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Nuestra guerra con Portugal (VIII)

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               En las primeras horas del día 12 de Noviembre llegó a La Guardia el resto del ejército portugués compuesto de las fuerzas que dejamos referidas. Como la villa era población abierta, fácil fue a aquel penetrar  por la antigua estrada y dominar en sus calles, ocupándola por completo, reduciendo así sus aspiraciones y empeños al castillo de Santa Cruz. Fácil era también esta empresa, pues, como aún hoy es fácil de ver, tratábase de un fuerte de pocas condiciones estratégicas y destituido de elementos de defensa, como hizo observar el Gobernador D. Jorge de Madureira en su vindicación ante el Capitán General de Galicia, el cual muy lejos estaba de ser “a mellor fortificação de Galiza” como decía en el “Mercurio Portugués” de Lisboa un cronista de los sucesos en su afán de revestir de gloria la conquista de esta villa.
               La guarnición del castillo era de unos mil seiscientos soldados de infantería, dos compañías de caballos montados y una de desmontados. La artillería constaba de diez cañones viejos y medio inútiles.
               El general portugués cercó el castillo asentando las tiendas y cuarteles para las tropas, alzó trincheras y baterías y distribuyó las fuerzas sitiadoras empezando a batir el castillo vigorosamente[i]. Quería a todo trance, por medio de esta conquista, justificar ante Portugal el buen empleo que había hecho de su campaña en Galicia del fuerte ejército que se le había encomendado, pues, sería vergonzoso que quince mil hombres solo pudieran citar las hazañas de quemar aldeas y pueblecillos indefensos y no conseguir apoderarse de la más pequeña plaza fuerte. Esta fue la principal causa que decidió al caudillo portugués a intentar apoderarse a toda costa del castillo de Santa Cruz.
               Acumuló para ello todos los elementos de su poderoso ejército: y en verdad no era gran hazaña con tan crecido número de soldados y aprestos de sitio expugnar un castillo defendido por débiles murallas; pero detrás de ellas latían valerosos pechos decididos a vender caras sus vidas, vidas lo que hacía terrible el ataque[ii].
               Oigamos ahora al Maestre de Campo y Gobernador de Santa Cruz, Jorge Madureira[iii] en su relación. Habla así al Capitán General de Galicia[iv].
               “Excelentísimo Señor: El castillo de La Guardia es un fuerte de cuatro baluartes, irregular por todas partes, con dos cortinas muy largas, una más que la otra, y dos tan cortas que no le pueden defender un baluarte al otro, y la fábrica de la muralla es de piedra y barro, la superficie de afuera y lo demás del grueso es de piedra  seca y tan delgada que acaba en el parapeto en tres palmos de grueso y tan bajo que en partes no daba por la rodilla y la muralla tan baja que por todas partes con facilidad se puede escalar, y no tiene foso. En esta plaza no había tierra con que poder hacer cortaduras porque para haberla era menester traerla de la campaña y le faltaba el terraplén a los baluartes y cortinas. El terreno en que está situada esta plaza es condenado por todas partes, de suerte que de las eminencias se manda toda plaza con la artillería y mosquetería, sin haber lugar reservado al rigor de ella.”
               “Demás de ser esta plaza de la calidad que refiero y estar tan mandada de las eminencias, tiene la villa a ochenta pasos de la plaza y el estar tan cerca no la puede mandar el castillo por estar en cuesta hasta el puerto, de suerte que solo la frente llegada a la plaza se descubre que lo demás de la villa cubierto y tan cerca como digo, por la otra parte hay un barranco donde pueden estar cinco o seis mil hombres formados así de caballería como de infantería, sin que de la plaza se descubran las puntas de las picas y no hay del barranco a la plaza ochenta pasos. Por las demás partes hay otros hondos cerca de la plaza donde puesde estar la gente cubierta y aunque he trabajado de día y noche arrasando caminos y eminencias y metiendo tierra en la plaza no fue posible, ni lo será, remediar estas faltas.
               “Demás de esto mes es preciso decir que no ha habido razón ninguna para hacer esta plaza porque siempre que Su Magestad (Dios le guarde) manda gastar su hacienda y la de sus vasallos es con diferentes fines de su servicio, como guardar algún paso al enemigo , cubrir país, defender la campaña, guardar villa o puerto de mar. En el de La Guardia solo pueden entrar barcos y ha de ser con buen tiempo, porque, en se alborotando la mar, es menester bararlos en tierra porque no se hagan pedazos. En fin es una cala entre las peñas. Ninguna de estas rtazones hay para que esta plaza se fabricase, conque fue inútil el gasto que en ella se hizo y dar solo motivo al enemigo a que la fuese a buscar además que en todo aquel paraje, no hay terreno tan condenado como el donde está situada la plaza. El pozo que han publicado que podía dar beber a un ejército, aunque se limpió muchas veces ha faltado el agua de suerte que después que no nos pudimos valer de la que había llovido encharcada en la entrada encubierta fue menester dar vino en lugar de agua, como constará por todos los que se hallaban en la plaza y todo lo referido por cuantos lo han visto.”


[i] Con este motivo demolieron los portugueses varias casas de las inmediaciones del castillo y se apoderaron de varias casas y propiedades particulares que les convenían para sus operaciones militares. El alojamiento forzoso de los soldados y bestias y el aprovisionamiento de las tropas fue una carga que redujo a la miseria a los vecinos de La Guardia, Cividanes, Salcidos, Gándara y Rosal, por la violencia empleada en sus exacciones.
[ii] José de Santiago y Gómez=Historia de Vigo, cap. XV, pp. 391 y siguientes.
[iii] Jorge Madureira venía siendo gobernador del Castillo de Santa Cruz hacía varios años. En el libro sacramental de matrimonios de Salcidos se le menciona en el año de 1662 como Maestre de Campo y de guarnición en el castillo de La Guardia.
[iv] Este documento Consérvase en la Biblioteca Nacional en el tomo de MSS. II,94 rotulado: Sucesos del año 1665. Folios 223-226.
Esta impreso aunque sin lugar ni año. V. catálogo sistemático… por Vila-Amil y Castro, número 475.
 
 
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