitaron este Monte se han fijado y admirado principalmente la civilización que resalta en los descubrimientos referentes a la citania, apuntando sólo algunos datos de civilizaciones anteriores a esa, que dan como seguras; mas como las exploraciones recientes han patentizado que en tiempos anteriores a la época de la citania hubo en este Monte una civilización quizá más importante que esta, se hace preciso concretar datos, afirmando la existencia de tres civilizaciones, distintas entre sí e inconfundibles la una con la otra que, científicamente consideradas, podrían denominarse respectiva mente: Prehistórica, Antigua y Moderna, mas como los límites de su duración no pueden fácilmente limitarse y queriendo dar una norma que sirva de apoyo a los interesados en este asunto, se fijará, aunque no como dato seguro, las épocas probables de las mismas, colocando la primera entre los años 2000 a 800 antes de J. C., la segunda entre el 200 antes de J. C. hasta el 300 de nuestra Era y la tercera desde 1914 en adelante. De cada una de ellas se darán detalles concretos, cumpliendo así en lo posible el fin de la encomendada inspección.
III
Civilización moderna. (Años 1914 a 1923)
 
En una inspección de carácter arqueológico parece inoportuno ocuparse de hechos que se realizan en la actualidad, pero como éstos están relacionados con otros exclusivamente arqueológicos, es necesario decir algo de los primeros para prevenir objeciones con apariencias de verdad.
En el año 1913 se empezó a trazar y construir la carretera que serpenteando por el empinado lado del Norte sube hasta las proximidades del llamado Pico del Facho, y en los siguientes se plantaron más de cien mil árboles de diversas especies, que hoy forman espeso bosque.


LÁMINA I. ARRIBA. Obras modernas. Vista general
ABAJO. Id. Vista parcial

En estos diez años, la que llamo civilización moderna hizo caminos y veredas para facilitar el acceso a los distintos puntos de mayor atractivo en el Monte, construyó miradores y barbacanas, encauzar las aguas de un lejano manantial para que brotasen en una artística fuente emplaza al pie de la carretera y hasta acotó trozos de terreno para cultivar flores o plantas de jardin.
No faltan exigentes que critican esta labor moderna de la Sociedad Pro-Monte y censuran que con el actual embellecimiento de alguno de sus parajes se hayan destrozado ciertas viviendas de la citania y hecho desaparecer típicos conjuntos de ellas, que daban mayor aspecto arqueológico a todo el poblado circunscrito por la muralla.
Estas censuras, que en la actualidad tienen alguna justificación, no podían prevenirse en 1913, tiempo en que todo el Monte era un yermo que, al parecer, sólo necesitaba un camino accesible para carruajes que pudieran llegar hasta la ermita de Santa Tecla, objeto de la devoción popular, y en aquel yermo de entonces, cualquier trazado de camino o de carretera no sólo no perjudicaba sino que beneficia el terreno.
Ninguno de los que ahora censuran el paso de la carretera por entre construcciones de aspecto arqueológico hubiera entonces dejado de aplaudir su trazado, y aun hoy, después de saber que a la apertura de esa vía de comunicación se debe exclusivamente el hallazgo de la citania, deberá aplaudir a la Sociedad Pro-Monte parodiando un himno de la Iglesia y diciendo: "¡Oh feliz culpa que produjo tanto bien!”
Es también preciso advertir que muchos recintos antiguos, que hoy se ven cortados, así como grandes trozos de la antigua muralla, es obra no de ahora, sino de los que durante los tiempos pasados y por espacio de algunos siglos se dedicaron a la extracción de piedras, especialmente de las labradas y puestas en obra, como se puede testificar haciendo una visita de exploración a la villa de La Guardia, a Campos-Ancos y a otros pueblos de las cercanías.
Aparte de estas consideraciones, preciso es tener en cuenta que de cada mil personas que visitan y recorren el Monte, sólo una pequeña minoría está saturada de ciencia arqueológica, y aun esta minoría, como razonable que es y sabe deducir lógicas conclusiones, encuentra más motivo para admirar lo antiguo que para motejar lo moderno. Hasta en un estudio de visitantes que para su particular interés tiene hecho el tio Antoñín se nota perfectamente la unanimidad del aplauso a las reformas actuales, en todas las que él tomó parte activa, cumpliendo las órdenes que, como guarda, le comunicó la Sociedad. Para cuando actúa de cicerone sabe que nadie le pide explicaciones de lo que él llama traballo de mouros, en cambio todos le preguntan varios pormenores acerca de las plantaciones, de las veredas, de la fuente y de los viveros; y para contestar con todo el énfasis que puede engendrar el amor propio, tiene hecha esta frase, en que cifra su mayor orgullo, como portugués al servicio de españoles: "Tudo isto fise eu."
En resumen: las censuras para las obras modernas estarían justificadas si al descubrir en el subsuelo las huellas de antiguas civilizaciones se hubieran desatendido y despreciado; pero el principal mérito de la Sociedad Pro-Monte está precisamente en que al encontrar esas huellas las han acogido con intensa veneración y comprendiendo su importancia las ponen de relieve y las engastan, por decirlo así, en un marco de actualidad que no desentona en el armónico conjunto.
IV
Civilización de la citania. (Años 200 a. de J. C., a 300 de nuestra Era.)
 
Se vuelve a repetir que la época antes señalado es tan sólo probable, ya que únicamente se apoya en que los objetos encontrados en las viviendas de la citania, especialmente monedas y cerámica, pertenecen a dicha época, siendo muy de notar que los anteriores a la civilización posthallstática se encuentran o fuera de la muralla que limita el poblado de la citania o en capas inferiores al suelo de la misma.
Sospecho con algún fundamento que la civilización celta resistió tenazmente a fines del siglo II antes de J. C. a la civilización romana, que al fin quedó victoriosa, y que los habitantes de esta región galaica, soportando una paz que necesitaba para vivir, se romanizaron, si bien conservando sus costumbres adaptadas en lo posible a las leyes de Roma; y al quedar asegurada la tranquilidad por efecto de esta imperiosa sujeción al yugo romano, se empezó a construir mucho de lo que aún existe en la citania. La moneda más antigua encontrada entre las Ruinas que se han exhumado es del tiempo de la República romana y pertenece a la familia Sempronia, y la más moderna es del emperador Gallieno. Como este detalle numismático es de suma importancia para fijar la época de la citania, se hace necesario clasificar detalladamente ambas monedas para deducir la oportuna conclusión.
La moneda más antigua es un denario de plata, cuya descripción es como sigue: Anv. PITIO.- Cabeza de la diosa Roma a la derecha con casco alado, surmontado con cabeza de águila y delante la cifra X.= Rev. L. SEMP.-ROMA.-[Lucio Sempronio, Roma.) Los dióscuros a caballo, galopando a la derecha.
Este Lucio Sempronio, de la familia de los Gracos, fué Magistrado monetario en el año 174 antes de J. C...
La moneda más moderna es un pequeño bronce del emperador Gallieno, hijo de Valeriano, que le asoció al imperio en el año 253 y el 255 le encomendó la dirección de la guerra contra los pueblos bárbaros del Occidente. La moneda aludida, es así: Anv. GALLIENVS. P. F.  AVG = Busto radiado del emperador, a la derecha.= Rev. AEQVITAS AVG =. La Equidad de pie, a la izquierda, con una balanza y un cuerno de la abundancia....
Las fechas en que se acuñaron las predichas monedas marcan próximamente las expuestas como probables para la época de la citania, y como la mayor parte de cuanto a este poblado pertenece se incluye dentro del tiempo comprendido en esas fechas, no hay razón para insistir en este punto
Veamos ahora lo que en cada ramo de cultura de esta civilización queda descubierto, y llegando al convencimiento de que media en ella el espacio de cinco siglos, se explicarán algunas modalidades y evoluciones en las obras de arte.
IV
Civilización de la citania. (Años 200 a. de J. C., a 300 de nuestra Era.)
 
Se vuelve a repetir que la época antes señalado es tan sólo probable, ya que únicamente se apoya en que los objetos encontrados en las viviendas de la citania, especialmente monedas y cerámica, pertenecen a dicha época, siendo muy de notar que los anteriores a la civilización posthallstática se encuentran o fuera de la muralla que limita el poblado de la citania o en capas inferiores al suelo de la misma.
Sospecho con algún fundamento que la civilización celta resistió tenazmente a fines del siglo II antes de J. C. a la civilización romana, que al fin quedó victoriosa, y que los habitantes de esta región galaica, soportando una paz que necesitaba para vivir, se romanizaron, si bien conservando sus costumbres adaptadas en lo posible a las leyes de Roma; y al quedar asegurada la tranquilidad por efecto de esta imperiosa sujeción al yugo romano, se empezó a construir mucho de lo que aún existe en la citania. La moneda más antigua encontrada entre las Ruinas que se han exhumado es del tiempo de la República romana y pertenece a la familia Sempronia, y la más moderna es del emperador Gallieno. Como este detalle numismático es de suma importancia para fijar la época de la citania, se hace necesario clasificar detalladamente ambas monedas para deducir la oportuna conclusión.
La moneda más antigua es un denario de plata, cuya descripción es como sigue: Anv. PITIO.- Cabeza de la diosa Roma a la derecha con casco alado, surmontado con cabeza de águila y delante la cifra X.= Rev. L. SEMP.-ROMA.-[Lucio Sempronio, Roma.) Los dióscuros a caballo, galopando a la derecha.
Este Lucio Sempronio, de la familia de los Gracos, fué Magistrado monetario en el año 174 antes de J. C...
La moneda más moderna es un pequeño bronce del emperador Gallieno, hijo de Valeriano, que le asoció al imperio en el año 253 y el 255 le encomendó la dirección de la guerra contra los pueblos bárbaros del Occidente. La moneda aludida, es así: Anv. GALLIENVS. P. F.  AVG = Busto radiado del emperador, a la derecha.= Rev. AEQVITAS AVG =. La Equidad de pie, a la izquierda, con una balanza y un cuerno de la abundancia....
Las fechas en que se acuñaron las predichas monedas marcan próximamente las expuestas como probables para la época de la citania, y como la mayor parte de cuanto a este poblado pertenece se incluye dentro del tiempo comprendido en esas fechas, no hay razón para insistir en este punto
Veamos ahora lo que en cada ramo de cultura de esta civilización queda descubierto, y llegando al convencimiento de que media en ella el espacio de cinco siglos, se explicarán algunas modalidades y evoluciones en las obras de arte.
Arquitectura.
 
En este punto se ha de rectificar la creencia expuesta en las Memorias anteriores respecto a murallas que circundan la población. Se dijo en ellas que, los muros descubiertos fuera de las viviendas parecían destinados a la contención de tierras que por su mayor altura las amenazaban y se deduce que eran obras realizadas por una población pacífica exclusivamente ocupada en sostener su vida con el producto de su trabajo y sin los afanes de una lucha, que no tenían, con gentes extrañas.
En las últimas exploraciones se ha descubierto por completo una muralla que, sin interrupción en parte alguna, circundaba el poblado: lo cual parece indicar que lejos de ser población pacífica era guerrera o, por lo menos, se pone en condiciones de defensa para contrarrestar ataques de enemigos.
 

LÁMINA II. ARRIBA. Muros ibéricos
ABAJO. Muros romanos

La solución de estos dos pareceres, opuestos a primera vista, aparece clara después de examinar detenidamente la construcción de la muralla en diferentes sitios; pues resulta que mientras en unos es obra sencilla y rústica, en otros es obra maestra y meditada, lo cual hace suponer que los primitivos pobladores de la citania vivieron en pacifico sosiego, ocupándose tan sólo de resguardarse de las inclemencias naturales producidas por las brusquedades del tiempo, y al adueñarse los romanos de la región y viendo lo estratégico del sitio ocupado por la citania, la fortalecieron construyendo la muralla, aprovechando para completarla varios de los muros antes construidos. En las fotografías de la lámina II, A y B (arriba), pueden verse las diferencias de construcción entre lo romano y lo indígena.
La muralla que marca el perímetro de la citania ciñe un espacio de terreno que en su mayor longitud es de 700 metros y en su mayor latitud de 150. El espesor del muro varía, siendo en algunos sitios de más de metro y medio y en otros apenas alcanza un metro. En general el asiento de las piedras del muro se hizo con barro y sólo en contados puntos se notan huellas de argamasa en que predomina la arena.
 

LÁMINA III. Puerta y escalera del lado Norte de la citania

Hasta hoy sólo se han descubierto en esta muralla dos puertas: una en la parte del Sur y otra en la parte del Norte. La del Sur, de la que sólo quedan cimientos, es de época muy avanzada del tiempo de los romanos, estaban construidas con piedras sillares, labradas en sus seis lados muchas, y otras cargadas en un parte que debían tener visible. De esta puerta se dio una fotografía en la Memoria de 1920 (la mina VI, arriba), hecha en el momento de llegar a ella y después de exhumar el trozo de muralla que la servía de apoyo y una escalera de piedras toscas que sin duda llegará a su entrada.
La puerta del lado Norte ha sido descubierta durante la presente inspección y exploración, y es tan típica y tan clásica que puede decir se constituye como la yema de las excavaciones arqueológicas en el Monte de Santa Tecla.
Hasta hoy la entrada en la citania se hace por grados; el coche o el automóvil paraba en sitio deleitable, con asientos, árboles y fuente; desde él se veían unas viviendas restauradas y más allá un núcleo de ruinas características. Hoy, el vehículo que va repechando la empinada carretera se detiene necesariamente al pie de una escalinata de construcción especial, que recuerda la entrada de aquellas ciudades de los tiempos heroicos que ni son suaves ni ásperas, que infunden pavor y al mismo tiempo dan alientos y que atraen y subyugan como obras de la naturaleza en las que el hombre puso la menor parte. La fotografía de esta escalera (lam. III) podrá dar exacta idea de su importancia arqueológica; puesto que dando acceso a la puerta del lado Norte, que debió ser la principal de la citania, hace ver en conjunto y sin mezclas extrañas toda una página de historia fechada hace veinte siglos.
Las jambas y el umbral de esta puerta están formados por gran des sillares labrados a escuadra, habiendo uno de dos metros de ancho por metro y medio de fondo, que ocupa ahora justamente la anchura de la puerta y que tal vez antes estuvo fijo en tierra a la salida con el fin de que la entrada en la población no se hiciera de frente, sino por la derecha o la izquierda, correspondiente a dos calles que en ambos sentidos forman el ingreso a la población antigua.
Al fin de la escalinata e inmediatamente antes del umbral de la puerta hay otra estrecha que da paso a un recinto espacioso que debió estar destinado a cuarto de guardia. La construcción de esta puerta y la de entrada a la población, tan estrechamente unidas a la escalinata y a trozos de muro de indudable factura indígena, parecen una prueba más de que los romanos, al adueñarse de esta región, no tuvieron lucha con los habitantes del Monte de Santa Tecla, sino más bien aviniéronse con ellos en determinadas condiciones, imponiéndose su dominio más como protectores que como enemigos.
La misma conclusión respecto a la conquista pacifica de la citania por los romanos se deduce del examen arquitectónico de las viviendas, muros de división y hasta del enlosado de las calles: en todas estas obras se ve la mano del indígena y el cerebro de la civilización romana.
Escultura

LÁMINA IV. De esquerda a dereita e de arriba abaixo: estela funeraria; ánforas iberorromanas; puño de espada de antenas
estela con tosca figura humana y objetos de la Edad del Bronce
 
Si la significación de la palabra esculpir se refirió exclusivamente a la obra que saca en relieve lo que el artista quiere representar, entonces las esculturas procedentes de las excavaciones en el Monte de Santa Tecla deben de concretarse a las de la época de la citania y que consisten en losas sepulcrales y en estelas funerarias, división esta última hecha en las anteriores Memorias, sin otro fundamento que distinguir las primeras, que tienen forma cuadrilátera y ostentan figuras humanas, de las segundas con forma de cipo y cuya ornamentación se reduce a figuras geométricas. Como después se ha encontrado una indudable estela funeraria con figura humana, podría afirmarse que las esculturas halladas en este yacimiento se concretan a las figuras que adornan dichas estelas y que son de dos clases: unas con figuras animadas y otras con adornos lineales. De unas y de otras hay representación en las Memorias anteriores: por tanto, en la presente sólo se expone en la lamina IV la estela con el esbozo de una figura humana y otra con el adorno de una espiral; probablemente ambas son de época distinta, aunque sería atrevido afirmar que salen fuera de la de la citania
A propósito de este género de esculturas, algún escritor extranjero, que no es precisamente el sabio y admirable Hübner, ni tampoco el insigne arqueólogo portugués Leite de Vasconcelos, toma ocasión para negar aptitudes escultóricas y artísticas a los españoles de entonces; lo cual no es otra cosa que deducir una conclusión general de una premisa particular, y en buena lógica no está admitida esa clase de argumentación. Que estas obras en piedra son bárbaras y no revelan arte alguno, cierto es y no hace falta gran esfuerzo para demostrarlo a quien las ve; pero antes de calificarlas como malas obras de arte, sería preciso probar si quienes las ejecutaron quisieron hacer una obra de arte o solamente intentaron expresar una idea o plasmar un recuerdo; y lo más probable seria esto último. Sin ir tan allá, en nuestros mismos tiempos vemos en los cementerios dos toscas astillas en forma de cruz sobre una sepultura y nadie se detiene para recriminar a quien hizo y fijó allí esa tosca cruz; quien la ve comprende lo que aquello significa y si algo más dice, es sólo una plegaria en honor del que quiere recordar ese signo de redención. Por tanto, quien labró las estelas funerarias de nuestra citania con alguna figura en relieve puede decirse de él, que no sabía esculpir, pero no que no sabía sentir.
De tan tosca factura como las estelas del Monte de Santa Tecla se han encontrado en Portugal una serie de figuras de guerreros, así como también se exhumaron ejemplares semejantes en algunas regiones de Galicia, y una figura idéntica a la última encontrada en el Tecla se halló empotrada en el muro del castillo de Siguenza. Todas pertenecen a la misma época, en que es seguro que los españoles sólo tenían tiempo disponible para demostrar dignamente su valor para la guerra y no para exhibir su alma de artistas, que en aquellos azarosos tiempos hubiera sido un lujo contraproducente para lo esencial de su vida.
Como conclusión y dando lo que es suyo a las piedras labradas que se encontraron en nuestro yacimiento, venerémoslas, no como obras de arte, sino como expresión viva del alma recia y sentimental de aquellos antepasados nuestros, que, sin dejar de ser guerreros, nos legaron la semilla para después forjar obras maestras hasta en el arte escultórico.
Metales.
 
A la excesiva humedad, tan frecuente en este Monte, se debe indudablemente que sean tan escasos los objetos de hierro que se encontraron en este yacimiento y que se reducen a trozos corroídos de lanza, regatones y cuchillos, todos pertenecientes a la época de la citania, de la cual se obtuvieron bastantes piezas de bronce que pudieron resistir a la humedad, como fíbulas y monedas con número suficiente para comprobar el tiempo en que fueron usadas. De las monedas ya se habló en el párrafo IV, restando sólo añadir que el mayor núcleo de ellas pertenece al principio de nuestra Era y corresponden a la España citerior, con las cecas Bilbilis, Celsa y Clunia. En la serie de fíbulas dominan las de época romana avanzada, entrando las más antiguas en el periodo III de la segunda Edad del Hierro.
Del Hércules en bronce, descrito y reproducido en la Memoria de 1920, sólo hay que decir que ya forma parte de la colección del Museo de la Sociedad Pro-Monte.
También existe en el mismo Musco el puño de una espada de antenas, que perdió toda la hoja de hierro y que por su excepción de época merece aprecio como único testigo hasta hoy de que, pasada la Edad del Bronce, el Monte de Santa Tecla no careció de habitantes.
Cerámica.
 .
En la civilización de que se viene hablando abundan los ejemplares de piezas de barro cocido, aunque son escasos los tipos distintos. El más frecuente y casi único es el ánfora, de factura un tanto tosca e indudablemente indígena. En fusayolas y rodancas de barro agujereadas hay bastantes ejemplares y no tantos de pesas; sólo hay tres de estas últimas, dos trozos de vaso de los llamados saguntinos y uno que debió ser parte de una pátera griega importada durante esta civilización. Los trozos de tégulas son relativamente abundantes, pero todos hallados fuera del circuito de la muralla, los más en un montículo que domina sobre la ermita actual de Santa Tecla.
Entre los nuevos hallazgos existen cuatro marcas de alfarero, a saber: en un trozo de barro saguntino L. CRIS. En el asa de una ánfora L. HOT. En el cuello de otra, ARO, y en el borde superior de otra, F. REM. Ánforas completas hay tres, de las cuales se reproducen dos en la lám. IV (ver figura arriba). Expuestos los anteriores datos referentes a la civilización de la citania, convendría hacer una exposición etnológica que fijase en la mente de los más ajenos a filosofías históricas algún recuerdo permanente acerca de este interesante punto; mas como extenderse en tal materia suele ser expuesto a error por la inseguridad de los historiadores antiguos en sus noticias de cosas regionales, me concretaré a sentar breves afirmaciones que no salgan de la categoría de opiniones
La citania, a mi entender, no empezó su vida de golpe, sino que fue continuación de civilizaciones anteriores ya decaídas y que, efecto de las circunstancias, tomaron pujanza con la incorporación de nuevos elementos; por tanto, el antiguo celta no había desaparecido por completo. La alteración que sufre la Península en general con la llegada y conquista de los cartagineses no tuvo eficaz influencia en los habitantes del Monte de Santa Tecla y hasta pasados muchos años tampoco infirió quebranto ni causó desasosiego la conquista romana, que empezó a causar inquietud hacia mediados del siglo II antes de J. C. En tiempo de Julio Cesar oyóse en este Monte el estruendo de la guerra, siendo muy probable que el ejército romano se estableciese años después, y con carácter de permanencia, en las faldas del Monte Terroso y en los sitios llamados El Castro y Cividanes, donde se ven indudables huellas romanas y se puede señalar el paso de una vía romana
Hacia el año 27 antes de J. C. debió tener lugar la compenetración de conquistadores y conquistados, aceptando esta región las leyes romanas, que no se oponían a lo esencial de sus costumbres y de cuyo mantenimiento y concordia se ocupaba un legado jurídico bajo la dirección mediata del Gobernador de la Provincia Tarraconense, lo que duró hasta el tiempo de Caracalla, que separó como provincia aparte, Gallecia y Asturia
La ocupación principal de los habitantes del Monte de Santa Tecla debió ser la caza y la pesca, dominando esta última, a juzgar por la construcción de una vivienda con un canalillo circular en todo su suelo.
En su religión pagana, debieron seguir adorando las grandes fuerzas de la Naturaleza; sol, luna, ríos y montes; pero muy pronto debieron abrazar la religión cristiana, lo que se deduce por el título dado a este Monte, pues Santa Tecla fue convertida y adoctrinada por el Apóstol San Pablo, siendo uno de los bellos ornamentos del siglo de los Apóstoles. La conversión tuvo lugar en el año 45. Dicen sus historiadores que acompañó al Apóstol en algunos de sus viajes, y aunque sólo tenga el apoyo de la tradición, se afirma que San Pablo visitó España. Es histórico que Santa Tecla pasó los últimos años de su larga vida en un monte haciendo vida solitaria, como también que murió en Isaura y fue enterrada en Seleucia. A pesar de mis indagaciones, no pude hallar la razón del porque a este Monte se le llama de Santa Tecla, aunque presumo con algún fundamento que antes que la citania fuera una ruina ya en ella hubo devotos de tan esclarecida Santa.
V
(Años 2000 a 800 ante de J. C.?)
 
El dato cronológico de esta civilización en el Monte de Santa Tecla se fija únicamente como orientación para un cálculo probable de la antigüedad a que pueden remontarse los hechos y noticias que a continuación se exponen:
Hasta hoy y en los trabajos arqueológicos relativos a este Monte, tan solo de un modo somero se habló de esta civilización, debido, sin duda, a falta de elementos precisos en que apoyar ciertas afirmaciones. Al aparecer éstos en la última exploración y estudiados con el debido reposo, es necesario sentar una consecuencia, que aunque parezca atrevida no por eso deja de ser una realidad probada, a saber: En el Monte de Santa Tecla existió en la Edad del Bronce una civilización que superó en importancia a la de la Edad del Hierro. No se puede negar que la que podemos llamar corteza arqueológica del Monte es en su mayor parte prerromana y romana, con la época ya fijada; pero es también cierto que en todos los sitios en que aparecen testimonios de estas dos épocas se descubren huellas patentes de la Edad del Bronce; por esto nada tiene de extraño que se insista en este punto, de grande interés para la Arqueología española, y más en especial para este yacimiento, que ya tiene un fondo tan digno de su nombradía.
Siendo indudable la existencia de civilización en la Edad del Bronce, queda por resolver si ésta pertenece al periodo inicial de la misma o a los siguientes, hasta su enlace con la Edad del Hierro. Cuestión es ésta bastante oscura y en la que los más eminentes arqueólogos andan perplejos. Montellius establece seis periodos para la Edad del Bronce en el Norte de Europa y otros sabios rebajan este número para los países europeos correspondientes a las naciones de Inglaterra, Alemania, Hungría, Italia y Francia.
En lo que respecta a España en general, nada hay resuelto y sólo se conoce bien la llamada cultura argárica, merced a los trabajos de los hermanos Siret (1).
El distinguido arqueólogo D. Pedro Bosch Gimpera afirma que en este punto existe una laguna, y aunque reconoce la antes mencionada cultura argárica, resume las noticias que tiene acerca de la Edad de Bronce en España en estas palabras (2): "De la plena Edad del Bronce no se conoce ninguna estación, hasta el punto de que legítimamente podría creerse que no ha existido en la península, si no viniera a afirmarlo de una manera rotunda la presencia de relativamente numerosos hallazgos sueltos. Se ha hablado de algunas sepulturas, pero no son seguras. Hay un importante núcleo de hallazgos de bronce en el Este de Andalucía, en las provincias de Granada, Jaén y en parte de Almería.
Otro núcleo parece existir en otra región minera: Asturias con Galicia."
Esta suave aquiescencia del señor Bosch Gimpera a la existencia de un núcleo de civilización de la Edad del Bronce en Galicia la robustece el doctor Hugo Obermaier con las siguientes afirmaciones (3): "Lo que ha llamado poderosamente nuestra atención durante nuestro viaje es el hecho de que existe en Galicia una abundancia extraordinaria de hallazgos de bronces, aunque de cierta monotonía, abundando mucho diversos tipos de hachas, escaseando ya las puntas de flecha y de lanza, los puntales y espadas, y faltan por completar las fíbulas y los objetos de adorno, con excepción de algunos brazaletes. Se destaca claramente un periodo inicial, que no es más que la evolución natural del eneolítico. Sus hachas son planas y tienen forma trapezoidal; su cuerpo es, de ordinario, ancho y presenta los bordes casi paralelos, siendo el filo semicircular. Es la continuación del modelo de las primitivas hachas de cobre y de las últimas de piedra."
Confirmado en esta forma y por el citado doctor la existencia del primer periodo de la Edad de Bronce en Galicia, sigue diciendo respecto a los siguientes: "A la fase inicial con hachas de bronce pobre, sigue en Galicia un conjunto arqueológico que representa ya francamente los tipos evolucionados de la segunda mitad de la Edad del Bronce, según la clasificación cronológica aceptada por los especialistas para la Europa occidental (4)."
Citas textuales como las precedentes deberían abundar en la presente Memoria en cuanto se refiere a la civilización de que se viene hablando, pero a fin de evitar la repetición de ellas, expreso mi constante adhesión a las teorías expuestas por el sabio arqueólogo por reconocer en él, no sólo profundidad sino ecuanimidad del juicio.


LÁMINA V. Arriba: oratorio al aire libre de la Edad del Bronce, con el mapa de la región y varias insculturas.
Abajo: Id. copia en dibujo a pluma
 
Con esta salvedad y ya por cuenta propia opino que los primeros habitantes del Monte de Santa Tecla coinciden con la época eneolítica, y no antes, tal vez por impedir la subida a él una corriente de agua de considerable extensión, que ocupan los terrenos de las actuales parroquias de San Miguel, Salcidos y partes bajas de la villa La Guardia, desahogarse en el Océano. Esta corriente está marcada en el que creo mapa esculpido en una roca nativa del Monte, del que se hablará luego, y cuya representación puede verse en la lám. V. Las hachas y otros instrumentos de piedra, del mismo modo que los trozos de cerámica de tipo neolítico, sólo deben considerarse como supervivencias de épocas anteriores, que coexistieron con las primeras manifestaciones de la cultura inicial del Bronce. De esta cultura inicial de la época del Bronce, así como de su sincronismo con la de las llamadas insculturas, existe la prueba más patente en nuestro yacimiento, y cuya fotografia dióse en la lám. V de la Memoria del 1920, y en el texto de la misma se habla de que en un peñasco que linda con el Kjokkenmodingo coexistia con las llamadas insculturas y cazoletas un molde perfecto de un hacha de bronce; de lo que resulta patente que la misma mano que labró o esculpió las líneas que semejan piernas humanas y las cazoletas, labró también el molde del hacha, que es sencilla, de pequeño tamaño y en todo como el tipo de las del primer período de la Edad de Bronce. Desgraciadamente, la piedra a que se alude se ha dejado a la intemperie durante dos años y medio y en mi última visita la encontré bastante desfigurada, aunque no tanto que su examen pueda desmentir la afirmación aquí consignada.
Arte rupestre en el Monte de Santa Tecla.
 .
El doctor Obermaier, en el trabajo ya citado, pág. 18, dice: "También Galicia posee su arte rupestre, muy característico y de sumo interés arqueológico. No lo componen representaciones en el interior de cavernas, ni pinturas rojas en covachas o abrigos, sino que se trata de grabados en superficies graníticas, al aire libre y conocidos bajo la denominación de insculturas. Adornan, por lo general, lajas bajas, de superficie horizontal o en ligero declive, siendo raros los grabados en paredes verticales."
A tal afirmación se debe añadir en esta Memoria que los numerosos ejemplares de arte rupestre encontrados en nuestro Monte constituyen la clave para deslindar y aun para descifrar ciertos problemas oscuros de la Edad del Bronce en el Noroeste de España.
En primer lugar puede hacerse la afirmación de que el Kjokkenmodingo, de que se dio cuenta detallada en la Memoria de 1920, no pertenece a la Edad de la Piedra, como los de Escandinavia, de que habla Montellius, y otros hallados en diversas naciones de Europa, sino que existió durante la primera época de la Edad del Bronce, pues no se halló en él objeto alguno neolítico, ni en piedra ni en barro cocido; en cambio aparecieron objetos de cobre y de bronce en la parte explorada, y aunque resta otra porción por explorar, es de suponer no se hallarán en ella contradicciones a lo dicho.
El suelo nativo sobre el que descansan los restos de Kjokkenmodingo sigue el nivel de la superficie del peñasco, en el que se grabaron las insculturas entre las cuales está el molde de hacha primitiva de bronce, y sobre ese suelo nativo y sobre el peñasco dicho se construyó la porción de muralla de época prerromana y romana de que ya se habló; por tanto, ni las insculturas de ese peñasco ni el Kjokkenmodingo colindante pueden ser de época anterior al periodo eneolítico ni posteriores a la segunda época del Bronce.
A esta civilización de la Edad del Bronce pertenece el último y más trascendental hallazgo, obtenido en la actual inspección, a saber: un mapa que tal vez sea el más antiguo del mundo y de cierto el más antiguo de una región de nuestra España. Fue tan enorme la impresión que me causó el descubrimiento de esta inscultura, que suponiendo fuera una aberración de la vista, a nadie quise comunicar por de pronto el hallazgo, concentrándose en el resto del día en que le descubrí a estudiarle en secreto en toda ocasión en que podía apartarme a solas de los Socios que me acompañaban y de los jornaleros. Convencido al fin de que lo que veía grabado en el peñasco no era ilusión, pasé la noche en continuo desvelo, deseando amaneciera para poder descargar de mi alma el peso que la oprimía, y al efecto, subiendo temprano al Monte acompañado de uno de los señores Socios, que es hábil dibujante, le rogué se colocase en un sitio a propósito, pidiéndole dibujar con los trazos más sencillos que pudiera lo que más impresiona a la vista desde allí, que era el rio Miño, con sus isletas antes de subir la marea, y el Monte de Santa Tecla, en cuyo lado oriental y a media altura estábamos. Terminado el dibujo requerido, con arreglo a la posición ocupada del río respecto del Monte, conduje al señor Nandín (este es el Socio de Pro-Monte que hízome el favor) hasta el peñasco de la escultura extraordinaria, y le dije: "Mire usted la exacta coincidencia del gráfico que acaba de dibujar con el grabado existente a nuestros pies y que se hizo por algún antepasado nuestro hace próximamente 4000 años." La sorpresa del señor Nandín fué tan grande como la mía del día anterior, y para dar más realidad al dibujo pintó el sol en la parte de arriba y al pico del Monte le agregó la cruz que actualmente se eleva sobre el Facho, con lo cual mostróse el dibujo de conjunto a los visitantes que fueron llegando al Monte y todos con pasmosa unanimidad dijeron que aquello era la representación gráfica del territorio del Tecla. Esta prueba tan incontestable alejó de mi toda idea de aberración visual y aun la remota de excesivo cariño a la fecundidad arqueológica de este yacimiento, atreviéndome entonces a divulgar el notable hallazgo, dando noticia oficial de él, con su reproducción fotográfica en esta Memoria, a fin de que se discuta, si cabe la discusión, y se aclare en definitiva el hecho, tantas veces negado, de que nuestros antepasados tenían en su mente, aunque sólo en embrión, los elementos más esenciales del arte que, andando los siglos, tanto brilló y tantos éxitos obtuvo.
(1) Err. y Luis Siret: Las primeras edades del metal en el Sudeste de España. Barcelona, 1890.
(2) La Arqueologia prerromana hispánica. Barcelona, 1920
(3) Impresiones de un viaje prehistórico por Galicia. Orense, 1923: pág. 2
(4) Obermaier, loc. cit, pág. 25
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